viernes, 20 de mayo de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 8)



La gigantesca nave les cortaba el paso. Hacia varios días que la Flota Federal había entrado en la zona del Consorcio Bellek, y por fin, habían aparecido. La nave era descomunal, rechoncha: intimidaba. Parecía una enorme tortuga, totalmente erizada de antenas y largas púas puntiagudas, que adosadas al casco como si fueran parásitos, le daban un aspecto inverosímil, extraño. Estaba claro que hacia mucho tiempo que no veían cruceros de batalla en su territorio, y permanecían en silencio, expectantes, como si quisieran adivinar cuales serian nuestros movimientos o nuestras intenciones.
—¿Qué dicen los escáneres? —preguntó Matilda.
—Casi cinco kilómetros de eslora y tiene un blindaje brutal: 60 metros de grosor mediante capas de algo que no identifico, pero que es similar al duranio. Puede resistir un ataque con armas nucleares: todas esas púas impiden impactos directos contra el casco, —contestó Moxi estudiando los datos de su consola—. En cuanto a la tripulación, no sé qué decir. Ahí dentro hay más de 200.000 formas de vida de muchas especies distintas. 
—Los escáneres de largo alcance, detectan otras tres naves acercándose a toda velocidad. Llegaran en tres horas.
—El príncipe Adry dijo que casi todos viven en esas naves, —intervino Ushlas.
—Frío seguro que no pasan, deben vivir muy juntitos ahí dentro, —bromeo Daq desde el timón.
—¿Armamento? —preguntó Matilda. 
—Lanzadores de misiles nucleares y artillería pesada de inducción, cómo dijo el príncipe Adry, —respondió Neerlhix—. Está claro que hace muchos años que no renuevan su tecnología, pero un ataque concentrado con las armas nucleares de esas cuatro naves, puede ponernos en dificultades.
—Un ataque nuclear concentrado nos pondría en mucho más que serias dificultades con el núcleo místico, —intervino Camaxtli entrando en el puente—. Esa basura de fisión y la tecnología mística se dan de hostias. Mejor lo evitamos.
—Una andanada con las baterías principales partiría por la mitad esa puta nave y se acabaría el problema, —afirmo Neerlhix.
—Hermanito, no voy a destruir una nave con 200.000 personas dentro, —dijo Matilda desviando la vista hacia su hermano.
—Lo sé nena, pero mi obligación es informarte de las opciones que tienes.
—Pues busca otra opción que esa no me mola nada, —dijo un poco molesta, y mirando a Moxi añadió—. Intenta comunicar con ellos y salúdales. A ver si contestan y podemos negociar.
—El Consorcio contesta capitán, —informó sorprendido Moxi—. Cualquier negociación tiene que ser en su nave, y solo dos personas.
—No puedes ir a su nave, —dijeron a la vez Ushlas y Neerlhix temiendo lo peor—. Es muy arriesgado.
—Sí voy a ir.
—No seas cabezona ¡Joder! —exclamó su hermano—. Es muy peligroso.
—Ya he tomado la decisión: voy a ir.
—¿Pero no te das cuenta del peligro que corres?
—Voy con un escolta.
—Yo soy la escolta, —intervino la Princesa Súm, que como oficial mayor, siempre estaba presente en el puente en momentos de conflicto.
—¡No, tú no! No quiero que dejes la…
—Yo soy la escolta, capitán, —insistió con convicción la Princesa.
—Sí, ella es tu escolta, —corroboraron Neerlhix y Ushlas con igual convicción mientras los demás también asentían.
—Hay que joderse. Me tenéis hasta los putos cojones. ¡Todos! Que lo sepáis.
—Muy bien, de acuerdo, pero te vas con la Princesa.
—No os soporto cuándo os ponéis en este plan.


A bordo de una lanzadera, llegaron a la descomunal nave del Consorcio Bellek. Lo que la habían contado sobre la vida en esas naves no les hacia justicia: era mucho peor. Una vez presurizado el hangar, abrieron la puerta de la lanzadera, y una oleada nauseabunda las golpeó cómo un puñetazo y estuvo a punto de hacerlas vomitar. 
—¡Dios mío! Casi no puedo ni respirar, —exclamó la Princesa Súm tapándose la nariz y la boca—. Me quema en los pulmones.
—Cálmate, a ver si se van a ofender. Además, no haberte presentado voluntaria: ahora te aguantas.
—¡Joder! No sé si voy a poder.
—Es fácil: procura no respirar.
