jueves, 16 de junio de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 10)



—Capitán, creo que salimos de Cayely, —informó Daq desde el timón de la nave— y entramos en Petara, por decir algo.
—¿A que te refieres? —preguntó Matilda acercándose a él con una sonrisa y poniéndole la mano sobre el hombro.
—A que mientras estemos por aquí no pienso afirmar nada de nada. Esto es una mierda y muy gorda.
—Bueno, esperemos que ya hayamos pasado lo peor.
—Un antiguo dicho de Mandoria dice que cuando crees que todo está muy mal, siempre es susceptible de empeorar, —intervino Ushlas guasona.
—¡Ja, ja, ja! Me parto de la risa, —y después de pensarlo unos segundos, añadió—. Neerlhix, mira a ver si se pueden redoblar las medidas de precaución.


Durante dos días, la navegación siguió sin incidencias, eso si, a paso de tortuga, y eso ponía a Matilda de los nervios. La flota avanzaba en formación de rombo con la Tharsis en vanguardia, y por delante, las naves de avanzada abriendo paso. En el segundo periodo de noche, Matilda y Ushlas estaban en el camarote, cuándo una fuerte vibración hizo estremecerse a la nave, mientras las alarmas se disparaban.
—¡Capitán al puente, capitán al puente! —tronó de inmediato el comunicador del camarote. A medio vestir, las dos salieron disparadas rumbo al puente de mando de la Tharsis.
—¿Nos están disparando? —preguntó Matilda al llegar.
—No estamos seguros, pero tenemos un impacto a estribor de la proa. He parado maquinas, —respondió Neerlhix.
—El impacto ha sido de mucha potencia. La onda expansiva ha traspasado el escudo principal: el secundario aguanta.
—Tenemos daños en cubiertas 7, 8 y 9. Secciones 18 y 19. No son importantes: los sistemas de contención aguantan, —añadió Ushlas consultando los datos de su consola—. Por ahora no reportan heridos.
—Las avanzadas no han detectado naves en la zona capitán, —informó Moxi—. El Hagi ha sufrido también un impacto a babor de la proa.
—Son impactos frontales, ¿Hemos chocado con algo? —preguntó Matilda, mientras su asistente la ayudaba a terminar de vestirse y a ponerse la guerrera.
—Los instrumentos no detectan… —Moxi enmudeció un par de segundos—. Mi señora, estamos en una zona de minas. Tienen dispositivos de camuflaje visual y electromagnético. Las he detectado al efectuar un barrido de ultrasonidos.
—¡Mierda! ¿Sabemos la extensión de la zona? ¿Podemos retroceder?
—Negativo: estamos rodeados. Las minas llegan más allá del alcance del sensor, que no es mucho. Además, parecen automáticas… 37 se han colocado a nuestra retaguardia: estamos bloqueados.
—Que las naves de vanguardia regresen: no quiero naves por ahí fuera, —ordenó Matilda—. Puente a maquinas.
—Capitán, no tenemos daños apreciables, pero no quiero más impactos, —se oyó a Camaxtli por los comunicadores—. Recomiendo magnetizar el casco para impedir que esa mierda se pegue a la nave, porque entonces sí que vamos a estar jodidos.
—De acuerdo, —respondió Matilda, y mirando a Ushlas la ordenó—. Informa a la flota que magneticen los cascos. ¿Podemos abrirnos paso con las armas?
—Negativo. Sin control de tiro dispararíamos a ciegas, —Neerlhix guardo silencio unos segundos y añadió—. Además, hay cierto patrón de control inteligente sobre esos ingenios, por eso nos han cortado la retirada.
Matilda se aproximó a la consola de Ushlas y por la espalda se inclinó sobre ella para hablarla al oído, mientras con el índice de la mano la acariciaba el borde de la azulada oreja.
—Como me vuelvas a decir un refrán de tu planeta, te tapo la boca con un esparadrapo una semana, —la dijo mientras su hermano la miraba con los ojos como platos. Después, dirigiéndose a todos los presentes dijo—. Señores, señoras, estoy totalmente abierta a sugerencias: soy todo oídos.
—Podemos salir fuera con los trajes de combate en ambiente y destruirlos a mano, —sugirió la Princesa que acababa de llegar—. Podemos utilizar lanzadores portátiles de misiles.
—¿Cuántas minas tenemos al frente? —preguntó Matilda.
—Es difícil saberlo, pero más de mil, —respondió Moxi.
—Nada, nada, descartado, además las hijas de puta se mueven.
—Y además son invisibles, —apuntó Neerlhix.
—Si no se movieran, podríamos mandar un pulso con los deflectores principales, —dijo Daq pensativo—. Crearíamos una especie de ola que empujaría las minas.
—Bien, vamos a pensar en la…
—Capitán, contacto en los sensores de corto, —la interrumpió Moxi—. Una nave pequeña se aproxima a nosotros por nuestra proa.
—Rápido Moxi, haz más barridos de ultrasonidos para saber por donde entra.
—Reanudando barridos, —exclamó Moxi y unos segundos después añadió—. Las minas se apartan delante de la nave y se cierran a su paso.
—¡Mierda!
La nave desconocida siguió aproximándose lentamente hasta que finalmente quedo inmóvil a escasos doscientos metros de la proa del Tharsis. Parecía una pulga frente a una ballena.
—Envía saludos en todas las frecuencias, —ordenó Matilda mientras intentaba estudiar la exótica nave. Tenía una configuración extraña, o por lo menos fuera de lo lógico en una astronave. Sus formas eran redondeadas creando huecos incomprensibles a lo largo del casco, rodeados por unas espirales que le daban un aspecto estrafalario. Cuatro largos brazos, dos a cada lado, sujetaban unos grandes paneles solares que refulgían fantasmagóricos bajo la luz de las estrellas—. Está claro que no es una nave de guerra… creo.
—Mi señora, no contestan a ninguno de nuestros mensajes, —Moxi seguía accionando controles infructuosamente.


