miércoles, 22 de marzo de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 9)



Todo estaba preparado y hacia dieciséis horas que con expectación esperaban la apertura del portal. Estaban dentro del periodo de tres días en que se podía abrir. Marisol mantenía la calma, pero era una pose externa. Hacia un par de horas que se había retirado a un camarote a dormir. El puesto de mando estaba instalado en un transporte de tropas, y desde él, y gracias a los cientos de sensores y cámaras instaladas en las inmediaciones del portal, todo estaba controlado. En Edyrme, la capital federal, el presidente Fiakro junto a sus ministros y un buen número de cancilleres y altos funcionarios, aguardaban, también con expectación, en la sala de control instalada para la ocasión.
—Anahis, despierta a la general, —dijo Loewen con una sonrisa. La mandoriana salio rápido, casi corriendo, hacia el cercano camarote. Un par de minutos después regresó con ella.
—¿Qué ocurre?
—La emisión de energía se ha multiplicado por dos en los últimos minutos, —informó Loewen con su suavidad característica—. Creo que la apertura definitiva está próxima.
—Mi señora, —exclamó Clinio desde otra consola— la emisión vuelve a aumentar.
—Confirmado, la emisión es ingente.
—¿El señuelo corre peligro? —preguntó Marisol alarmada.
—Por ahora no, pero si no tuviera los escudos de energía estaría frito, —respondió Clinio.
—Si es necesario hazle retroceder.
—La emisión se estabiliza, los sistemas ópticos muestran que el portal se ha formado, —informó Loewen. Efectivamente, en la imagen se veía claramente un poco del interior del corredor.
— Mi señora, la boca del portal tiene un diámetro de 696 metros, —dijo Marión consultando su consola.
—Eso significa que no tienen naves exageradamente grandes, —razonó Clinio—. Los acorazados federales no entrarían por el túnel, tenían 1.600 metros de largo y 480 de ancho. Demasiado justo.
—Algo es algo. Clinio, aproxima el señuelo a 500 Km —el general comenzó a operar con los controles automáticos. El señuelo era un viejo carguero comercial, destinado al desguace, que habían adaptado en Raissa. Se le habían instalado escudos de energía, una batería láser de tiro rápido de alto rendimiento y varios lanzadores de misiles. La intención de Marisol era hacerlo pasar por una unidad de batalla para atraer la atención del enemigo—. ¿El regalo sigue en la zona de espera?
—Afirmativo, sigue oculto en la zona de asteroides, —intervino Loewen.
— Pues solo queda esperar, —afirmo Marisol con resignación—. Coloca uno de los satélites de observación delante del portal y manda una sonda al interior, quiero saber hasta donde recibimos telemetría.


