jueves, 23 de octubre de 2014

Tiempo extra (capitulo 13)



Cuando regresamos de nuestras primeras y muy largas vacaciones todo estaba en orden. El doctor Santiago había llevado la clínica a la perfección y le pedí que siguiera con ese cometido. Mi intención era dedicar más tiempo a la investigación y al desarrollo de nuevos fármacos más asequibles para el tercer mundo.
—Mi niña, —me dijo como buen canario—. Necesitas a alguien más joven y con más empuje que un viejo de 77 años.
—Eso es fácil decirlo…
—Y de hacerlo mi niña, —me interrumpió—. A lo mejor la persona que buscas esta más cerca de lo que tú piensas.
Sus palabras me dejaron con la mosca detrás de la oreja, pero no fui capaz de adivinar a que se refería.


Dos días después, a media mañana, llamaron a la puerta de mi despacho y apareció Steeve. No pude ocultar mi sorpresa, no me lo esperaba. Aunque durante los últimos meses nuestra relación había sido muy buena, en estos momentos le creía en Nueva York negociando algún jugoso contrato profesional que le asegurara su futuro de por vida.
—Steeve, que alegría, —le dije sinceramente mientras me levantaba y salía de detrás de la mesa—. ¿Vienes a despedirte? Dame un beso.
—No, vengo a pedirte trabajo.
Me quede desconcertada. Nunca he tenido ese sexto sentido para analizar a la gente, ese don que si tienen José Luis y el doctor Santi. Porque él si lo sabía, sabía que Steeve estaba en Madrid desde hacia varios días con una decisión ya tomada, y sabía cuáles eran sus intenciones.
—Sabes que con nosotras no te vas a hacer millonario,  —le conteste un poco borde, fruto de mi desconcierto.
—¿Ganaré suficiente para comer por lo menos?
—Y si no, mi madre cocina que te cagas.
Al día siguiente comenzó a trabajar en la clínica. Poco a poco yo me fui dedicando a lo que me gustaba y él se fue haciendo cargo de la dirección medica de la clínica.
Con él llego su flamante novia, Lattoya, de la que ya he hablado. Congenie con ella cuando estuvo en la clínica unos meses atrás. Había finalizado sus estudios de relaciones publicas y era justo lo que necesitábamos. Con la cantidad de famosillos que teníamos como clientes necesitábamos a alguien de sus características que los atendiera. Rápidamente se puso manos a la obra y montó una pequeña oficina donde no solo centralizaba a los clientes VIP, sino que también, hacia de amortiguador de sus tonterías. Aun así, la clínica seguía abierta a los vecinos del barrio más que nunca. Todas las tardes, algunas de las abuelas que me conocen desde que empecé a gatear, pasaban para que las «viera la niña».
Con el tiempo disponible comencé a trabajar en «mi» laboratorio y a poner en práctica todas las ideas que había ido acumulando en miles de archivos y cientos de horas de pruebas desde que empecé en Harlem. Allí, y en la India, me di cuenta de que los pobres no tienen derecho a nada, porque los grandes laboratorios no subvencionan nada, solo quieren cobrar y recuperar multiplicado por miles de veces lo que han invertido en investigación. En el tercer mundo la situación es tan simple como que la gente se muere, así de sencillo y así de terrible. Mi intención era desarrollar fármacos baratos y asequibles en forma de genéricos, medicamentos de bajo coste para el tercer mundo, la Juana de Arco de los pobres y los desfavorecidos, como me llamaba el doctor Santi.
