jueves, 20 de agosto de 2015

La Atalaya (capitulo 7)




—Don Rafael, por favor, —quien le llamaba desde la puerta del aula, era uno de los peones de La Atalaya, compañero de UGT, que se encontraba en Andújar para recoger con el carro, unos sacos de grano para la granja de La Atalaya. Rafael se aproximó a la puerta, mientras llamaba la atención a los niños, que aprovechaban cualquier circunstancia para alborotar un poco, cómo era normal—. Algo ha pasado, el ayuntamiento está reunido de urgencia y el capitán de la Guardia Civil ha sacado a la calle a todos los números del cuartel. Él esta ahora en el ayuntamiento.
—Que raro, ¿y no se sabe nada…?
—Todo son rumores, unos que en Madrid, otros que en Barcelona, nada concreto. Los compañeros se están congregando en la Casa del Pueblo.
—De acuerdo, voy a mandar a los niños a sus casas y ahora me acerco a ver.
Era el 13 de septiembre de 1.923, el general Miguel Primo de Rivera, capitán general de Barcelona, había encabezado un golpe militar con el que, supuestamente, pretendía acabar con los males que afligían al país. Inmediatamente suspendió la Constitución de 1.876 y decretó el estado de excepción, comenzando una cohabitación, de acuerdo con el modelo italiano, en el que la Corona y la dictadura colaborarían con un mismo objetivo. Unos meses antes, cuando se reunieron las Cortes Generales, el 23 de mayo, la cámara legislativa estaba formada por 22 agrupaciones distintas y prácticamente irreconciliables: demócratas, liberales, izquierdistas, liberales agrarios, reformistas, nicetistas, conservadores, ciervistas, albistas, mauristas, regionalistas, republicanos, socialistas, unionistas monárquicos, nacionalistas catalanes, nacionalistas vascos, integrantes de la Liga Monárquica Vizcaína, tradicionalistas carlistas, católicos, clases mercantiles, agrarios, integristas e independientes. En definitiva, según el nuevo dictador, era imposible gobernar. No hubo oposición significativa al golpe, salvo de parte del PCE y la CNT que durante los siguientes años sufrieron la represión de la política contrarrevolucionaria del nuevo régimen. Por el contrario, PSOE y UGT, optaron, primero por la resignación, y luego, por la colaboración, en algunos casos descarada. 
En Andújar, el ayuntamiento constitucional se disolvió por propia voluntad el mismo día del golpe, y también por indicación del capitán de la Comandancia. El día 2 de octubre se constituyó la Junta de Portavoces Asociados que suplantará la legitimidad municipal bajo la atenta mirada de la Guardia Civil. El pueblo lo vio como un chanchullo más de los muchos que había en la vida política del país en general y de Andújar en particular.  
En la Casa del Pueblo la situación se agrió bastante. Todavía estaba muy reciente la escisión del PCE y la línea de colaboración impuesta por la dirección nacional causo no pocos encontronazos. Rafael, desde el primer momento, se alineó al lado de la oficialidad: como Largo Caballero, pensaba que lo mejor era trabajar desde dentro de las instituciones.
—De verdad que no te entiendo, —le dijo Nicolasa en la intimidad de su casa— desde que te conozco has despotricado de ellos, ¿y ahora vais a colaboras?
—Mujer, es política y…
—¿No insinuaras que no tengo ni idea de política?
—¡Claro que no…!
—Una cosa es que no me guste, y otra, muy distinta, que no sepa de lo que hablo.
—Por supuesto, cariño, por supuesto. No me saques las uñas, que me conoces de sobra. ¿Qué quieres, que salgamos a la calle a enfrentarnos a la Guardia Civil?
—Pues claro que no, no digas majaderías, pero es que esta situación es irritante.
—Lo mejor es capear el temporal y luego ya veremos. Primo de Rivera ha dicho que va a devolver el poder en cuándo pueda.
—¿Y os lo creéis? ¡Venga ya no fastidies! Solo te voy a decir una cosa, y me da igual lo que te digan tus amigotes del partido: si Pablo Iglesias no estuviera muriéndose, seguro que la situación seria otra. 
—Mujer, que no se está muriendo.
—Le falta poco, y con los disgustos que le estáis dando, menos. No me gusta ese… Largo Caballero.
—¡Qué exagerada!
—No me parece de fiar. No me gusta.


