viernes, 19 de septiembre de 2014

Tiempo extra (capitulo 5)

A mediados de 1998, la Universidad de Columbia se puso en contacto conmigo, a través de la dirección del Chelsea Hospital, para que completara mi formación en prácticas en su hospital universitario y finalizara el MIR con ellos. La posibilidad de viajar a EE.UU. me atraía, pero me producía una especie de vértigo porque no quería causar más problemas a José Luis: ya le resultaba complicado atender sus negocios desde Londres, y me imaginaba que mucho más desde Nueva York. Tarde varios día en decidirme, porque sabía positivamente lo que iba a pasar, pero al final me decidí y se lo comenté.

—¿Es bueno para ti? —me preguntó.

—Si, —le respondí—. Es una universidad de mucho prestigio y estaría muy bien en mi currículum. Además, ya sabes que aquí estoy muy limitada.

—Ya lo sé. Lo de estudiar, ¿lo podrías hacer allí?

—Sí, sí, me lo han garantizado.

—Vale, ¿tú quieres ir?

—¡Claro que si, pero…!

—Pues entonces, ¿cuándo nos vamos? —me interrumpió.

––Son muchos gastos y…

—¡Joder Ángela! No empecemos otra vez, tú de eso no te preocupes, te lo he dicho muchas veces, —me volvió a interrumpir—. Estás obsesionada por el asunto del puto dinero.

—Pero…

—Ángela, mi dinero me lo gasto como quiero y con quien quiero, y sabes que no tengo problema en eso, —me dijo— además, no veo mejor manera de hacerlo que contigo, porque resulta que a ti te quiero.

—¡Joder nene! —dije abrazándome a su cuello. Me dejo desarmada, las lágrimas inundaron mis mejillas con un caudal incontenible. Estoy absolutamente convencida de su sinceridad y de su amor, igual que estoy segura de mis sentimientos hacia él. Le quiero, le quiero desde el mismo momento que le conocí, con toda mi alma, con todo mi ser. Sé que suena ñoño, tonto y posiblemente trasnochado, pero no me importa, lo repito y lo repetiré siempre: le quiero más que a mi propia vida—. No sé como puedes quererme, soy una fuente de problemas.

—Ya sabes que me molan los problemas, —me dijo riendo— y si son tuyos más, porque eres un problema maravilloso.

—¡No, no lo soy! —seguí llorando incontenible— y lo que más me duele es que te jugaras la…

—¡Eh! Ángela, no sigas.

—¡Pero…!

—¡He dicho que no sigas! —se puso serio mirándome mientras con su pañuelo me secaba las lágrimas y me limpiaba los mocos— sabes que eso tienes que erradicarlo de la memoria.

—¡Pero es que no puedo! —chillé.

—Claro que puedes, —me abrazo consolándome— claro que puedes, yo te ayudaré, —no sé cuanto tiempo estuve llorando, pero fue mucho, hasta que finalmente me quede dormida en sus brazos, y él veló mis sueños.



