miércoles, 12 de agosto de 2015

La Atalaya (capitulo 6)



La situación política en Andújar iba de mal en peor. El motivo era la lucha permanente entre los partidos de la derecha, que no se ponían de acuerdo a la hora de repartirse el pastel municipal. En este ambiente crispado, las elecciones del 8 de febrero de 1.920, dan como resultado la victoria de los albistas, la facción del Partido Liberal partidario del duque de Alba, uno de los mayores latifundistas de España. Las sospechas de amaño se dispararon y cómo resultado las elecciones fueron impugnadas. El 20 de marzo, la Comisión Provincial Electoral suspendió las elecciones y decidió nombrar a dedo a doce concejales interinos para que se pudiera constituir el ayuntamiento. El escándalo fue colosal e incluso el caso se trató en las Congreso de los Diputados. Mientras, los gremios obreros de la Casa del Pueblo, convocaron una huelga general para el 31 de marzo, «contra los atropellos caciquiles y contra el arbitrario acuerdo de la Comisión Provincial». A pesar de la indignación generalizada de la población, el ayuntamiento se constituyó el 1 de abril sin incidentes reseñables a causa del despliegue masivo de la Guardia Civil que ocuparon la plaza del Mercado y las calles circundantes. A pesar de los recursos presentados, el Ministerio ratificó la decisión de la Comisión Provincial y el ayuntamiento interino continuó constituido hasta las elecciones municipales de 1.922.
El colegio San Rafael siguió con paso firme gracias a la abnegación de Rafael y Nicolasa. Decidieron dar un paso más, y poner en marcha definitivamente el internado, al que solo le faltaba voluntad de hacerlo: el edificio ya estaba preparado desde que se reformó, y no necesitaba más obras. A final de verano de 1.921, llegaron los cuatro primeros internos, hijos del capataz de una importante finca de Úbeda, que tenía cierta relación con el partido. Por aquella época, en la escuela normal ya tenían más de sesenta alumnos y con el tiempo, en el internado llegarían a tener otros treinta.
Al año siguiente de la inauguración del internado, un día por la noche, los dos estaban en la cama: ella, leyendo una novela y él, estudiando unos documentos del partido. Nicolasa dejó de leer y miró a su marido con una sonrisa.
—¿Sabes? Vamos a tener un alumno más.
—¿A mitad de curso? —preguntó extrañado mirando a su mujer por encima de las gafas.
—No, llegara para comienzo del curso que viene, —Nicolasa seguía sonriendo.
—¡A bueno! Entonces no hay problema, —y siguió estudiando los documentos. Unos segundos después, irguió la cabeza y miró a Nicolasa que risueña seguía mirándole—. ¿No jodas?
—Sabes que no me gusta que digas palabrotas…
—Lo siento cariño.
—… y sí, estoy embarazada, —Rafael dejó caer los documentos y abrazó a su esposa besándola con devoción—. ¿Crees que es el momento apropiado?
—¿Por qué no lo va a ser?
—Lo digo por el internado…
—Por eso no te preocupes, además, ya no hay solución, y José necesita una hermano… o hermana.
—¿Prefieres una niña?
—Si es tan preciosa como su mama, sí. De todas maneras es una lotería.
—Sí, será lo que Dios quiera.
—Pues cuándo vayas a la iglesia, a ver se le dices algo… —bromeó Rafael hasta que le interrumpió.
—Sabes que no me gusta que seas irreverente.
—Pero si solo he dicho…
—¡Que lo dejes!
—¡Joder!
—¡Y no digas palabrotas!
No fue niña, a primeros del octubre de 1.923 nació Paco, y un año después Miguel. Tras el nacimiento de este último, decidieron no seguir buscando a la niña: con tres hijos, ya tenían suficiente. 