Durante un par de horas, la nave extraña siguió inmóvil y en silencio. Matilda, sentada, tamborileaba impaciente con los dedos sobre el brazo de su sillón de mando.
—«¡Atención! ¡Atención!» —una áspera voz de oyó por la megafonía del puente—. «Han entrado sin autorización en zona del Imperio de Pétara. Sus naves serán confiscadas, y los tripulantes apresados. Cualquier intento de resistencia provocara una respuesta contundente de los sistemas de defensa imperiales».
Todos los tripulantes del puente se miraron entre si, salvo Matilda, que sin demostrar la más mínima emoción seguía mirando al infinito mientras pensaba.
—Capitán, envían intrusiones para que les sigamos. Las minas se apartan de la ruta marcada.
—Orden a la flota. Avante a un cuarto. Todos en fila a nuestra popa, —y Matilda añadió—. Maquinas. Camaxtli, acude al puente.


—Ya estoy aquí, capitán, —dijo la ingeniera entrando al puente un par de minutos después.
—¿Has oído la transmisión? —y ante el gesto afirmativo de Camaxtli, añadió—. Es vital que recuperemos los escudos y los sistemas ¿Cómo podemos hacerlo?
—No podemos, —afirmó contundente—. Además, ahora estamos peor. Para reforzar los escudos con energía del núcleo místico, tenemos que desmagnetizar el casco, y si lo hacemos y se adosa alguna mina, una explosión barrería al menos cuatro secciones y varias cubiertas. Con los sistemas de armas no hay nada que hacer. A no ser…
—¿A no ser qué? —la interrumpió impaciente Matilda deseosa de oír por fin una buena noticia.

—Puedo construir un dispositivo que emita una señal, lo suficientemente potente, para que los sensores de armas la detecten. En ese caso, podríamos disparar con absoluta precisión todas nuestras baterías principales, incluso misiles. Siempre y cuando, podamos colocar los dispositivos en los objetivos.
Matilda de levantó del sillón y obligando a inclinarse a Camaxtli, la besó en la boca mientras la sujetaba la cara con las manos.
—¿Sabes que te quiero? —la impresionante ingeniera, un poco cohibida, respondió afirmando con la cabeza—. Pues hoy te quiero más. Ponte inmediatamente a construir esos dispositivos, ¿con cuántos puedo contar?
—Con todos los que quieras, son fáciles de construir. Pondré a todos a trabajar.
—Genial, pues manos a la obra. Ushlas, el puente es tuyo, —y salió disparada del puente en dirección al hangar de infantería.


