domingo, 6 de noviembre de 2016

Matilda, guerrero del espacio (capitulo 31)



Axos, es un sistema de un solo planeta, girando en torno a una estrella mediocre, pero suficiente. Carente de mares y montañas, las pocas que había fueron eliminadas, toda la superficie está totalmente edificada, a excepción de los parques forestales de la zona ecuatorial. En su superficie nada se produce, nada se cultiva: solo es la capital de la enorme maquina burocrático administrativa del imperio.
—Felicidades Princesa, ha sido una victoria formidable, —la imagen de la Princesa esbozaba una ligera sonrisa en la pequeña pantalla de su tableta.
—Todavía no Matilda, ahora todo está en tus manos.
—Pues, con tu permiso. No perdamos más tiempo.
—Cuando quieras. Nos vemos en el palacio imperial.
Matilda se puso en contacto con el general Kulaa y dio la orden para que empezara el desembarco. El primer grupo de transportes, comenzaron el vertiginoso descenso sobre el objetivo convertidos en enormes bolas de fuego, mientras fragatas y corbetas las cubrían disparando contra las defensas planetarias. Desde la órbita baja, los cruceros federales cañoneaban también las posiciones de la artillería planetaria imperial en las zonas de desembarco. Varios transportes fueron alcanzados, pero solo dos fueron destruidos, el resto, pudieron hacer aterrizajes de emergencia. Casi cien mil soldados pusieron pie a tierra en la primera oleada mientras las naves federales intensificaban aun más su fuego de cobertura, operando ya en la atmosfera del planeta. Los transportes regresaron a la orbita, mientras su lugar lo ocupaban nuevos transportes, comenzando un carrusel sin fin que pondría sobre el terreno a casi dos millones de soldados en escasamente cuatro horas. Los ingenieros de la primera oleada, montaron el Centro General de Mando (CGM) para Matilda y sus oficiales de estado mayor, que llegaron con la quinta oleada, aunque por allí se la vio poco. Para entonces, el general Kulaa se abría paso con decisión ensanchando el perímetro del frente hasta las primeras construcciones de la zona norte, bajo un fuego imperial diabólico.
Dos horas después del comienzo del desembarco, el Tharsis y el Atlantis, comenzaron el bombardeo sobre los diez objetivos previstos por Matilda. Una vez demolidos los centros administrativos, Matilda dio orden de iniciar el desembarco.
—Allyson, puedes iniciar el desembarco.
—A la orden. Comenzamos el descenso, —respondió la general O´Reilly, comandante de la ya legendaria 29.º división acorazada que arrolló a los carros de combate imperiales en los Cerros Cáusticos. Y con una sonrisa, añadió—. Nos vemos abajo.
Los transportes llegaron al suelo sin oposición, y para cuando el emperador se dio cuenta de lo que pasaba, la 29.º ya operaba por las amplias avenidas de Axos. A ellos les seguirían el resto de fuerzas del 12.º cuerpo de ejército.

Ocho horas después del comienzo del desembarco, cinco millones de soldados estaban sobre el terreno, y los transportes, en lugar de despegar vacíos, lo hacían con civiles evacuados y soldados heridos. El emperador estaba fuera de si, ahora, en lugar de hacer frente a una única zona de combates, tenía otros diez frentes diseminados por todo el planeta.
Las tropas del general Kulaa avanzaban a buen ritmo, a pesar de que ya se empezaba a combatir casa por casa. A las diez horas, tropas de refresco comenzaron a reemplazar a las agotadas fuerzas que hasta ahora habían integrado las vanguardias. Matilda, a bordo de un transbordador preparado como Centro de Mando Avanzado, visitaba constantemente todo el frente de combate en contacto permanente con el CGM.


