jueves, 1 de septiembre de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 21)




Las lluvias se han adelantado en Numbar, y lo han hecho con una intensidad sorprendente. El terreno que rodea Ciudad Numbar se ha trasformado en un enorme barrizal, causado por el intenso ir y venir de las orugas y las ruedas blindadas de los medios acorazados. En los diez días que ya dura la batalla, las fuerzas federales controlan toda la franja ecuatorial y el hemisferio norte. En el sur, el general Burk, progresaba lentamente en su lucha contra el barro que atascaba las maquinas de guerra. En el Centro de Mando Avanzado (CMA), Ushlas duerme placidamente sobre su jergón militar, mientras Matilda dormita a duras penas a su lado, rodeadas de oficiales cansados. Unos duermen, otros comen algo, algunos intentan secarse la ropa después de regresar al CMA, y alguno, aislado y a cierta distancia, fuma, esa costumbre terráquea que Matilda detesta. Arta de dar vueltas, se sienta apoyando la espalda en la pared y mira a Ushlas, que acurrucada en el suelo, a su lado, ni se inmuta. La acaricia el hombro y una sonrisa aparece en su rostro. Ve moverse a su asistente junto a Ushlas: tampoco puede dormir. Entonces vio llegar a Nicci, su oficial de inteligencia en la Tharsis y en el CMA. Llegaba empapada, y después de quitarse el capote de agua, se sentó a su lado y abriéndose la guerrera, sacó una tableta electrónica y se la entregó. Antes de consultar los datos, Matilda la ayudó a quitarse la ropa mojada y le dio una toalla.
—¿La comandante Ushlas duerme? —susurró sorprendida la teniente Nicci.
—La comandante Ushlas es capaz de dormirse en el filo de una espada, —respondió con una sonrisa mientras volvía a acariciar su hombro.
—Pues la voy a decir que me enseñe a hacerlo: me duele todo, —comentó su asistente incorporándose un poco. Y las tres mujeres rieron.
—No estás acostumbrada a la humedad, —dijo Matilda y después de leer los datos, miró a Nicci y preguntó—. ¿Esto está confirmado?
—Si, según nuestras previsiones, tenemos una ventana de buen tiempo de 32 horas que comenzara en dieciocho.
Matilda se levantó e hizo una indicación a su asistente para que no la siguiera y continuara descansando. Se dirigió a una de las mesas de operaciones, se sentó en un taburete alto y activó un mapa sobre la mesa. Llevaba trabajando un rato, cuando su asistente apareció a su lado con una gran taza de café negro caliente. Matilda frunció el ceño y ella le dijo que no podía dormir.
—Por favor, avisa a Nicci.
Unos segundos después, estaba a su lado abrochándose la guerrera. Sin decir nada, esperó mientras Matilda escribía en una tableta.
—Para Hassard, es muy urgente, y espero respuesta, —dijo entregándola la tableta. Nicci la metió en un bolsillo interior, se colocó el capote de agua y el casco, y salio rápidamente del CMA sujetando su rifle de partículas.
Estuvo trabajando sobre el mapa más de dos horas, haciendo trazos y anotaciones, estudiando los datos proporcionados desde la orbita. En las condiciones actuales, intentar recorrer los 16 kilómetros que separaban sus vanguardias de Ciudad Numbar era impensable. Y cuanto más tiempo pasa, más aumentan las posibilidades de que el emperador mande refuerzos. Entonces regresó Nicci embarrada hasta las cejas, y la entregó la tableta.
—Cámbiate de ropa, toma algo caliente y descansa, —dijo Matilda mientras cogía la tableta. Y mirándola fijamente, añadió—. Es una orden.
Siguió trabajando con los datos de la tableta, y una hora después le dijo a su asistente que despertara a Ushlas.
—¿Qué ocurre? —preguntó mientras se terminaba de colocar la guerrera, fresca como una flor.
—Nada, nada, tranquila, —respondió sonriendo mientras su mano la acariciaba el trasero—. Convoca al estado mayor, y que asistan la Princesa, Rizé, Tokat, y por supuesto Burk.
Casi dos horas después, todos estaban en el CMA, incluidos todos los oficiales de estado mayor: la expectación era enorme. La última en llegar fue la Princesa, calada hasta los huesos, seguida por Ramírez y varios escoltas.
—Espero que se te haya ocurrido algo genial para salir de esta puta mierda, —dijo mientras la asistente de Matilda la ayudaba a quitarse la ropa empapada. Todos rieron, porque tenían la certeza de que Matilda algo había ideado.
