martes, 20 de junio de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 35)





 
Faltaba un par horas para que las primeras luces de la mañana, rasgaran las brumas de la noche en la zona de desembarco en Beegis. Las naves federales de transporte, convertidas en incandescentes bolas de fuego, descendían vertiginosas rompiendo la oscuridad. Una hora antes, la flota de Pulqueria, emergiendo de cientos de vórtices de salto, había aparecido de improviso sorprendiendo a la flota enemiga que no presentaba la compacta formación que últimamente utilizaba y que tan buenos resultados le había dado. Cuando intentaron agruparse, las fragatas federales no se lo permitieron maniobrando entre ellas. A pesar de que era previsible un ataque federal, los bulban no estaban preparados y el factor sorpresa había sido decisivo.
El despliegue de la infantería fue rápido. Lo primero, y más urgente, fue posicionar las baterías de defensa planetaria para impedir que la flota enemiga tomara, en la orbita, la vertical sobre el despliegue federal. Al mismo tiempo, las unidades de infantería fueron ocupando sus posiciones y las divisiones acorazadas se estacionaban tras ellas.
El lugar elegido por la general Oriyan para el despliegue de su ejército, cogió también por sorpresa a los bulban, que tuvieron que maniobrar rápidamente para no ofrecer su flanco, pero provocó que quedaran con la zona contaminada en la retaguardia. Los dos ejércitos, casi tres millones de soldados, estaban encerrados en un área libre de contaminación de 500.000 Km2.



En Magallanes, en el sector Ares, el República ya estaba terminando las pruebas de navegación y pronto estaría listo para iniciar la misión. Había costado ajustar los sistemas y entrenar a la tripulación, pero ahora todo funcionaba con precisión y las expectativas eran superiores a las iniciales. Su comandante, la capitán Aurre estaba entusiasmada. Hacia unos días que Bertil había regresado de la última operación de castigo y ya estaba trabajando con ella en el manejo de la flota. La idea era, que mientras la flota del República emprendía su misión, la flota de castigo, continuara con sus operaciones para atraer el mayor número de naves enemigas posibles.
A causa de las operaciones en Beegis, Marisol no pudo asistir, como hubiera deseado, a la partida. El República, expandió su campo de energía para envolver a toda de flota, y abrió un vórtice único por el que saltaron al hiperespacio. Sin parar, tardarían 43 días en llegar al objetivo al otro lado de la galaxia, pero no era posible hacerlo, por fuerza tendrían que parar periódicamente para dar un respiro a los reactores y ajustar rumbo. La vida a bordo del República no era excesivamente placentera. A diferencia de los antiguos acorazados federales, preparados para la exploración y la investigación, el República era única y exclusivamente una maquina de guerra, y todo en la nave estaba supeditado a tal fin. Los únicos lugares de asueto, sin contar los gimnasios, eran las abarrotadas cantinas de la nave, de las que había doce, dos de oficiales y diez para el resto, para un total de 1600 tripulantes. A los pocos días de partir se produjeron los primeros roces entre los tripulantes, propiciado por la falta de espacio e intimidad, y por la tensión de la misión. El no ver nada por las ventanas, cuando el República navegaba entre vórtice y vórtice, no ayudaba en nada. La capitán Aurre, se vio obligada a destinar un contingente de infantería para reforzar la seguridad interna de la nave.
Durante las primeras dos semanas no hubo problemas en cuanto a la navegación se refiere, y todo iba como estaba previsto.
—La flota está apercibida capitán, diez segundos para salir de vórtice.
—Cinco, cuatro, tres, dos, uno.
—Estamos en espacio normal.
—Rastreo de sensores, —ordenó Aurre.
—El rastreo es negativo capitán, no hay contacto en un año luz.
—Aurre a sala de maquinas.
—Aquí sala de maquinas.
—¿Cuánto tiempo tenemos que parar?
—Si no hay peligro, una hora capitán. Seria conveniente desconectar el reactor principal para trabajos de mantenimiento. Durante ese tiempo solo tendremos impulso.
—De acuerdo entonces, una hora, —y mirando a su hermano, primer oficial, añadió—: informa a Bertil y pide autorización.
Todo transcurría con normalidad hasta que los sensores detectaron algo.
—Capitán, contacto en los sensores a 0,9 año luz.
—Dos naves, rumbo 765554.
—Son dos fragatas enemigas.
—¿Nos han detectado?
—Negativo, pero si mantienen curso pasaran a menos de medio año luz.
—Maquinas, ¿cuánto falta para disponer del reactor principal? —preguntó Aurre.
—Diez minutos capitán.
—No tenemos diez minutos madre.
—Lo intentaremos pero no te lo garantizo.
—Las naves enemigas varían de rumbo, nos interceptan.
—Informa a Bertil de que no podemos movernos.
Bertil salio al encuentro del enemigo con tres fragatas, mientras la otra se quedaba con el República, junto a los transportes. La batalla fue rápida y sin historia.
—Capitán, los sensores han detectado transmisiones generadas por las naves enemigas, —informó Bertil a Aurre por video enlace— es seguro que han informado de nuestra presencia. ¿Cuándo podemos saltar?
—Ya tenemos disponible el reactor principal.
—Vamos a realizar unos saltos aleatorios para intentar despistarles y que no puedan adivinar nuestro rumbo. ¿Qué opinas?
—De acuerdo, podemos hacer uno corto para que nos vuelvan a detectar y dos más largos para luego cambiar de rumbo.
—Conforme, haz los preparativos.
El República expandió sus escudos para acogen a la flota como si se tratara de un ave protegiendo a sus polluelos con las alas, abrió vórtice y salto al hiperespacio.