Políticamente hablando, los años de la dictadura fueron relativamente tranquilos. Los ayuntamientos, nunca representativos, surgidos del Estatuto Municipal de 1.924, fueron corporaciones caracterizados por «no hacer política y si administración». Ese estatuto posibilitó que, por primera vez, dos mujeres fueran elegidas concejalas, pero elegidas a dedo y por una mera cuestión estética. Hasta la proclamación de la II República, la mujer española no conseguiría plenamente sus derechos sociales y políticos, que por cierto fue, con la oposición de parte de la izquierda. 
De todas maneras, los andujareños no vieron gran diferencia entre unas corporaciones y otras: los representantes de los antiguos partidos estaban presentes en ellas, principalmente conservadores y liberales. Para intentar salvar las apariencias, el régimen, a partir de agosto de 1.924, intentó implantar en Andújar un nuevo partido: la Unión Patriótica. El diario El Guadalquivir, informó del acto que organizó el gobernador civil, el marques de Foronda, para presentarlo: «Vienen a movilizar a los hombres de bien en torno de la bandera patria; a trabajar por la reconstrucción nacional, sobre la base de la exaltación del concepto ciudadano, a preconizar el mejoramiento de la agricultura; a incrementar ese nuevo y creciente número de hombres sanos que el Directorio quiere que en su día le suceda para continuar la obra de la regeneración de España; a reafirmar el gran partido de Unión Patriótica, que tan señalados servicios está llamado a desempeñar». Cuándo años más tarde (1.930), el dictador tuvo que salir al exilio, sustituido por uno nuevo, el general Berenguer, al partido le hicieron un lavado de cara, pasando a llamarse: Unión Monárquica Nacional. En esos años de dictadura, los sucesivos ayuntamientos fueron copados por ese partido, pero también tuvieron la colaboración de los antiguos partidos, y de tres concejales del PSOE. Fue el colofón de la colaboración socialista de Andújar con la dictadura, que se inició con la visita que el gobernador civil y el alcalde, hicieron, en diciembre de 1.924, a la Casa del Pueblo para acordar las condiciones de la recolección de la aceituna de esa campaña.