En la orbita, la tranquilidad era total. En el Centro de Mando del Atami, ahora había mapas del planeta donde se reflejaba el avance de las tropas federales. Sentada en un taburete alto, la Princesa Súm lo miraba todo con ojos cansados. Estaba agotada, las últimas veinticuatro horas habían sido extremadamente intensas, y ahora, en la calma del Centro de Mando estaba de bajón. Ramírez hacia un rato largo que había llegado. Su regimiento, al igual que el de la Tharsis, tenía encomendado una misión importante, pero todavía no era el momento. Como la conocía como si la hubiera parido, sabía que estaría haciendo, justo lo que estaba haciendo, en lugar de irse a descansar. Desde un rincón, a su espalda, la veía dar cabezadas y resistirse. Se aproximó a ella y la abrazó por detrás.
—En una de esas cabezadas, te vas a ir de cabeza al suelo y vas a dar una vuelta de campana, —susurro en oído después de besarla la oreja.
—No puedo ir…
—Si puedes. Si pasa algo importante te avisaran, —la cogió en brazos, la levantó y salio de la sala de operaciones, mientras su asistente cogía sus cosas y los seguían. Para cuando llegaron al camarote, la Princesa estaba profundamente dormida en sus brazos. La asistente dejó las cosas de la Princesa sobre la mesa, abrió la cama y salio de camarote dejándolos solos. Ramírez se sentó en un sillón con ella en brazos y durante varias horas la contempló dormir. Veló su sueño hasta que finalmente la Princesa abrió los ojos.
—Otra vez tus maravillosos ojos azules, —susurro besándola en la frente y provocando su sonrisa.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
— Más de tres horas.
—¡Joder tío! Debes estar entumecido. ¿Por qué no me has llevado a la cama?
—¿A la cama? Muy buena idea, —se levantó del sillón con ella en brazos y suavemente la tumbo en la cama. La fue quitando el uniforme mientras ella se dejaba hacer, sumisa.
—Por favor, mi amor, uno rápido. Quiero volver al Centro de…
—¿Uno rápido? Sabes que eso no es posible mi amor: necesito follarte durante horas…, pero lo intentaré.
Se desnudó y se tumbó sobre ella al tiempo que buscaba sus labios. Se sació de ellos y la penetró. Follaron lentamente, con movimientos pausados. Con la relajación del orgasmo, volvió a quedarse dormida. Cuando abrió los ojos se sobresaltó.
—¿Cuánto he estado dormida? —preguntó incorporándose provocando que sus firmes pechos se bambolearan levemente.
—Cuatro horas.
—¿¡Cuatro horas!? —gritó—. ¿Por qué no me…?
—Acabo de hablar con el Centro de Mando, —dijo con suavidad— todo sigue igual, el avance continua sin novedad.

En la superficie, Matilda había logrado dormir un par de horas mientras su lanzadera, escoltada por interceptores federales, se dirigía al sector 4 donde O´Reilly, con la 29.º acorazada y el 12.º cuerpo de ejército progresaban según lo previsto, como en el resto de los sectores. Este sector, junto con el 7, son especiales, por eso en ellos están militares de su entera confianza, la general Allyson O´Reilly y el general Comaxtel. Desde ellos, se convergerá sobre el palacio imperial haciendo una tenaza junto al eje principal del avance.

