jueves, 27 de agosto de 2015

La Atalaya (capitulo 8)




—Oye papa, ¿este nuevo general que hay ahora en el gobierno…?
—No es un general, es marino, el almirante Aznar. —corrigió con paciencia Rafael a su hijo mayor, José, que llevaba un rato dándole la tabarra mientras leía la prensa en el patio del colegio.
—Da igual, es lo mismo, es un militar…
—Como te oiga decir eso se va a cabrear: los marinos son muy quisquillosos con esas cosas, —a pesar del coñazo que le estaba dando, lo cierto es que estaba orgulloso de las inquietudes de su hijo mayor. A pesar de sus doce años, ya empezaba a interesarse por la política, algo que su madre, heredera del sentimiento antipolítico de su padre, veía con creciente preocupación. 
—¿Por qué hay tantos generales seguidos?, bueno vale, y un almirante.
—Porque no se presentan a las elecciones. Uno, el general Primo de Rivera, dio un golpe de estado y usurpó el poder. Cuándo se cansó de joder…
—No uses esas palabras con el niño, parece mentira que seas maestro, —le reprendió Nicolasa que cosía a su lado.
—Cuándo se cansó de… fastidiar, se fue y en su lugar se puso otro general: Berenguer, que como ya sabes ha estado poco tiempo. Ahora hay un nuevo militar: el almirante Aznar, que ha convocado elecciones municipales, porque hace muchos años que no se hacen.
—¿Y por qué si son municipales, dice la gente que si ganan las izquierdas el rey se tiene que ir?
—Las izquierdas y los republicanos. Pues porque el rey está muy desprestigiado por el apoyo que ha dado a la dictadura. Pero no es seguro que se vaya a ir, ya veremos.
—¿Y si se va?
—Se proclamara la república.
—¿Y que diferencia hay?
—Ninguna hijo, ninguna, —intervino Nicolasa—. Los mismos sinvergüenzas que había antes seguirán, y si no, aparecerán unos nuevos.
—¡No digas eso! Los compañeros no son sinvergüenzas.
—No son mis compañeros, y harías bien en no llenarle la cabeza de pájaros al niño.
—¡Mama, ya no soy un niño!
—Yo no le lleno la cabeza de pájaros, es él que oye cosas, y pregunta. Todo el pueblo está hablando de lo mismo.
—Como si les fueran a solucionar algo. ¡Están tontos!
—¡Vale mujer! Lo que tú digas.


