miércoles, 21 de octubre de 2015

La Atalaya (capitulo 15)







En España se pasó hambre al final de la guerra, incluso más que durante la misma. Según las estimaciones más amables con el régimen fascista, entre 1.940 y 1.946, murieron más de 30.000 personas directamente por esa causa, pero hay la certeza de que la cifra fue sensiblemente superior. Igualmente, en ese mismo periodo de tiempo murieron otras 30.000 personas por tuberculosis, a las que hay que añadir otras 120.000 más por enfermedades asociadas a la precariedad y la mala alimentación.
En España, en cualquier periodo de su historia, siempre ha sido importante tener los contactos adecuados: el enchufismo y el amiguismo son crónicos. Mucho más en el periodo actual donde los que mandan lo hacen con las armas en la mano en lugar de con el uso de las leyes y de la razón, de lo que andaban francamente escasos. La intolerancia, la brutalidad y el fetichismo religioso y patriótico, habían ganado de manera definitiva a la tolerancia, la empatía y la comprensión, en un proceso macerado durante décadas, o tal vez siglos.
Muchos campesinos preferían vender sus productos en el mercado negro porque sacaban un rendimiento mayor y no pagaban impuestos. El estraperlo estaba generalizado. Fue un problema grave durante la República, pero en la posguerra la situación fue peor: la escasez y la falta de escrúpulos lo fomentaban.
La precariedad empujó a miles de mujeres a la prostitución, aumentando dramáticamente la situación que se vivió durante la guerra civil. Ocuparon con creces el puesto de miles de prostitutas que huyeron con la victoria fascista por temor a las represalias católico-falangistas. Barcelona, por poner un ejemplo, se quedó vacía de prostitutas. Fue tal la cantidad de nuevas prostitutas que con el paso de los meses comenzaron a ejercer, que esa actividad no les solucionó su precaria vida.
Sevilla no fue una excepción dentro de este ambiente desolador. Por fortuna para ellos, la familia Villa pudo capear bien la situación gracias a las buenas relaciones del padre. José Villa se pasaba de vez en cuando por el economato de la Guardia Civil para recoger algunas “cosillas” que le proporcionaban sus amigos. También lo hacia, y esto no lo sabía nadie, porque le agradaba que los guardias se le cuadrasen y se dirigieran a él como: “mi sargento”. Y es que los 40 años de benemérita los tenía grabados a fuego en el alma, a pesar de que se jubiló del cuerpo soltando pestes sobre los botarates y correveidiles que según él plagaban las comandancias. Que nadie piense que le llenaban la despensa con ricos manjares de marqueses, ni mucho menos, pero tal y como estaban las cosas como sí lo fueran. Latas de tomate triturado, alguna de pepinillos, y de tarde en tarde, una de carne argentina: los productos frescos solo se conseguían en el mercado negro o gracias a Roberto. Un par de veces al mes, Pepe, el hijo pequeño que ya no era tan pequeño, iba al economato, se presentaba a un cabo de intendencia amigo de su padre y este le daba un saco de patatas viejas.
Cuando llegaban las latas de tomate, lo primero que hacían los hermanos era abrir una y bebérselo pasándoselo de mano en mano.
—¿Cuándo podremos comer algo decente? —se quejó Trini.
—No te quejes que la mayoría no tienen ni esto.
—Eso es verdad, si no fuera por los amigos de padre…
—No lo quiero no pensar.
—Pues en Falange, dicen los camaradas que se está preparando un convoy especial para Madrid, —dijo Pepe que hacia poco que andaba con ellos.
—No me extraña.
—Allí se deben estar quitando el hambre a puñetazos.
—Les está bien empleado, si se hubieran rendido…
—Desde luego la guerra no hubiera durado tanto, —interrumpió Rosario.
—¿Qué necesidad tenían de aguantar lo que aguantaron? Total, pa na.