Tres días hacia que se combatía sin descanso, y Matilda convocó una reunión con los jefes de sector y los mandos de la flota en el CGM. Se notaba que las cosas iban bien, todo eran sonrisas y conversaciones amigables.
—¡A ver! Señores, señoras, silencio por favor, —la voz de Matilda se impuso al guirigay—. No estoy dispuesta a consentir excesos de confianza. Reconozco que vamos mejor de lo que yo había previsto, pero les recuerdo, que solo controlamos el 25 % del planeta y que en la zona critica, donde están todos los ministerios y el palacio imperial, solo opera Allyson, aunque mi buen amigo Comaxtel y sus maradonianos, ya está en las proximidades, —Matilda miró al general que inclinó la cabeza con una sonrisa—. Así mismo, en cuanto a bajas estamos por debajo de las previsiones. Teniendo en cuenta que Allyson y Comaxtel están encontrando más oposición de la esperada, me hace pensar que el emperador ha desplegado sus unidades más potentes en torno al palacio y el parlamento imperial. Bien, no vamos a correr a su encuentro, si nos espera ahí que siga esperando: no tenemos prisa. No quiero librar una dura batalla sin controlar la retaguardia, quiero controlar todo el planeta antes de ir a por él. Vamos a iniciar una nueva ofensiva. Allyson: continua el avance hasta el Ministerio de Información y consolida la posición. Comaxtel: quiero que llegues al Ministerio de Protocolo y te fortifiques. General Kulaa: vamos a cambiar el vector de avance principal, quiero que inicies avances hacia los sectores 2, 3, 5 y 6 y entres en contacto con ellos. Desembarcaremos los cuatro ejércitos que quedan en reserva, y comenzaremos el avance en cinco nuevos vectores, —la asistente de Matilda comenzó a repartir tabletas electrónicas entre algunos de los generales—. El mando general de está nueva operación lo tendrá el general Burk. Los generales Tokat, Kulaa, García, Urla y Xhix mandaran los nuevos ejes de avance. En una semana quiero tener el control total del planeta a excepción del sector principal. ¿Alguna pregunta?
Durante casi una hora mas, estuvieron debatiendo los pormenores de la operación, hasta que todo estuvo claro y todas las dudas disipadas.
—Tienes unas ojeras que te las pisas, —dijo la princesa cuando todos los jefes militares habían salido del CGM—. ¿Cuánto hace que no duermes?
—Si duermo… cuando puedo.
—No duerme una mierda, —intervino su nueva y verde asistente frunciendo el ceño—. Y come menos.
—¡Joder con la chivata!
—No hace falta que me lo diga ella, —la reprendió abrazándola—. Se te nota.
—¡Joder tía que estoy bien!
— A ver si te crees que me chupo el dedo, Matilda, —dijo riendo—. ¿Te acuerdas cuando me regañabas y me obligabas a guardar reposo, cuando me hirieron en Petara?
—¡Coño tía! que no es lo mismo.
—Nos ha jodido, antes era yo y ahora eres tú. Pasaran unas cuantas horas antes de que todo se ponga en marcha nuevamente. Te vas a ir a dormir ahora mismo y luego vamos a desayunar juntas, y no quiero verte salir por esa puerta hasta que yo te despierte. Mientras, yo me quedo de guardia.


Varias horas después la ofensiva se puso en marcha con una dureza inusitada y en menos de veinticuatro horas se había creado una enorme zona liberada desde la que el general Burk lanzó los cinco ejes de ataque, tal y como había ideado Matilda.
Diez días después, y con un ligero retraso, los objetivos de la ofensiva estaban cumplidos y los ejes de avance federales se cernían amenazadores sobre la zona más noble de la capital imperial.
Matilda comenzó a sacar tropas de Axos, junto con heridos, civiles y prisioneros. Antes de iniciarse la ofensiva final, todos los miembros del Consejo Federal estaban en la capital imperial, junto con un buen número de funcionarios federales, para comenzar a hacerse cargo de la administración del imperio. O´Reilly y Comaxtel, estaban preparados para iniciar el avance hacia el centro, al igual que el general Burk. Matilda, ordeno bajar a los regimientos del Tharsis y el Atlantis. Quería que los coroneles Ramírez y Johari la acompañaran en el tramo final, durante el asalto al palacio imperial.
El avance fue más duro de lo previsto, los guardias imperiales se agarraban al terreno como lapas demostrando una lealtad desaforada e irracional hacia su emperador. O´Reilly, llegó con sus carros de combate hasta las inmediaciones del Parlamento que se convirtió en una batalla aislada, donde su infantería combatió cuerpo a cuerpo, sala a sala y pasillo a pasillo. Comaxtel llego al Ministerio de la Guerra, donde sus maradonianos, a costa de graves perdidas, lograron acabar con todos los defensores. Finalmente, las vanguardias del general Kulaa llegaron a la plaza que se abría ante el Palacio Imperial. Instantes después, por la amplia avenida del norte, irrumpieron los carros de la 29.º división.