Andújar vivió un ambiente preelectoral con mucha intensidad y una gran expectación. Unión Republicana, Partido Radical Socialista, PCE, Acción Republicana y PSOE, unieron su esfuerzo electoral y sus recursos para rentabilizar al máximo el apoyo republicano y obrero, según ellos, para «captar el voto indeciso de carácter burgués y encauzar el voto con criterios de utilidad». La campaña se desarrolló sin incidentes de importancia, y así se llegó al día 12 de abril.
En el pueblo, las fuerzas monárquicas cosecharon los peores resultados de la historia, repartiéndose los concejales con el bloque republicano: once cada uno, aunque los monárquicos tenían mayoría, frente al PSOE que había conseguido siete. En el resto del país, los republicanos ganaron en los núcleos urbanos y los monárquicos en las zonas rurales. El día 13, después de una intensa actividad política en el Palacio Real, por dónde desfilaron un buen número de políticos, Alfonso XIII difundió su manifiesto de renuncia: «[…] Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. […] No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme un día cuenta rigurosa. […] Espero que no habré de volver, pues ello solo significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz». A pesar de haber arruinado la Nación con su manifiesta ineptitud y su connivencia con la dictadura, mantuvo su regia arrogancia borbónica hasta el final. Aun así, hay que reconocerle el merito de, al final, hacer lo mejor para España: irse. A finales de ese mismo año, el 26 de noviembre, las Cortes promulgaban una ley en la que le acusaban de traición. 
El día 14, el telegrafista del pueblo, captó un telegrama en el que se informaba de que la bandera republicana ondeaba en el Palacio de Comunicaciones de Madrid desde las tres de la tarde. Rápidamente, entregó una copia del mismo al concejal socialista electo dos días antes, Emilio González Romero, que inmediatamente se trasladó a la Casa del Pueblo, dónde, con ayuda de otros compañeros socialistas confeccionaron una bandera republicana. A continuación, recorrieron el pueblo con ella acompañados por un gran número de seguidores y la banda municipal, para terminar en el Ayuntamiento, dónde fue izada proclamando la República, ante la resignación de los seguidores monárquicos.
Al día siguiente, el gobernador civil de la provincia, ordenó a los concejales del bloque republicano, crear comisiones en todos los pueblos: «para garantizar a toda costa el orden publico y el respeto a las personas y a la propiedad, auxiliándose, si fuera preciso, del comandante del puesto de la Guardia Civil».
Todos estos sucesos fueron vividos por la familia Morales con gran alborozo, aunque Nicolasa se mantuvo ligeramente al margen. Incluso Servanda y Edelmira, por separado para no levantar habladurías, bajaron de La Atalaya para acompañar a Rafael en las celebraciones.
—A lo mejor podéis regularizar vuestra situación ahora, —dijo Nicolasa a Servanda con cierta ironía cuándo estuvieron a solas— ya has visto que los republicanos lo van a solucionar todo.
—¿Incluso lo que no tiene solución?
—No seas tan negativa: mira que yo lo soy, pero es que tú lo eres más.
—Nicolasa, pero si ni siquiera votamos, cómo quieres…
—Todo llegara… con el tiempo… supongo.
—Eso es mucho suponer, porque aunque en Madrid hicieran algo, esto es un pueblo, y además es muy pueblo a pesar de que se las den de modernos. Es patético.
—Estoy de acuerdo contigo, pero tarde o temprano tendrán que…
—¿Tú te crees que don Fidel y toda esa chusma de beatonas que le rodean, con la generala a la cabeza, van a aceptar que dos mujeres, y además una de ellas gitana, duerman juntas? No digas sandeces.
—Ya sabes que las actividades de tu hermano me parecen una perdida de tiempo, pero lo tuyo no, hay que pelear para que nos reconozcan nuestros derechos. Todos nuestros derechos: los tuyos y los míos.
—Mira Nicolasa, nosotras solo queremos vivir cómo hasta ahora mientras podamos estar en La Atalaya, luego, ya veremos. 
—No seas tan negativa…
—No, no lo soy, soy realista. No sé lo que tardaremos en perder la finca, pero la perderemos, y tú lo sabes. Mi padre lo dejó todo bien preparado para hacerme daño incluso después de muerto, —Nicolasa la miró en silencio: sabía que tenía razón.
—No sé que decirte, la verdad.
—No hace falta Nicolasa, nunca os agradeceré lo suficiente, a ti y a tu padre, por haber usado vuestra influencia para darnos más tiempo.
—Yo no he hecho nada Servanda, somos una familia, y sabes muy bien, que cuándo no podáis seguir en La Atalaya, podéis venir a la escuela.
—No sé, ya veremos. Estamos ahorrando casi todo lo que vendemos de la huerta. Además, hay algunas cosas de la casa que se pueden vender o empeñar… no sé. Tengo que hablarlo con Rafael. Si reunimos lo suficiente, nos gustaría irnos lejos de aquí.
—Pero, ¿cómo que os vais a ir?, ¿nos vas a dejar?
—Aquí ya no me queda nada.
—Nos tienes a nosotros: a tus hermanos y a tus sobrinos que te quieren un montón, y lo sabes. Los niños te adoran.
—Lo sé, pero aquí ya no tenemos futuro. Se me romperá el corazón por dejaros, pero es lo mejor.
—¿Y a dónde queréis ir?
—A América.
—¿A América?
—Estamos seguras de que allí podremos salir adelante… cuándo aprendamos inglés.
—¿A América, América, a los Estados Unidos?
—Sí.
—¿Te das cuenta de que es difícil que podáis regresar?
—Lo sé, pero mira, España esta muerta y no tiene futuro. Esto de la República va a terminar mal, y si no al tiempo. No quiero estar aquí cuándo todo se vaya a la mierda.
—Yo tampoco veo claro todo esto, pero no creo que…
—Dime la verdad, —la interrumpió— ¿tú te crees que estos cabrones van a dejar que los republicanos, o los socialistas, controlen el ayuntamiento?, ¿y el país? Dentro de unos meses me lo dices.
—Espero que te equivoques.
—Te lo he dicho antes muchas veces: no soy la más lista del mundo, —dijo Servanda abrazando a su cuñada— pero de algo estoy segura, de que esto va a terminar cómo el Rosario de la Aurora: a farolazos.


