miércoles, 14 de junio de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 33)



—Aunque estemos a punto de llegar a Santiago de Comporrstela… —estaba diciendo Anahis mientras seguía dando pedales, cuando Marisol la corrigió.
—Compostela, se dice Compostela.
—Compossstela.
—No sisees, Compostela.
—No siseo, Compossstela.
—Vale mi amor, —desistió Marisol con una sonrisa.
—Como te decía, me resulta asombroso que reconstruyerais está ruta como estaba originalmente en la Tierra.
—Mujer, aunque la distancia desde Roncesvalles es prácticamente la misma, unos setecientos cincuenta kilómetros, más o menos, la orografía y la climatología no son igual. En Nueva España, con el doble sol, siempre es verano salvo en el periodo de lluvias, pero por lo demás, los pueblos y los monumentos arquitectónicos están casi en el mismo orden.
—Me gusta esto del Camino, relacionarnos con los demás peregrinos, convivir en los albergues…
—No sé yo si estoy de acuerdo…
—¿Cómo que no?, lo que te pasa es que, cuando te reconocen, la gente se aproxima a ti para demostrarte su cariño. Pero no se ponen pesados, no te quejes.
—Si no me quejo… bueno si, el otro día un tonto aprovechó la circunstancia para tirarte los tejos.
—¡Ajajá!, ¿estás celosilla?
—¡No estoy celosilla! Pero al próximo que lo intente, le cojo de un huevo y se lo retuerzo.
—¿Y si en una hembra?
—Pues la retuerzo… una teta… o se la arranco, meda igual.
—¡Pero que bruta eres! —y cambiando de tema añadió—. Estoy deseando llegar a Santiago de Compossstela.
—Si te ha gustado el Camino, con Santiago vas a flipar, con la
ciudad en su conjunto, con la catedral y con el alojamiento que he reservado.
—¿Alojamiento? ¿dónde nos vamos a alojar?
—¡Ah! Sorpresa.



Anahis, recién duchada y envuelta en su albornoz, salio al balcón del Parador Nacional de Santiago de Compostela. A su izquierda, la espectacular fachada de la catedral.
—Todo esto es muy antiguo mi amor, —dijo Anahis cuando notó que los brazos de Marisol la rodeaban.
—En tiempo terrestre, este Parador tiene 1.650 años y la catedral unos trescientos más, —respondió Marisol mientras su mano se introducía por la abertura del albornoz y se alojaba sobre la vagina de Anahis.
—¡Ummm…! Que impetuosa.
—¿Cómo que qué impetuosa? Hace más de una semana, ocho días que ni te huelo.
—¿Cómo que una semana? Me cazaste debajo de un árbol, uno de esos que pincha, que no se me olvida.
—Un pino, era un pino.
—Pues un pino, y termine con la cola como un erizo.
—¡Qué exagerada! Es que en un albergue lleno de peregrinos no podía meterte mano, —dijo Marisol mientras la besuqueaba el cuello y sus manos la acariciaban los pechos— no seria apropiado.
—¿Y crees que aquí sí?
—Sí.
—Vale, pero tenemos que bajar a cenar que es muy tarde.
—¡Qué le den a la cena! —dijo Marisol cogiéndola de la mano y tirando de ella. La llevo a la cama, la despojo del albornoz y se tumbó sobre ella. Sus labios entraron en contacto con una pasión desaforada y durante un par de horas se amaron como siempre hacen… cuando pueden.



