miércoles, 12 de abril de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 15)




Tras una serie de operaciones aisladas, la Flota Federal había atraído al enemigo hasta las inmediaciones de Faralia, donde el general Opx y su ejército aguardaban. Opx permitió acercarse y aterrizar a los transportes de tropas, pero una vez lo hicieron, activó las defensas planetarias que destrozaron las formaciones de naves en la órbita, obligándolas a replegarse fuera de su radio de acción. Como habían previsto Opx y Marisol, las naves enemigas no se volvieron a aventurar en la órbita del planeta, porque aunque estaban dispuestos a asumir perdidas, 64 naves eran muchas incluso para ellos.
El grueso de la infantería bulban, se desplegó en las proximidades del Cerro de la Muerte a 100 Km de la capital. Cuando Opx se percató, rápidamente ordenó avanzar a cuatro divisiones, que con apoyo de artillería, ocuparon el cerro y sus alrededores. Durante una semana, el enemigo intentó asaltar el bastión infructuosamente, hasta que desistieron después de dejar sobre el terreno a más de 50.000 soldados. Cambiaron de estrategia y comenzaron a avanzar por el norte hacia la capital. En otra maniobra rápida y eficaz, Opx evacuo a sus fuerzas del cerro y las puso a salvo con pocas perdidas. Fue una primera y gran victoria que se celebró con entusiasmo, no solo en Faralia, también en el resto de la galaxia.


La Fénix aterrizo en las inmediaciones del monasterio de Konark levantando una polvareda descomunal. Marisol, Anahis y Marión, bajaron a bordo de un vehículo todoterreno a ruedas, que la primera había traído de su pueblo.
—Podíamos haber traído una lanzadera, —protestó Marión saltando en la parte de atrás con los baches, mientras Anahis chillaba entusiasmada— que es un vehículo de personas normales.
—¡Venga tía! Esto mola, —dijo Anahis riendo.
El vehículo aminoro la velocidad y despacio pasó por el portón de acceso al patio central. Marisol lo atravesó y paró junto a la escalinata principal donde la esperaba la priora y las principales sacerdotisas.
—Reverenda madre, que alegría volver a verla, —dijo Marisol abrazándola y dándola dos besos—. No pudimos venir cuando se lo dijo Marión, ya sabe que estamos muy liados. Clinio y Loewen no han podido venir, la envían saludos. Y Opx, ya sabe dónde está.
—No te preocupes hijita, —respondió la priora saludando a continuación a Anahis. Marión se inclinó y cogiéndola la mano se la beso. La priora la obligo a levantarse y la dio también dos besos.
—Es que ha venido en modo monja, —bromeó Marisol provocando la risa de la superiora—. Ha sido muy mala y… creo que tiene “pecadillos” que confesar.
—Marisol, ¡joder!
—Ha visto… y además mal hablada.
—Estoy al corriente de sus… correrías, —la abadesa nunca perdía su sonrisa. Marión no pudo disimular su sorpresa y se puso roja como un tomate.
—¡Mírela! Parece una maradoniana.
—¡Marisol! —chilló Marión.
—Hijita, sé comprensiva, —dijo la reverenda madre a Marisol y mientras acariciaba la espalda de Marión añadió—. Luego hablamos, ahora hay cosas más importantes que tratar.
—Si, reverenda madre.
—Supongo que querrás ver a Pulqueria, ¿no hijita? —preguntó la priora mientras subían las escalinatas y entraban en el monasterio.
—Si reverenda madre. ¿Cómo va su adiestramiento?
—Reconozco que estoy sorprendida… y muy satisfecha, la verdad. En estos cuatro meses casi ha completado el programa técnico de un año. En el plano físico no va tan avanzada, pero es normal, es una cría de 18 años que nunca había hecho deporte.
—Entonces ¿para cuándo podré dispones de ella?
—Yo creo que en un par de años, —la respuesta hizo pararse a Marisol que miro a los ojos de la abadesa.
—Reverenda madre, ni siquiera sé si podremos aguantar uno.
—¡No, no! No te permito esa falta de confianza en tu liderazgo, —la reprendió la priora entrando en una sala donde esperaban varias sacerdotisas de máximo nivel y una jovencita de piel muy oscura con el hábito de novicia—. Recuerda las palabras de la Princesa Súm.
—No es eso, reverenda madre, —se defendió Marisol—. Intento ser realista y tener los pies en el suelo, —y negando con la cabeza con ojos ausentes, añadió—. Estoy haciendo cosas horribles, que hace unos meses ni imagine hacer. He utilizado unas armas terribles para atacar al enemigo, y según nuestras estimaciones, hemos matado a más de medio millón. Medio millón, reverenda madre, quinientas mil vidas que me duelen a pesar del odio que siento.
—Eso es porque tienes corazón, —dijo la novicia—. No eres una asesina, —todos la miraron y ella mantuvo la mirada de Marisol.
—¿Tu eres Pulqueria? —preguntó Marisol aproximándose a ella.
—Si Marisol, —respondió la priora frunciendo el ceño—. Y como veras, lo del voto de silencio no lo lleva muy bien.
—Lo siento, reverenda madre, —dijo Pulqueria bajando la vista.
—¿Eres humana de las colonias?
—Si mi señora, de Nueva Turquía. Nací en Yeni Pamukkale: mi familia vive allí.
—Entonces somos vecinas, —y mirando a la priora, añadió—. Nueva Turquía y Nueva España están en el mismo sistema.
—Así es, mi señora, —afirmó Pulqueria.
—¿Eres consciente de la importancia que tienes? —preguntó Marisol acariciándola el cabello en un gesto cariñoso que no paso desapercibido a Anahis.
—Si, lo soy mi señora, —y besando la mano de Marisol, añadió—. Solo deseo completar mi formación y servirte.
—A mí no, a la República, Pulqueria, a la República.
—Si mi señora.


