lunes, 15 de agosto de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 17)

 
—Tenemos comunicación estable con la nave del regente de Faralia, —informó Ushlas cuando Matilda entró en el puente de mando del Tharsis—. El príncipe Adry informa de que tardaran quince minutos en llegar a la zona de estacionamiento establecida. Confirma que su flota permanecerá a la espera en esas coordenadas. Parece que no quiere arriesgar sus naves.
—De acuerdo. Voy a hablar con el escuadrón antes de que bajen al monasterio.
Matilda salió del puente y se dirigió al hangar de infantería. La Tharsis no formaba parte de la flota de escolta de la Princesa Súm. Se encontraba en Konark, donde se realizaría la recepción y proclamación de la nueva integrante del Consejo de los Cinco.
—Chicos, chicas, cuando veáis a la Princesa Súm, notaréis un cambio sustancial en ella, —les dijo cuando estuvo ante ellos—. Principalmente en el plano físico. Se asemejara más a mí: el entrenamiento místico al que ha sido sometida desarrolla mucho la musculatura. Aunque es muy difícil en una hembra mandoriana, os aseguro que lo notaréis. La cabeza es lo que no habrán podido arreglar: imposible, —se oyeron risas generalizadas.
»También quería deciros otra cosa. Cuando la Princesa asuma el mando de su crucero, la mayor parte de vosotros volveréis con ella. Como ya sabéis, el capitán Ramírez será su jefe de infantería, y la teniente Johari, cuándo la ascienda, será la mía. Antes de iros, quiero deciros, que para mí ha sido un privilegio haber contado con todos vosotros en esta nave. La Princesa me aseguró que estaríais a la altura, y tengo que deciros que habéis sobrepasado de largo las expectativas que yo tenía. Caballeros, señoras, ha sido un honor haber podido combatir hombro con hombro con todos vosotros.
—Permiso para hablar mi señora, —intervino Ramírez dando un paso al frente. Matilda se lo dio con una inclinación de cabeza—. Nosotros somos unos soldados afortunados. Estábamos a las ordenes de una comandante maravillosa, una compañera más, una amiga. Valiente hasta lo temerario como muy bien sabe, y cuando pensábamos que no podíamos estar mejor, apareció usted en nuestras vidas: un guerrero del Primer Círculo de Numbar, e integrante del Consejo de los Cinco. Y cuando volvimos a pensar que ya no había nada más, resulta que muchos de nosotros volvemos a estar a las ordenes de nuestra adorada Princesa, pero ahora convertida en una poderosa guerrera: una compañera para usted y para nosotros. Mi señora, los privilegiados somos nosotros.
Matilda fue abrazando uno a uno, a todos los componentes del escuadrón.
—Ramírez, por favor, bájalos al monasterio, —dijo después de despedirse del último.
—A la orden mi señora.

A la hora fijada, la nave del príncipe Adry aterrizó en un extremo de la explanada principal del monasterio de Konark. Se extendió una alfombra roja que unía la nave, con el comienzo de la escalinata y que ascendía por ella. Por la puerta apareció la figura de la Princesa Súm, ataviada con el arnés místico de guerrero y una capa larga de color blanco. La precedía una sacerdotisa que portaba sobre sus manos a Surgúl. Detrás de ella, la reverenda superiora de Akhysar y el príncipe Adry. Con paso pausado comenzaron a recorrer la distancia que les separaba de la escalinata y cuando llegaron ascendieron por ella. La guardia de honor, formada por su escuadrón, se situaba a los lados de la escalinata. Arriba esperaba la superiora, y a su lado Matilda, con una sonrisa que la iluminaba el rostro. Todos los integrantes del Consejo Federal y del Estado Mayor, se situaban a los lados.
—¿Quién eres, quien te presenta? —preguntó la superiora.
—Yo, la reverenda superiora del Sagrado Monasterio de Akhysar, presento a Súm, princesa heredera al trono del Reino de Mandoria, y portadora de la energía del conde Nirlon y de Surgúl.