—Muy bien, tenemos una ventana de buen tiempo y vamos a aprovecharlo, —comenzó a decir Matilda, y señalando una zona en el lado occidental de Ciudad Numbar, añadió—. Esta próxima madrugada, voy a atacar con la 1.ª división de Maradonia y con apoyo de artillería autopropulsada, esta sección del muro defensivo.
Los generales y la Princesa se inclinaron para mirar el mapa estratégico que había sobre la mesa.
—Te he dicho algo genial, no esta cagada, —dijo la Princesa muy seria.
—No, no, y no. Es un suicidio.
—Nos estarán esperando.
—El buen tiempo, es buen tiempo para todos.
—A ver Matilda, —volvió a intervenir por fin la Princesa con cara suspicaz—. Ni siquiera tú eres capaz de llevar a cabo algo tan descabellado como esto. Sácate el as de la manga de una puta vez.
—El tiempo no va a ser bueno para todo el mundo. General Hassard, por favor, informe.
—Como sabéis, los sistemas de seguridad de su red de computadores estratégicos, es inexpugnable. Pero no sus sistemas secundarios. Por indicación de Matilda, hemos entrado en ese sistema y variado la previsión meteorológica para ese periodo. Para ellos las lluvias se intensifican. Como no es posible un ataque inminente con este tiempo, han relajado las defensas y están retirado parte de las tropas de los muros.
—Aun así, pasaran horas hasta que el barro…
—¿Sabéis una cosa? —le interrumpió, y señalando un punto concreto del mapa, añadió—. Yo acompañaba a mi padre a pescar en esta zona. A mí me cuesta mucho esfuerzo meditar. Lo consigo gracia a las férreas enseñanzas de las sacerdotisas de Konark, pero mi padre… ¡Joder! Papá se sentaba en una puta piedra con su caña de pescar y era capaz de estar horas y horas con sus pensamientos. Yo jamás le interrumpía. Fascinada, me sentaba a su lado, vigilaba el sedal, y le miraba, mientras mi hermano correteaba por allí como una cabra loca. Os aseguro que era la niña más feliz del mundo. Incluso siendo eso, una niña, percibía la enorme talla moral de mi padre, Mírador, el último gran forjador de espadas. Le gustaba pescar en esa zona, porque esa zona es un lugar muy especial, —volvió a señalarlo con el dedo—. Me decía que la historia no se puede dejar de lado. De ella aprendemos a no cometer los mismos errores. En esa zona estaba la explanada donde, en la época de los tiranos, se hacían sus patéticas demostraciones autoritarias: desfiles, emblemas, cánticos marciales, banderas, estandartes supuestamente patrióticos y ojos en blanco, además del cerebro. Toda la distancia, entre el río y el muro de la ciudad, unos cuatro kilómetros, estaba empedrada en un ancho de cinco. Han pasado 800 años desde entonces, y todo está cubierto por el polvo del olvido y la maleza, pero esta ahí, lo sé muy bien. Os lo aseguro.

Matilda miró detenidamente a todos los asistentes. Finalmente, se colocó detrás de su hermano poniéndole las manos sobre los hombros.
—En la madrugada de hoy y unos minutos antes de que se abra la ventana de buen tiempo, vamos a embarcar a la 1.ª de Maradonia en los transbordadores. Así mismo, embarcaremos también un regimiento de artillería acorazada con piezas de 255 y otro regimiento acorazado de morteros pesados de plasma. He dado orden para que la 96.ª y la 111.ª división avancen con sigilo y se establezcan en la orilla occidental de río. Comenzaremos a desembarcar los carros acorazados en la ribera oriental. Allí el terreno tiene una caída de 500 metros y queda fuera del alcance visual de los muros. Según ha comprobado inteligencia, los escudos están al 30 %, suficiente para rechazar nuestra artillería pesada desde esta distancia, pero no para parar los proyectiles de 255 desde cuatro kilómetros. No esperan un ataque. Las piezas de 255 demolerán los muros disparando a su base. Como los emisores están sobre ellos, según he calculado, cuando caigan, se desactivaran seis secciones completas. Entonces los morteros, mientras avanzan, arrasaran todo el sector agrandando la brecha. La 1.ª, desembarcara ante ella, y penetrara en la ciudad. Una brigada atacara los muros desde el interior y la otra avanzara hacia la parte alta de la ciudad. Por detrás, las divisiones ya citadas iniciaran el avance. Bien. Por otra parte. En estos momentos los zapadores, protegidos por columnas de vapor simulado, ya están instalando unas pasarelas de acero para que las unidades acorazadas del sector central puedan avanzar sobre el fango. Cuando se inicie el ataque, las unidades acorazadas avanzaran en cinco columnas, las primeras unidades disparando con todo lo que tienen, y los siguientes trasportando tropas sobre ellos. La idea es que puedan llegar a seis kilómetros de los muros. Allí el terreno comienza a subir y por lo tanto espero que haya menos barro. En todo momento las lanzaderas y los cazabombarderos se ocuparan del apoyo aéreo. Bien ¿Alguna pregunta? —Matilda miró a todos.