El desarrollo de los primeros fármacos fue muy bien, y las pruebas de primera y segunda fase se hicieron en Harlem. Pero comencé a encontrar puertas cerradas cuándo intente comercializarlos. Incluso las autoridades sanitarias norteamericanas, comenzaron a plantear problemas a la hora de las autorizaciones, y tanto la Universidad como yo misma, tuvimos que ir a los tribunales. No había duda, de que los laboratorios estaban presionando para que no se concedieran los derechos de comercialización. Ganamos en los tribunales, pero seguimos con problemas
—¿Y quien los va a fabricar? —me preguntó José Luis.
—Seguro que encontraremos algún laboratorio que este interesado, ¡joder!, puede ser un buen negocio, —le respondí con más vehemencia que certeza.
—Si quieres que fabriquen tendrás que negociar el tema de la patente y los derechos comerciales con las multinacionales. Ten en cuenta que no solo controlan los laboratorios, también las redes de distribución,—me respondió con mucha tranquilidad—. Y sobre ceder parte de las patentes a la OMS, tienes que tener mucho cuidado, porque dependen de ellas para todo.
—¡Joder! No pienso cederles ni una mierda a esos cabrones, —estaba muy cabreada—. Algo se podrá hacer.
—Claro.
—¡Cómo qué claro! ¿El qué?, —le dije chillando. Aunque le adoro, en ocasiones me pone de los nervios.
—Fabrica tú, —me dijo con toda la tranquilidad del mundo.
—¿Que fabrique yo? —le conteste mosca y con la certeza de que algo había planeado, si es que no lo había puesto ya en práctica.
—Lo he hablado con mi hermano, de hecho, es idea suya y podemos hacerlo, —me dijo—. Además, es tan buen negocio, que las obras ya están en marcha.
Me dejo con la boca abierta, incapaz de decir nada. Como seria la cara que se me quedó, que no pudo reprimir una carcajada. Con el dedo índice me cerro la boca subiéndome la mandíbula que colgaba sin fuerza.
—Pero como que las obras han comenzado, —solté atropelladamente—. ¿Cuándo…? ¿cómo…? ¿dónde…?
—¿Cuándo?: hace ocho meses…
—¡Ocho meses! —chillé. No me lo podía creer.
—¿Cómo?: pues no sé; pues porque sí, —continuó—. ¿Y donde?: al comienzo de la carretera de Villaverde a Getafe.
—¿Y la distribución? —pregunte con la certeza de que también lo había solucionado.
—Esto no se lo puedes contar a nadie, es importante. Estamos cerca de hacernos con una de las distribuidoras más importantes: estamos comprando acciones en el mercado secundario, y en un par de semanas podremos lanzar una OPA. Si se descubre antes de tiempo, las farmacéuticas pueden reaccionar comprando acciones y toda la operación se puede ir a tomar por el culo.
—Pero nosotras no podemos costear una cosa así, y mucho menos construir fabricas.
—No es necesario: la fabrica y la distribuidora, serán de Hermosa. Firmaremos contratos de fabricación y distribución con vosotras, con unos márgenes razonables con los que estéis de acuerdo. Según los estudios que hemos hecho, incluso bajando nuestros márgenes a una cuarta parte de lo habitual, ganamos dinero y recuperamos inversión.
—¡Joder tío! No puedes estar siempre igual.
—¿Igual como?
—Igual que siempre: ayudándome siempre que tienes oportunidad.
—Primero: me encanta ayudarte, y segundo: ha sido idea de mi hermano, con la que estoy totalmente de acuerdo.
—¡Cuándo me lo eché a la cara se va a cagar!
—Le avisaré para que desaparezca, —bromeó.
—¡Ni se te ocurra!lo que no me dijo en ese momento es, que lo que se estaba construyendo en la carretera de Getafe era algo más que una fabrica química.