En Beegis, las operaciones marchaban bien y era cuestión de días que las tropas de Oriyan terminaran de aniquilar a las bulban. Estás, desde el comienzo de la batalla, habían perdido el apoyo de su flota desde la órbita y se mantenían, a duras penas, bajo los precarios escudos de energía que habían logrado desarrollar. Su artillería intentaba frenar a las unidades acorazadas federales que mantenían un avance inexorable.
Desde la órbita de Nar, Marisol, en el Fénix, estaba al tanto de las operaciones pero sin intervenir. El periodo de noche estaba vigente en la nave, y Marisol y Anahis estaban retozando en su camarote, al igual que Marión e Hirell en el suyo. Los comunicadores de los cuatro comenzaron a sonar febriles e insistentes y unos minutos después, los cuatro entraban apresuradamente en el Centro de Mando Estratégico, componiéndose la ropa.
—¿Qué tenemos? —preguntó Marisol.
—Los sensores de largo alcance detectan una flota enemiga en rumbo a Beegis, a tres años luz.
—¿Tiempo de llegada?
—Tres horas a la velocidad actual.
—¿Cuántas naves? —preguntó Marión ocupando una de las consolas.
—En total 127. De ellas, 22 son transportes y una tiene una configuración extraña, mucho más grande que un transporte normal.
—Inteligencia descubrió que tenían algo muy grande en las cercanías de Karahoz, —dijo Anahis— debe de ser eso.
—Pulqueria en línea, mi señora, —informó Hirell.
—Pásala a la pantalla principal, —ordenó Marisol y cuando su imagen apareció en la pantalla, continuo—. Pulqueria, ¿qué opinas?
—No puedo mover a la flota de la órbita de Beegis mi señora, esperaremos aquí el ataque pero pinta mal y esos transportes traen 300.000 soldados. Habrá que traer aquí a la flota de reserva.
Marisol se apoyó sobre una de las consolas y con la mirada baja siguió meditando sobre la situación mientras todos guardaban silencio y la miraban.
—Yo me ocupó Pulqueria, —dijo por fin mirando a la pantalla—, el Fénix y la flota de reserva los interceptaremos.
—Con el debido respeto mi señora, —intervino Pulqueria— usted no tiene experiencia en manejar flotas, tal vez seria mejor…
—Tienes razón, yo no, pero Marión si, y ella dirigirá la batalla. Yo… tengo otras cosas que hacer.
—¿Cómo que tienes otras cosas que hacer? —saltó Marión que se imaginaba lo peor.
—¡Sí! ¿Qué tienes que hacer? —la apoyó Anahis que también se lo temía.
—Quiero esa nave y la quiero intacta.
—Pero…
—¡Esto no es un debate! —cortó Marisol levantando la mano y mirando a sus amigas con cara seria—. General Anahis, ordena a J. J. que tenga la unidad preparada. General Marión, moviliza a la flota de reserva, las operaciones son tuyas.