Salieron del transbordador, y con una inclinación de cabeza saludaron a cuatro soldados que las esperaban. Vestían un pesado mono de algo parecido al cuero, con refuerzos metálicos. Sobre los hombros, una capa larga hasta los pies, confeccionada con chapas metálicas engarzadas entre sí. Posiblemente la usarían como coraza durante el combate, si es que combatían en alguna ocasión. En las manos portaban el arma más descomunal, rara y estrambótica, que las dos mujeres habían visto jamás, y eso que eran expertas en armas. Un casco metálico, remachado, sin aberturas, les cubría completamente la cabeza hasta casi los hombros.
—Parece que les gustan las cosas a lo grande, —susurro la Princesa con tono guasón controlando las náuseas—. ¿Y por donde cojones ven?
—Será para no respirar: no me extrañaría.
—En esta pocilga podemos pillar cualquier cosa; y nada bueno, seguro. Cuándo regresemos voy a ir al doctor de cabeza.
—Que exagerada. Cuidado que eres quejica, —bromeó Matilda—. Ni que fueras una princesa.
Matilda sonrió a los guardias que mientras las apuntaban con las armas, las indicaron la puerta. Entraron en un pasillo, ancho, sucio, semioscuro, y rectilíneo hasta donde la vista alcanzaba. El centro estaba ocupado por un carril sobre el que descansaba un vehículo, con un banco corrido a cada lado, y donde el conductor viajaba también en la misma posición. Subieron al vehículo que se puso en marcha a una velocidad aceptable. Cientos de personas, quizá miles, recorrían el pasillo, o salían y entraban a él por los laterales. Unos minutos después, se detuvieron y entraron en una estancia mucho más iluminada y limpia. En el centro, aguardaban un grupo de personas de distintas especies, ataviados con brillantes túnicas bordadas. Se detuvieron frente a ellos, mientras los guardias permanecían atentos a distancia.
—Soy la capitán Matilda, del crucero federal Tharsis, comandante de la Flota Federal en este sector, —comenzó diciendo, e inclinando la cabeza, añadió—. Con todo respeto, les saludo.
—Capitán, han entrado en nuestra zona exclusiva sin permiso, —comenzó a hablar con cautela y midiendo las palabras, el que parecía llevar la voz cantante: el canciller del Consorcio. Posiblemente, sus sistemas habían detectado el poder de los cruceros que tenían delante—. Por cortesía deberían haber pedido permiso.
—Comprendemos el malestar del Consorcio Bellek por esta intrusión, y les pedimos sinceramente disculpas, —Matilda utilizaba toda la diplomacia de la que era capaz—. Los graves acontecimientos que están desarrollándose en este sector, nos ha obligado a actuar de esta manera tan precipitada, por lo que nuevamente pedimos disculpas.
Matilda detalló pormenorizadamente los acontecimientos acontecidos hasta ahora, y lo que preveía que iba a ocurrir. Los dirigentes del Consorcio escucharon atentamente las explicaciones de Matilda.
—Por todo ello, les pedimos humildemente que nos permitan atravesar por su territorio, por la ruta que ustedes nos indiquen, —finalizó Matilda.
—Desde que ustedes aparecieron por lo que llaman el Sector Oscuro, hemos monitorizado sus movimientos. Los suyos y los del Imperio. Nos temíamos algo así, desde que hace unos meses rechazamos la oferta de alianza del emperador Zannar. Los últimos acontecimientos nos han demostrado que acertamos al tomar esa decisión. Hemos visto como el emperador embaucó a Beegis, empujándoles a un conflicto militar con Nar y Faralia, con los que tenemos acuerdos de cooperación. Tienen vía libre por nuestro territorio, pero en dirección al sistema Cayely y escoltados por esta nave. Hay una ruta más directa a Hirios, pero atraviesa nuestras actuales zonas de extracción y por lo tanto queda descartado.
—Lo entendemos y les damos las gracias. Iremos a Cayely.
—Capitán, me veo obligado en pedirles un favor. No les va a entretener en su camino: se puede hacer mientras vamos a Cayely.


Una hora después, Matilda y la Princesa regresaban a la Tharsis. Ushlas las esperaba en el hangar. 
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó mientras salían de la lanzadera.
—Mejor de lo que esperaba. Primero pon rumbo al sistema Cayely, pero coordínalo con la nave del Consorcio, nos van a escoltar y no quiero malos entendidos. Segundo, habla con los doctores. Que recojan muestras genéticas de cada uno de los tripulantes de las naves de la flota. Y es muy urgente, —y ante la cara de estupor de su amor, añadió acariciándola la mejilla—. Mi amor, luego te lo cuento. Si sobrevivo.