Durante tres interminables horas esperaron. La tensión era evidente, pero Marisol, sentada en su taburete y su taza de café negro entre las manos, mantenía una calma tensa. Parecía que no era la primera vez que se había enfrentado a una crisis de está magnitud.
—Mi señora: hay actividad en el túnel, —exclamó Loewen con cierta ansiedad. Dicho esto, una nave comenzó a emerger por la boca e inmediatamente disparo contra el satélite de observación. Tenía una configuración parecida a una punta de flecha rechoncha. De un tamaño similar a una fragata federal, estaba totalmente erizada de agujas dándole un aspecto de erizo. Detrás de la primera, apareció una segunda y luego una tercera. Definitivamente, los Bulban habían llegado.
—Que avance el señuelo, —ordenó Marisol—. A máxima velocidad, directo al centro.
—Señuelo a máxima velocidad.
—Señuelo a 400 Km.
—El enemigo nos ha detectado. Nos interceptan.
—Señuelo a 200 Km.
—Clinio, prepara el regalo.
—Regalo preparado.
—Señuelo a 70 Km.
—Misiles. Batería 1. Fija blanco.
—Blanco fijado.
—¡Fuego! Todo a estribor.
—Misiles fuera.
—Todo a estribor.
—Las naves enemigas varían el rumbo, nos persiguen.
—Artillería, tiro continuo. ¡Fuego!
—El enemigo nos dispara. Los escudos aguantan.
—Clinio, activa el regalo y directo a la entrada, —ordenó Marisol. El regalo era un asteroide de hierro macizo, de 460 metros de diámetro y 400 millones de toneladas, al que los zapadores españoles habían instalado cuatro grupos de propulsores químicos, un emisor de escudo para reforzarlo, y en el interior, justo en su centro, un artefacto termonuclear de 500 megatones de potencia.
—Regalo activado y en rumbo.
—Misiles. Batería 2. ¡Fuego!
Las naves bulban lo persiguen disparando con sus baterías mientras el señuelo responde con su artillería haciendo blanco en el enemigo, pero casi sin efecto.
—Mi señora, las naves enemigas no tienen escudos, —dijo Marión—. Tienen un blindaje muy grueso y esos pinchos que tiene el fuselaje es para impedir impactos directos.
—Diez segundos para cortar el empuje de los reactores del regalo. Rumbo correcto y velocidad estable a 8 km por segundo.
—Misiles. Batería 3. ¡Fuego!
—El enemigo concentra su fuego contra el señuelo. Han picado. Los escudos no aguantan.
—Sigue disparando mientras puedas.
—El enemigo ha detectado el regalo. Varias naves cambian de rumbo y se dirigen hacia él.
—He perdido el control del señuelo, —informó Clinio mientras veían por la pantalla como los impactos eran constantes en el vehículo. Finalmente, estalló en una explosión colosal—. He detectado algunos daños en las naves perseguidoras.
—Esas son buenas noticias.
—El enemigo dispara sus armas contra el regalo. Los escudos aguantan.
—20 segundos para entrar al portal.
—Todas las naves enemigas disparan al regalo.
—Seguimos en rumbo. 10 segundos al portal.
—¡Dos naves enemigas se han estrellado contra el regalo! Intentan hacerle cambiar de rumbo.
—Variaciones mínimas… no hay efecto. Seguimos en rumbo.
—Estamos dentro.
—Tenemos imagen. El corredor está lleno de naves enemigas, las estamos arrollando.
—Hemos perdido la imagen.
—Listos para activar dispositivo, —ordenó Marisol.
—Dispositivo listo.
—¡Fuego! —ordenó Marisol al tiempo que hacia un elocuente gesto cerrando el puño.
La colosal explosión, iluminó momentáneamente un gran tramo del corredor exteriormente, para desintegrarse totalmente.
—¡El portal ha desaparecido! —exclamó Marión exultante de júbilo—. No hay emisión de energía mística.


Todos en el centro de mando gritaban y se abrazaban mientras Marisol permanecía imperturbable. Por los comunicadores llegaba también el júbilo desde la capital federal.
—¿Cuantas naves enemigas han pasado por el portal? —preguntó.
—Quedan catorce, mi señora, —contestó Loewen.
—Activa un cronómetro en regresión, 62 días a partir de este momento. Informa a Karahoz y ábreme una línea con el general Opx.
—Opx en la pantalla principal, —dijo Loewen al tiempo que la figura de Opx aparecía.
—¡Enhorabuena! —exclamó—. Ha sido una gran victoria mi señora. Y no te quites meritos, hace un par de meses, cuanto todo esto empezó, una victoria como está era impensable. Y tú eres la artífice. —todos los presentes en el centro de mando se pusieron a aplaudir.
—¡Bueno, bueno! Señores, por favor, —dijo Marisol levantando la mano para cortar los aplausos—. Tenemos catorce problemas ahí fuera.
—Permiso para poner en marcha la tercera fase, mi señora.
—Adelante, lo tienes. A partir de este momento estáis solos, —y mirándole fijamente, añadió—. Te prometo que os sacaré de ahí. Tienes mi palabra.
—Lo sé mi señora. Aguantaremos todo lo que sea necesario. Opx fuera.