A pesar de la batalla que estaban librando los partidos de la derecha, y el ambiente de corrupción tradicional que había llegado a un nivel intolerable, la izquierda no lograba sacar ventaja a su favor. Al contrario, en 1.920, el PSOE estaba sufriendo la escisión del futuro Partido Comunista de España, que, aunque en Andújar no tuvo mucha incidencia, en el resto de la provincia sí. La escisión del PCE, alentada por la victoria revolucionaria en Rusia, se produjo en el marco de los que se llamó: «el trienio bolchevique». Junto a la CNT (un sindicato fundado en 1.910 y que una década más tarde, llegó a tener 750.000 afiliados), y la UGT, comienza un periodo de revueltas, que desató el miedo entre los terratenientes, que «huyeron» a las capitales o a las grandes poblaciones, aceptando algunas de las exigencias obreras: en algunos lugares, las peonadas de siega subieron hasta un 150%, aunque el resto de jornales nunca llegaron a subir tanto. En el seno de la Casa del Pueblo hubo cambios, producto de la orden gubernamental de reprimir con dureza las movilizaciones obreras y campesinas, para salvaguardar las posesiones y los derechos de los propietarios: se declaró el estado de guerra. La Guardia Civil entró varias veces en ella, varios gremios fueron ilegalizados, y sus dirigentes detenidos y encarcelados. El movimiento obrero comenzó un claro retroceso a causa de la represión, tanto por parte del gobierno como por parte de los patronos. En Barcelona, apareció el «pistolerismo»: acciones terroristas a cargo de pistoleros de uno y otro signo que asesinaban tanto a patronos, como a obreros. En medio de todo este lío, Blas Infante, redactó el Manifiesto Andalucista de Córdoba, que define el concepto de Andalucía como una nacionalidad histórica dentro de una España federal. Años más tarde, al comienzo de la Guerra Civil, el 11 de agosto de 1.936, varios falangistas le detuvieron en su casa de Coria del Río, y sin juicio previo, lo fusilaron en el kilómetro 4 de la carretera de Sevilla a Carmona.
Dentro de este ambiente, el PSOE lograba colocar, de vez en cuando, un par de concejales en el ayuntamiento de Andújar. Sin ningún efecto, salvo el de hablar al pleno de la corporación y denunciar las practicas de los políticos corruptos y terratenientes que los controlaban. Siempre ante la sonrisa irónica y superior del resto de los concejales.


En La Atalaya, aunque no hubo problemas laborales la situación económica seguía deteriorándose. Los terratenientes rivales a los Morales, acaparaban los mercados del aceite, y si la familia lograba sacar su producción de aceituna, era gracias a que Fabián Gil, padre de Nicolasa, como un favor, lograba sacarla como producto de mesa hacia los mercados de Barcelona. Para La Atalaya, el perder el mercado del aceite era catastrófico.
—Lo siento Rafael, no puedo hacer nada, —dijo Fabián a su consuegro.
—¡Joder! Eres el dueño de los molinos.
—Sí, pero sabes que tienes muchos enemigos…
—Pero no son míos.
—Son de la familia, y ya sé que no es culpa tuya: es culpa de tu padre, que en paz descanse, y de tu abuelo, que también, pero…
—Si tú quisieras…
—¡No!, ni siquiera yo puedo enfrentarme a ellos, y menos como están las cosas. ¿Tú sabes la cantidad de dinero que están dejando de ganar por la subida de los jornales?
—Me lo imagino, pero era algo que iba a ocurrir tarde o temprano. ¿Tú sabes lo que gana un obrero de la Ford en América? Lo leí en el periódico hace tiempo: 5 dólares, y eso son muchas pesetas… y trabajan de lunes a viernes y descansan sábado y domingo.
—Mira Rafael, si yo te entiendo: ni tu ni yo hemos tenido problemas con nuestros empleados, pero los demás han acaparado el mercado y me lo han dicho muy clarito respecto a vosotros.
—¡Joder! Fabián.
—Y aunque me duela decirlo porque es mi yerno, la actitud de tu hijo, su pertenencia a los socialistas y su relación con los gremios obreros, no ayuda.
—¡Pero si el no se está señalando!
—Lo sé, pero da igual. ¿No has visto que todos los niños de la escuela son de familias obreras? Ese colegio es el más moderno del pueblo, y podría acoger a los hijos de unos cuantos de esos cabrones.
—Sabes que mi hijo, y tu hija también, van de por libre.
—Lo sé, lo sé. Vaya dos que se han juntado.
—Mira Fabián, tengo que sacar la producción de aceite como sea, si no, estoy perdido.
—Aguanta un poco más, a ver si la situación mejora…
—O si esos cabrones se mueren.
—¡Venga! Con los recursos que tienes puedes capear el temporal.
—No, Fabián, no. Hace seis años que estoy tirando de reservas para tapar las perdidas, y el temporal cada vez es más fuerte.
—Lo siento Rafael, pero no puedo llevar tus olivas a mis molinos, y te aseguro que a los del resto de Andalucía, tampoco. Lo sé muy bien, ellos ya se han ocupado.
—Pues entonces tengo que empezar a vender.
—No es buen momento para vender.
—Lo sé, pero es eso o hipotecarme, que es precisamente lo que no quiero. Si solo puedo malvender mis olivas, ¿para que quiero un olivar?
—Tu hija, Servanda, sé que tiene algunas ideas…
—Mi hija no tiene ni puta idea de nada, solo dice sandeces.
—Venga, no seas así, mi hija me ha dicho que tiene la idea de abrir un hotel muy próximo al santuario, en la misma carretera.
—Ya ves que idea.
—Desde que el rey y la infanta visitaron el santuario, cada vez más gente va a visitar a la virgen. No es tan mala idea y puede ser su futuro.
—Su futuro es La Atalaya, no un hotelucho de tres al cuarto. Ya que su hermano no quiere, ella heredara la dirección de la finca cuándo yo palme. Entonces que haga lo que quiera.
—Pero a lo mejor ya es tarde.
—Mira Fabián, hace muchos años que somos amigos: vamos a dejar este tema.
—No te enfades conmigo, solo quiero ayudarte…
—Pues llévame las putas olivas a tus molinos.
—Lo siento Rafael, eso, no puedo hacerlo.