La flota de reserva federal, al mando de Marión, trazó un rumbo de intercepción con la flota enemiga y, hora y media después, estaban al alcance. En uno de los hangares del Fénix, J. J. y su unidad de fuerzas especiales terminaban de prepararse equipados con corazas de ambiente. Alineados, en un lateral del hangar, los transbordadores y lanzaderas esperaban para recibir a sus ocupantes. En una esquina, Marisol terminaba de equiparse con su coraza con la ayuda de dos soldados y Sarita, su asistente, ante una malhumorada Anahis.
—Si vas a seguir sin hablar, podrías ir al puente, —comentó Marisol mirándola de reojo—. Seguramente Marión te necesite.
—¿Y que quieres que te diga?, ¡eh!, ¿qué eres una puta cabezona? —bramó Anahis levantando la voz.
—Sin duda prefería cuando estabas callada, —dijo Marisol mirando a su alrededor, y acercándose a ella, añadió abrazándola con sus brazos cibernéticos—. Venga mi amor, dame un beso.
—Lo que te voy a dar es una hostia.
—¡Joder nena! Pues yo prefiero un besito.
—¡Ten mucho cuidado! —dijo Anahis agarrándola por las juntas de la coraza— Y no hagas el gilipollas más de lo que ya lo estás haciendo.
—¡Joder tía, sois peores que mi madre! Ni siquiera J. J. me deja ir en la primera oleada.
—¡Pero como te va a dejar! ¿tú estás tonta?
—¿Me vas a dar un besito o no? —Anahis la miró ceñuda, la hizo inclinarse ligeramente y la besó en los labios ante la mirada de los soldados que no perdían palabra de la discusión. Todos rompieron a aplaudir lo que provoco que Marisol se sonrojara, — Mira lo que has conseguido.
—¡General Anahis, acuda al puente guerra! —se oyó por su comunicador.
—Ya voy, —respondió, y cuando lo cortó, añadió—. Ten cuidado mi amor.
—Lo tendré.



La flota enemiga intentaba mantener la formación protegiendo a los transportes y la nave extraña, mientras la flota federal, dividida en tres grupos de batalla intentaba abrir brecha. Finalmente, a fuerza de mucho insistir, Marión consiguió dividir la formación bulban y tener acceso a los transportes y la nave extraña. Las corbetas dispararon sin descanso contra un punto concreto de la extraña hasta que rompieron la gruesa coraza.
—Mi señora, hemos penetrado la coraza por la zona de estribor, —informó Hirell— tenemos acceso al hangar.
—Que las patrulleras concentren el fuego sobre las defensas de estribor y la zona de popa, tenemos que inmovilizarla, —ordenó Marión—. Informa a J. J. y que parta la primera oleada, las siguientes según lo previsto.
La primera oleada penetró por el hueco y accedió a un amplio hangar vacío de enemigos por la descompresión. Los soldados salieron de las lanzaderas, provistos de sus corazas de ambiente, y tomaron posiciones ante los accesos, ahora cerrados. Colocaron cargas y volaron los portones provocando una nueva descompresión, varias decenas de soldados bulban salieron volando y se perdieron en el vacío espacial por boquete del fuselaje. Cuando la descompresión cesó, llegó la segunda oleada: otros dos centenares de soldados al mando de Marisol. Protegida por su escudo, que portaba en su brazo izquierdo, y empuñando una pistola de partículas con la mano derecha, avanzó al frente de los suyos hasta tomar posiciones para apoyar a J. J. que ya se desplegaba por las estancias contiguas.
—¡Atención, voladura! —se oyó por el comunicador del casco. Marisol hizo una señal a sus soldados para que se pegaran a las paredes. Se produjo la explosión y otros soldados bulban salieron volando pegándose con los mamparos antes de salir al frío espacio.
—Marisol, seria bueno sellar ya el hangar con un campo de fuerza, ya estamos en el lugar acordado, —dijo J. J. por el comunicador.
—Entendido J. J. procedemos a sellar, —Marisol dio la orden y siguió avanzando hasta llegar junto a J. J.— ¿Cómo lo ves?
—Bien, bien. Los portones se cierran automáticamente por la descompresión, —respondió mientras observaba como una sargento colocaba los explosivos en la puerta—. Pero está vez no, recuerda.
—Si, si, tú a maquinas y yo al puente. Me voy atrás J. J. —dijo Marisol y el aludido levantó el pulgar. Instantes después, se produjo la voladura y la primera oleada entró disparando con sus rifles de partículas. Unos minutos después, Marisol y sus soldados entraron también por el destruido portón y girando a su izquierda en medio de una lluvia de disparos enemigos, comenzó a avanzar hacia la zona del puente. Las armas bulban no penetraban las corazas de ambiente y las tropas federales avanzaban sin oposición por los pasillos de la nave. Para entonces, tres oleadas más habían llegado a la zona de desembarco, mientras la flota había aislado definitivamente a los transportes bulban destruyéndolos uno a uno sin que las fragatas enemigas pudieran hacer nada. Finalmente, estás, con fuertes perdidas, se batieron en retirada hacia el interior del Sector 26. En el interior de la nave extraña el avance continuaba inexorable: las corazas de los soldados federales eran una ventaja.
—Marisol, estamos en la sala de maquinas: es nuestra —informó J. J. por el comunicador—. Por el camino hemos descubierto varias salas con miles de cápsulas de éxtasis. Aquí puede haber varios cientos de miles de soldados en hibernación, si no millones.
—De acuerdo, nosotros estamos cerca del puente. No podemos acceder a los controles de las puertas, las han bloqueado, y nos abrimos paso con voladuras. Creo que en unos minutos estaremos en él, —y después de una pausa, añadió—. Estoy hasta la raja de este traje, hace un calor terrible.
—¿No has conectado el control ambiental?
—¡Pues claro que lo he conectado…! pero me han pegado un tiro y lo han jodido estos cabrones.
—¡Ni se te ocurra quitártelo!
—¡Joder, que no me lo quito! Pero hace calor y llevo los pies encharcado de tanto sudor.
—No dejes de beber agua por el dispensador.
—Ya lo hago. Última voladura, bajos a entrar. Ahora te llamo.
—OK.