Las naves enemigas permanecían agrupadas. La comunicación entre ellas era incesante, pero los sistemas federales no lograban descifrar el contenido de las conversaciones. Supuestamente intentaban aclarar que había pasado.
—Anahis, avisa al teniente Gómez, —ordenó Marisol. Un par de minutos después estaba ante ella.
—Mi señora.
—¿Mi señora? No me jodas J.J. que hemos ido al cole juntos.
—Eso no tiene nada que ver. Ahora eres la general Martín: mi señora.
—Cómo quieras. ¿Ves esas naves de ahí? —preguntó señalando la pantalla. Ante la respuesta afirmativa del teniente, continuo—. Antes de que rescatemos a los defensores de Karahoz, quiero que tus fuerzas especiales asalten una y la apresen.
—¿Solo una mi señora? —bromeó el teniente.
—Por ahora si, —le respondió sonriendo— pero si cae alguna más… no me voy a quejar.
—Cuenta con ello mi señora.
—Lo sé, J.J. —dijo Marisol dándole una palmada en el hombro.


En Karahoz, el general Opx puso en marcha la 3.ª fase del plan estratégico diseñado por Marisol. Cuatro trasbordadores, armados con cañones de partículas y una batería de misiles, partieron del santuario para hostigar a las naves enemigas y atraerles al planeta. No esperaban un ataque de ese tipo y los pillaron por sorpresa. Atacaron conjuntamente la popa de una de las naves y la inmovilizaron provocando una enorme explosión en la zona de propulsores. Después, huyeron a toda velocidad perseguidos por la flota enemiga. Llegaron a Karahoz y se refugiaron en las instalaciones del monasterio protegidas por el escudo de energía, mientras la unidad de defensa planetaria abría fuego contra las naves enemigas en la orbita. Los bulban comenzaron a disparar infructuosamente contra el escudo de energía, que se iluminaba con tonos fantasmagóricos con cada impacto. Mientras se producía el bombardeo, dos naves enemigas, con una configuración distinta a las demás, más grandes y compactas, aterrizaron a diez kilómetros de monasterio y de ellos comenzaron a bajar largas filas de soldados enemigos. Eran de una estatura similar a la humanoide, e iban ataviados con una especie de mono ajustado de color gris oscuro, con protecciones rígidas negras. La cabeza estaba totalmente cubierta por un casco integral también oscuro. Como armamento, llevaban un rifle extremadamente largo que más parecía una lanza gorda, que una carabina. Avanzaron rápidamente por el terreno llano a cuerpo descubierto, hasta llegar a los limites de las defensas de largo alcance del monasterio. Cayeron a miles: fue una autentica carnicería. Se empezaron a oir sonidos como de trompetas y el enemigo se retiró en desbandada hacia posiciones más seguras.
—Quiero ver esas armas, —dijo Opx a uno de sus lugartenientes—. Manda alguien que recoja algunas y las traiga… y alguno de los cascos… ¡Qué cojones! Que intenten traer algún cadáver.
Un par de horas después, el cadáver enemigo estaba en una sala del hospital militar instalado en el monasterio. Opx hizo una indicación al médico, que con la ayuda de una enfermera comenzó a quitarle el uniforme.
—Parece que está claro de donde han evolucionado, —comentó Opx mirando la piel escamona del bulban—. Parecen reptiles.
—¿Qué opinas? —preguntó el médico a la enfermera.
— Yo me inclinaría por los anfibios, —contestó la enfermera que resulto ser aficionada a la biología—. No son escamas de queratina, aunque lo parezca es piel. Posiblemente es un individuo joven, todavía le quedan restos de branquias.
—Realicen una autopsia completa y transfieran todos los datos al mando central, — y dirigiéndose a su ayudante, añadió—. Que un ingeniero desmonte sus armas y que haga lo mismo.