Ushlas miraba a Matilda con perplejidad, cuando reparo en la Princesa, que se partía de la risa. Conocía hacia muchos años a su amiga y compatriota, y sabía que era absolutamente inaudito. Mientras tanto, Matilda había salido del hangar y se dirigía con paso firme hacia la sala de maquinas. Cuando llegó a la puerta se quedó unos segundos tras ella, armándose de valor. Finalmente, se decidió, tomo aire y entro en la sala de maquinas. Camaxtli estaba, junto a otros dos ingenieros, calibrando los inyectores del núcleo místico. La hizo un gesto para que se reuniera con ella. Frunciendo el ceño, salio de la cámara de inyectores. No la gustaba que la interrumpieran cuando estaba liada con cosas importantes, pero era la capitana quien la llamaba y presumía que algo importante pasaba.
—¿Dime? —la preguntó mientras entraban en su cámara de trabajo.
—Tengo que darte una orden que no te va a gustar, —la dijo muy seria enfrentándola directamente a la cara—. Pero quiero que me escuches atentamente antes de arrancarme los brazos.
—¡Joder Mati, no me jodas! —bramó como un búfalo toliano.
—¡Qué todavía no te he dicho nada, hostias!
—¡Empieza de una puta vez! ¿En qué lío me vas a meter?
—Esta gente del Consorcio tiene un grave problema con su sistema de reproducción genética. Cada nave es autónoma, viven en un ambiente muy cerrado y tienen un grave problema de endogamia. Necesitan renovar su banco genético, por eso los médicos están recogiendo muestras de toda la tripulación. Están al límite, y corren el peligro de no poder reproducir más. Por eso nos dejan pasar por su territorio.
—¿Y?
—También necesitan algo más.
— ¿Y? —insistió Camaxtli.
—Óvulos que puedan replicar. Cuantos más mejor.
—¿Quieren un óvulo mío? ¿Tú les has dicho que soy roja, que tengo cuatro brazos, y muy mala hostia?
—Eso no les importa. Ellos no son una raza única, son un compendio de especies distintas, —y con cautela añadió—. Quieren muchos óvulos, y tú los puedes proporcionar. Eso, o paramos las naves hasta que a todas las hembras de la flota nos saquen los jodidos óvulos.
—¿Sabes lo que eso significa para mi fisiología? —preguntó muy seria.
—No exactamente, pero me puedo hacer una idea, —reconoció Matilda.
—No, no tienes ni puta idea de lo que eso me supone, —estaba muy enfadada, pero por lo menos ya no gritaba—. Para producir esos putos óvulos, tengo que entrar en trance orgásmico. Puedo producir a un ritmo de nueve o diez a la hora, en el mejor de los casos doce a lo sumo. Por cada hora que este con el trance, perderé un 3% de peso y tendré que descansar en sueño hipnótico un día al menos. Las hembras de Maradonia, usamos esta facultad solo en casos extremos de peligro para nuestra raza. 
—Sé que lo que te pido…
—No tienes ni puta idea Matilda. Puedo morir en el proceso, —Camaxtli la miraba fijamente a los ojos.
—Te prometo que no imaginaba que corrías ese riesgo, —exclamó Matilda visiblemente alarmada, mientras la acariciaba la mejilla—. Me voy a la nave del Consorcio a anular esa parte del acuerdo.
—¡No, espera! Me doy cuenta perfectamente de la importancia de ir por esa ruta. Sin excesivo riesgo puedo estar tres horas, cuatro a lo sumo. Y necesito estimulación directa para alcanzar la máxima producción. Que Daq me asista, él sabe cómo hacerlo.
—Dudo mucho que incluso Daq pueda estar ese tiempo estimulándote…
—Lo sé. Tengo que estar constantemente penetrada durante todo ese tiempo. Ya me entiendes. Quiero que Daq este a mi lado controlando el proceso, —y frunciendo el ceño añadió—. He oído que esa gente es un poco puerca.
—¿Poco puerca? Te aseguro que te quedas muy corta.
—¡Joder que asco! Me pondré una pinza en la nariz.


Matilda regresó a la nave del Consorcio y renegocio los términos del acuerdo. Unas horas después, con la flota rumbo al sistema Cayely, llegaron a la nave del Consorcio. Cuando los bellekianos vieron la imponente figura de Camaxtli, se quedaron impresionados. Daq superviso todos los preparativos antes de empezar, para que todo estuvo a su gusto. Camaxtli se colocó en cuatro, en su caso en seis, sobre una especie de tálamo elevado y Daq la inmovilizo con correas a un bastidor preparado para la función.
—¿Por qué hay que inmovilizarla? —preguntó extrañado el canciller.
Daq le puso en antecedentes sobre las peculiaridades sexuales de su amiga en particular y de los maradonianas en general, mientras terminaba de acomodarla.
—Con lo que le he explicado, quiero que se dé cuenta, de que hay cierto riesgo a partir de que la quite su inhibidor, —y aproximándose a ella, se agachó por delante y besándola en los labios, añadió—. ¿Estás preparada nena?
—Sí. Terminemos con esto de una puta vez.