—Había muchos rojos…
—Sí, pero ya están limpiando la capital de la patria, —afirmó Pepe arrogante—. Los camaradas dicen que las cárceles están abarrotas.
—Pues el otro día la Anselma, ya sabéis, la del churrero, estuvo contando todas las barbaridades que hacían en Madrid.
—¡Que Dios los perdone!
—Dice que a los niños pequeños, los ensartaban en la rejas de las iglesias. Fíjate.
—¡Qué barbaridad!
—Pues Dios los perdonará, pero nosotros no: muchos de esos malnacios están terminando en el paredón, —afirmó nuevamente Pepe con la arrogancia que da la juventud y el esmerado adoctrinamiento falangista.
—Haríais bien en no prestar atención a todo lo que se dice por ahí, —intervino José Villa que les estaba escuchando mientras hojeaba el ABC sentado al sol en el balcón de la casa.
—Padre, a ver si usted me va a decir que es mentira lo que digo.
—No se trata de eso Pepe. Es cierto que están matando a mucha gente en Madrid y deben hacerlo, pero todas esas cosas que se cuentan…
—¿Usted cree que son mentira padre? —preguntó Pepita.
—Yo lo que creo es que después de 40 años de servicio, nunca he visto ensartar a los niños en las rejas de las iglesias, ni he tenido noticias de algo parecido. Y os aseguro que he visto cosas que os pondrían los pelos de punta
—O sea, ¿Qué es mentira?
—A ver, ¿y cómo sabe la mujer del churrero todas esas cosas? —preguntó José Villa armándose de paciencia.
—Dice que se lo cuentan sus clientas.
—¿Sus clientas? Pues yo todos los días leo de cabo a rabo el periódico y aquí no dice nada de eso.
—Pues cuándo el río suena…
—Sí, eso eso, cuándo suena… —corroboró Pepe.
—Vamos a dejarlo porque discutir con vosotros es cómo hablar con la pared.
¡Cucha! Que es usted el que se ha metido por medio.
—¡Claro! Estábamos hablando entre nosotros.
—No, si ahora la culpa la voy a tener yo.
—¿La culpa de que? Estábamos hablando de lo que cuenta la gente.
—Y no solo lo dice la churrera, que lo dice más gente.
—A mí, el otro día me lo contó la del Jacinto.
—¿Jacinto el pocero?
—No, el que trabaja en las caballerizas del ayuntamiento.
—¿No ve padre? Ese seguro que está bien informado. Se lo digo yo.
—Eso seguro.
—En fin, lo dicho: vamos a dejarlo, —dijo el padre negando con la cabeza mientras volvía a mirar el periódico, y con resignación, afirmo a continuación—: ya se sabe que el que con niños se acuesta, meao se levanta.
¡Cucha! Lo que dice, que el que se ha metido en la cama es usted padre.


Roberto Iribarren no era un santo. Es cierto que jamás participo en las represalias que se extendieron por toda la geografía española, ni acusó a nadie de ser rojo, masón o algo parecido, pero sí se aprovechó del ambiente corrupto de la España fascista, comprando a bajo precio, tierras e inmuebles confiscados durante la guerra y la posguerra. Y en ese cometido, para decantar los negocios a su favor, utilizó sin rubor sus amistades políticas y militares, entre los que había algunos “camisas viejas” o mandos castrenses procedentes de la guerra de África. Aun así, siendo cómo era un hombre de ideología liberal conservadora, despreciaba profundamente a los nuevos lideres de la nación, con sus uniformes azules, su pelo engominado y sus bravuconadas políticas. Por supuesto lo mantenía en el más absoluto de los secretos, y cuándo se reunía con sus “amistades” sevillanas, o de dónde fueran, prodigaba a diestro y siniestro, y sin la menor timidez, efusivos apretones de manos, abrazos y sonoras palmadas en la espalda. Incluso en alguna ocasión, llegó a levantar el brazo junto a alguno de sus amigotes.