Un par de horas después, la nave estaba totalmente controlada, y lo que más sorprendió a Marisol y J. J., fue la poca dotación de tripulación que tenía, no pasaban de mil, pero se había suscitado otro problema, que hacer con el alrededor del millón de bulban hibernados que según los bancos de datos había en la nave. La flota puso rumbo de regreso a Nar con la nave apresada y Marisol, a bordo de una lanzadera, se trasladó al Fénix para poder quitarse el traje, que a causa de los desperfectos no soltaba los cierres.
—¡No me montes el pollo que no es lo que parece! —exclamó Marisol cuando vio aparecer a Anahis y ponerse ante ella con los brazos en jarra.
—¡Cómo que no es lo que parece! —dijo Anahis, y viendo los desperfectos de la armadura pregunto—: ¿Con qué hostias te han disparado?
—No lo sé mi amor, pero no me regañes que no me encuentro bien.
—Debe de estar muy deshidratada, —intervino uno de los soldados de escolta que intentaba soltar los cierres con una herramienta— el impacto ha averiado el control ambiental y el calor interior ha debido ser infernal.
—Ahora mismo vamos a que te vean los doctores, —afirmó Anahis.
—No, no…
—¡Si, Si! Ya lo creo que vas a ir.
—¡Joder tía…! —comenzó a protestar, pero no pudo seguir porque al salir del traje las piernas no la sujetaron y no se cayó al suelo porque el escolta, un sargento de Almagro que estaba con ella desde el comienzo de la guerra, la agarró y la cogió en brazos.
—Vamos al hospital, —ordeno Anahis alarmada poniéndola la mano en la frente—  creo que tiene fiebre ¿la puedes llevar?
—Pues claro: la llevo donde sea.
—Tengo ganas de vomitar.
—Tranquila mi amor.



En el hospital los médicos que se ocuparon de ella se alarmaron mucho con su estado.
—Tenía que haber abandonado la lucha, —dijo el médico jefe a Anahis, un mandoriano que estaba en el Fénix desde el principio y que ya las había curado heridas varias veces— ha estado a punto de sufrir un colapso, la ha salvado su buen estado físico.
—¿Y ahora como está?
—Tranquila Anahis, se recuperara, pero tardara unos días, ha perdido casi un 10% de peso y eso es una barbaridad.
—¿Cuándo me la puedo llevar a su camarote?
—Por ahora no, está sedada y la hemos puesto hidratación intravenosa, como mínimo estará aquí cuarenta y ocho horas.
—No va a querer estar aquí tanto tiempo doctor, con el ejército luchando en Beegis.
—Anahis, ella es la comandante en jefe y muy pocas personas hay en la República por encima de ella, y yo, como médico jefe, soy una. Te aseguro que va a estar aquí hasta que yo la dé el alta.
—Pues la tendremos que atar a la cama, —sonrío Anahis.
—No es necesario, la mantendré sedada.
—¿Te importa que me quede aquí con ella?
—Claro que no, puedes quedarte todo lo que quieras.

Dos días después, Marisol, visiblemente enfadada y del brazo de Anahis, entraba en el camarote que compartían.
—¿Cuánto tiempo tienes pensado estar sin hablarme? —preguntó Anahis con sorna mientras la ayudaba a sentarse ante el ventanal.
—¡Me habéis drogado!
—No te hemos drogado, estabas sedada… suavemente.
—¡Unos cojones! Si se me caía hasta la baba.
—No seas cabezona, que no se te caía. Contesta ¿Cuándo me vas a hablar?
—¡Ya lo estoy haciendo! —contestó enfurruñada.
—No, como haces siempre, con amor, ¿o es que ya no me quieres? —preguntó mientras la abrazaba.
—Pues claro que te quiero… pero me drogasteis.
—¡Joder que pesada!



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