En Noviembre de 1998, llegamos al aeropuerto JFK de Nueva York en medio de una descomunal tormenta, que llenó las calles con más de un metro de nieve y congeló algunos tramos del East River.
En Nueva York alquiló un apartamento con vistas al parque, en el 55 de Central Park West. Tardo mucho en decidirse, no quería elegir un edificio de «famosos» como los Century, el Dakota o los San Remo, para no verse rodeados de fans, curiosos y turistas. Desde el principio nos llamo la atención que siempre había alguien sacando fotos del edificio. Me reí mucho cuando poco tiempo después, descubrimos que nuestro edificio era «el famoso». En él, en 1984, se rodó la película «Cazafantasmas», incluso la cafetería con grandes ventanales por donde ataca el monstruo, esta en el parque, casi enfrente del edificio. Más adelante, visitamos el cuartel general de los Cazafantasmas que se rodó en el Parque de Bomberos número 8.
—Famosos no tendrá, pero fantasmas, a lo mejor vemos alguno, —le dije riendo el día que lo descubrimos—. Puede ser interesante.
—Si te sale uno seguro que te cagas.
—No me cago, —le dije con retintín—. Sé perfectamente que no existen.
—¿Estás segura? Porque yo conozco a unos cuantos.
—De esos también conozco yo, ¡listo!
El piso no era muy grande, pero para nosotros suficiente, el típico apartamento norteamericano: un dormitorio, un despacho, cocina, baño y el salón, todo en menos de cincuenta metros muy bien aprovechados. La vista desde la ventana en el piso 22 era impresionante. Perpendicular a nosotros discurría la calle 65 que atraviesa el parque. A su derecha se veía la Wolfman Rink, la famosa pista de hielo del parque. Todo rodeado de la enorme masa forestal de este rectángulo que recorre Manhattan de norte a sur.
Tarde mucho en habituarme al cambio de ambiente, Nueva York no es Londres. En cambio, José Luís parecía que había nacido allí. A los pocos días ya se tuteaba con el conserje y el barrendero, y con el policía de la zona se saludaba militarmente. Yo flipaba, ¿cómo cojones lo hace, si parece que no hace nada?
La Universidad Columbia esta situada al norte del parque, en la zona oeste, en Harlem y una de las primeras cosas que me gustaron de ella, fue su lema: «en tu luz veremos luz». Cuando acepte su oferta fue con la condición de poder realizar estudios complementarios aparte de las residencias, que hice dos. El decano de la Facultad de Medicina, el doctor Jacob, me aseguró que no tendría problemas en ese sentido y me dio a elegir entre el Centro Medico Universitario o el Hospital General de Harlem, un centro medico, publico y docente, asociado a la universidad y de la que él era también director adjunto. Siguiendo su consejo me decidí por este último y hoy tengo que reconocer que fue una decisión transcendental en mi vida, ya que lo que soy lo debo en parte a lo que aprendí allí.
El Hospital de Harlem no es muy grande, nada que ver con los grandes hospitales españoles, solo tiene 221 camas y 16 de cuidados intensivos. En la entrada tiene un grupo de fantásticos murales, realizados en los años 30 en pleno New Deal por indicación de Roosevelt, y que atrae a algunos turistas entendidos.
Desde el primer momento caí bien, ya empezaba a abrirme a los demás, y eso, facilitó mucho las cosas. Tres años antes estaba recluida en mi caparazón, un lugar oscuro y triste, donde solo permitía entrar a José Luis y en ocasiones a mi familia. Si entonces me hubieran dicho que hoy estaría rodeada de gente y que me sentiría cómoda entre ellos me hubiera echado a reír.
Cuando se oye hablar de Manhattan, la primera imagen que te viene a la cabeza es la de un gran centro de negocios, poder y desmesura. Pero la realidad es, que es tan enorme, que es como una ciudad independiente, donde también caben la pobreza y todo tipo de miserias. En este hospital descubrí lo que no quise ver en Chelsea, subida en mi torre de bienestar. La gente sufre, tiene problemas y lo pasa mal. Hay gente pobre en el país más poderoso del mundo, fracasados: «losers», como los llaman aquí, y mucha más fuera de él; algo que José Luis ya había descubierto muchos años antes en sus actividades en África para ACNUR. Nunca me oriento, dejo que descubriera por mí misma la realidad de una vida que, para muchísimos seres humanos, es terrible. Allí comencé a adiestrarme en mi trabajo a favor de los desfavorecidos.
Poco tiempo después de llegar a Harlem ya era muy popular y muchos vecinos acudían a las urgencias preguntando por «small doctor», la doctorcita, o «small Ángela». Yo nunca rechazaba a nadie y atendía a todo el mundo y eso ponía de los nervios al jefe de la unidad que se tiraba de los pelos cuando veía las colas de espera. Siempre decía lo mismo, algo sobre el escaso presupuesto, pero yo hacia que no le entendía, porque para mí, lo principal es atender a los enfermos. Repentinamente dejo de acosarme y vigilarme, y además, me puso dos ayudantes: un residente de primer año y una enfermera. También me facilitó una pequeña consulta donde recibía a los pacientes tres días a la semana. Con la mosca detrás de la oreja, cuanto se lo comente a José Luis, noté definitivamente que algo sabía.
—¿Qué has hecho?, —le pregunte ceñuda.
—¿Yo?, nada nena, ¿cómo puedes pensar…? —comenzó a decir, pero se interrumpió cuando me vio con los brazos en jarra y el ceño disparado. Se echó a reír mientras con el dedo suavizaba la tensión de mi entrecejo—. Se te va a quedar marcado.
—¡No te salgas por la tangente! —chillé.
—Bueno, digamos que el problema presupuestario ha desaparecido.
— ¡Venga ya tío!, ¡no me jodas!, no puedes estar siempre soltando pelas por mi causa, —salté muy cabreada.
—¿Y por qué no? —José Luis se quedó mirándome fijamente aparentando no entender nada.
—¡Coño! Pues porque no.
—Buen razonamiento.
—Es tu dinero…
—Es nuestro dinero, —me interrumpió con cierta energía—ya me estoy hartando de decírtelo por activa, por pasiva y por perifrástica. Te lo repito: es nuestro dinero, no lo olvides.
—Pero no es justo, yo no te doy nada.
—¿Qué tú no me das nada? Me das tu amor, ¿te parece poco?
—Y tú el tuyo, —respondí con lágrimas en los ojos. A estás alturas ya se habrán dado cuenta de que soy muy llorona— pero las cosas no son así.
—Muy bien, pues explícame como son las cosas, —me dijo con su calma habitual.
—Yo quiero ayudarte con los gastos, ¡y no me digas que aporto mi sueldo!, este apartamento cuesta cuatro veces más de lo que yo gano.
—Muy bien, ¿y que propones?
—Una enfermera del hospital, se dedica a pasear perros y me ha dicho que me puede presentar a su jefe. Se saca otro sueldo.
—Muy bien, ¿y cuándo lo harías?
—En mi tiempo libre.
—En tu tiempo libre quieres pasear perritos. Cuándo te toca, trabajas turnos de veinticuatro horas y a diario, después de terminar en el hospital vas a clase a la universidad, y los pocos días libres que tienes son míos. Cuándo los vas a pasear, ¿de madrugada?
—He pensado en dejar alguna de las carreras…
—¡Ni hablar! Eso está descartado.
—¡Joder nene!, no es necesario que me saque los títulos, puedo estudiar aquí en casa.
—Ángela, te he dicho que no, y no quiero seguir discutiendo.
—¡Ya soy mayorcita! No soy una cría y sé que puedo trabajar.
—Efectivamente, ya eres mayorcita y con lo inteligente y lista que eres, no entiendo como puedes estar montando está rabieta de niña malcriada, —dijo José Luis con evidente mal humor pero, como siempre, manteniendo las formas—. ¡Muy bien! ¿quieres trabajar más? Yo te contrato, —se levantó y del cajón donde teníamos el dinero para los gastos cogió unos quinientos dólares y con un ligero golpe los puso sobre la mesa—. ¿Esto es lo que quieres? ¡pues ya lo tienes! Quinientos pavos por las próximas dos semanas. Te contrato para que estudies, y Ángela, no quiero enfadarme contigo. Te lo pido por favor.
Me puse a llorar otra vez y entrando en el dormitorio me eché sobre la cama. Unos segundos después, José Luis me siguió y se sentó atrayéndome hacia él. Seguí llorando sobre su pecho mientras me acariciaba el pelo.
—Yo no quiero que te enfades conmigo, —dije con voz entrecortada por el llanto.
—Sabes perfectamente que no es posible que eso ocurra. Perdóname.
—No, perdóname tú a mí.
—No, tú a mí.
—¡Jo! No empieces tonto.
—¡Y ahora me insultas!
—No te he insultado.
—Me has llamado tonto.
—¡Eso no es un insulto! —dije riendo mientras él me secaba las lágrimas con un pañuelo.
—Pues tú me dirás que es.
—No es un insulto, es… cariñoso. Y ya está.
—Bueno vale, pues ya está.
—¿Seguro que no te enfadas?
—Pues claro que no me enfado.
—Vale, no paseo perritos.
—¿Y te dedicas a estudiar?
—Si vale, me dedico a estudiar.
—Vale, —me dijo besándome en los labios. Me deje hacer y terminamos haciendo el amor con el hombre por el que solo puedo sentir pasión.