En medio de esta cotidiana inestabilidad política, que la población intentaba vivir con normalidad, la familia recibió un duro golpe: en 1.926, Segunda, madre y esposa de Rafaeles, apareció muerta en su cama de La Atalaya. Estaba sola, su marido, que como siempre llegaba muy tarde del casino, dormía en la habitación de invitados. Por la mañana, cuándo la criada entró para despertarla, extrañada por la tardanza en levantarse de su señora, la encontró muerta. La capilla ardiente se organizó en uno de los salones del cortijo, donde se aposentaron un buen número de plañideras ataviadas con sus velos negros y armadas con sus rosarios de huesos de aceituna, a la espera de la propina habitual en estos casos. Durante dos días, los vecinos del pueblo fueron desfilando ante ella, y finalmente, su cuerpo fue depositado en la cripta de la capilla, donde reposaban ya varias generaciones de la familia.
Su desaparición agravó ostensiblemente la relación de Servanda y su padre. Segunda, que en los últimos años actuaba de mensajero y “correveidile” entre los dos, era un colchón amortiguador de la manifiesta animadversión existente entre padre e hija. Rafael padre se desentendió definitivamente de la administración de la finca, ya casi lo había hecho, pero no permitía que su hija intentara salvar La Atalaya: cualquier decisión importante, necesitaba de su firma, y nunca se la dio. Al contrario, fue vendiendo parcelas de la finca para ir pagando deudas, la mayoría suyas, fruto de sus andanzas en el casino o con las pelanduscas con las que se le veía con cierta frecuencia. Aun así, Servanda pudo sacar a sus espaldas una parte de la producción de olivas para mesa, y algunos animales, para disponer de algunos fondos con los que pagar los gastos cotidianos de la finca. Su hermano intentó mediar entre los dos, y hacer entrar en razón a su padre, pero cuándo vio que era imposible, aconsejó a su hermana que se desentendiera de la finca y se fuera a vivir con ellos. Servanda se negó, en el fondo de su alma quería salvar La Atalaya.
—Mira, padre está descontrolado y no te va a dejar hacer nada, —le decía Rafael a su hermana.
—No puedo dejar La Atalaya: mama y los abuelos están enterrados aquí…
—¿Y qué?
—Además, ¿qué hacemos con los peones y con los criados?, llevan toda la vida con nosotros.
—Padre está alcoholizado, y además está mal de la cabeza: va a seguir malvendiéndola para pagar sus historias.
—Todavía puedo intentar salvar…
—Lo sé hermanita, lo sé, pero es que no te va a dejar. Ni nosotros, ni la finca, le importamos lo más mínimo. Solo quiere dinero para jugárselo y dárselo a sus putas.
—Sabes que te agradezco tu oferta…
—Nos vendrías muy bien, podrías echar una mano a Nicolasa con los más pequeños.
—¿Con lo sociable que soy? No digas bobadas, asustaría a los niños.
—Eso no es cierto, —dijo Rafael abrazando a su hermana.
—No, en serio, mientras tenga fuerzas quiero seguir intentándolo.
—Le he propuesto a padre que me transfiera la firma, que yo me ocupaba, pero se ha negado.
—¡Pero tu no puedes dejar la escuela!
—No la iba a dejar: tú la diriges y yo firmo. Pero…
—Ya, ya. Desengáñate, se va a llevar La Atalaya a la tumba.
—Venga, no digas eso, todavía se puede solucionar.
—Me odia, y lo sabes.
—¡Cómo te va a odiar!
—¡Claro que sí! Ha concentrado en mí todas sus frustraciones. Yo sé que no soy una maravilla, pero por lo menos lo intento, y estoy segura de que podría haberla sacado adelante. El no. la situación de La Atalaya es únicamente culpa suya; y no me refiero a lo que está pasando ahora: es culpa suya desde el principio. No supo, o no quiso reaccionar cuándo aquí nos cerraron las puertas.
—Estás siendo muy dura Servanda.
—¿Dura? Padre tuvo varias ofertas para sacar de Jaén toda la producción de olivas y las rechazó. No era a precio de aquí, pero la hubiera sacado en lugar de pudrirse. También tuvo ofertas para sacar los guarros hacia Salamanca, y también lo rechazó.
—¡Venga ya! Eso no puede ser, ¿cómo lo sabes?
—Porque he visto las cartas y los documentos…, y muchas más cosas que hay en su despacho.
—No se…, posiblemente habrá una explicación. 
—Claro que la hay: no tiene ni idea. No va a permitir que yo la saque adelante para no quedar en evidencia. ¡Servanda la inútil! Que bien le ha venido. Pues en poco tiempo, «la inútil», ha aprendido mucho más de lo que él sabe con toda su experiencia. 
—Desgraciadamente no parece que haya solución…
—Si la hay: que se muera y deje de vender parcelas.
—Venga mujer, no seas así.


