miércoles, 3 de mayo de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 21)




El Fénix salio del vórtice siguiendo a las patrulleras e inició el vertiginoso descenso de combate. Desde 20.000 metros de altura, la artillería principal y las baterías de perímetro de la nave comenzaron a disparar sobre las formaciones bulban. Aterrizó, como estaba previsto, en el terreno de nadie e inmediatamente los portones se abrieron y una masa vociferarte emergió por ellos.
En la órbita, Marión entabló batalla con las fragatas enemigas. Las patrulleras federales, moviéndose coordinadamente en grupos de tres, se metieron entre las formaciones bulban impidiéndolas maniobrar. Las baterías de tiro continuo destrozaban las corazas de las naves enemigas y por el hueco entraban los torpedos que las reventaban. Las baterías principales enemigas, no solo eran incapaces de alcanzar a las patrulleras, en sus torpes maniobras, incluso impactaban en sus propias naves. Poco a poco la batalla fue desplazándose de la órbita y el cañoneo sobre la colonia desapareció.
La infantería bulban estaba preparada para un ataque frontal y no esperaban un ataque tan agresivo y arriesgado por parte federal. El choque de los novatos kedar con las vanguardias bulban fue brutal, épico, y penetraron con profundidad en las líneas enemigas. Al frente de ellos, Marisol, seguida de cerca por Anahis, con furia se abría paso a golpe de espada, protegida por su escudo. En los flancos de la batalla, los regimientos federales apretaban la tenaza con tesón estrechando la formación bulban mientras las lanzaderas y transbordadores del Fénix cañoneaban la retaguardia. El grupo de fuerzas especiales improvisadas, asaltaron el interior de los cuatro transportes enemigos impidiendo su despegue.
—¡Martín a Aunie! —gritó por su comunicador resguardándose tras unas rocas, mientras sus novatas la protegían.
—¡Aquí Aunie, adelante mi señora!
—¡Por el lado derecho de tu frente de avance hay una hondonada alargada!
—¡La veo!
—¡Avanza por ella con las milicias y ataca directamente el centro de la formación enemiga!
—¡A la orden, mi señora!
Los milicianos de Aunie, entraron casi sin oposición por la despejada hondonada, libre de enemigos que rehuían combatir en terreno bajo. Treinta minutos después, atacaban el centro de la formación bulban, cerca del centro de mando enemigo. Allí llegaron también las fuerzas de Marisol entablándose un brutal combate contra sus defensores. Marisol divisó al pretor al mando que estaba a escasos metros de ella, pero antes de que pudiera reaccionar, Anahis se adelantó y pisoteando a los soldados bulban caídos, de abalanzó contra él. A Marisol se le encogió el corazón cuando la vio atacar al pretor, pero disimulo a duras penas. La guardó las espaldas hasta que las mujeres kedar limpiaron de enemigos los alrededores. Anahis, en un ataque constante, descargaba poderosos golpes con su espada que el pretor paraba con su lanza a duras penas. Finalmente, logró alcanzarlo con el canto del escudo y lo derribo. Con un golpe de espada le cortó la mano que sujetaba la lanza y colocó el canto del escudo en su cuello.
—¿Lo quieres vivo o me lo cargo? —preguntó Anahis mientras algunas de las mujeres escupían a la cara del pretor abatido.
—Chicas, —dijo Marisol dirigiéndose a ellas para calmarlas—, seria bueno interrogarle y que nos cuente cosas.
—¡No contar una mierda, hija de puta! —exclamó el pretor.
—Pues eso aclara mucho las cosas: no perdamos el tiempo, —y haciendo una señal a Anahis, está presionó con su escudo y el peso de su cuerpo hasta que le cercenó la cabeza. Los soldados bulban, sin jefe, comenzaron a huir pero fueron cazados sin compasión y el odio hizo el resto. No hubo prisioneros, no hubo heridos, cuando los combates finalizaron, los kedar recorrieron el campo de batalla rematando a los que momentáneamente había sobrevivido.
—Martín a Marión, —llamó Marisol—. Informa.
—Controlamos la órbita. Once naves bulban han huido. Dos se han rendido. Controlamos los cuatro transportes. En cuanto a nuestras perdidas, hemos perdido cinco patrulleras y el resto tienen daños de diversa importancia.
—¿Hay noticias del Ares?
—Afirmativo. Una gran flota enemiga ha atacado la zona central de nuestras defensas en torno al portal. Esteban, se ha apoyado en los Petara y los ha rechazado. En estos momentos, solo hay combates aislados contra unidades embolsadas o rezagadas.
—Avisa a Colonia 1 y al Ares de que van a recibir muchos heridos. Las patrulleras que puedan operar que desciendan para evacuar heridos, tenemos un montón. Que Esteban hable con las autoridades civiles, hasta que se estabilice la situación es mejor evacuar esta colonia. Dile también que me mande urgentemente un oficial de inteligencia, en el centro de mando bulban hemos encontrado varios módulos de datos.
—Ya está hecho, —contestó Marión—. ¿Y vosotras dos como estáis?
—Estamos bien, magulladas pero bien, y muy cansadas, —se notaba en el tono de su voz—. Por cierto, Anahis ha cortado su primera cabeza de pretor bulban. Si quieres te la llevamos de recuerdo.
—¡Ni se os ocurra!