Según pasaba el tiempo comencé a estar mosca. José Luis no soltaba prenda, y cuando preguntaba a mi cuñado Rafael, salía corriendo como un conejo porque es incapaz de mentirme. Lo cierto es que lo que se estaba construyendo era enorme. Ocasionalmente, después de comer en casa de mis padres, cogíamos las bicis, y me daba un paseíto hasta allí con mi hermana. Dos bloques grandes comunicados entre si por dos pasarelas, un tercero que no estaba tan avanzado y todo ocupando un pequeño espacio, de un terreno que ya estaba delimitado y que era enorme. Y otro mucho más retirado, a la izquierda, como a quinientos metros o más, y al otro lado de la carretera, con claro aspecto de fábrica química. No teníamos la más mínima duda de que las dos construcciones estaban relacionadas, además, las dos constructoras que llevaban a cabo las obras eran de Hermosa. Almudena lo descubrió investigando en Internet. Teníamos la certeza de que José y su hermano no nos habían contado toda la verdad, pero no nos atrevíamos a hacer cábalas: en el fondo nos aterraba estar en lo cierto.


Seis meses después de todo esto, Steeve, Almudena y yo llegamos a la conclusión de que la clínica nuevamente se había quedado muy pequeña, necesitábamos más camas, más laboratorios, más de todo.
Almudena llamó a José Luis y concertó una entrevista «oficial» con él. Se moría de la risa y con cara de guasa acudió ese mismo día.
—No te rías que esto es muy serio, —le dijo Almudena frunciendo el ceño, lo que provoco que se riera más— y es muy importante para nosotros.
—Me río porque frunces el ceño como tu hermana. Vale, de acuerdo, es importante: ¿y no me lo podía decir tu hermana…?
—¡No Jose! —le interrumpió—. Esto es cosa de todos.
Muy bien: decidme que queréis.
—Queremos que nos vendas el edificio de atrás y nos construyas en el solar una ampliación de la clínica, —José Luis nos miró detenidamente en silencio, como si pensara algo.
—¡No!, —dijo al fin. Algo tan tajante no lo esperábamos ninguno.
—Pero… —acerté a decir.
—He dicho que no, —repitió tajante.
—¿¡Pero como que no!? —me puse a chillar como una loca.
—Es mal negocio, —nos dijo—. Dentro de un tiempo estaréis con el mismo problema. Es tirar el dinero. Además, queréis derribar un edificio que ya usáis para construir el que: ¿un par de plantas más?
—A ver, ¿qué estás tramando? —le pregunte más calmada. Todos sospechábamos por donde iban los tiros.
Necesitáis un hospital en condiciones. Moderno, grande y espacioso.
—Jose, lo necesitamos ya, —le dijo Steeve—. No podemos esperar dos o tres años.
—Las obras finalizaran en dos meses, tres como máximo, —nos dijo mirándonos fijamente a los tres alternativamente—. Si movéis el culo podéis estar funcionando en el nuevo hospital en seis o siete.
—Pero José: una construcción así, no podemos pagarla, —dijo al fin Almudena—. Y mucho menos equiparla.
—¡Qué manía habéis cogido las dos con el puto dinero!
—¡Joder, es que es importante!
—A ver, tranquilicémonos, —apuntó Steeve que empezaba a sospechar lo mismo que nosotras—. Eso que estás construyendo en el polígono, ¿cuantas camas entran ahí?
—Doscientas cincuenta, ampliables fácilmente al doble con otro modulo, o al triple con otro más, —y después de una pausa en la que ninguno sabíamos que decir añadió—: el módulo de investigación lo podemos tener en menos de un año. El pago se puede hacer con los beneficios del laboratorio.
—¿Cuándo pensabas decirnos todo esto? —le preguntó Almudena.
—Cuándo lo necesitarais, como ahora, —la dijo riendo.
—Eres un pedazo de maricón, ¿lo sabes? —bromeó Almudena.
—¡Eh, eh! de maricón nada, hermanita, —afirmé con retintín. Todos la miraron fijamente y soltaron una carcajada colectiva—. ¿Qué pasa?
Y así fue. Los edificios principales estuvieron en el tiempo establecido, y el nuevo edificio de investigación, el X, cinco meses después. Descubrimos que se comenzó a construir al mismo tiempo que los otros dos, pero tenía seis niveles subterráneos, donde estarían los laboratorios más sensibles y delicados, además de dos niveles de parking. Tal y como dijo, en seis meses estábamos comenzando una aventura colosal que durante un tiempo nos tuvo aterrados. Aun así, movimos el culo. Con la ayuda de José Luis y su hermano, que utilizaron todas sus influencias para conseguir los equipos necesarios para dotar una infraestructura de esa magnitud, y por cierto, a muy buen precio, en cinco meses empezamos a funcionar en la primera planta del módulo A que estaba destinado para consultas y administración. Un par de meses después, el B, el hospitalario, comenzó a funcionar a bajo rendimiento y a recibir pacientes. En menos de un año, los dos módulos estaban a pleno rendimiento con todo el personal. Steeve y Almudena, demostraron una profesionalidad absoluta para dos novatos como ellos. No permitieron que me involucrara en exceso en ese proceso, según decía Steeve: mi trabajo de investigación era demasiado importante como para perder el tiempo montando hospitales. Se quedó impresionado cuando vio todas mis notas y proyectos de investigación, desarrollados, y algunos puestos en práctica en Harlem.
—Me parece increíble que las cosas te resulten tan sencillas, —me dijo cargado de sinceridad, y vaticinó—: cuándo empecemos a comercializar todos esto, las multinacionales te van a machacar, —y lo intentaron, ya lo creo que lo intentaron, y durante mucho tiempo, pero no pudieron.
—¡Qué las den!
—Pues qué las den. Por cierto, cuando el X este en marcha, quiero empezar a hacerte pruebas…
— ¿A mí?
—Es importante descubrir por qué tienes esos… «dones», y hasta donde llegan. Lo he hablado con Santi y está de acuerdo.
—¿Me quieres usar de conejillo de indias?
—En todo caso: conejilla.