Estuvo mucho tiempo reunida con la Princesa Súm y Ramírez, hasta que requirieron su presencia de nuevo en el puente.
—¿Qué ocurre? —preguntó entrando en el puente—. ¿Hay novedades?
—Nos aproximamos a un planeta. Los sistemas ópticos detectan luces en la superficie. Parece una ciudad. Está habitado.
—Nos ordenan entrar en órbita y parar maquinas, capitán.
—De acuerdo: establece una orbita justo sobre la vertical de la ciudad y para maquinas. Transmite la orden al resto de la flora.
—Capitán, detecto una red de estaciones de defensa planetaria en la orbita del planeta, —dijo Neerlhix—. Los escáneres casi no penetran, pero lo hacen lo suficiente cómo para ver que son sistemas automatizados, artillería muy poderosa: más que la nuestra. El patrón tecnológico coincide con el de las minas, pero no tiene nada que ver con la tecnología de la nave que tenemos delante.
—¿A que te refieres?
—Que los que han construido esa nave, no han construido las minas ni las estaciones de defensa, —añadió Moxi—. Hay una diferencia tecnológica de varios cientos de años, si no miles.
—Interesante. Puede ser tecnología usurpada.
—Eso parece.
—Capitán, —dijo Ushlas—. Envían un emisario para informarnos de los términos de la rendición.
Una pequeña nave auxiliar, salio de la nave extraña y se dirigió hacia el hangar principal de la Tharsis que abrió sus compuertas. Matilda se encaminó hacia allí para recibir al emisario. Un grupo de soldados tomaron posiciones en torno a la nave mientras la Princesa se colocaba detrás de Matilda. Cuando se abrió la puerta de la nave, dos mujeres salieron por ella. A pesar de la sorpresa inicial, Matilda aguantó el tipo sin mover un solo músculo. Las dos estaban desnudas y eran de color verde, aunque una era de un tono más claro. Estaban extremadamente delgadas, casi esqueléticas, pero se notaba que en tiempos fueron atractivas. Estaban unidas entre si por una cadena sujeta a sus collares metálicos. De la parte de atrás de estos, salía hacia abajo una tira de hierro donde se sujetaban los brazos con grilletes. Estaba claro que llevaban muchos años en esa posición, porque estaban atrofiados y faltos de desarrollo muscular por la inactividad. De los pezones de sus pechos, y unidos a las argollas que los perforaban, colgaban cascabeles que sonaban al más mínimo movimiento. En la cabeza, una de ellas llevaba unos auriculares de aspecto obsoleto, negros, de donde salía un micrófono.
—Soy Matilda, comandante de esta flota, ¿Quiénes son ustedes?
—Eso no te interesa, —dijo la de los auriculares después de percibirse un murmullo procedente de ellos—. Quiero que depositen todas las armas en este hangar…
—Eso es mejor que lo hablemos en otro lugar, —cortó Matilda—. No tengo porqué hablar estas cosas delante de mis subordinados.
—Muy bien, estamos de acuerdo.
—Acompáñenme, —las invitó Matilda señalando la puerta con la mano. Las tres salieron del hangar y entraron en una estancia contigua. Durante casi tres cuartos de hora estuvieron en el interior. Después, salieron, regresaron a su nave y partieron hacia la nave principal.
—¿Cómo ha ido todo? —preguntó con cierta ansiedad cuando se reunió con la Princesa Súm—. Esa nave es muy pequeña.
—Hemos podido meter a dos, pero con mucho trabajo. La capsula no está tripulada: difícilmente esas dos mujeres hubieran podido hacerlo.
—Prepáralo todo como hemos hablado. Voy a contárselo a Ushlas y a mi hermano, y vuelvo corriendo antes de que les dé un ataque. En media hora tenemos que partir.
Y así fue. Después de una descomunal bronca con su hermano y Ushlas, que se oponían tajantemente a dejarla abandonar la nave, Matilda y la Princesa Súm partieron en un transbordador rumbo al planeta. Escondidos en el doble casco de la nave, seis soldados equipados con sus corazas de ambiente, viajaban con la misión de marcar todos los objetivos principales de la ciudad. Aterrizaron en un puerto junto al palacio imperial y a un anfiteatro. Rodeando a estas edificaciones, había una decena más de construcciones de grandes proporciones que debían ser instalaciones gubernamentales. El resto de la ciudad se extendía a su alrededor con construcciones de no más de dos plantas, de calidad muy inferior a los edificios principales y de aspecto precario.
