lunes, 22 de agosto de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 19)



—Mi señora, los grupos de asalto están en el interior de los acorazados, —informó Nicci desde su control—. Las claves de acceso han funcionado.
—¿Cómo va la infantería? —preguntó Matilda.
—Todavía no han aterrizado. Llegan por la zona oscura del planetoide, y como estaba previsto no los han detectado. En tres minutos están en la superficie.
La flota federal, con el grueso de los cruceros, estaba oculta al otro lado de la estrella del sistema. Matilda la había organizado en cinco grupos. El grupo 1, directamente bajo su mando, con los cruceros pesados, el grupo 2, con los cruceros ligeros, al mando de la almirante Ricé, los grupos 3 y 4, con las unidades menores, fragatas y corbetas, y el grupo cinco, con las unidades de desembarco para el bastión principal.
—Mi señora, uno de los acorazados es nuestro, y no ha podido emitir señales de socorro, —informa Nicci con una amplia sonrisa fruto de su nerviosismo. Es la primera vez que entra en combate—. No hay noticias del segundo.
—Tranquilícese teniente, —la reprendió suavemente Ushlas—. Todavía no hemos empezado.
—A la orden, primer oficial: lo siento.
—Mi señora, la infantería está desembarcando. La Princesa Súm ha llegado con la primera oleada. Siguen en la zona oscura, aún no han sido detectados.
—Que toda la flota se prepare para el ataque según los planes establecidos, —ordenó Matilda.
—Mi señora, el segundo acorazado es nuestro, pero han sido detectados.
—La artillería principal de Ahydim abre fuego contra los acorazados.
—La Princesa Súm ha entrado en combate con el enemigo. Toda la infantería esta en la superficie.
—Los acorazados responden al fuego con sus baterías principales.
—Que comience el ataque, —ordenó Matilda.
—La infantería progresa con rapidez en el planeta.
—Los acorazados siguen disparando, pero están demasiado expuestos, intentan retirarse pero son muy lentos.
—Vamos a entretenerles, —dijo Matilda—. Orden a los grupos 1 y 2. A mi orden, descarga cerrada. Torpedos, tubos 1 a 10, misiles, tubos 1 a 50. Baterías principales a máxima potencia.
—Grupos 1 y 2, preparados y a la espera. Estamos a distancia de disparo.
—¡Fuego! —ordenó Matilda. La descomunal descarga impactó en el bastión principal haciéndola estremecerse.
En el interior, el desconcierto es total, pero se reponen y retoman la batalla. Los acorazados han podido ponerse a distancia más segura, pero continúan disparando con sus baterías principales. Los cruceros ligeros atacan las estaciones auxiliares, pero reciben fuego de artillería desde el planetoide. Finalmente, la Princesa Súm logró acceder al interior de la base y después de un duro pero efímero combate con la dotación humanoide se hizo con el control silenciando los cañones planetarios.
 La almirante Rizé, consiguió destruir las estaciones auxiliares y pasó a apoyar el ataque al bastión, donde los cruceros pesados estaban recibiendo un duro castigo. Con fuertes perdidas, y con el apoyo de los grupos 3 y 4, la infantería logró penetrar en la instalación encontrándose con fuerzas de la Guardia Imperial.
—Que todas las unidades disparen únicamente a los grupos de armas de la estación, —ordenó Matilda, y llamando a ingeniería pregunta—. ¿Cómo estamos?
—¡Jodidos! Si seguimos recibiendo fuego enemigo perderemos el escudo principal.
—Infantería a Matilda, —se oyó la voz del coronel al mando.
—Adelante coronel,—contestó Matilda.
—Estamos en el interior, —el sonido era muy malo. El ruido de fondo de la batalla era tremendo—. Esto está repleto de guardias imperiales, repito, está lleno de guardias imperiales.
—Entendido coronel, —Matilda miró a Ushlas pensativa, y después, como si se iluminara su mente miró a su hermano y se levantó del sillón de mando—. Eso solo puede significar que alguien de la familia imperial esta en Ahydim.
—Matilda, no… —intentó decir Neerlhix, pero Matilda le interrumpió.
—El emperador no se puede mover de Axos, por lo tanto, es la princesa imperial, es Zorralla, —y dirigiéndose a su asistente la ordenó—. Rápido, tráeme a Eskaldár.
—Matilda, no puedes abandonar el centro de mando, —dijo su hermano.
—Vas a ver como si puedo. Ushlas, que la almirante Rizé asuma el mando de la batalla.
Su asistente regresó con la espada, y después de colocársela en la espalda, del armero del puente sacó un rifle de partículas. Las dos mujeres salieron del puente para abordar una lanzadera.
—¿Va a servir de algo que te diga que no vengas? —preguntó a su asistente.
—De nada, mi señora.
—Ya lo suponía, —y añadió—. No te separes de mi trasero, es una orden, y esta si la vas a cumplir… y ponte el puto casco.
—Entendido.
La lanzadera, con la protección del Tharsis que se había acercado para cubrirla con sus defensas de perímetro, llegó al bastión. Rápidamente la llevaron a donde estaba el coronel al mando.
—Matilda, son fuerzas de la Guardia Negra, —informó el coronel—. Alguien de la familia imperial esta aquí.
—Eso creo yo también. Si son guardias negros, solo puede ser Zorralla.
—Estamos avanzando con muchas dificultades hacia el sector central, donde esta el centro de mando. Los guardias se están sacrificando para pararnos.
—Vamos a abrir otra línea de avance coronel. Coja dos escuadrones y avance por los corredores orientales. Yo seguiré avanzando por este sector. No vemos en el control central.
—A la orden.
Mientras tanto, el Tharsis estaba recibiendo el fuego concentrado de las baterías de Ahydim. Los escudos casi no aguantaban, y cuando comenzó a virar para escapar, recibió también fuertes impactos en la zona de reactores.
—¡Atención puente! —gritó la voz de Camaxtli por el comunicador—. Perdemos el reactor principal, dos propulsores inoperativos, y los escudos principales al 15 %. Daños estructurales en toda la nave.
—Evacuación: primera fase, —ordenó Ushlas sujetándose a los brazos del sillón del capitán para no caer de él con la potencia de los impactos—. Saca energía de donde puedas y redirígela a los escudos.
—El Atlantis se interpone. El Atami y el Hagi se aproximan.
—Hemos perdido otro propulsor, el escudo principal ha caído, brechas en 32 secciones, y tenemos una fuga en el núcleo místico, —la voz de Camaxtli llegaba con interferencias.
—Evacuación: segunda fase, —ordenó Ushlas con lágrimas en los ojos. Unos segundos después, un nuevo impacto sumió el puente en la oscuridad, mientras una nube de polvo lo invadía todo.
Mientras los tres cruceros federales seguían protegiendo al Tharsis, esta, a velocidad de impulso fue retirándose de la batalla. En la nave, solo quedaban los oficiales mayores en el puente, y un pequeño grupo de ingeniería, que al mando de la maradoniana, intentaba mantener mínimamente la nave.
—Súm a Tharsis.
—Adelante Princesa, —contestó Ushlas tosiendo, que con algunas heridas, se mantenía en su puesto.
—¿Dónde esta Matilda? —preguntó la Princesa sorprendida.
—Matilda esta en el bastión.
—¡No me jodas Ushlas! ¿Qué cojones hace ahí?
—Hemos detectado la presencia de alguien de la familia imperial en el bastión. Pensamos que es Zorralla y, como ya te puedes imaginar no hemos podido disuadirla. Ha trasferido el mando a la almirante Rizé, —y después de un breve silencio, añadió—. He ordenado evacuar. Estamos acabados.
—Dile al Atlantis…
—La teniente Didym ha interpuesto al Atlantis para protegernos. No te lo puedo confirmar, pero creo que también les han dado muy duro, aunque no tanto como a nosotros.


