jueves, 30 de marzo de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 11)




El Fénix, es el nuevo Centro de Mando Estelar y Proyección Estratégica de Marisol. Se ha montado en uno de los gigantescos transportes de tropas encontrados en el depósito dejado por Matilda y la Princesa. Además de las funciones de mando, en su interior transporta seis de las nuevas patrulleras reconvertidas en Maradonia y veinte trasbordadores y lanzaderas armadas con cañones de partículas y misiles. También se le había instalado dos baterías de misiles con capacidad para veinte tubos lanzadores, un lanzador de torpedor, y se había reforzado las defensas de perimetro. También embarcaba el escuadrón de fuerzas especiales del capital J.J. Gómez y otros dos de infantería. En la parte delantera, se había ampliado el número de camarotes, para acomodar a todos los jefes y oficiales del Estado Mayor. El mejor camarote, muy amplio y con un gran ventanal, era el de Marisol y anexo a él, tenía también su despacho. La idea de Marisol era usarlo también como una especie de portaviones galáctico. En él, Marisol se dirigía hacia Faralia a supervisar personalmente la situación después de la precipitada evacuación de la población.
—¿Qué es lo que más te gusta de mí?
—Tu color, —bromeó Marisol, aunque era verdad—. El azul me mola… y cada vez más.
—No seas boba, en serio —Anahis la tenía abrazada mientras con la cola la acariciaba el trasero.
—Me gusta todo, —respondió Marisol besuqueándola el cuello, — como sabes, como hueles, como te ríes, como me besas… y lo buena que estás ¡joder! —se besaron apasionadamente mientras sus manos recorrían sus cuerpos—. ¡Ah! Y como te ruborizas… bueno… como te azulizas… o como se diga. ¿Y a ti?
—Todo, me gusta todo, pero sobre todo lo sincera que eres… y como se te suben los voltios, como tú dices, con las gilipolleces.
—¡Hostias nena! Yo creía que también te gustaban mis tetas.
—Pues claro que me gustan, aunque no estás muy sobrada, —exclamó Anahis atrapando un pezón con sus labios. Después, fue bajando hasta alcanzar la vagina de Marisol y la dio un par de evidentes lengüetazos—. Si hace dos meses me hubieran dicho que me iba a inflar a chupar chochos, me hubiera echado a reír.
—¿Cómo que chochos? —preguntó frunciendo el ceño. Y riendo añadió—. Que no me entere yo que chupas otro que no sea el mío.
—¡Uy! Que posesiva… y que celosona.
— Si, lo reconozco, con los que quiero lo soy… y mucho.
La puerta del camarote se abrió y una muy excitada Marión entró como un vendaval. Las dos mujeres, desnudas, se incorporaron y miraron a Marión con cara de perplejidad. Está, totalmente cohibida, se había quedado sin palabras mientras miraba sus cuerpos desnudos.
—¡No tenéis pelos! —exclamó Marión roja como un tomate buñoliano.
—¡Claro! ¿tu si? —bromeó Marisol—. ¿Has entrado sin llamar para ver si tenemos pelos en el chocho?
—¡Ah! No, no… lo siento… yo, es que… ¡pues claro que no! —reaccionó finalmente Marión frunciendo el ceño—. ¿Qué te has creído?
—Pues bueno es saberlo, —dijo Anahis muerta de risa—. Cuando quieras solucionar tu problema capilar, dilo, y te prestamos la depiladora láser.
—Espero que las prioras no tengan más que sus monjas, que ya tienen un montón, —apuntó Marisol—. Las hemos visto entrenar desnudas.
—Creo que Loewen es la que menos tiene.
—Lo que pasa es que es tan rubia que se la nota menos.
—Y… esa depiladora, ¿es fácil de usar?
—¡Pues claro que es fácil de usar! —exclamó Marisol con impaciencia—. ¿Vas a decirnos que querías?
—Sí, sí. Tenéis que venir. He encontrado algo importante.
—¿Nos podemos vestir o vamos así?
—Bueno, si, si, claro… vestiros. Os espero en la sala de estrategia.