Anahis entró silenciosa y con expresión cejijunta en la estancia que iba a compartir con Marisol en el monasterio. Con ímpetu, tiró su bolsa de viaje contra una silla derribándola.
—¡Eh…! ¿Qué te ocurre mi amor? —preguntó Marisol con precaución viéndola entrar en el baño.
—¡¿Mi amor!? —tronó desde el baño, y saliendo de él, chilló—. Solo te ha faltado llamar así a esa zorrita.
—¿Pero que dices?
—¿Y por qué la has acariciado?
—¡No sé cariño, ha sido…!
—¿Y por qué te ha besado la mano?
—Mi amor, estás sacando las cosas…
—“¡Solo deseo servirte!” —exclamó Anahis remedando la voz de Pulqueria— ¡Zorra!
—¡Joder nena! Que es una cría.
—¡Es una puta! — aúllo Anahis fuera de sí.
—Mi amor, solo he pretendido ser amigable, —intentó razonar Marisol mientras la atraía hacia ella y la abrazaba.
—¡Déjame! —se resistió—. Vete a abrazar a esa zorra.
—¡No! Solo quiero abrazarte a ti. ¡Joder nena! Tengo fama de raspa. Marión me ha dicho que su teniente se jiña cuando me ve. Solo he intentado ser un poco amigable con ella.
—Pues como te vea que la vuelves a meter mano…
—¡No la he metido mano! La he tocado el pelo nada más.
—¡Pues ni eso!
—Si mi amor, a tus ordenes mi amor, —y comenzó a besuquearla en el cuello.
—¡Déjame!
—¡Un huevo! —exclamó mientras la recostaba sobre la cama—. Me gusta cuando estás cabreada y te resistes, —y comenzó a besuquearla el cuello.
—¡Serás… zorrona!
Durante un buen rato estuvieron amándose hasta que exhaustas se quedaron tumbadas sobre la cama.
—Cuando venga la superiora a preguntar a quien hemos matado, —dijo Marisol abrazándola— vas a salir tú a contárselo.
—No seas tonta…
—Ahora soy tonta y hace un rato me montas una bronca de cojones, y por unos motivos absurdos.
—¡La acariciaste!
—Y he dado dos besos a la reverenda madre.
—No es lo mismo.
—¡Mira, vale! No voy a iniciar un diálogo de besugos contigo. Vamos a dejarlo, que tengo cosas que hacer, —salio de la cama y cogiendo las tabletas se puso a leer informes en la mesa.


A la mañana siguiente, Marión entró en el refectorio para desayunar. Se sirvió una infusión y un pastel, y se sentó en la mesa que ocupaba una solitaria Anahis.
—Que sola estás, ¿dónde está Marisol?
—Está con la reverenda, —contestó Anahis muy seria.
—¿Qué te pasa? ¿Habéis regañado? —por única respuesta, Anahis se encogió de hombros y frunció el ceño—. Pues no me imagino de que podéis haber discutido vosotras dos.
—¡Son cosas nuestras! —respondió de mala manera.
—Entendido, —dijo levantándose con su taza y su pastel—. ¿Dónde están Marisol y la reverenda?
—Han salido con el todoterreno.
—¿Qué se ha llevado a la reverenda madre a dar saltos en esa maquina infernal? ¡Por dios! —dejó la taza y salio a toda prisa hacia el patio exterior. Subió a la muralla y en la lejanía, en la zona más abrupta, vio una polvareda. Durante más de media hora vio la nube moverse hasta que finalmente comenzó a acercarse. El vehículo entró al patio y paró al lado de Marión que ya esperaba.
— Hijita, que divertido, —dijo la priora bajándose del todoterreno, quitándose las gafas y sacudiéndose el polvo.
—Reverenda madre, ¿cómo se le ocurre? Es muy peligroso.
—¡Anda, anda! Que va a ser peligroso, —respondió riendo la priora—. No seas exagerada.
—¿Y si la hubiera pasado algo?
—Pero no ha pasado nada, —respondió la priora sujetándola por los brazos—. Tranquilízate.
—Es que me preocupa que la pueda pasar algo.
—Tienes que comprender, que en ocasiones, necesito hacer el tonto un poco para sentirme viva, —la sonrisa de la priora era perenne—. Si tuviera tu edad, posiblemente saltaría sobre la entrepierna de algún amigo… como haces tú.
—Además está bien armado el tío, —intervino Marisol.
—¡No me digas hija! —exclamó la priora.
—¡Marisol! —chilló Marión roja como un tomate, provocando las carcajadas de las dos mujeres.
—No te enfades…
—No me enfado, reverenda madre, —dijo Marión y señalando a Marisol, añadió— pero está, en vez de meterse conmigo, podría dedicarse en ver que le pasa a Anahis, que la he saludado y me ha dado una coz.
—Eso son cosas de pareja, hijita.
—Cuando se te pase el furor uterino, a lo mejor lo entiendes, —dijo Marisol sacándola la lengua.
—¡Marisol!