—Yo, la reverenda superiora del Sagrado Monasterio de Konark, te recibo, Súm, princesa heredera al trono del Reino de Mandoria, y portadora de la energía del conde Nirlon y de Surgúl.
Las dos superioras colocaron sus manos sobre la cabeza de la Princesa, y su aura se iluminó.
—Confirmamos la presencia mística en Súm, y su lugar en el Consejo de los Cinco.
La ceremonia continuó durante un par de horas, y al término de las cuales, por fin, Matilda y la Princesa se fundieron en un afectuoso y fraternal abrazo.
—No sabes cuánto deseaba que llegara este momento, —dijo Súm con lágrimas en los ojos.
—Y yo, Princesa, y yo, —y sonriendo añadió—. Las princesas guerreras no lloran.
—¡Un huevo! Yo te he visto llorar a ti.
—¡Ya!, pero yo no soy princesa, y menos una princesa mal hablada, —la dijo soltando una carcajada.
—Matilda, ¿cuándo vamos a por él?
—Ya falta poco, —la sujeto la cara con las manos al tiempo que la limpiaba las lágrimas con los pulgares, y añadió—. ¿Sabes? Como dirían en la Tierra: la vamos a liar parda.
Mientras ellas hablaban, a su alrededor el júbilo estaba desatado. En el templo y en los alrededores miles de civiles y militares, vitoreaban enfervorecidos a las dos guerreras más poderosas de la galaxia.


Cuándo todo termino definitivamente, a bordo de un transbordador, se dirigieron a la órbita acompañadas por los principales consejeros y militares, y las dos prioras.
—Mi señora, nos aproximamos, —dijo el piloto. Matilda, cogiéndola de la mano, la llevó a la zona del piloto.
—Princesa Súm, el Atlantis, —la Princesa vio la imponente figura de su crucero pesado, con el nombre escrito a todo lo largo del casco.
—Por favor, cédame los controles, —pidió la Princesa sentándose en el asiento del copiloto. Con suavidad, entró por el portón exterior del hangar principal que se cerró a su paso: a continuación se abrió el secundario. Finalmente, entró en el hangar que estaba abarrotado de gente y aterrizó.
—¡Comandante en cubierta! —gritó una oficial con uniforme de la flota, y dos pequeñas protuberancias óseas a los lados, a la altura de la sien. Toda la tripulación se cuadró en el acto—. Mi señora, tripulación formada y lista para revista.
—Princesa, te presento a tu primer oficial en funciones, la teniente comandante Didym, —dijo Matilda, mientras Didym saludaba militarmente.
—¿Eres de Ursalia? —preguntó después de devolverla el saludo.
—Afirmativo mi señora, soy de la República Planetaria de Ursalia.
—Todos los nombramientos son provisionales y están en funciones. Es tu prerrogativa hacer los nombramientos. Por cierto, no te has fijado, pero te hemos instalado un cañón de protones…
—Si me he fijado. Gracias. ¿Supongo que se lo has quitado al Tharsis?
—Si, a nosotros nos sobran, —dijo riendo Matilda—. Con mucho, el Atlantis es la unidad más poderosa, junto con el Atami y el Hagi, después del Tharsis, por supuesto.
—Por supuesto, —corroboró la Princesa riendo. Después dirigiéndose a Didym, dijo—. Si a ti te ha elegido Matilda, tú serás mi primer oficial.
—Gracias mi señora, —respondió Didym con una amplia sonrisa.
—Entonces tendrás que ascenderla a capitán de fragata.
—De acuerdo: mañana nos pondremos con el papeleo.
—Te vas a cagar. Todo el mundo se cree que yo me paso la vida abrazada a la espada y la realidad es que se me va la vida sentada en mi despacho: una mierda. Y eso que Ushlas me quita un montón de trabajo.
—Estoy segura de que Didym y yo nos compenetraremos bien.
—Por supuesto mi señora. ¿Desea pasar revista a la tripulación?
La teniente fue presentando a todos los oficiales mayores y después pasó revista a la tripulación. Por último, llegó al escuadrón de infantería donde la esperaba el capitán Ramírez.