Cuando entraron en la sala, Marión, claramente ansiosa, esperaba dando paseos cortos delante de su terminal.
—Lo primero, tranquilízate que te va a dar algo, —dijo Marisol cogiéndola cariñosamente por la nuca—. Segundo, ¿has visto la hora que es? Da igual, yo te lo digo. Las dos de la madrugada. ¿tu no duermes?
—Duermo poco, mi general, —respondió con retintín, y en un intento de broma, añadió—. Vosotras tampoco.
—¡Ah! Un chiste, que me da algo, —bromeó Marisol riendo—. Dime lo que has encontrado, luego decidiré si te ahogo o no.
—Hace unos días, descargué del archivo general de Numbar, toda la bitácora de la Tharsis, desde antes de la derrota en Rulas 3, pasando por la toma de Axos, la antigua capital imperial, hasta el fin de la campaña de pacificación del Sector Oscuro, hoy sector 26…
—¡Fascinante! Te gustan las lecturas densas, —exclamó Marisol con guasa.
—El caso es, que durante la primera campaña en el Oscuro, —continuo Marión ignorando el comentario— toda la flota, los cuatro cruceros, se vieron inmovilizados por un sistema de miles de minas inteligente y satélites armados con cañones de neutrones de una potencia descomunal, de una civilización desconocida que desapareció antes de la llegada de los ancestros. Esto ocurrió en la nébula Pétara, y bueno, no voy a entrar en detalles…
—Gracias, eres muy amable, —la interrumpió Marisol con el cuerpo recostado sobre la mesa.
—…, pero Matilda y la Princesa lograron desactivarlas, —continuo Marión ignorando otra vez el comentario de Marisol— consiguiendo la clave de acceso a todo el sistema de control.
Marisol, se incorporó levemente mirando fijamente a Marión—. ¿Y?
—Que tengo las claves, —respondió Marión con una amplia sonrisa—. Estaban en la bitácora de la nave. He revisado los bancos de datos, y aunque muchas se han destruido, quedan más de 20.000, entre minas y satélites.
—Martín a puente, —dijo Marisol activando su comunicador—. Cambio de rumbo a la nébula de Pétara, a máxima potencia.
—«A la orden mi señora, corrigiendo rumbo a Pétara».
—Si esto sale bien, te depilo yo misma, —dijo Marisol sonriendo.
—No me digas esas cosas que me da vergüenza, —dijo Marión con las mejillas visiblemente sonrojadas.


En Karahoz, el monasterio y sus muros de defensa exterior se habían convertido en un montón de escombros. La artillería de campaña bulban, ya estaba definitivamente instalada bajo el escudo defensivo del monasterio, y machacaba constantemente las instalaciones del monasterio poniendo incluso en peligro los emisores del escudo. Cuatro semanas llevaban aguantando los ataques bulban, ya estaban al límite de todo y el general Opx sabía que era cuestión de pocos días, si no de horas. Había perdido un tercio de sus fuerzas y era más fácil contar a los soldados ilesos que a los heridos. Si caían los escudos, todos estaban perdidos. A las cuatro de la madrugada, Opx se reunió con sus jefes de sector, en las instalaciones subterráneas del monasterio, que se encontraban abarrotadas de heridos y soldados agotados.
—Si la artillería enemiga avanza doscientos metros más, que lo hará—expuso Opx a sus subordinados— tendrán a tiro los emisores. Nuestra artillería ya casi no existe y los morteros todavía no tienen distancia.
—Si caen los escudos estamos acabados, —afirmó la comandante Oriyam del 2.º Regimiento de Faralia. Su aspecto evidenciaba la dureza de la batalla que se estaba librando. Un sucio vendaje con sangre seca la cubría la frente y la tapaba un poco el ojo derecho— nos arrasaran.
—¿Se sabe algo de la general Martín? —preguntó otro de los comandantes.
—Hace tres días que no puedo comunicar con ella, pero os aseguro que conoce perfectamente nuestra situación.
—Tal y como están las cosas, es difícil que pueda venir a ayudarnos.
—Me prometió que vendría, —afirmo Opx tajante— y vendrá.
—De todas maneras, todos sabíamos a que veníamos aquí, —dijo Oriyam— a darlo todo y a morir si es preciso.
—Efectivamente, pero nuestra misión aquí está cumplida, —afirmó otro comandante—. Si hay que morir, pues se muere…, pero si pudiéramos evacuar seria mejor.
—Tal y como están las cosas, no podemos esperar más, —dijo Opx—. Hay que destruir esa artillería o hacerla retroceder.
—Hay que atacar. Y sin demora.
—Afirmativo ¿cómo lo quieres hacer? —preguntó Oriyam.
—Solo podremos hacerlo de una manera, —razonó Opx— su artillería está desplegada en un frente de 1.800 metros, unos trescientos metros por detrás de su primera línea. Hay que hacer un ataque general contra toda esa línea de frente, sobrepasarla y llegar a ella. Al mismo tiempo, intentaremos adelantar nuestros morteros para que apoyen el avance.
—De acuerdo, —respondieron los comandantes, y uno de ellos añadió—. Vamos a caer a punta pala.
—Hoy puede ser un buen día para morir, —añadió Oriyam con una sonrisa y los demás la imitaron.
—A las 7 AM, tendremos el sol a nuestra espalda y ellos de frente. A esa hora, avance general con todo lo que nos queda, y que los heridos que puedan disparar ocupen posiciones para apoyar el ataque desde los parapetos—ordenó Opx.