La familia Morales se adaptó bien a la vida en Sevilla. Desde el primer momento, los tres hermanos y la madre se pusieron a trabajar gracias a los contactos de Roberto, que no solo se los proporcionó, eso sí, con discreción, sino que también los acompañó a Sevilla, aunque por imposición de José por caminos distintos y con varios días de margen para no levantar habladurías. Roberto quería aprovechar el viaje para atender sus asuntos en la capital hispalense, que cómo ya he dicho eran muchos.
Nicolasa empezó a trabajar en el palacete de unos amigos de Roberto. Se pasaba toda la mañana fregando suelos, escaleras y el patio de la casa. Después, por las tardes, aunque no diariamente, iba a otras tres casas a lavar ropa, planchar y lo que terciaba. Cuándo por la noche regresaba a la casa de la calle Colon estaba reventada: cenaba algo de lo que habían preparado sus hijos y se iba a la cama.
Miguel, el pequeño, se puso a trabajar de mozo para todo en una tienda de muebles de la calle Sierpes, y Paco, de aprendiz de contable en Hytasa, una empresa textil en el barrio del Cerro del Águila. En aquellos años, el barrio todavía mostraba signos de la catástrofe de marzo de 1.941, cuándo estalló el polvorín de la Sociedad Española de Explosivos, arrasando más de 300 casas de la barriada. Todos los días, Paco recorría andando los casi seis kilómetros que le separaban de su puesto de trabajo: no podía gastarse un tercio de su precario salario en un transporte publico que además era poco fiable.
Lo de José fue más complicado: no quiso que Roberto apareciera ligado a él para no comprometerle más de lo que ya estaba, y mucho menos en Sevilla, que seguía siendo la capital fascista del sur y una verdadera fábrica de chismes y habladurías. De hecho, en la casa de la calle Colon, siempre entraban y salían por la puerta de servicio y habitaban la parte interior de la casa: un par de habitaciones junto a la cocina y al lavadero.
A pesar de su pasado, y de sus actividades en Madrid y durante la guerra, su tía Carmela, a regañadientes, le enchufó en la Telefónica de Sevilla. Cómo ya conté en su momento, Carmela había perdido a su marido, exdirectivo de Telefónica, durante los “paseos” de los milicianos durante la guerra, y eso la convirtió en una figura representativa de la sociedad patriótico-fascista madrileña. Por supuesto, siempre se silenció la afiliación de su marido al PSOE. Disfrutaba de una posición muy acomodada gracias a la generosa pensión que cobraba y bajo su ala protectora, sus hijos y nietos ya trabajaban en Telefónica. A pesar de que conocía perfectamente la precaria situación de su hermana y sus sobrinos, solo ayudó a José después de insistirla mucho. Empezó a trabajar de ayudante de instalaciones, pero al poco tiempo, y gracias a sus conocimientos eléctricos subió de categoría, pero ahí se quedó estancado, estaba claro que no iba a poder prosperar más. Estaba claro que su tía no lo iba a permitir.


A pesar de que los tres hermanos y su madre trabajaban, la situación de desabastecimiento y los elevados precios del mercado negro, hacia que, cómo todo el mundo, tuvieran problemas para acceder a productos básicos. Roberto, que ya había regresado a Andújar, a través de José Villa les abastecía de lo que podía, que no era mucho porque tenía muchos compromisos dentro de la capital hispalense. Además, había empezado a normalizar su relación con las familias que ocupaban las fincas sevillanas de las que era propietario y no les podía apretar más porque ya les había empezado a cobrar alquiler.