Mientras tanto, en el bastión, las dos líneas de avance federales estaban próximas al control central. Según lo hacían dejaban un enorme reguero de cadáveres de guardias negros, que se inmolaban por su princesa. Volaron las puertas de acceso y entraron en su interior en una vorágine de humo, disparos y gritos. Al fondo, sobre unas escalinatas que llevaban a un control superior, Matilda vio a la princesa Zorralla y ella también la vio. Sin pensarlo ni un segundo, las dos mujeres comenzaron a abrirse paso en el tumulto hasta que se encontraron. Esta vez no se pararon para observarse: fue el choque de dos verdaderos colosos. Durante unos minutos estuvieron propinándose furiosos golpes con las espadas en los escudos, hasta que finalmente, Matilda la alcanzó en un costado, traspasando el lateral de la coraza y penetrando en su carne. Desde su puesto de mando, la almirante Rizé, al igual que el resto de la flota, veían las imágenes que proporcionaban las cámaras de los cascos de los soldados federales. Vieron como Matilda, con otro golpe de Eskaldár, desarmaba a Zorralla. Después, cogiendo la espada de la princesa con la mano izquierda, las cruzó sobre el cuello de la altiva princesa imperial, que no mostró temor. La batalla cesó, todos los guardias negros habían caído. Las dos enemigas se miraron con ojos inyectados de odio.
—Matilda, —llamó la almirante Rizé por su comunicador—. Tal vez fuera interesante tenerla como rehén, pero solo tal vez. Tú decides, lo que hagas nos parecerá bien a todos.
Matilda, con la respiración agitada y los brazos tensionados para dar el golpe definitivo, miraba fijamente a Zorralla, que a pesar de la herida, no se amilanaba. Lentamente apartó las espadas del cuello de la princesa, y entregó a Eskaldár a su asistente que, después de limpiarla, la enfundó a la espalda de Matilda. Está, cogiendo con las dos manos la espada de la princesa, que sin ninguna duda había forjado su padre, la dijo—. Tu no mereces empuñar una espada como esta, cerda.
Varios soldados federales la cogieron por la coraza y la llevaron hasta un rincón, donde un médico militar se ocupó de su herida, que era grave.
—Matilda, tengo malas noticias, —hablo la voz de Rizé—. El Tharsis ha sido evacuada. Ushlas, y los oficiales mayores, permanecen en la nave intentando recuperarla.
—¿Ha habido bajas? —preguntó Matilda.
—No tenemos información. Todavía estamos recuperando las capsulas de escape. La flota ha sufrido muchos daños, pero solo hemos perdido seis unidades menores. ¿Quieres trasladar tu bandera de guerra a esta nave?
—Gracias almirante, pero mis oficiales están en el Tharsis, y yo debo estar con ellos. Que trasladen a la princesa a tu nave y comunícate con el Consejo, a ver que quieren hacer con esta hija de la gran puta. Tienes el mando.
—Cómo ordenes.