—¿La sección del muro de mi sector caerá también? —preguntó la Princesa levantando la vista del mapa.
—Afirmativo. Todo el muro, desde tu sector al de Tokat, —como no había más preguntas prosiguió, mientras la Princesa hacia anotaciones en su sector del mapa—. Cuando los transbordadores desembarquen a las tropas de ataque, despegaran nuevamente y pasaran al sector oriental donde repetiremos la operación. General Tokat, embarcara dos divisiones de infantería, y bajo la cobertura de las corbetas de la flota, atacaras directamente el interior de la ciudad por su sector. En cuanto a ti… —dijo mirando a la princesa Súm.
—No me lo digas, que me busque la vida, —respondió provocando la carcajada general—. Si me quitas el muro, lo demás es cosa mía.

Mientras llegaba la hora del ataque, Matilda entró en un pequeño compartimento donde tenía sus cosas. A los pocos segundos, oyó la puerta y al volverse vio a Ushlas entrar con su mirada felina. Sin dejarla reaccionar, la abrazó besando su cuello. Aspiraba profundamente el olor corporal de Matilda mientras se restregaba con ella.
—Vamos nena, que hace cuatro días que no me he duchado.
—Mejor.
—A ver si va a entrar alguien.
—No va a entrar nadie, —dijo Ushlas tapándola la boca con sus labios.
—No, en serio nena.
—He puesto guardia.
—¿Que, qué? ¿Pero como que…?
—¿Vas a seguir diciendo gilipolleces? —la cortó frunciendo el ceño con mal humor—. Si quieres que me vaya, dilo.
—Como voy a querer que te vayas, —respondió abrazándola—. Es que estoy de los nervios…
—Pues ahora, olvídate de nervios y ocúpate de mí.
Volvieron a besarse mientras se tumbaban como podían en el reducido suelo. Una a la otra, se desabrocharon los pantalones y los bajaron hasta los tobillos.
—Hemos hecho mucho ruido, —dijo Matilda preocupada mientras se vestían cuándo todo acabó—. ¡Vaya dos! Chillando como dos perras salidas.
—Mejor como dos gatas salidas, —corrigió una sonriente Ushlas moviendo la punta de su cola—. ¡Miau!

A la hora fijada, y como estaba previsto, los muros cayeron y los escudos se desactivaron. Cuando los morteros arrasaron el sector interior del muro, convirtiéndolo en un infierno, una avalancha roja, de miles y miles de duros guerreros maradonianos, entró por la brecha siguiendo a la inconfundible figura de Matilda. Cómo había pronosticado, las secciones del escudo fueron cayendo, y la artillería de las corbetas federales pulverizaron el resto. Unas tres horas después, los combates se habían generalizado en la parte baja de la ciudad. Casi arrastras, Ushlas llevó a Matilda al nuevo CMA, para que organizara las decenas de operaciones que había en marcha. Desde allí, comprobó cómo el general Tokat combatía en su sector y avanzaba muy lentamente hacia la parte alta de la ciudad. Por el lado occidental, la Princesa Súm, había sobrepasado las defensas imperiales y avanzaba hacia la ciudad vieja encontrando mucha resistencia. Habló por video enlace con los otros jefes militares y decidieron seguir con la presión, rotando las unidades de vanguardia, que ha causa de la fatiga empezaban a flojear. Cuando llegó la noche, habían avanzado casi tres kilómetros, en todos los sectores. Las unidades de vanguardia combatían con extrema dureza, calle por calle, casa por casa, dejando atrás un amasijo de cadáveres, escombros y destrucción. Las bajas eran enormes, los hospitales de campaña, instalados ya en la ciudad, estaban abarrotados, y el trasiego con los de retaguardia era incesante. La madrugada vino acompañada con una contraofensiva contra los flancos del avance. En el sector occidental, la Princesa se vio obligada a retroceder unos cientos metros, mientras que en el oriental, Tokat, pudo aguantar firme a costa de muchas bajas. Matilda, le transfirió varias divisiones para reponer perdidas y relevar a unidades que ya llevaban muchas horas de combate. A la caída de la tarde, cuando regresaron las lluvias, la Princesa, no solo había recuperado el terreno perdido, había avanzado