Despuntaba el sol sobre los montes cercanos, rasgando las gélidas brumas de la madrugada, cuando los escuadrones salieron de sus parapetos a campo abierto. Por detrás de ellos, grupos de soldados empujaban y tiraban de los morteros de plasma, en un intento de acercarlos a las posiciones artilleras del enemigo. El frente de avance federal, cargó con furia arrogante contra la primera línea bulban arrollándola. Opx, al frente de sus tropas, combatía en el parapeto enemigo, con su nueva arma personal, una replica del hacha de guerra de Ramírez. El escudo de energía, se iluminaba con los impactos de la artillería naval enemiga. De improviso, una lanzadera federal, entró por debajo del escudo, y comenzó a bombardear con bombas de plasma toda la zona de retaguardia enemiga, convirtiéndolo en un mar incandescente. Desconcertados, los bulban empezaron a retroceder cuando se encontraron con tropas federales que desembarcaban de transbordadores en el límite exterior del escudo. El repliegue se convirtió en desbandada, y segundos después, una tremenda explosión destruyó uno de los transportes de tropas bulban, y al poco tiempo, el otro corrió la misma suerte. Un enjambre de lanzaderas, persiguió al enemigos que se dispersó por el campo, disparándoles con sus cañones de partículas.
De unos de los transbordadores, descendió la general Martín, que inmediatamente se abrazó al general Opx.
—Bonito hacha, —dijo sonriendo.
—Cuando abrimos la cripta de la Princesa, lo escanee, —y sonriendo, añadió—. Sabía que al final vendrías.
—¿Lo durabas? —dijo Marisol frunciendo el ceño.
—¡Claro que no! —y mirando al Fénix, que en ese momento aterrizaba, preguntó—. ¿Qué cojones es eso?
—Es mi nuevo centro de mando, el Fénix, ¿te gusta?
—Ya lo creo.
—Dejémonos de cháchara, —dijo Marisol después de que el Fénix recibiera un impacto en su escudo de energía—. Hay que sacar a todo el mundo con los transbordadores, y rapidito. Hay que destruirlo todos, no quiero que quede nada aprovechable por el enemigo, sobre todo tecnología.


El Fénix despegó y ascendió rápidamente para salir de la atmosfera. Recibió varios impactos, pero los escudos aguantaron. Opx, y sus oficiales mayores, entraron en la sala de mando donde la actividad era frenética. En la pantalla principal vieron como la fragata España, maniobraba con velocidad mientras sus cañones de tiro continuo disparaban sin descanso y las baterías de defensa de perímetro, interceptaban los disparos bulban. En otras pantallas, dos corbetas combatían contra otra nave y un grupo de naves más pequeñas hostigaban a las que quedaban. Una formidable explosión, iluminó la batalla principal y la nave bulban se desintegró en miles de pedazos.
—Mi señora, la España ha hecho blanco y ha destruido a su rival.
—Las corbetas abren brecha en las corazas enemiga.
—Que cuatro patrulleras las apoyen, —ordenó Marisol sentada en su puesto—. No quiero que escape esa nave.
Instantes después, otra explosión ilumino la pantalla.
—Orden a todas las naves: retirada al punto de encuentro. Baterías de misiles. Todos los tubos. Fijen blanco en una de las naves que quedan.
—Blanco fijado.
—¡Fuego!
La descarga de misiles partió he impactó en una de las naves enemigas causándola ligeros daños. Cuando quisieron reaccionar, la Fénix y toda la flota, había desaparecido.