El director del hospital, al igual que Jacob, me adoraba y metía mano en la planificación de los turnos para facilitarme en lo posible todas has actividades que llevaba a cabo. Desde el principio se dio cuenta de mi enorme potencial e intentó, y consiguió, sacarme el mayor partido posible. Ya he dicho que hice dos residencias, una encaminada a traumatología y otra de cirugía. También complete estudios sobre medicina del deporte, química y matemáticas.

Cuando llegaba a casa estaba molida, y hoy, me parece mentira que discutiera con José Luis sobre mi pluriempleo con los perritos. Me duchaba y después de cenar me sentaba en el sofá a charlar con él. Sobre las nueve y pico nos íbamos a la cama, aunque a veces me llevaba él porque me había quedado dormida. Pero cuando tenía los turnos de veinticuatro horas todo era distinto, mucho más improvisado, más caótico. Nunca los llegamos a controlar y yo los odiaba. Cuando los terminaba me aletargaba como una marmota en invierno y dormía como una manta. José Luis me dejaba, no limpiaba la casa para no molestarme y se tumbaba a mi lado mientras leía un libro. En periodo normal José Luis se levantaba muy temprano y se iba a correr por Central Park sus diez kilómetros habituales, igual que hacia en el Retiro o en Hyde Park, aunque en periodo de maratones los doblaba, por entonces llevaba veintiuno. Cuando regresaba, se duchaba, preparaba el desayuno y me despertaba, como en Londres, con la estaca de la mano. Cuando estaba preparada me llevaba al hospital, regresaba a casa, y durante toda la mañana seguía trabajando en sus negocios mediante Internet. En Madrid era por la tarde y siempre un ejecutivo quedaba de guardia para ponerle al corriente de todo. Pero al igual que en Londres, todo esto era independiente de la comunicación con su hermano Rafa que era permanente y fluida. También saco tiempo para crear la cadena de hoteles en EE.UU., todos en Nueva York, o en los estados fundadores cercanos y un parque de pisos en alquiler. Revisaba a diario los anuncios de ventas en busca de chollos, y cuándo encontraba alguno, lo compraba. Por la tarde hacia de todo, leía, paseaba o se iba a Harlem a jugar basket con los muchachos de hospital, antes de recogerme.