—Me da la impresión de que estos cabrones se encontraron por casualidad con toda esta tecnología, —comentó la Princesa mientras completaban el aterrizaje—. Aprendieron a usarla, pero no son capaces de desarrollarla.
—Si, pero con lo que saben nos pueden destrozar.
—Así es.
Salieron del transbordador, armadas solo con sus espadas. Los guardias intentaron desarmarlos, pero se negaron y amenazaron con volver a la nave. Finalmente, y después de cachearlas para comprobar que no llevaban armas de fuego, las escoltaron por un largo corredor hasta el gran salón del trono. Este era de piedra, de talla tosca, aunque eso si enorme. Sentado en él, un hombre bastante pequeño, casi un enano sin llegar a serlo, ataviado con un uniforme blanco lleno de adornos dorados y condecoraciones que le cubrían la mitad izquierda del pecho. A sus pies, tiradas en el suelo dos mujeres desnudas, una de ellas claramente embarazada, e inmovilizadas como las que subieron a la Tharsis, pero de color normal para un humano caucásico. De sus collares metálicos salían sendas cadenas que terminaban en su mano cómo si fueran mascotas. A su derecha, detrás de él, un macho de una especie desconocida, permanecía de pie. Estaba desnudo, y llevaba una mascara metálica que le tapaba totalmente la cara. Unos grilletes sujetaban sus muñecas a una correa que le rodeaba la cintura. Su descomunal pene, estaba atravesado por pasadores metálicos a modo de remaches que, en erección, sin lugar a dudas le causarian unos dolores terribles.
—Soy el pretor imperial de Pétara, y todo lo que entra en mis dominios es mío.
—Saludo humildemente al pretor imperial de Pétara, —comenzó a hablar Matilda con toda la diplomacia de la que era capaz, controlando la repugnancia que sentía hacia el personajillo que tenía delante y la puesta en escena que le rodeaba—. Somos conscientes de nuestro error, y pedimos disculpas. Nuestra presencia aquí, se debe…
—¡No me interesa a que se debe tu presencia aquí! —la cortó gritando el pretor—. Tus naves serán confiscadas y los tripulantes serán mis esclavos. En cuanto a vosotras, pasareis a formar parte de mi harén, —y mirando a la Princesa con lascivia, añadió—. Nunca he tenido una concubina azul.
La Princesa permaneció impertérrita mirando fijamente al pretor mientras mentalmente imploraba que Matilda la dejara cortarle la cabeza.
—¿Por qué siguen teniendo esas espadas? —preguntó a los guardias. El que los mandaba, se acercó a Súm para quitárselas, pero en rápido movimiento, desenvaino y le corto el brazo de un tajo, mientras el resto de los guardias se abalanzaban sobre ella. Matilda, desenvainando a Eskaldár, activo su escudo de energía y se interpuso ante la Princesa protegiéndola.
—Bueno, bueno, tranquilos todos, —exclamó el pretor haciendo un gesto con la mano a sus guardias para que se retiraran—. Podéis conservarlas… por ahora. ¿Sabéis? He cambiado de opinión, sentaros en esos sillones de ahí y disfrutad del espectáculo. Luego iremos al anfiteatro, que seguro que os va a gustar lo que os voy a preparar y dónde vais a ser las protagonistas.
Las dos se sentaron y les sirvieron una bebida que no probaron. El espectáculo, con un alto contenido erótico, continuó. Ante el pretor, pasaron todo tipo de representaciones sexuales a cual más pintoresca o depravada. Bestialismos, zoofilia, brutalidades físicas de todo tipo incluido un asesinato, mientras la corte aplaudía, vitoreaba y se entregaba también a ciertos excesos. Dos o tres horas después, finalizó el espectáculo, durante el cual, Matilda en varias ocasiones acaricio la mano de la Princesa para tranquilizarla: parecía que había algún tipo de conexión entre ellas. El pretor se levantó y llevando a las dos mujeres de la cadena como si fueran perras, salio de la sala seguido por Matilda, Súm y toda su corte de degenerados. Por una pasarela llegaron al anfiteatro. Allí se separaron de la comitiva y las condujeron por un oscuro pasillo hasta un portón por el que accedieron a la arena. Desde el centro del anfiteatro, vieron como varias decenas de miles de ciudadanos de Pétara, rugían de fervor cuando apareció la diminuta figura del pretor.
El espectáculo estaba a punto de comenzar.

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