Dos meses después, inauguramos el módulo X de investigación. Firmamos un primer acuerdo con la Universidad Carlos III de Getafe, por el cual sus equipos de investigación universitaria utilizarían nuestras instalaciones. Con el tiempo, nuestra clínica se convertiría en Universitaria.
Todo empezó a ser «con el tiempo», pero a una velocidad endiablada se había hecho realidad. Como me dijo, Steeve empezó a hacerme pruebas y al poco tiempo descubrió mis problemas vaginales y mi infertilidad. Le extraño que mi poderoso sistema inmunológico y autorregenerativo permitiera una lesión de esa magnitud. Lo habló con el Dr. Santi y su hija, mi ginecóloga desde que nos establecimos definitivamente en Madrid, pero no quisieron contarle nada y le remitieron a mí. Me preguntó, pero le di evasivas, hasta que finalmente cedí y se lo conté en presencia de José Luis, que intentó impedírmelo.
—¡Ángela! No quiero que revivas esos días.
—Mi amor, si no se lo cuento, estará dando palos de ciego, y no es justo para él.
—No quiero causar ningún problema… —intervino Steeve desconcertado por la reacción de José Luis.
—No es eso Steeve, no es eso. No le puedo dar hijos a mi amor, porque mi infertilidad es provocada… —y se me saltaron las lágrimas y no pude seguir. José Luis me abrazó inmediatamente y cuándo me tranquilice se lo conté todo, eso sí, sin entrar en detalles, por encima. Aún así, el impacto fue terrible, no se podía creer lo que oía, le parecía mentira tanto horror.