—Mi Princesa.
—No te imaginas lo que te he echado de menos, —dijo acariciándole la mejilla. Y retirándose de él y mirando al resto del escuadrón, añadió—. No os imagináis lo que os he echado de menos a todos.
—¡Princesa Súm! —gritó Ramírez saliendo de la formación.
—¡Siempre!
Después de un breve discurso, comenzó un ligero coctel junto con el resto de invitados. La Princesa recorría los grupos departiendo amigablemente con todos: tripulantes e invitados.
—¿No estarás tomando mojitos? Que luego te pones tonta, —dijo Matilda que, en compañía de las dos superioras, había permanecido al margen para no restarla protagonismo.
—Por todos los dioses no, —respondió soltando una carcajada.
—No quiero molestarte, este es un gran día para ti, pero antes de irme tenemos que hablar un momentito, —dijo acariciándola el brazo.
—Claro, cuando quieras. Voy a despedir a los últimos invitados. ¿Las reverendas madres desean pasar la noche aquí?
—No hija mía, nosotras estamos mejor en el monasterio, —contestó la superiora de Akhysar—. Además, ya tendrás ganas de perderme de vista.
—Reconozco que al principio la llegué a odiar, pero ahora solo siento agradecimiento, respeto y cariño por usted, —contestó abrazándola, y con los ojos brillantes añadió—. Solo lamento que tenga que regresar a Akhysar, y que posiblemente no la vuelva a ver.
—Hay que tener confianza: nunca se sabe hija mía, la vida da muchas vueltas.


Cuando todo hubo concluido, las dos se reunieron en la sala de estrategia, junto con Ushlas y Didym.
—Como ya te he dicho, toda la tripulación la hemos formado entre nosotras tres, y por supuesto todo es provisional: falta tu confirmación. Ya sabes que Ramírez, reglamentariamente debe ser ascendido a comandante de infantería. He pensado que preferirías hacerlo tú, —a todo, la Princesa asentía con la cabeza—. Camaxtli ha estado muchas horas trabajando en el Atlantis, pero no te hagas ilusiones, no te la cedo. Su ayudante, el alférez Mugla, es tu jefe de maquinas, si te quedas con él le tendrás que ascender. Del resto, Didym ya te pondrá al corriente, —y después de una pausa añadió—. Princesa, dentro de diez días rock & roll.
—¿Qué es eso?
—¡Joder! Pues que la vamos a empezar a liar.
—¡Por fin!
—Mañana, en la reunión del Estado Mayor, te informaremos de los pormenores. Luego habrá una reunión conjunta con el Consejo Federal. ¿Te han informado de lo que ocurrió en Raissa a nuestro regreso?
—Muy por encima.
—En ese momento solté una “mentirijilla” sobre nuestra intención de atacar la capital imperial, y el emperador se la ha tragado, —dijo Matilda sonriendo—. Tu regreso lo ha acelerado todo: es consciente del peligro que representas. Tiene a la mitad de la flota en Axos, más otro cuarto de reserva en el sistema Laloba. El resto la tiene desperdigada por el borde exterior. Ha dejado desguarnecida la galaxia. Es el momento de actuar.
—Mira Matilda, el peligro para él lo representas tú, no una recién llegada por muy guerrera mística que sea.
—Te equivocas, —dijo mientras Ushlas afirmaba con la cabeza—. Tú no eres un guerrero místico más, eres también la heredera al trono de uno de los reinos más importantes de la galaxia, y por lo tanto puedes disputarle su trono de mierda. Y el lo sabe.
—¡Matilda! Mi reino hace años que está ocupado por las tropas imperiales, —argumentó con vehemencia la Princesa Súm—. No tengo trono, no tengo reino, soy una princesa… chusquera de quinta fila. Además, soy heredera porque toda la línea sucesoria está muerta o pudriéndose, los dioses sabrán dónde. Mucho menos le voy a disputar el puto trono al emperador.
—Ya lo sé, pero el no, y nos hemos encargado de que se lo crea. En menos de diez días el Atlantis tiene que estar listo para entrar en combate y liderar la batalla.