Hasta media tarde, Marisol, Anahis y Aunie, estuvieron ayudando en las tareas de atención y evacuación de los heridos. Esteban, en un transbordador, se personó en el lugar de la batalla y las obligó, de manera tajante a ir al hospital de campaña para que atendieran sus heridas, que aunque no eran importantes, necesitaban cura. Cuando aparecieron, cientos de soldados heridos y todo el personal sanitario las vitorearon, y es que la moral estaba por las nubes. Era la primera victoria kedar sobre los bulban en más de mil años. Los sanitarios las despojaron de las corazas y las curaron los raspones, las magulladuras y algún que otro corte sin importancia.
El papel de los escuadrones de mujeres kedar fue tan importante durante la batalla, que disparó su reclutamiento, y los jefes civiles no se atrevieron a impones su criterio. Estaba claro que las cosas empezaban a cambiar en la sociedad kedar, y no solo en el aspecto militar, la igualdad de las etnias y de las mujeres, se imponía irremediablemente.

Casi arrastrando sus armas, sucias y agotadas, llegaron al Fénix, que cargada de heridos estaba a punto de partir hacia Colonia 1, ya bajo el mandó de Marión. Está las recibió a pie de la escalerilla y de manera inflexible las impidió ir al centro de mando y las mando al camarote. Dejaron las armas en el suelo y en silencio se despojaron de la ropa. Entraron en la ducha juntas y mutuamente se enjabonaron y frotaron. Cuando estuvieron limpias, se sentaron en el suelo de la ducha y se abrazaron mientras el agua caía sobre ellas.
—No me ha gustado verte combatir, —dijo Marisol, y separándose de Anahis con el ceño fruncido, añadió—. Además, me has quitado a ese cabrón.
—Has estado lenta. Estás mayor, te ganan los caracoles terrestres.
—¿Me estás llamando vieja? ¡Solo soy ocho años mayor que tú!
—¡Un montón! —respondió Anahis riendo viendo el ceño fruncido de Marisol.
—No, en serio, viéndote combatir con ese hijo de puta…, no se…, estaba jodida. Solo pensar en la posibilidad de perderte, me descompone.
—A mí me pasa lo mismo cada vez que te veo salir a dar espadazos, pero eso no tiene solución, mi amor. No voy a estar toda la guerra detrás de una consola.
—Lo sé, lo sé, y por supuesto no te lo voy a impedir…, pero no me gusta.
Marisol se levantó, sacó a Anahis de la ducha y mutuamente se secaron mientras sus labios se buscaban.



Más agotadas aun, después de su actividad sexual, las dos estuvieron un rato revisándose mutuamente heridas y cicatrices.
—¿Sabes? Estoy recordando, —comenzó a decir Anahis riendo— que leyendo las memorias de la Princesa Súm, ella contaba que en la intimidad, Ramírez y ella se contaban las cicatrices de guerra para ver quien tenía más.
—¿Y cual de los dos tenía más?
—Los dos tenían muchísimas, no en vano eran de infantería, pero ella nunca lo aclaró, decía que estaban casi iguales.
—Opx me dijo que su hacha de combate, es una replica de la de Ramírez, pero solo por fuera. La de Opx es de duranium, pero la de Ramírez era de una aleación que la hacia pesar el doble.
—Era una mala bestia, —afirmó Anahis—. 1,93 de alto y 130 kilos de puro músculo. En cambio, Súm, que también estaba cachas, no pasaba de los 60 kilos. Me impresiono mucho verla la primera vez cuando baje a la cripta, estaba como dormida…, y era preciosa…
—No tanto como tú, mi amor.
—¿Te parezco preciosa, mi amor? —preguntó Anahis sentándose a horcajadas sobre el vientre de Marisol.
—Me pareces súper preciosa, —contesto Marisol acariciando los pechos de Anahis—. A mí me lo parece, y además lo eres.
Anahis metió sus brazos bajo Marisol y la abrazo mientras la volvía a besar. Siguieron amándose hasta que finalmente, las dos, abrazadas se quedaron dormidas.