 Desde el mismo momento en que se conocieron, José Villa y José Morales dejaron claras las cosas para que el primero no tuviera problemas en una ciudad que era un patio de vecinos gigante. Nunca conocieron a sus respectivas familias, siempre se citaban en la zona de los Remedios o en la zona del cementerio de San Fernando, de tan triste recuerdo, aunque no para José Villa, franquista convencido. A pesar del enorme distanciamiento ideológico entre los dos, José Villa nunca mostró la arrogancia del vencedor, es más, conocía un poco la historia de Roberto y su relación con José: entendía la situación y siempre estuvo dispuesto a ayudar en lo que fuera. Fue José Morales el que siempre insistió en mantener esta relación con discreción: en ciertos círculos sevillanos, dónde además reinaba la figura omnipresente de don Fidel, no se hubiera entendido muy bien que el hermano mayor del Baratillo, exsargento condecorado de la Guardia Civil, se relacionara con un rojo, y además hijo de rojo.
El caso de don Fidel era distinto. Se había convertido en una enloquecida bestia ideológica, que desde el pulpito de la catedral espoleaba a los vencedores en su sagrada misión restauradora de los supuestos valores patrios. Había declarado una guerra sin cuartel a todo lo que pudiera ser sospecho de rojerío. Incluso se sabía que, periódicamente, visitaba al gobernador civil y jefe provincial del movimiento, camarada Fernando Coca de la Piñera, que unos años antes fue el impulsor de acto de desagravio patrio al desenterrar a las victimas de una de las mayores matanzas del comienza de la guerra: los “trenes de la muerte” de Vallecas. Al comienzo de la guerra, grupos de milicianos fusilaron a cerca de doscientos presos de derechas que llegaban a Madrid desde Jaén. José no tuvo nada que ver con este episodio: en esos días, el 5.º Regimiento estaba muy ocupado en la sierra de Guadarrama. Gracias a su abnegado trabajo en Sevilla, pocos años más tarde Coca de la Piñera llegó a ser procurador en Cortes. A él, le entregaba personalmente una lista de “sospechosos” que era atendida con mucha atención y que en ocasiones llegaba al ministro secretario general del Movimiento con el que tenía línea directa. La lista estaba integrada no solo por supuestos rojos más o menos confirmados, también por prostitutas, homosexuales y cualquiera que atentara contra la moral católica según el estricto criterio de don Fidel y de la Iglesia Católica nacional. Coca de la Piñera, totalmente integrado en el aparato represor de la época, unas veces mandaba a la policía y otras a sus matones de la Falange para que dieran palizas y escarmientos acordes con el supuesto delito cometido, aunque en ocasiones se les iba la mano y la víctima terminaba en el Guadalquivir haciéndolo pasar cómo suicidio. No pasaba nada, nadie iba a preguntar y mucho menos a protestar. Todo estaba justificado en defensa de Dios y de la patria. Incluso don Fidel bendecía a los que él llamaba “soldados de la fe”.
Sin ninguna duda, don Fidel pasaba por ser un hombre devoto, honorable, patriota y látigo despiadado de traidores, pero siempre olvidaba mencionar que, gracias a uno de ellos, que arriesgó su propia vida y la de su familia, él esta vivo. Curiosamente, y cómo suele ocurrir, esas lecciones de rectitud moral que impartía no iban con él. En 1.947, cuándo se rumoreaba que podría llegar al obispado, una “sobrina” que vivía con el y que se ocupaba de las labores domesticas, le degolló mientras dormía por un ataque de celos cuándo descubrió que tenía a otra “sobrina” mantenida. Lógicamente, el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de entonces, camarada Carlos Ruiz, que seguía con mucha aplicación los pasos de su antecesor, corrió un tupido velo sobre el asunto: la asesina desapareció sin dejar el más mínimo rastro. El “horrible” crimen fue achacado a un par de anarquistas que terminaron ante el pelotón de fusilamiento. Unos años más tarde, de manera fortuita, la verdadera historia llegó a oídos de José Morales. Cuándo se lo contó a su madre, una media sonrisa iluminó su rostro.
—«Parece que al final es verdad que todos terminamos rindiendo cuentas a Dios» —pensó con ironía.








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