—Lo estará mi señora, —afirmó con decisión Didym mirando a la Princesa.
—Excelente. Pero ya lo sabía, —dijo a la Princesa guiñándola un ojo.

Esa noche llamó a Ramírez. Cuando llegó, la encontró desnuda, sentada en un sillón, pensativa, mirando a la profundidad del espacio desde el ventanal de su cabina de capitán. Se sentó en el suelo a su lado y se puso a mirar por la ventana.
—¿Cómo estas? —preguntó.
—No sé. Es gracioso, pensé que cuando te viera me lanzaría sobre ti, y sobre el sargento, al que por cierto no he visto, y que me estaríais follando horas y horas. Y ahora no hago más que pensar, y pensar, y pensar. Me da miedo que no pueda soportar el peso de mis nuevas responsabilidades.
—Eso se te pasara cuando empieces a dar espadazos. Desgraciadamente, el sargento ya no nos podrá acompañar, —la Princesa le miró con un mal presentimiento en la mirada—. Murió en una escaramuza hace cuatro meses.
La Princesa se tapó la cara y entre sus dedos se escaparon un par de lágrimas. Ramírez se incorporó y cogiéndola en brazos, la levantó, se sentó en el sillón y la abrazó.
—¿Cuántos amigos más vamos a perder?
—Muchos mi amor, me temo que muchos, —y besándola mientras la sujetaba la cara con sus manos, añadió—. Pero tú y Matilda, nos llevaréis a la victoria, y entonces habrá merecido la pena.
—Y según Matilda al trono del imperio.
—Si tú eres la nueva emperatriz, yo quiero ser tu bufón, y hacerte reír.
Súm se puso a besarle mientras Ramírez la acariciaba la espalda con sus manos. Se sentó a horcajadas sobre el y siguió besándole.
—¿Por qué llevas los pantalones todavía? —preguntó entre beso y beso.
—Joder nena, porque no me dejas, —contestó riendo. Termino de desnudarse y durante un buen rato estuvieron amándose. Cuándo terminaron, sujetándola con su mano derecha, la echó hacia atrás, mientras pasaba la izquierda por sus abdominales.
—¿Dónde los tenias escondidos? —preguntó con una sonrisa—. Antes no tenias, de hecho, nunca he visto a una mandoriana marcando abdominales.
—Ya, pero las hermanas se encargaron de encontrarlos.
—¿Ha sido duro, mi amor?
—Ni te lo imaginas, —contestó echándose hacia delante y refugiándose en su pecho—. Pero no me puedo quejar: Matilda estuvo tres años en ese infierno.
Siguieron amándose un par de horas más, y finalmente, la
Princesa se quedó dormida, juntos en la cama, con su cabeza apoyada en el brazo de Ramírez. Tuvo un sueño intranquilo, agitado. Eran muchas emociones para un día, Matilda, Konark, el Atlantis, su nueva tripulación, y la noticia de la muerte del sargento. Ramírez la veló toda la noche intentando ahuyentar los malos sueños de su princesa.

—Muy bien, como ya sabemos, el emperador nos espera en Axos, —Matilda se dirigía al Consejo Federal para informarles de los acuerdos adoptados por el Estado Mayor. Súm, asistía a su primera reunión, y como era preceptivo desde hace un año, una sacerdotisa de Konark asistía a todas las reuniones. Ante ella, un mapa holográfico donde exponía la estrategia—. Y nos espera con la mitad de la Flota Imperial. Pues va a seguir esperando. A cuarenta años luz, ha establecido un grupo de reserva en el sistema Laloba, formado por 26 cruceros y 52 fragatas y naves menores. Nuestro objetivo son los sectores 15, 17, 21 y 22, y por consiguiente la liberación de Tardania y Mandoria.
—Mandoria es vital para nuestros planes. Cuanto antes reine la Princesa Súm, mejor para todos, —intervino uno de los consejeros.