En el vehículo de mando de O´Reilly, Matilda se vestía con su arnés místico con la ayuda de su asistente. Una vez preparada, salio fuera y durante unos minutos permaneció en silencio, con los ojos cerrados y casi sin respiración, con las dos manos apoyadas sobre Eskaldár que vertical reposaba sobre el suelo. Su aura empezó a resplandecer ante la fascinada mirada de los soldados que la rodeaba. Cuando termino de meditar, un murmullo captó su atención. Levantó la vista y vio como la reverenda madre y una docena de sacerdotisas de máximo nivel, vestidas con arnés y armas, entre las que estaban sus dos doncellas, llegaba ante ella. Matilda la abrazó y luego la superiora la acaricio la mejilla.
—Recuerda que el traidor es especialmente peligroso, —dijo la reverenda madre sujetándola las mejillas con las manos—. Mucho más con lo que ya sabes. Recuerda lo que te enseñe…
—¡Un momento, reverenda madre! —cortó la voz de Ushlas, que acababa de llegar junto con la Princesa Súm y Neerlhix—. ¿A qué se refiere?
—Mi amor, por favor, no es el momento…
—No Matilda, tiene derecho a saberlo, sobre todo ella, —intervino la superiora—. Cuando el traidor nos abandonó y se unió al anterior emperador, no solo se llevó su espada, Dalanar, También robó la armadura de los ancestros que teníamos en el monasterio. Eso lo hace prácticamente inexpugnable.
—Entonces no es factible que te enfrentes a él, —la Princesa estaba muy preocupada con la noticia.
—Con la artillería de los acorazados, podemos demoler este palacio y no dejar piedra sobre piedra, —exclamó vehementemente Ushlas y Neerlhix la apoyó.
—Si alguien puede derrotar a Zannar es Matilda, —anunció la reverenda madre—. Durante su último año en Konark, y por indicación del conde Nirlon, y su padre, Nirador, la entrenamos en técnicas para contrarrestar la armadura.
—Además, hay un problema, —intervino finalmente Matilda abrazando a Ushlas—. Ese hijo de puta es mío y lo voy a matar, —y mirando a la Princesa, añadió—. No intervengas… a no ser que me mate, entonces haz lo que quieras.
Ramírez y Johari se acercaron a ella para recibir instrucciones, junto a las sacerdotisas.
—¿Cómo quieres hacerlo, mi señora? —preguntó Ramírez.
—Sabes que a base de cojones, no queda otra. El emperador es un jodido exhibicionista y querrá hacerlo en el salón del trono. No nos pondrá fácil el llegar allí. Johari, tú por arriba, por las plantas superiores se accede también al trono, y llévate a cuatro hermanas. No te preocupes de ellas, saben muy bien lo que tienen que hacer. Ramírez, tu conmigo por abajo, —y dirigiéndose a las sacerdotisas, añadió—. Vosotras ya sabéis lo que tenéis que hacer.
Los regimientos se pusieron en posición detrás de los carros de combate y se inició el ataque. Los vehículos acorazados de la 29.º atravesaron la plaza recibiendo fuego intenso desde las ventanas y los parapetos que rodeaban el palacio. Por la zona derecha de la plaza, Matilda y Ramírez, avanzaban protegidos por uno de los carros de combate, hasta llegar a escasos diez metros del parapeto. Saliendo de su protección, asaltaron el parapeto mientras en el lado izquierdo, Johari ya combatía dentro de él. Entraron en el interior del palacio, y cada sala, cada pasillo, se convirtió en una batalla. Los soldados se abrían paso seguidos por Matilda, y esta, a su vez, seguida por la reverenda madre protegida en todo momento por las sacerdotisas.
—Matilda, no me parece buena idea que las monjas nos sigan tan de cerca, —dijo Ramírez, durante un descanso en el avance.
—La energía mística del emperador está emponzoñada. Si logro matarle…
—Lo harás, Matilda, lo harás.
—Cuando lo mate, su karma no se puede perder. Ellas lo recogerán y lo guardaran para que no vuelva a hacer daño. ¿Te gustaría que apareciera otro como él?
—¡Eh…! Vale, me has convencido. ¿Mando a alguien…?
—No es necesario, —le interrumpió con una sonrisa—. Ellas se sobran y se bastan.

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