Desde el primer momento, Nicolasa pudo comprobar lo acertada que estaba su cuñada. Las elecciones municipales del 12 de abril fueron las últimas, con la excepción de las parciales que se convocaron para el 23 de abril de 1.933, en los municipios dónde no las había habido por concurrir una única candidatura, y que eran 2.500. Los concejales elegidos el 12 de abril, permanecerían en sus cargos hasta marzo de 1.936, momento en que fueron sustituidos por una comisión gestora.
Totalmente imbuido de espíritu republicano, Rafael decidió, con la ligera oposición por parte de su mujer, cambiar el nombre del colegio y acabar definitivamente con la tradición de los «Rafaeles» en su familia: el colegio San Rafael, pasó a llamarse «Instituto Cervantes».
A pesar de lo que pueda parecer, todos los partidos de la izquierda no estaban de acuerdo con la proclamación de la República, el PCE, a pesar que haber participado en el proceso electoral, la califico de «engaño para la clase trabajadora» y proclamo: «¡Abajo la república burguesa! ¡Vivan los soviets!».


La nueva constitución de diciembre de 1.931 reconocía el derecho al voto de la mujer, a pesar del voto en contra de dos de las tres mujeres presentes en el parlamento. Las mujeres españolas podrían, por fin votar, después de que las de Nueva Zelanda lo hacían desde 1.893 (pero no podían presentarse cómo candidatas), Australia desde 1.902 (ya sin restricciones), Dinamarca desde 1.915 y EE. UU. desde 1.920. Todos los estamentos ultracatólicos, nacionales y locales, pusieron el grito en el cielo. Don Fidel, el cura párroco de Santa María, desde su pulpito, arremetió con saña contra una constitución que reafirmaba los sentimientos laicos de la República. Los incidentes ultra religiosos se sucedieron desde el mismo momento de su proclamación. A los pocos días se celebró la tradicional romería de la Cabeza, a la que asistieron, en un intento de apaciguar los ánimos, los concejales electos. Eso si, algunos con más animo que otros. Pero la polémica se desató poco tiempo después con la celebración de la festividad de la Virgen del Carmen. La procesión se convirtió en una muestra de fuerza de lo más casposo del sector político-religioso de la Andújar más conservadora, con don Fidel a la cabeza. Al día siguiente, los partidos de la coalición republicana, presentaron un escrito en el que se exigía que «se amonestara y multara a los organizadores, que se prohíba cualquier repetición de actos de esa índole, y que se obligue a los organizadores a limpiar la cera derramada por todo el recorrido» (no es broma). El ayuntamiento se vio forzado a prohibir, temporalmente, la celebración de cualquier acto religioso en la vía pública; también se prohibió el toque de campana que a todas las horas atronaba el pueblo desde los campanarios de las iglesias. Con la aprobación de la nueva Constitución y sus estrictas normas anti-religiosas, el ayuntamiento se inhibió de asistir a las procesiones, con la única excepción de la romería de la Cabeza.
Parecía que el ambiente se tranquilizaba en Andújar, cuándo a mediados de agosto de 1.932, se produjo el intento de golpe de estado del general Sanjurjo: la Sanjurjada. Aunque la incidencia en Andújar fue mínima, se produjeron grandes muestras de apoyo al proceso republicano por parte de los partidos afines. También hubo cruce de acusaciones entre los concejales de izquierda y derecha que quedaron en nada. A finales del año siguiente, en las elecciones generales ganaron las derechas, comenzando el llamado: bienio negro. Cómo resultado de su política antiobrera, en 1.934 se produjo el intento revolucionario de Asturias. Pero este último acontecimiento paso a segunda fila en la familia Morales. Los tiempos judiciales, aunque despacio, corrían inexorables para La Atalaya.