J.J. y su segundo, perfectamente camuflados entre las rocas, observaban con prismáticos a un destacamento enemigo. A escasos 200 metros, los bulban descargaban equipos y pertrechos de un par de transbordadores. Con el grueso de su infantería en Faralia, los bulban se dedicaba a establecer pequeños destacamentos en los sistemas colindantes, aunque su despliegue principal se daba en los planetas con mayor presencia de agua. Por orden de Marisol, las fuerzas especiales de J.J. habían empezado a hostigarlas en ataques por sorpresa.
—Es la primera vez que los vemos, —dijo su segundo sin dejar de mirar por los prismáticos mientras gravaba imágenes—. No teníamos ni idea de que disponían de estás naves.
—En sus fragatas no las llevan, eso es seguro, —añadió J.J.
—Deben de tenerlas en los transportes, y no en todos, porque en Karahoz no las utilizaron.
—Todo está preparado, capitán, —susurro una sargento después de arrastrarse hasta su posición— todos están en posición.
—¡Mierda! Me jode no poder echarle el guante a una de esas naves, —exclamó J.J.— pero no podemos. ¡Adelante! Que los morteros abran fuego.
—A la orden, —dijo su segundo y retirándose hacia atrás, dio la orden por su comunicador. Los morteros comenzaron a escupir proyectiles a un ritmo endiablado mientras desde los flancos, soldados federales abrían fuego. Cogidos entre dos fuegos, los soldados bulban se parapetaron como pudieron, intentando protegerse. Uno de los transbordadores estalló con una explosión colosal, e instantes después, el otro, comenzaba un despegue de emergencia. Se había elevado unos diez metros, y cuando comenzaba a acelerar, recibió un impacto en los propulsores, precipitándole sobre la zona donde se resguardaban los soldados bulban. Aprovechando el impacto contra el suelo, los soldados federales salieron y remataron a los pocos supervivientes.
—¡Rápido! Recoged todo lo que pueda ser útil, —ordenó J.J. mientras inspeccionaba la zona de combate—. Avisa a las lanzaderas y que vengan hasta aquí.
—No hay bajas capitán, solo dos heridos leves.
—En cuanto estemos abordo, transmite las imágenes de esos transbordadores al cuartel general. La general Martín querrá verlas.
—A la orden.


La cantina de la Fénix estaba muy animada cuando entró Marisol. Mientras amigablemente saludaba a sus subordinados, localizo a Anahis y Marión que charlaban en una de las mesas.
—¡Vaya! Me gustaría saber de que estáis hablando vosotras dos, —dijo sentándose con el ceño fruncido, y mirando a Anahis preguntó—. ¿Debo preocuparme?
—¡No seas absurda! —respondió Anahis—. ¿Cómo puedes pensar…?
—¡Ah!, ¿Tu si puedes y yo no?
—Yo mejor me voy que tengo cosas que hacer, —intervino Marión haciendo amago de levantarse.
—De eso nada, —dijo Marisol cogiéndola la mano—. Tú te quedas.
—De todas maneras no es lo mismo, —argumento Anahis con decisión— Marión es una amiga y la otra zorra no.
—¡Joder cariño! No seas cabezona.
—Tiene razón, Anahis, —dijo Marión cogiéndola la mano—. Los celos te consumen.
—No es cierto, —Anahis frunció el ceño bajando la mirada—. “¡Solo deseo servirte, solo deseo servirte!” —añadió remedando la voz de Pulqueria.
—¿Te das cuenta ahora de por qué la quiero? —dijo Marisol dirigiéndose a Marión—. Es un amor de tía.
—Lo que es, es una boba.
—¡Bueno sí! ¿Y que? ¡Pues ya está!



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