Marisol abrió los ojos, y en la penumbra vio a su lado el cuerpo desnudo de Anahis. Se giró y la abrazo por la espalda.
—¿Qué hora es mi amor?
—No sé, estoy dormida.
—¡No estás dormida!
—Si lo estaba.
—¡No lo estabas! Movías la cola.
—Puedo mover la cola dormida, —dijo cogiendo su comunicador—. ¡Hostias! Las 11.35.
—¡No jodas! —exclamó Marisol saltando de la cama.
—No te preocupes tía, no tenemos nada programado en la mañana.
—No es eso, quería pasar por el hospital a ver a los chicos.
—Venga joder, tía, no te preocupes, —dijo Anahis cogiéndola por los brazos—. Ahora nos acercamos.
—Por cierto: he pensado en decirle a una amiga de la infancia que se venga conmigo cómo asistente personal.
—¿A Sarita?
—Si, ¿te parece bien?
—Claro, ¿por qué me iba a parecer mal?
—¿Por qué luego ves cosas raras dónde no las hay?
—No exageres, ¿cuándo he hecho yo eso?
Terminaron de vestirse, salieron del camarote y se encaminaron al centro de mando.
—Marión, nos tenias que haber avisado, es muy tarde, —la recrimino Marisol entrando en su despacho, que en ese momento ocupaba Marión.
—¿Por qué? —la respondió sonriendo y después de besarla, pregunto a Anahis—. ¿Está se ha levantado con el pie izquierdo?
—Pues la verdad es que no, —respondió también Anahis sonriendo— pero ya sabes que con ciertas cosas es un poco rarita.
—Os advierto, a las dos, que no tengo el cuerpo para que os metáis conmigo…, y a la vez…, y sin haber tomado café.
—No lo has tomado porque no has querido: haber desayunado.
—¡Si, si me hubieras despertado antes! —exclamó Marisol enfurruñada—. Es casi la hora de comer, no de desayunar.
—Eso si es cierto, y os interesa comer pronto, a las 15 horas comienzan los actos.
—¿Qué actos? —preguntó Marisol con los ojos como platos—. A las 2 horas está previsto el regreso de…
—Ya no: lo he cancelado. Partimos mañana por la mañana.
—¡Joder!, tía, tengo una reunión con…
—Ya no, he hablado con el presidente Fiakro y se ha pospuesto. Le he explicado lo que pasa y le parece bien. Por cierto Anahis, tu padre se ha enterado de “tus aventuras” y me ha llamado asustado que te cagas. Me ha dicho que le prometiste que no ibas a entrar en combate, y que no te ibas a mover de tu consola.
—Eso son promesas que hacen las hijas a sus papas… y que luego no cumplen, —respondió Anahis quitando importancia al tema—. Luego le llamo.
—Pues yo no, nunca he mentido a mis padres, —dijo Marisol.
—¿No estábamos hablando de unos actos? —preguntó Anahis cambiando de tema.
—Se ha organizado una gran fiesta en la explanada de aterrizajes, y vosotras dos sois las invitadas de honor, en especial, Anahis, la “decapitadota”
—¡No jodas! ¿Será una broma?
—De broma nada.
—Pues anúlalo, —dijeron las dos al unísono.
—Pues… no, no lo voy a anular, —respondió Marión—. Esto no lo han organizado los jefes tribales, o étnicos, o lo que sean, han sido los colonos por iniciativa propia. Lo que pasa, es que se han sentido desplazados y aprisa y corriendo, han organizado un acto previo, con ellos. Incluso han creado una condecoración, la “mención kedar” que os van a entregar a vosotras dos, a Esteban y a Aunie. Por cierto, —añadió mirando a Marisol— me tienes que echar una mano con ella, se niega a recibir nada de ellos. No parece que le caigan muy bien esos… cabroncetes.
—Ya sabía yo que esa niña es de las mías, —dijo Marisol asintiendo con la cabeza, para preguntar continuación—. ¿Y tú por qué no tienes medalla?
—Yo no merezco condecoraciones, —respondió de forma evasiva—. Por cierto…
—¡Serás zorrona! Seguro que has hecho algo para que no te la den, —exclamó Anahis.
—No, no, ¿como podéis pensar eso?
—Porque te conocemos como si te hubiéramos parido.
—¡Qué lista, aquí la monja se quería librar! —exclamó Marisol—. Marión, ponte las bragas limpias que hoy te condecoran, —y mirando a Anahis, añadió—. Primero tráeme a Aunie, y luego a alguno de los cabroncetes.