José, había llegado muy temprano. Había subido en la camioneta que, de madrugada, llevaba todos los días el pan y algunas cosas más al monasterio. No encontró a su tía, ni a Edelmira en la casa, ensilló el caballo y se fue a pasear por lo que quedaba de la finca acompañado de los perros. Al día siguiente, el secretario judicial, y la Guardia Civil, llevarían a efecto el desahucio, y quería aprovechar para recorrerla por última vez. Le extrañó no verlas, pero pensó que habían bajado al pueblo con las mulas, que tampoco estaban. Cuándo regresaba a la casa, y ya próxima a ella, vio a su tía en la vieja alberca. Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el muro y el rostro refugiado entre las manos. Se aproximó y vio que estaba llorando. Rápidamente se apeó del caballo y arrodillándose a su lado la abrazó mientras los perros olisqueaban su vestido. Imaginaba lo que estaba pasando, pero se equivocaba, a Servanda, ahora mismo, poco la importaba La Atalaya.
—¡Se ha ido, se ha ido! —logró decir entre sollozos.
—¿Quién se ha ido tita?
—Se ha ido, Edelmira se ha ido.
—Pero, ¿dónde se ha ido? —preguntó José. Estaba al corriente de la relación de su tía y Edelmira, aunque no lo entendía muy bien. Cuándo fortuitamente lo descubrió, su padre le hizo prometer que lo mantendría en secreto y le dijo muy serio: «si se descubre, tu tía lo puede pasar mal, incluso podría terminar en la cárcel. Ahora eres muy joven y posiblemente no lo entiendas, pero cuándo seas mayor lo harás».
—¡No lo sé, no lo sé! —no paraba de llorar.
—¡Venga tita! Habrá bajado al pueblo para…
—¡No! se ha ido.
—Pero, ¿cómo lo sabes?
—Se ha llevado sus cosas… y las mulas… y todo el dinero que teníamos ahorrado, —logró decir entre sollozos.
—¿El dinero para el viaje?
—¡Sí!
José, que a pesar de su juventud era un chico avispado, había captado desde el principio la magnitud del problema. Intentó tranquilizar a su tía, a la que adoraba, hasta que pudiera ir a avisar a su padre.
—Mira tita, vamos a ir a la casa, y cuándo te hayas tranquilizado, voy a ir a buscar a mi padre. Seguro que todo esto tiene una explicación, —sin dejarla responder la ayudó a levantarse y cogiéndola por la cintura la condujo a la zona de la casa que compartía con Edelmira. 
La preparó una infusión de tila y, cuándo la vio más tranquila, después de dejarla recostada en la cama, salio a galope tendido hacia el pueblo, en busca de su padre. Lo encontró en la Casa de Pueblo, era domingo y no había escuela. Lo que le contó su hijo lo alarmó y rápidamente se dispuso a salir, pero cómo el caballo estaba agotado, pidió prestada una pequeña camioneta de carga a uno de los compañeros, y en ella regresaron a La Atalaya. No la encontraron en su habitación y alarmados la buscaron por toda la casa, pero fue infructuoso. Finalmente, Rafael la encontró en la cripta de la capilla, al percatarse de que la pesada puerta de hierro estaba entreabierta. Estaba colgada por el cuello de una de las vigas del techo: rodeada de todos los antepasados y junto a su padre. Se había suicidado.


La Guardia Civil encontró a Edelmira rondando por el puerto de Cádiz intentando embarcar hacia Río de la Plata, lo que levantó sospechas. No sabía que con ese destino, los barcos salían de Vigo. La encontraron en compañía de un joven arriero que solía hacer la trashumancia entre la sierra de Andújar y los pueblos de la comarca. En varias ocasiones, habían sido vistos juntos por parajes apartados del pueblo y todos pensaron que tenían una relación; nadie imaginaba que Edelmira en realidad, la relación, aunque ahora se veía que falsa, la tenía con Servanda. Los dos fueron detenidos por el robo del dinero y de las dos mulas, que habían vendido al llegar a Cádiz. Unos meses después, fueron condenados a varios años de cárcel.

Cuándo el juez le entregó el dinero robado, Rafael compró un pequeño mausoleo en el cementerio municipal y trasladó los restos de sus familiares. Don Fidel, hizo piña con el resto de curas del pueblo y no permitió enterrar en sagrado a Servanda: era una suicida homosexual. Finalmente, un buen amigo, Roberto, descendiente de Rogelio el testaferro del primer Morales de Andújar, y propietario actual de Villa Juanita, le permitió enterrar el cuerpo de su hermana, bajo una encina centenaria en un extremo de la finca con vistas al río Jandula.
Cuándo recogía los efectos personales de su hermana, Rafael encontró información del viaje que la había llenado de esperanza. La vida no había sido amable con ella a pesar de que, a excepción de los últimos años, había gozado de las comodidades del cortijo. Cuándo pensaba que todo había quedado atrás y por fin había encontrado el amor y un futuro, la realidad de la vida la había vuelto a golpear de una manera tan dura, que ya no quiso reponerse.

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