casi medio kilómetro más, gracias a que había accedido a la zona de las grandes avenidas, y por fin, sus carros de combate maniobraban con libertad en espacio abierto. Durante la noche consolido sus posiciones, mientras en el sector oriental, Tokat lograba avanzar de nuevo, gracias a que en el sector central el avance se intensificaba. La nueva madrugada llegó con las fuerzas de Matilda a las puertas de la ciudad vieja. En el sector occidental, la Princesa avanzaba rápidamente con sus carros de combate, cortando las comunicaciones enemigas con la retaguardia. Desde el aire, lanzaderas y cazabombarderos apoyaron el avance de los medios acorazados de la Princesa, provocando una desbandada total en las filas imperiales. Definitivamente, el estado mayor imperial, estaba embolsado en la ciudad vieja. A media tarde, Matilda estaba a las puertas del recinto sagrado de Ciudad Numbar: una gran explanada amurallada que daba acceso al santuario y al palacio presidencial. La Princesa Súm se encontraba también en los accesos del norte. Colocó a sus maradonianos, nuevamente en vanguardia, y al frente de ellos irrumpió en el patio central. La marea roja arrasó a los defensores, llegando a las inmediaciones de la entrada principal del palacio. Matilda se abría paso con su escudo de energía y Eskaldár, seguida por su hermano y por su fiel asistente. Se parapetaron a los lados de la puerta, y mientras colocaban cargas, Matilda observó como el agua que había bajo su asistente se teñía de rojo. Alarmada, la inspecciono y descubrió una herida en su costado izquierdo, taponada por un trozo de tela, y con aspecto de no ser reciente.
—¿Qué has hecho niña? ¿por qué no has dicho nada?
—Estoy bien Matilda, de verdad, estoy bien.
—Unos cojones estas bien, —hizo una indicación, y uno de los maradonianos la quitó el equipo de transmisiones mientras otro la levantaba en brazos—. Llévala al hospital de campaña y asegúrate de que la atienden.
—A la orden mi señora, —respondió en soldado con su voz profunda y grave.
Cuando iban a hacer estallar las cargas, las puertas se abrieron por si solas. Matilda quiso entrar la primera, pero un grupo de maradonianos y su hermano, se interpusieron y lo hicieron ellos. Después de atravesar la antesala, sin ninguna resistencia, accedieron al salón principal, donde esperaba el estado mayor enemigo. Sus armas estaban en el suelo y cuando apareció Matilda, el mariscal al mando se arrodilló, y sacando su espada se la ofreció con las dos manos en señal de rendición. Le conocía, sabía perfectamente que era uno de los esbirros más despiadados, crueles y cobardes al servicio del emperador.
—Solicito una rendición con honor, —dijo el mariscal, mientras la Princesa, chorreando agua, como todos, entraba en el salón.
Con los ojos inyectados de odio, Matilda, con Eskaldár en su mano derecha, avanzo hacia el mariscal, y arrebatándole la espada con su mano izquierda, la arrojó lejos.
—¡Tu no tienes honor! —le dijo al tiempo que levantaba la espada y el mariscal se arrebujaba en el suelo implorando piedad. Por detrás, su hermano, la toco el hombro.
—No lo hagas Matilda.
—No merece morir a tus manos, —apoyó la Princesa que ya estaba a su lado.
—¡Tu señora Zorralla tiene más cojones que tú, cobarde inmundo! —exclamó Matilda dándole una patada—. Ella al menos no se acobarda, ni gimotea.
Hizo una indicación a un suboficial maradoniano, que después de escupir en el suelo en señal de desprecio, lo agarró por su guerrera llena de medallas y se lo llevó arrastras.
Matilda y la Princesa, salieron al patio empuñando sus espadas, al tiempo que las nubes se abrían y los rayos de sol lo iluminaban. Miles y miles de soldados federales gritaron enardecidos ante su presencia.
—General Comaxtel, como siempre, los guerreros de Maradonia han estado a la altura, —dijo al general jefe de la 1.ª división—. Creo que ya es hora de que vayamos por allí. ¿No te parece?

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