—Así es, —corroboró Matilda—. Vamos a crear tres líneas de avance. Dos principales, el grupo de batalla 1, liderada por la almirante Rizé, en dirección a Tardania por los sectores 21 y 22, y el otro, el grupo de batalla 2, liderado por mí, hacia Mandoria por los sectores 15 y 17. Antes de que iniciemos el ataque, la Princesa Súm, con el grupo de batalla 3, atacara directamente al grupo de reserva estacionado en el sistema Laloba. Con mucho, es la operación más ambiciosa puesta en marcha por el Consejo Federal desde el comienzo de la guerra.
—Matilda ¿Crees que es razonable arriesgar a la Princesa Súm en una operación tan arriesgada? —preguntó el consejero de Mandoria—. Su figura es vital…
—Que nadie piense por un solo momento que me voy a quedar fuera de esta operación, —le interrumpió la Princesa fulminándole con la mirada.
—Todos somos conscientes de la importancia de la Princesa, —intervino el consejero de Numbar un tanto molesto—. Pero también es un símbolo para el pueblo, y el pueblo quiere verla liderando batallas contra el tirano. No podemos esconderla en una caja fuerte entre algodones, como no lo hicimos con Matilda.
—Bien, los planes están claros, —prosiguió Matilda—. ¿Alguna pregunta más?… Entonces, en 36 horas, el grupo 3 atacara Laloba, y en 40, los grupos 1 y 2, atacaremos en dirección a Mandoria y Tardania.

A la hora fijada, el Atlantis, al frente de una flota de 19 cruceros, de los que 9 son pesados, y 29 fragatas, se encontró con la flota imperial. Hacia más de una hora que las dos escuadras se habían detectado, y la imperial salido a su encuentro seguros de su superioridad numérica. La flota federal formó a sus cruceros pesados en vanguardia en una disposición de punta de flecha, mientras que los cruceros ligeros forman una línea por detrás, y las fragatas protegen los flancos. A 50 kilómetros, las baterías principales de las dos formaciones abrieron fuego, y acto seguido, las defensas de perímetro comenzaron a interceptar los disparos enemigos. Los cañones de protones del Atlantis, el Atami y el Hagi, causaban estragos en las defensas de los cruceros imperiales creando un gran desconcierto en el enemigo que no espera una potencia de fuego de tal envergadura. La punta de flecha de abrió hacia los flancos, y seguidos por las fragatas rodearon a la flota imperial, mientras los cruceros ligeros entraron con profundidad en la formación enemiga. Desde el puente, la Princesa Súm, dirigía la batalla con decisión, como si llevara toda la vida haciéndolo.
—Mi señora, dos cruceros imperiales han quedado a la deriva, sin fuego de armas.
—¿Son recuperables?
—Tienen muchos daños, pero creo que sí.
—Puente a infantería, —llamó la Princesa.
—Aquí infantería, —respondió Ramírez.
—Hay dos cruceros a la deriva, los quiero.
—A la orden mi señora.
—Baterías frontales. ¡Fuego! Fije blanco en el crucero que lidera el grupo de estribor. Torpedos, tubos uno a seis. Misiles, tubos uno a treinta. ¡Fuego! Artillería, batería principal. ¡Fuego!
—Mi señora, los cruceros imperiales intentan escapar. Las fragatas se interponen. Las van a sacrificar.
—Ordene al Atami, que con su grupo, les corten el paso. Que el tercer escuadrón de fragatas les apoye.
Treinta minutos después, la potencia de fuego de la flota imperial fue disminuyendo, hasta que finalmente ceso. Ningún crucero escapó, solo once fragatas los consiguieron, y con grandes daños. Cuatro cruceros fueron asaltados y otros dos se rindieron. Los restos de los demás, formaron durante muchos años un mar de escombros en la orbita del sistema Laloba.
—Informe a la comandante en jefe, —ordenó la Princesa, mientras los tripulantes se abrazaban en el puente—. Seis cruceros, y diez fragatas apresadas. Once fragatas han escapado y el resto ha sido destruido. Detectamos presencia de infantería en el cuarto planeta. Consolidamos el sistema Laloba. Permanecemos a la espera de contraataques imperiales.

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