Matilda salió del bastión Ahydim en una lanzadera en compañía de su asistente, que seguía negándose a abandonarla. Antes de intentar atracar, la recorrieron por el exterior para evaluar los daños. Finalmente, lo hicieron en un pequeño atracadero, cercano a la zona de reactores. En ingeniería encontraron a Camaxtli, que con un brazo en cabestrillo, intentaba contener la fuga del núcleo místico. Matilda la apartó tocándola la espalda, se colocó ante la grieta, y desenvainando a Eskaldár, colocó la mano libre ante la grieta. La energía mística comenzó a fluir a través de ella, iluminando su aura. La grieta se fue cerrando lentamente, y cuando finalmente lo hizo, Camaxtli, selló con una pieza el vaso de contención.
—Matilda, lo siento pero no sé por dónde empezar, —dijo Camaxtli con un atisbo de lágrimas en los ojos.
—Tranquila cariño, —Matilda la abrazó consolándola—. Antes de atracar la he inspeccionado por fuera, no hay nada que hacer. Vamos a apuntalarla hasta que lleguemos al puerto más cercano.
—No, no, no, no. Hay que llevarla a Raissa… y los dos acorazados también.
—Mira cariño, comprendo…
—¿No dices que confías en mí? —la interrumpió—. Pues sigue haciéndolo ¡joder!
Meneando la cabeza, Matilda salio de ingeniería seguida por su asistente en dirección al puente. Recorrer los trescientos metros de distancia que hay entre ambos puntos fue  complicado. Los turbo ascensores no funcionaban, y recorrer los pasillos destrozados llenos de escombros y solo iluminados por la emergencias, fue laborioso. El puente estaba peor que el centro de mando de Ahydim cuando termino la batalla. El techo se había desplomado, y una impresionante maraña de cables ópticos y tubos colgaban de lo alto. La iluminación era muy deficiente, porque más de la mitad de las emergencias no funcionaban. Los oficiales intentaban recuperar equipos para poder navegar mínimamente. Ushlas salio de debajo de una consola, con el uniforme destrozado y sangre azul coagulada en la cara y en el pelo. Cuando vio a Matilda se echó a llorar.
—He perdido la nave, Mati. He perdido la nave, —dijo mientras Matilda la abrazaba.
—Pero yo no te he perdido a ti, mi amor. Ni a mis amigos, y eso es lo más importante.