—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó Anahis cuando se recuperaron. Habían pedido al servicio de habitaciones una botella de vino y algunas cosillas para picar.
—Mi amor, mañana vamos a ir a misa, —respondió Marisol saboreando su copa de vino—. ¡Joder! Que bueno está esto.
—¿A misa? Eso es un rito religioso ¿tú vas a ir a un rito religioso?
—Si, y lo hago por ti, quiero que veas el botafumeiro.
—¿El botafuqué?
—El botafumeiro.
—¿Botafumerrio?
—No, el… bueno déjalo, da igual. Te va a gustar. Visitaremos la catedral y la ciudad, y pasado mañana seguimos dando pedales.
—¿Más pedales? Me duele en culo, que lo sepas, —protestó Anahis—. Además, no me gusta llevar la cola atada.
—Solo nos quedan un par de días más, unos noventa kilómetros a Fisterra, donde pasaremos la noche y otros sesenta a Muxía. Dicen que hay cosas esotéricas y misteriosas, —dijo Marisol haciendo un gesto con las manos.
—¿Esotéricas y misteriosas? —preguntó Anahis visiblemente interesada.
—Si, eso dicen.
—A ver si me va a dar miedo, —dijo Anahis con tono guasón.
—¿Cómo te va a dar miedo? Vas por ahí cortando cabezas de tíos chungos, ¿y te van a dar miedo unas habladurías?
—No tiene nada que ver.
—Vale, no te preocupes, yo te defiendo de los espíritus malos. Allí en Muxía nos recogerá una lanzadera que nos llevara a Almagro con mis padres…
—¡Ah genial! Me gustan tus padres.
—Y luego, dos días después, a Mandoria, que Marión debe de estar de los nervios.
—No, no está de los nervios, hablé con ella ayer.
—Bueno, pero está convaleciente todavía.
—Está perfectamente bien.
—¡Bueno vale! Para ti la china… —exclamó Marisol frunciendo el ceño.
—Reconoce que la que está de los nervios eres tú, —la interrumpió Anahis sonriendo y poniéndose sobre ella.
—Es que no entiendo porque no puedo llamar a Marión y tú sí.
—Porque es una orden del presidente, y la condición que puso Marión para aceptar sustituirte durante las vacaciones. Te tenemos muy controlada… chata.
—¿Chata? ¿quién te ha enseñado esa palabra?
—El otro día, cuando fui a comprar unas botellas de agua y unos bocadillos, me dijeron un piropo.
—¡Qué un cabrón te dijo un piropo! —exclamó Marisol incorporándose mosca—. ¿Qué te dijo?
—Me dijo: “chata, vente conmigo que te voy a cambiar de color a polvos”
—¡Eso no es un piropo, es una grosería! —saltó Marisol escandalizada— ¡y muy fea!
—¿A sí?
—¡Sí!
—¡Ah!
—¡Joder tia!