Daq retiro su inhibido y conectó un estimulador permanente. En el interior de su vagina, un dispositivo, unido a un tuvo, recogería los óvulos según los iba produciendo. Daq espero unos minutos, hasta que Camaxtli empezó a bramar. Entonces dio la señal y una larga fila de voluntarios empezó a entrar en la estancia. Por orden, la fueron penetrando. Seres desnudos de innumerables razas se apiñaban haciendo cola ante la atenta mirada de los guardias del Consorcio, y de la Princesa Súm, que con tres de sus soldados protegían a Camaxtli. En la zona más alejada del tálamo, Matilda paseaba de un lado a otro, visiblemente preocupada. A las tres horas, comenzó a dar signos de agotamiento, eran tres horas gritando y forcejeando sin parar para liberarse de las correas. Próximos a cumplir las cuatro horas, Daq hizo una señal a Matilda que inmediatamente paro el proceso, ante las airadas protestas de los de la fila. Súm y sus soldados, y los guardias del Consorcio, rodearon el tálamo dejando muy claro con su actitud, que el espectáculo había terminado. El canciller del Consorcio respaldó el criterio de Matilda sin reservas. Daq la colocó el inhibidor y se lo conecto. Vio que estaba tremendamente agotada, como no podía ser de otra manera. Desplegó una camilla magnética y con la ayuda de Matilda, la tumbaron en ella, emprendiendo rápidamente el camino hacia la lanzadera.
—Capitán, hemos recolectado 52 óvulos, —le informó el canciller—.  Cada uno lo podremos duplicar unas cien veces, y al combinarlos con los nuestros tendremos millones de combinaciones posibles. Les estaremos eternamente agradecidos. Si necesitan ayuda con las naves del Imperio, solo tiene que avisarnos.
—Le agradezco su ofrecimiento, pero correrían ustedes un riesgo que no puedo permitir. Le aseguro que el mariscal Rahoi, que manda la Flota Imperial, es muy peligroso. Es un ser desalmado, cruel y carente de la más mínima humanidad o ética. Le aseguro que no dudaría lo más minino en destruir al Consorcio y le aseguro que sus naves son tan poderosas como las nuestras.
—Le agradezco su sinceridad capitán, aun así, estamos a su disposición. Y otra cosa, cuando lleguen al sistema Cayely, tenga mucho ojo, son gente muy peligrosa, se comen a sus victimas, —el canciller la entregó un dispositivo de almacenamiento—. Aquí encontrara información muy útil.
—Gracias canciller, se lo agradezco. Con su permiso, regreso a mi nave, mis deberes me reclaman.
El deterioro físico de Camaxtli fue mayor del esperado. Necesito una semana para recuperarse, y algo más para recuperar los quince kilos que perdió en esas cuatro horas. Durante esa semana, Daq, rebajado de todas sus obligaciones por orden de Matilda, no se separó de su lado. Cuando al quinto día abrió los ojos, fue lo primero que vio.
—Estas aquí, —afirmo soñolienta.
—Claro, no podía desaprovechar la oportunidad de meterte mano mientras estaban con el sueño hipnótico, —bromeo Daq con una sonrisa—. Así no corría el riesgo de que me mordieras cuando le toco el chocho.
—¡Qué tonto eres! —replico Camaxtli también con una sonrisa—. Nunca te he mordido cuando me tocas el chocho.
—Claro mi amor, porque te tengo atada: recuerda que ya me pelaste una vez.
—¿Me quieres Daq? —le preguntó de improviso.
—Sabes perfectamente que si, —la respondió acariciándola cariñoso la mejilla—. Lo que no sabría decirte es, que es lo que más me gusta de ti, si tu color rojo, tus tres gigantescas tetas, o tus cuatro brazos. Y yo una bola peluda tardaniana. Te cagas, menuda pareja.
—¡Eres un capullo! —exclamó riendo—. Anda, ayúdame a levantarme que quiero ir a maquinas.
—No, negativo. Ordenes de Matilda. No puedes salir de tu habitación hasta que ella lo autorice, —y sonriendo con cara de bobo, añadió—. “Si sale de su habitación, me avisas, que de una hostia la mando a la cama de cabeza”. Textual. 
—¡Joder nene! Tengo que ver lo…
—No tienes que ver nada, cariño. Lo está haciendo ella personalmente con la ayuda del alférez Mugla y A2D2. Ushlas esta a cargo de las operaciones rutinarias. Todavía tardaremos tres días en salir de los territorios del Consorcio.
—Pero, ¿qué vamos a hacer aquí metidos sin hacer nada? —protestó Camaxtli.
—Pues se me ocurren muchas cosas, mi amor.
—¿Seguro?
—Totalmente.
—Bueno vale. Ven aquí bolita mía.

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