Dos meses tardaron el llevar el Tharsis a los astilleros de Raissa, junto con los dos acorazados. Mientras tanto, en una reunión bastante tumultuosa, el consejo decidió trasladar a la princesa Zorralla al monasterio de Konark, para que quedara bajo la vigilancia de las sacerdotisas. Se decidió embarcarla de incógnito en una corbeta, custodiada por un grupo escogido de ocho soldados federales que nada más zarpar abusaron de ella hasta que se cansaron. Llevaban varias horas de viaje, y la princesa unas horas dormida cuando un fuerte estampido la despertó. Seguía atada y desnuda sobre la cama del camarote, tal y como la dejaron sus violadores. Oyó ruido de armas, detonaciones y gritos de lucha. Los mamparos y la cama retumbaban con los potentes estampidos. Finalmente, la puerta se abrió y un guardia negro entró en la cabina seguido por la humareda que llenaba el pasillo.
—La he encontrado, —dijo por el comunicador. Se echó el arma a la espalda, y se sentó en el borde de la cama. La atrajo hacia su pecho para quitarla la mordaza y con un cuchillo cortó las ligaduras que sujetaban sus manos—. Mi señora, ¿podéis andar? —la princesa imperial negó con la cabeza. El guardia la puso de pie, se quitó la capa y la cubrió. Con ella en brazos, salió de la cabina, escoltados por varios guardias más.


En la destrozada Tharsis, Matilda y Ushlas dormían placidamente abrazadas. Habían habilitado una pequeña cabina como dormitorio mientras llegaban a Raissa. Sus antiguos camarotes ya no existían. Llamaron a la puerta al tiempo que se abría y se despertaron. Matilda se levantó desnuda mientras Ushlas se tapaba con la sabana.  Era Neerlhix que inmediatamente abrazó a su hermana.
—Un comando de guardias negros ha liberado a Zorralla y han escapado, —dijo sin preámbulos. Matilda forcejeó entre los brazos de su hermano que mantuvo el abrazo. Al final no lo pudo evitar y se puso a llorar.
—Tanto esfuerzo, tanto sufrimiento, tantos muertos para nada, —dijo al fin mientras su hermano la acariciaba. Ushlas se levantó de la cama y se puso una camiseta.
—¿Cómo es posible? Era un traslado de máxima seguridad, —preguntó.
—Se está investigando, pero está claro que ha habido una filtración y alguien que ha ayudado desde dentro, —respondió Neerlhix—. El Consejo está reunido…
—¿El consejo está reunido? —gritó Matilda fuera de si separándose de su hermano—. ¡La tenía que haber matado!
Neerlhix cogió una guerrera de una silla y cubrió a su hermana con ella.
—Habrá más oportunidades…
—Eso me dijisteis la última vez, —gritó muy cabreada. Después las lágrimas volvieron a sus ojos mientras se abrazaba a los dos seres que más quería en este mundo—. Al final, no me voy a poder cargar a esa hija de puta.


Tres semanas después, Matilda, al frente de una pequeña flota que protegía los transportes del 2.º Ejército Federal, lideró la primera gran operación militar con un control total de Evangelium. En una operación rápida y contundente atacó a las fuerzas imperiales que ocupaban Ursalia, el mundo de la primer oficial del Atlantis. En menos de una semana había ocupado todo el sistema y los que dependían del él.


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