En la madrugada del día siguiente, la artillería terrestre enemiga comenzó a disparar por debajo del escudo de energía. Los impactos contra los gruesos muros que fortificaban el monasterio, eran terribles. Enormes masas de escombros y piedras saltaban en todas direcciones y caían sobre los defensores de las trincheras exteriores que se guarecían como podían. Dos horas después, sonaron las trompetas bulban y su infantería comenzó a avanzar lentamente, protegiéndose con los accidentes del terreno. Los puestos de avanzada empezaron a disparar con un ritmo frenético, pero inmediatamente comenzaron a recibir directamente el fuego de la artillería enemiga. Ante la imposibilidad de mantener las posiciones, Opx, ordenó evacuarlas y que se replegaran a la segunda línea defensiva. Desde allí, con el apoyo desde la parte alta de los muros, hicieron frente a las oleadas enemigas que una a una se fueron estrellando contras sus defensas. A media tarde, las vanguardias bulban estuvieron a punto de rebasar las líneas federales, pero sus defensores, calando bayonetas, salieron de la protección de la trinchera y se enfrentaron cuerpo a cuerpo con el enemigo, con el apoyo, desde la parte alta de los muros, de tiradores españoles. Finalmente, los bulban se retiraron dejando una alfombra de cadáveres sobre el terreno.
—¿Cómo va la cosa? —preguntó Marisol por video enlace a un agotado general Opx al término de la primera tarde.
—Mejor de lo que esperábamos, pero ha sido muy duro, —contestó—. Hemos perdido 123 soldados, pero la buena noticia es que ellos, han caído a miles. La Princesa tenía razón, no combaten bien en tierra. Cargan con miles de efectivos e intentan arrollarnos.
—He recibido el informe de la autopsia, y coincidimos con vosotros, evolucionaron desde los anfibios. Como no sudan, no toleran bien el calor. Pensamos que el traje que llevan les ayuda en esa función.
—Pues eso no me ayuda mucho, aquí, calor no hace precisamente, —Opx esbozo una sonrisa.
—Ten mucho cuidado.
—Si mama gallina, —bromeo Opx—. Lo tendré.


Al día siguiente, a primera hora, despertaron al general Opx para que se presentara en el centro de mando.
—¿Qué ocurre? —preguntó cuándo llegó mientras terminaba de abrocharse la guerrera.
—Una de sus naves se ha puesto a tiro de los misiles que tenemos escondidos en las cuevas y continua acercándose.
—Parece que está reconociendo el terreno. Posiblemente para un ataque desde este lado.
—Perfecto. Pues dejémosles acercarse, no quiero que fallemos el disparo, —ordenó Opx.
—Objetivo a 3.000 metros y acercandose.
—No activéis el radar de tiro hasta el último momento.
—Objetivo a 2.000 metros.
—Vamos a disparar con dos baterías completas. No quiero que escape.
—Objetivo a 1.000 metros.
—Activa el radar de tiro y fija blanco en la zona de reactores.
—Blanco fijado.
—¡Fuego! —gritó Opx. Los doce misiles partieron al mismo tiempo que la nave enemiga, que en el último momento debió detectar el radar federal, intentaba esquivar la andanada. No lo consiguió, y todos los misiles hicieron blanco en la popa de la nave que como una piedra cayó descontrolada contra el suelo estallando con un fogonazo tremendo.
—¡Buen tiro! —exclamó Opx—. A ver si con un poco de suerte mandan otra nave a investigar lo que ha pasado.
—General, otra nave se aproxima, —informó uno de los oficiales un par de minutos después. La nave enemiga comenzó a disparar contra la falda de la montaña desde demasiada distancia como para hacer blanco con las baterías que quedaban.
 —Están fuera de tiro, general. Están disparando aleatoriamente.
—La nave enemiga se acerca.
—He perdido la señal con una de las baterías, solo queda otra operativa.
—La nave enemiga está a tiro y se sigue acercando.
—Continua bombardeando la falda del monte.
—Dejemos que se acerque más, —ordenó Opx—. Si disparamos ahora pueden esquivarnos con facilidad.
—Objetivo a 1.500 metros.
—Activa radar, fija blanco y ¡Fuego!
La nave enemiga viró en redondo y ofreció la proa a la descarga de misiles que hicieron blanco. Expulsando gas, la nave comenzó a ascender vertiginosamente.
—¿Está a tiro de la batería de defensa planetaria? —preguntó Opx.
—No, pero si sigue ese rumbo en diez segundos lo estará.
—Prepara la artillería, y dispara cuando este a tiro sin esperar la orden, —ordenó apremiante.
El oficial comenzó a disparar haciendo blanco en la renqueante nave bulban que cayo al suelo convertida en una bola incandescente. El resto de la flota enemiga se situó en la órbita, alejada del radio de acción de las defensas planetarias y comenzaron a machacar la montaña.
—Informa al cuartel general, de que hemos destruido dos naves enemigas, —ordenó Opx—. Continua la batalla.


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