Al día siguiente, el Fénix partió a primera hora de la mañana y cuatro horas después llegaba a Telesi 2. Desde allí, a través de los corredores subespaciales llegaban, cuarenta y tres horas después al cuartel general en el palacio real de Mandoria.
En una lanzadera, llegó al patio central del palacio, donde la almirante Loewen las esperaba a pie de la escalerilla.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó Loewen abrazándolas y repartiendo besos—. Ya he visto que en el otro lado habéis estado entretenidas, en especial la “decapitadota”.
—¡No me lo puedo creer! ¿Cómo ha llegado eso hasta aquí?
—Porque las cosas importantes trascienden, cariño, —respondió Loewen abrazándola—. Pero eso no es lo peor. Tu padre está cabreado de cojones. Se había tranquilizado bastante pero cuando se enteró que habías combatido con un pretor bulban, y que le habías cortado la cabeza… ¡y con el canto del escudo! Flipó… y en colores. Incluso ha hablado con el presidente Fiakro, que por cierto está aquí, para que te obligue a salir del ejército.
—¡Joder! —exclamó Anahis con los brazos en jarra y visiblemente cabreada—. ¿Y que ha dicho el presidente?
—Nada concreto. Creo que vas a tener que lidiar con los dos, por cierto, no sabía que Fiakro es tu padrino.
—¿Sabes? Solo hay una cosa peor que tener un padre amoroso, y es tener dos, el presidente siempre me ha considerado una más de sus hijas.
—¿Quieres que hable con el presidente? —la preguntó Marisol con evidente preocupación en el rostro.
—No, no. Yo sé como manejarlos. Y no te preocupes, voy a seguir en el ejército. ¡Y cambiemos de tema que no quiero cabrearme más!
—A todo esto, ¿dónde está Clinio? —preguntó Marión mientras subían las escalinatas del palacio.
—No te hemos dicho nada porque estabas en tránsito por los corredores, —respondió Loewen mirando a Marisol—. Hace treinta horas, los bulban han comenzado un avance sobre el sistema Rudalas. Más de 700 naves de las que 70 son transportes de tropas.
—Eso son… más de un millón de soldados, —dijo Marisol parándose en seco ante la puerta principal del palacio mientras su cerebro comenzaba a trabajar a toda velocidad—. Si se hacen con el sistema Rudalas pueden operar en el sector 23…, no podemos desplazar los Petara sin desproteger Evangelium… y parece que ellos lo saben.
—Eso pensamos nosotros también, —afirmo Loewen—. Clinio ya está desembarcando tropas en el cuatro, que es el único planeta habitable del sistema. En las próximas horas completara el despliegue, 72 divisiones, un millón de soldados, más una fuerza de reserva de 26 divisiones en Rulas 3 a las ordenes de Opx. También estamos evacuando a los colonos, hay unos quinientos mil. La flota ya está allí.
—¿Por qué Rulas 3? —preguntó Anahis.
—Los sistemas están próximos, y hay la posibilidad de que el destino final sea Rulas y sus fabricas de armamento. Clinio y yo pensamos que su objetivo es Rudalas 4 pero, no queremos correr riesgos. Rulas 3, tiene una población de 100 millones, —y mirando a Marisol, añadió—. Por supuesto, todo está a expensas de que apruebes nuestras decisiones.
—¿Cuánto tardaran en llegar al sistema Rudalas? —preguntó Marisol.
—Ya hemos detectado algunas naves de reconocimiento en las proximidades del sistema. Avanzan con muchas precauciones, —respondió Loewen— en una formación muy compacta, una estrategia que no habíamos visto hasta ahora, con los transportes de tropas en el centro, sin huecos por donde puedan maniobrar nuestras naves. A su velocidad actual, calculo que unos tres días.
—Marión, Anahis, ocuparos personalmente de que el Fénix este preparada para partir, como muy tarde, mañana por la mañana. Yo tengo que hablar con el presidente.
—Está aquí, y te está esperando.
—Perfecto, tenemos mucho de que hablar.
—Marión, por favor, empieza tú, —dijo Anahis, y con gesto mohíno, añadió—. Yo tengo que hablar con papa.



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