Su padre nunca más regresó a La Atalaya. Alquiló una modesta casa en el centro de Andújar donde iba a dormir la mona y desde donde siguió expoliando la finca para seguir con el juego, el alcohol y las putas. Finalmente, Servanda tuvo que despedir a todo el servicio y a los pocos peones que quedaban. A todos, salvo a una de las criadas: una chica mestiza de su edad de ascendencia gitana, que se llamaba Edelmira. En absoluto secreto, las dos habían iniciado una relación sentimental un año antes. Cerraron todas las dependencias del cortijo, solo conservando la cocina, dos habitaciones adyacentes y un baño. En ese espacio, minúsculo, con relación al resto de la casa, Servanda fue por primera vez, verdaderamente feliz en su vida. Poder dormir abrazada a su amor significó mucho para ella. Crearon un huerto donde cultivaron verduras para que Edelmira las vendiera los días de mercado. Mientras tanto, La Atalaya languidecía acosada por la acción depredadora de su padre. Al principio, las dos intentaron mantener en buen estado los olivos, pero terminaron desistiendo: era un trabajo imposible para solo dos personas.
Nadie supo jamás de su relación con Edelmira: hubiera sido un escándalo colosal en la mojigata sociedad andujareña. Solo su hermano y su cuñada estaban al tanto, y la apoyaron incondicionalmente. Además, conocían a Edelmira y sabían que era una buena chica, o al menos eso creían. Las dos crearon su paraíso particular fuera de la vista de los demás, y de la acción de las leyes de escándalo publico vigentes en la España, una situación que no se normalizó hasta la proclamación de la II República, que abolió cualquier legislación en contra de la homosexualidad.


Con la situación política como siempre, La Atalaya también como siempre, Servanda y Edelmira, semiaisladas en su discreto nido de amor, y el colegio San Rafael funcionando suficientemente bien, se llegó al final de esa década, era 1.930. Rafael padre estaba en el casino del pueblo, en la sala de lectura, ojeando distraídamente El Guadalquivir mientras llegaba alguien con quien jugar a las cartas. Sintió un fuerte dolor en el pecho y cayó fulminado al suelo. Cuando el médico llegó, ya no pudo hacer nada por él salvo certificar su muerte. Su hijo fue avisado inmediatamente y se hizo cargo de todo. La capilla ardiente se instaló en unas dependencias situadas en el sótano del mismo casino, ante la negativa de Servanda de que se hiciera en La Atalaya.
—¡Venga hermanita! No seas así. 
—¡Te he dicho que no! Prácticamente vivía allí, y allí era donde le sacaban los cuartos. ¡Pues que se lo queden ellos!, que le velen sus putas, y porque no tenemos dinero, que si no, te aseguro que no lo iban a sepultar en la cripta al lado de madre.
—Es de buenos cristianos perdonar.
—¡Venga ya! ¿y me lo dices tu que eres ateo perdido?
—Venga mujer…
—He dicho que no, además, las tonterías católicas hace tiempo que desaparecieron de mi vida, ¿o ya no te acuerdas que vivo en pecado mortal?
Un par de días después, una comitiva de una docena de vehículos, seguían al coche fúnebre que pesadamente subía por la cuesta del santuario, para desviarse por el camino que conducía a la entrada principal de La Atalaya. Desde el huerto, Servanda vio llegar la comitiva fúnebre mientras trabajaba con la azada, pero siguió con su labor: Rafael se ocupó de todo. Si con la muerte de su padre, Servanda tenía alguna esperanza de salvar La Atalaya, la lectura del testamento lo echó por tierra: la situación era peor de lo que imaginaba. Su padre, no solo había vendido partes significativas de la hacienda, también había hipotecado el resto. Con los cálculos que hizo Servanda, ni vendiendo a precio de mercado la producción de olivas que quedaba, daba para pagar las deudas. Eso significaba que, con el tiempo, se convocaría concurso de acreedores y se perdería todo, incluida la casa. Todo dependía de la prisa que quisieran dar al proceso de desahucio. Nicolasa presionó a su padre para que utilizara su influencia con el estamento judicial y con los bancos, para que se ralentizara el proceso lo más posible, pero era un hecho, que tarde o temprano Servanda y Edelmira, se quedarían en la calle y tendrían que ser acogidas por su hermano.

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