En el módulo X monté el «Laboratorio A». A de Ángela, solo para mí. Como ya se habrán dado cuenta soy muy caprichosa y mi laboratorio está dotado de los equipos informáticos más modernos y avanzados que existen de la firma norteamericana Proteus, que suministra los sistemas informáticos al Departamento de Defensa norteamericano. No me pregunten como los consiguió porque no lo sé, pero ya se habrán percatado de que sus amistades están por todas partes y llegan a sitios insospechados. Rápidamente comencé a usarlo y a llevar a la practica mis ideas y a patentarlas. Con el hospital ya en funcionamiento reanude los ensayos clínicos que comencé en Harlem y cuando terminaron las obras de la fábrica, se comenzó a producir el primer compuesto: una pomada cicatrizante a base de células madre obtenidas a partir de cultivos sintéticos, y que sustituía a la alemana, que además de ser una mierda, era muy cara. Se cabrearon mucho, me llevaron a los tribunales acusándome de plagio, algo absurdo teniendo en cuenta que el principio activo era totalmente distinto: está claro que lo que pretendían era amedrentarme. Ese fue el comienzo de un largo «idilio» que culmino años mas tarde en los terribles sucesos de Villaverde.
Después de ese comienzo, empezamos el desarrollo de antibióticos sintéticos de nueva generación que comenzamos  a ensayar clínicamente en Villaverde, en Harlem, y con la colaboración de Médicos sin Fronteras, en África. Las patentes y los derechos de producción, siempre los cedemos a la OMS gratuitamente para África y el sur y sudeste asiático, con la condición de que nunca se cedan a las multinacionales. Nosotros nos quedamos con los derechos para Europa, EE.UU., Canadá y Japón, con un trato preferencial para el resto de América y Asia. En un principio no me imagine el volumen económico que eso suponía, tanto, que la amortización de las obras y los equipos iba rápido. A la vista de las enormes ganancias comenzamos a aplicar tarifas mucho más populares en el hospital. Decidimos reconvertir la antigua sociedad limitada y crear una sociedad anónima: «Clínica Villaverde, S. A.». La nueva empresa tenía seis accionistas: Almudena y yo con un 40% cada una y Steeve, Haans y mis padres, con un 5%. José Luis se negó rotundamente a estar presente en el accionariado, a pesar de que se lo ofrecimos. Mi hermana y yo renunciamos a nuestros beneficios que revierten directamente en la clínica. Yo, en nómina, estoy como investigadora jefe y médico de plantilla, con un sueldo simbólico, el que especifica el convenio. Mi hermana es directora general y Steeve director medico. Al poco tiempo comenzamos la construcción de dos nuevos módulos, C y D, que nos permitiría llegar a las 1200 camas, consultas externas, especialidades, quirófanos y poner en marcha una idea de mi hermana: un seguro medico. El seguro fue un éxito total y unos años después tuvimos que abrir cuatro centros de especialidades en otros tantos puntos de Madrid, fuera de Villaverde. También firmamos un acuerdo por el cual la clínica actuaría como hospital asociado a la Universidad de Columbia y el hospital de Harlem. Yo tendría una cátedra online de patología genética y bioquímica. Las clases se impartirían vía satélite y yo viajaría a Nueva York dos veces al año para realizar los controles pertinentes. Con esto, me obligaba a viajar a esa ciudad que tanto amo dos veces al año como mínimo, y vivir con él en mi querido apartamento de Central Park. Cuándo me nominaron al novel, las titulaciones firmadas por mí, se convirtieron en los diplomas más prestigiosos y codiciados de la profesión, por eso, los cursos que imparto son durísimos y mis alumnos me llaman: «doctora muerte».


Después de la construcción de los dos nuevos módulos decidimos parar, el avance había sido tan fulgurante que nos dio miedo y queríamos serenarnos, empezar a tomar las cosas con calma y hacer que este gigante que habíamos creado en tan poco tiempo no tuviera los pies de barro.
Lo que si llevamos a cavo fue una idea que tenía hacia tiempo. Quería tener un centro de acogida de mujeres maltratadas anexo al propio hospital y protegido por muestro servicio de seguridad. De la construcción se encargó, como siempre, José Luis y su hermano y es un edificio de cuatro planta que dispone de guardería, cocina y todo lo necesario para funcionar de forma autónoma.
Steeve se ha convertido en uno de mis mejores y más queridos amigos y sé que sus sentimientos son recíprocos. Quien nos lo iba a decir. Nos reímos mucho cuando recordamos lo «bien» que nos llevábamos al principio.
—Al final lo vas a conseguir, —le decía—. A este paso serás millonario.
Y era cierto, tanto Steeve como Haans, ganaban mucho dinero entre sueldos y beneficios. Yo los veía felices, felizmente casados y viviendo en el barrio. Cuando comenzaron las obras del hospital, HERMOSA comenzó la construcción de doce chales adosados a escasos doscientos metros, al otro lado de la vía del tren. Allí viven mis padres, mi hermana, Steeve y Latoya, y Haans y su esposa Pili. Otro de los chales esta a mi nombre y se supone que es mi residencia oficial. La usamos cuando hay algún imprevisto en la clínica y salgo muy tarde. En otro vive la que desde casi el principio es mi enfermera-secretaria para todo, Elena y su pareja de siempre y gran amor, Edelmira, que también es enfermera y trabaja en la clínica.
Sin proponérmelo hemos creado una gran familia de la que me siento orgullosa.

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