Marisol, Anahis y Marión, entraron en uno de los hangares secundarios convertido en hospital. Un par de miles de soldados heridos, lo abarrotaban junto con el hangar contiguo. Marisol, acarició, abrazó, besó, dio ánimos, pronunció palabras cariñosas, y todo, con un nudo en el alma. Un poco antes de salir del hangar, a la comitiva se unieron Opx y Oriyam. Cuando estuvieron fuera del alcance visual de los heridos, Marisol apoyó su espalda contra un mamparo y dos lágrimas recorrieron sus mejillas. Anahis, la apretó un hombro mientras la sonreía, aunque ella también se sentía afectada, en sus muchos años de hija de papa canciller, nunca había visto, o imaginado, un horror de está magnitud.
—¿Cuántos has perdido en Karahoz? —preguntó finalmente a Opx.
—1.127. Un tercio de mis fuerzas, pero la cifra puede aumentar: hay muchos heridos graves.
—¡Joder! Y no ha hecho más que empezar.
—Mi señora, permíteme que te presente a una de mis colaboradoras, —dijo Opx, cambiando de tema para quitar tensión a la situación—. La comandante Oriyam, del 2.º Regimiento de Faralia.
—Los faralianos están llevando la peor parte en el comienzo de la guerra, —dijo Marisol tendiéndola la mano después de saludarse militarmente.
—Estamos para servir, mi señora, —respondió—. Mis soldados y yo. Puede contar con nosotros para lo que sea.
—¿Cómo has conseguido tan pronto tener operativa una fragata? —preguntó Opx.
—Luego te presentaré a la comandante de la España, la capitán Maite Aurre. Española por supuesto.
—Vas a flipar, —dijo Marión y la expresión hizo sonreír a Opx.
—No te sorprendas, —afirmó Anahis—. Aquí, la reverenda, se nos está desmadrando.
—¡A sus años! —exclamó Marisol—. Un día de estos, se nos depila y todo.
—¿Cómo que a mis años? ¿Cuántos te crees que tengo?
—60 ó 70. ¿No? —la respuesta de Marisol dejó a Marión con la boca abierta y los ojos como platos.
—¡Entérate! Tengo 46.
—Venga, venga, dejadla tranquila, —intervino Opx con una sonrisa pasándola el brazo por los hombros—. ¿Por qué voy a… flipar con la capitán Aurre?
—Se ha traído a toda la familia, —respondió Marión, todavía con el ceño fruncido.
— Si. Su hermana es la primer oficial, su padre, el timonel, su madre, la jefa de ingeniería y otro hermano, es el jefe de armas, —. Dijo Anahis—. Además, hay tíos y varios primos. Hace varias generaciones que se dedican al transporte de mercancías, y llegaron a tener nave propia.
—Unos días después de que empezara la batalla, un grupo de fuerzas especiales, logr apresar una de sus naves. Ella es la que la hizo  volar.
—¿Tenemos una de sus naves? —preguntó entusiasmada Oriyam—. ¿Dónde la pillasteis?
—Donde estaban, en Karahoz, —respondió Marisol sin darle importancia.


Se decretó el periodo de noche en el Fénix. Los heridos habían sido atendidos y las dos pequeñas cantinas de la nave estaban abarrotadas. Marión, en su reducido, pero suficiente camarote, después de ducharse se relajaba leyendo informes en su terminal de datos. Llamaron a la puerta y ataviada con una camiseta grande se levantó. Cuando abrió, Marisol y Anahis, entraron directamente sin pedir permiso.
—¿Te has fijado que hemos llamado a la puerta? —preguntó Marisol mientras Anahis la cerraba.
—¿Qué queréis? —preguntó poniéndose en guardia.
—Las promesas hay que cumplirlas, —respondió Anahis.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó mientras Marisol intentaba quitarla la camiseta, con una fuerte oposición por su parte.
—Te prometí, que si lo de Pétara salía bien, te depilaba yo misma, —respondió Marisol.
— Y como no la voy a dejar sola con una tía en bolas, que no sea yo por supuesto, la pienso ayudar, —afirmó Anahis—. Te vamos a dejar el chocho como el culito de un niño.
—¡No, no, no! De eso nada…
—Te resistas o no, lo vamos a hacer… ¡Joder! Aquí hay 46 años de pelos, —exclamó Marisol cuando consiguió por fin quitarla la camiseta.
—¡Qué barbaridad! Aquí vamos a estar un buen rato, —dijo Anahis, y levantando las bragas de Marion en alto, añadió—. ¡La leche! Estás bragas no las usaba ni la abuela de Matilda, y te reías de las mías.
—No me lo digas, te las hacían en el monasterio,—afirmó Marisol empujándola sobre la cama.
—Pues claro que si, y bien practicas que son.
Anahis, comenzó a pasar la depiladora láser por una de sus piernas hasta que elimino cualquier resto de pelo. Después paso a la otra para pasar luego a las asilas. Finalmente, la metió entre sus piernas y los labios vaginales de Marión, comenzaron a emerger de la maraña de pelos.
—¡Joder tía! Con el chocho al aire estás hasta buena, —dijo Anahis cuando acabo.
—Mañana vendremos a revisarte la ropa interior, —la informó Marisol— y cuando regresemos a Mandoria nos vamos a ir las tres de compras.
—¡De compras! —exclamó Marión dejando de mirarse el chocho—. Nunca he ido de compras.
—¡Joder con la novata!



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