Marisol y Anahis entraron en el despacho de Marión y se abrazaron a ella.
—¿Qué tal estás? —preguntó Marisol después de besuquearla.
—Bien, bien, ¿y vosotras?
—¡Ah genial! —intervino Anahis besándola también— aquí, la general, ha estado desconectada todos estos días. Solo sabe lo que ha leído en la prensa, que no es mucho.
—De eso se trataba.
—Vamos a cambiar de tema, que no quiero cabrearme y entrar en polémica el primer día, —dijo Marisol con el entrecejo disparado.
—¡A la orden! —dijeron las dos al unísono, cuadrándose y saludando militarmente.
—¡Cuidado que sois… payasas! —exclamó Marisol meneando la cabeza— no os soporto.
—Eso no es cierto, —dijo Anahis.
—Nos adoras, a las dos, y un huevo, —añadió Marión.
—¿Sabéis que? Paso de vosotras. Hirell, por favor, llévame el informe de situación a mi despacho, antes de que ahogue a alguna de estás.
—Ahora mismo, mi señora.
Unos minutos después, Hirell entró con una tableta de la mano, seguido por Marión y Anahis, y se puso a operar la terminal de datos de Marisol, mientras sus dos amigas se sentaban ante ella.
—No me lo digáis: me vais a dar la mañana.
—Ya lo tiene mi señora, —dijo Hirell—. ¿Alguna cosa más?
—¡Sí! Saca tu pistola y llévatelas… o pégalas un tiro, como prefieras.
—No puedo hacer eso mi señora, no con personas a las que quiero.
—¡Joder! Pues sal ahí fuera y pregunta si alguien me quiere hacer ese favor.
—¿Por qué no dejas de hacer el bobo y nos ponemos a trabajar? —preguntó Marión y levantándose de la silla, rodeo la mesa y sentándose sobre sus rodillas la achucho cariñosamente.
—Bueno vale, —respondió Marisol intentando zafarse de los besos de Marión—. ¿Sabes? Cuando te conocí, en lugar de discutir contigo, te tendría que haber estrangulado directamente.
—Entonces no hubieras podido quererme tanto como yo te quiero.
—¡Eh, eh, eh! A ver si me voy a tener que mosquear, —saltó Anahis poniéndose de pies—. ¡Ya está bien de besos!
—¡Vale, vale! Tranqui cariño, que no te la voy a quitar, ¿quién querría enrollarse con una raspa como está? —dijo Marión riéndose.
—¡Yo! Y es mi raspa, solo mía, —contestó Anahis sentándose en las piernas de Marisol.
—¿Y si lo dejamos y trabajamos un poquito? —intervino Marisol levantando un dedo.
—Venga vale, —dijo Marion sentándose y cogiendo su tableta—. La calma es absoluta en Beegis-Nar. No me gusta: he reforzado el dispositivo en la zona.
—De acuerdo.
—En Ikoma Tome hay escaramuzas aisladas con fragatas enemigas. Las nuevas unidades que salen de los astilleros, las estoy enviando allí.
—De acuerdo.
—La capitán Aurre está muy pesada. Bueno no, pesada no: lo siguiente. Ya está de nuevo al mando de la España y no le ha gustado nada que la quitemos a su madre. Ten en cuenta que desde Telesy 2 no puede hablar con ellos, que son tres hijos, un marido, un hermano y dos cuñados, más un puñado de sobrinos.
—Vale, no te preocupes, yo me encargo. Tengo planes para ella, pero primero quiero hablar con Bertil.
—Eso quería comentarte, Bertil sigue con la campaña de destrucción en Magallanes y ya ha empleado dos tercios de sus reservas de Deltas.
—¿Tenemos cifras?
—Si, si, tenemos cifras: 318 sistemas, de los que 29 son centros militares y el resto, 289, son núcleos civiles. Calculamos que los bulban muertos ascienden a 90.000 millones, a los que habría que añadir unos diez millones de kedar esclavizados como mínimo.
—¿Conoce el presidente estos datos?
—Afirmativo, los conoce.
—Si no ha habido contraorden del presidente, hay que seguir con la campaña.
—Por el momento, no hay trafico apreciable por el portal, los bulban están empleando a toda la flota en proteger sistemas, pero a pesar de la enorme cantidad de naves que poseen, no pueden protegerlos a todos.
—¿Cómo está el República?
—El cuerpo principal y todos los módulos, están preparados. Dos de estos últimos ya han pasado al otro lado, he supuesto que querrías presenciar el paso del cuerpo principal.
—Si, si, quiero estar presente.



Cuatro días después, parte de la familia Aurre llegó al cuartel general en Mandoria. La capitán Maite Aurre, visiblemente enfadada, acompañada por su padre, timonel de la España, dos tíos y tres primos, se reunieron inmediatamente con Marión, en presencia de Hirell.
—¡Exijo hablar con la comandante en jefe inmediatamente! —Exclamó Aurre levantando la voz y dando un golpe sobre la mesa.
—¡La general Martín no está aquí! —la espetó Marión levantando ligeramente la voz y mirándola fijamente con ojos penetrantes— y te recomiendo… jovencita, que bajes el tono.
—Discúlpenos general Marión, —intervino el padre poniendo su mano sobre el brazo de su hija para tranquilizarla—. Comprenda que no entendemos porqué se nos traslada, y sin explicaciones. Toda la familia estaba junta en la…
—Las necesidades de la guerra son prioritarias a las necesidades familiares, —le interrumpió con suavidad para bajar la tensión del momento—. La general Martín les está esperando en un lugar que no puedo desvelar por el momento, pero es mi deber decirles, que la misión que les van a encomendar puede suponer que alguno de ustedes, o todos, no regresen a casa. Van a ir, a donde nadie ha ido hasta ahora, un lugar muy peligroso, pero antes, si aceptan, es necesario que firmen un documento.
—Este documento les vincula, de manera muy especial, a la ley de Secretos de Guerra, —dijo Hirell levantándose y repartiendo un documento a los asistentes— su incumplimiento puede acarrear graves consecuencias penales. Léanlo y decidan si lo firman o no; el que no lo haga, regresara de inmediato a la España sin ningún problema.
Maite Aurre, miró a su padre y firmó sin leerlo. A continuación, su padre firmó también seguido por todos los demás.
—Bien, dentro de una hora sale un transporte al lugar más secreto de la galaxia, allí, la general Martín os está esperando, —dijo Marión con una sonrisa.
—¿Allí podré ver a mi madre?
—No hay nada que lo impida: ella está allí.