Al contrario que el negocio familiar, la situación de la escuela era razonablemente buena. Les daba para llevar una vida relativamente desahogada, pero sin grandes alardes. Además, Nicolasa contaba con la complicidad de su madre y su suegra que siempre distraían algo del presupuesto familiar para los nietos, eso sí, a espaldas del padre. En el plano político, Rafael hijo no había tenido problemas con la represión del movimiento obrero. Tanto en la Casa del Pueblo como en el PSOE, su presencia se limitaba a participar en lo debates, pero no tenía ningún cargo en la dirección del partido o del gremio de enseñantes. Además, varios miembros de la Guardia Civil, llevaban a sus hijos al colegio San Rafael, y confidencialmente, le habían asegurado que su nombre no estaba en las listas: todos sabían que era moderado.
Un poco antes de que naciera Miguel, puso en marcha un plan a alfabetización de adultos en una de las habitaciones de la Casa del Pueblo. Su objetivo era enseñar a leer y a escribir a los jornaleros analfabetos, que era una inmensa mayoría, para que pudieran leer los contratos que los capataces les hacían firmar. Todo iba muy bien hasta que un grupo de mujeres le pidieron que también les enseñara a ellas. Rafael no tuvo inconveniente, pero sus maridos, y gran parte de los solteros sí. ¿Por qué los hombres no querían que sus mujeres aprendieran a leer y escribir? Porque no querían tener en casa a alguien más listo que ellos. Incluso don Fidel, el cura párroco de Santa María, un clérigo razonablemente joven que se las daba de moderno pero que en realidad tenía una mente arcaica y retrógrada, intervino en la polémica: dijo que era una indecencia que las mujeres abandonaran sus obligaciones conyugales para reunirse con otros hombres. ¡Cómo si estuvieran de fiesta! En ese momento, Nicolasa que asistía a la polémica muerta de risa por el lío en el que se había metido su marido, saltó claramente ofendida, y después de poner públicamente a caldo al cura ante el regocijo de los vecinos, propuso dar clases ella misma a las mujeres en la misma escuela. Así se crearon los dos grupos, dos veces a la semana, por la tarde, los hombres se alfabetizaban en la Casa de Pueblo, y después se tomaban unos vinos en la cantina de los gremios. Las mujeres lo hacían en la escuela, y cuándo terminaban no se iban de vinos, se iban a sus casas. Ni que decir tiene que, estás últimas, avanzaron mucho más que sus maridos y sacaron más provecho de las clases de Nicolasa que los hombres de las de Rafael, y es que, como dice el refrán: «de donde no hay no se puede sacar».
Ni que decir tiene, que don Fidel no quedó muy complacido con la embestida de Nicolasa. Hombre poco prudente dialécticamente hablando, pero razonablemente inteligente, supo morderse la lengua, guardar silencio y aguantar estoicamente los comentarios de sus parroquianos con una sonrisa en los labios. A pesar de su matrimonio con Rafael, Nicolasa era una Gil, y eso era algo que el nunca olvidaba.

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