Con cierta frecuencia, cuando teníamos días libres, nos dedicábamos a viajar por los estados cercanos o a asistir a los espectáculos teatrales de la serpenteante Broadway. En una ocasión nos acercamos a Atlantic City, el gran centro de turismo y juego de la costa este. Nos alojamos en uno de esos grandes hoteles del paseo marítimo que tienen casino, y no sin esfuerzo, logre convencer a José Luis para bajar a jugar. No le gusta nada jugar, salvo al mus y un poco al póker, y solo entre amigos o familiares. Nos acercamos a una de las ruletas y después de media hora de perder, comencé a ganar, hasta tal punto, que me cambiaron varias veces de crupier. José Luis me miraba con la mosca detrás de la oreja, aunque en el fondo, sabía lo que estaba pasando, y aunque lo intento, rechace tajantemente dejar de jugar. Finalmente, cuándo vi que ya no le entraban más fichas de valor, de las gordas, de las cuadradas, en los bolsillos de la americana dejamos la mesa y cambiamos las fichas.

—¡No me mires así!

—¿Cómo quieres que te mire?

—Yo no tengo la culpa de que sea tan fácil, —respondí inocentona mientras ponía los fajos de billetes encima de la mesa.

—Cincuenta y dos mil pavos, no es fácil. ¡No me jodas Ángela!

—Si lo es, solo son matemáticas: probabilidades y esas cosas.

—¡Nos ha jodido! Y un índice intelectual disparado y una capacidad de cálculo mental desmesurado.

—¡Anda venga! No exageres. Además, la culpa es tuya.

—¿¡Mía!?

—¡Claro!, —exclamé con cara de niña traviesa— no me dejas pasear perritos, pues juego a la ruleta.

—¡Una leche! No me vas a volver a engañar para entrar a un casino.

—Pues me voy yo sola.

—¡No digas bobadas! ¿cómo vas a ir tu sola?

—Pues acompáñame.

—Pero tía, ¿se te ha ido la pinza? Con lo lista que eres hay veces que me dejas «flipao», de verdad.

—Los casinos utilizan las probabilidades, igual que lo hago yo. ¿por qué ellos sí, y si lo hago yo esta mal?

—Pues no lo sé nena, pero no me parece bien: es como si te estuvieras aprovechando de tus capacidades, que no son normales.

—Ellos se aprovechan de sus clientes; ¡pues yo de ellos!

Finalmente, llegamos a un acuerdo, y periódicamente, cada dos o tres meses, más o menos, visitábamos algún casino de Nueva York, o viajábamos a alguna ciudad de la costa este y ganaba en el suyo, aunque eso si, me puso un límite: veinticinco mil dólares. Cuándo regresamos a España, no volví a ir a un casino.

Algunas veces, en verano principalmente, y siempre entre semana para evitar las aglomeraciones del fin de semana, íbamos a la playa. Cerca de casa, cogíamos el metro y la línea B nos llevaba directos a Brighton Beach, en Coney Island, en Brooklyn. Me tumbaba al sol y me quedaba como muerta durante todo el día, solo me movía para darme la vuelta y picar algo cuándo tenía hambre. Tumbado a mi lado, José Luis leía algún libro, y cuándo se cansaba, se daba un paseo por la orilla. No se iba muy lejos y siempre me tenía a la vista: en alguna ocasión tuvo que regresar precipitadamente a mi lado para espantar algún moscón pesado que no se daba por aludido ante mi rechazo.

Algunas tardes, se dejaba convencer para ir de compras por las súper boutiques de la Quinta o la avenida Madison, en el lado oriental del parque. Estoicamente aguantaba con una sonrisa mientras me probaba modelitos y salía a preguntarle su opinión, en plan «Pretty Woman». Que contraste tan terrible con la visita que hicimos, al poco tiempo de instalarnos allí, a las instalaciones de recepción de emigrantes de la isla de Ellis. Las jaulas, los pasillos enrejados, métodos que se vieron años después en la Alemania nazi. La opulencia por un lado, y el trato inhumano a miles de emigrantes que intentaban mejorar sus condiciones de vida por otro. Y todo, a escasa distancia de la Estatua de la Libertad, símbolo de esta gran nación.

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