Tres días después, la familia Aurre llegó a Telesi 2. Al pie de la escalerilla, Marisol y la madre de Maite, esperaban a la familia. Marisol se hizo a un lado mientras Maite bajaba por ella como una exhalación y se abrazaba a su madre. Después todos se abrazaron.
—¿Por qué no nos has llamado en todo este tiempo? —preguntó Maite a su madre con lágrimas de alegría en los ojos.
—Tesoro, no podía, las medidas de seguridad aquí son extremas, —respondió su madre acariciándola.
—¡Joder! No imaginaba que estabas tan enmadrada, —dijo Marisol.
—¡Sí, sí! —comento el padre sonriendo— de siempre. Sus hermanos también, pero ella en especial. Ya ve mi general, solo hay besos para su madre, para su padre, nada.
—No seas tonto, hemos venido juntos.
—Si sueltas a tu madre, podremos irnos, —dijo Marisol riendo mientras un grupo de soldados se hacía cargo del equipaje de los recién llegados. Recorrieron un largo pasillo hasta que entraron en una sala con un gran ventanal desde el que se veía el interior de un hangar descomunal, gigantesco. En ese momento, la compuerta del Hangar estaba abierta y se procedía a sacar unos de los módulos del acorazado República.
—Señores, los pormenores de está operación solo los voy a comentar con la capitán Aurre, —dijo Marisol, y señalando al módulo, añadió—. Eso que están sacando, es una parte de la nave más poderosa que ha surcado la galaxia en toda su historia, el acorazado República. Con él, van a ir al lugar más peligroso de las dos galaxias y es probable que no regresen. Todavía están a tiempo de regresar a la España, les aseguro que nadie les reprochara nada, después, no hay marcha atrás, —nadie dijo nada, por lo que la madre de la capitán Aurre, se los llevo a visitar las instalaciones y a sus aposentos, mientras su hija y Marisol se sentaban ante una mesa llena de papeles y tabletas de datos.
—¿Qué es este sitio, mi general?
—Estáis en el sistema Telesi, en el segundo planeta. Estás instalaciones son unos antiguos astilleros de la época de la Guerra Imperial. Eran secretos entonces y lo siguen siendo ahora, si el enemigo supiera de su existencia, te aseguro que sacrificaría la mitad de su flota en llegar aquí.
—¿Por ese acorazado?
—Porque aquí se genera el Ares.
—¡Coño! entonces seguro que sí.
—Quiero que sepas que la operación general no será tuya, —dijo sin rodeos—. En un principio el República lo iba a mandar Bertil, pero dadas las características de la operación y su dificultad, he decidido que su capitán seas tú. Bertil será el comandante de la flota, y tú gobernaras la nave principal y estarás a sus ordenes. La flota estará formada por el República, cuatro fragatas adaptadas para la misión con los sistemas de armas muy reforzados, dos transportes bulban adaptados como bombarderos con silos de cohetes Delta, como el que usaste en el ataque al sistema Töv, y otro transporte de apoyo logístico con repuestos y provisiones. A todos se les ha reforzado escudos y armas, y en cuanto al República, tu madre te informara, solo te diré que aunque es más pequeño que el Atlantis o la Tharsis, es cuatro veces más poderoso y sus escudos son casi impenetrables. ¿Estás de acuerdo con los términos?
—Totalmente mi general. Bertil y yo siempre nos hemos llevado bien y no ha habido problema cuando hemos trabajado juntos.
—Él opina lo mismo. Está tarde está previsto que pase por el corredor el cuerpo principal. Es una operación delicada porque va muy justo por el corredor, por eso tardara el doble de tiempo en pasar. Mañana por la mañana, salimos nosotros hacia el Ares… con mama, por supuesto.
—Entendido mi señora.
—Una cosa más: como vuelvas a levantarle la voz a un oficial superior, te prometo que de la hostia que te pego, te mando a tu puta casa. ¿He hablado claro?
—Si mi señora, muy claro. No volverá a ocurrir.

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