sábado, 24 de junio de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 36)



Mientras Marisol se recuperaba de su grave deshidratación, la inspección de la nave apresada había puesto al descubierto que el plan de colonización bulban estaba mucho más avanzado de lo que se creía. Era cierto, que ya se había detectado algunos pequeños asentamientos civiles, pero lo que se había descubierto en los bancos de datos de la nave era un plan definitivo para pasar a este lado del portal a miles de millones de bulban en las antiguas naves con las que invadieron Magallanes hacia más de mil años. Poco se podía hacer, el República ya había comenzado su misión, y el destino de la galaxia estaba en sus manos, y aquí, el ejército combatía en dos frentes: en Beegis e Ikoma Tome. Pero ahora lo más urgente era decidir que hacer con los dos millón y medio de bulban hibernados, que definitivamente transportaba la nave. El asunto se había convertido en un conflicto político de enorme importancia con la intervención de activistas de derechos humanos en el Parlamento Federal. Los militares, con Marisol a la cabeza, propugnaban desconectarlos y matarlos, los políticos querían intentar una negociación con los bulban y utilizarlos como moneda de cambio. Y en medio estaba el presidente Fiakro.
—Señor presidente, con el debido respeto, a toda esa chusma política se les ha ido la olla, —dijo Marisol—. ¡No me lo puedo creer!
—Marisol, tranquilízate, a mí tampoco me gusta, pero es lo que hay, —la reprendió con suavidad el presidente— recuerda que esto es una democracia, y tú y yo respondemos ante el Parlamento, no lo olvides.
—Lo sé señor presidente… pero es que me parece increíble.
—Y es posible que les estemos dando un arma contra nosotros, —razonó Marión—. Ellos ya saben que estamos intentando algo importante en Magallanes, aunque seguro que no suponen de que se trata, y aquí están estancados en Beegis e Ikoma Tome. Si fueran inteligentes, aceptarían la negociación que les ofrecemos: ganarían tiempo.
—Tampoco nos vendría mal a nosotros un respiro, —dijo Anahis— la situación en los frentes está cogida con alfileres, ellos no hacen más que acumular tropas allí y nosotros hemos tenido que acortar el adiestramiento de los reclutas para mandarlos directamente a los frentes y reforzar los contingentes.
—De todas maneras la decisión está tomada, —afirmo Fiakro— el Parlamento ha votado y aunque haya sido por poco margen hay que acatar la decisión.
—Pues al República no podemos pararlo, seria un suicidio, lo pondríamos al descubierto, —afirmó vehemente Marisol— y seria tirar por la borda el triunfo definitivo.
—Tranquila Marisol, eso no va a pasar, —dijo Fiakro con una sonrisa—. Deberías estar más al tanto de lo que ocurre en el Parlamento.
—Bueno… yo… es que…
—Vamos a ver, —la interrumpió Fiakro— Anahis, ¿tú que opinas?
—Hace tres meses, aprovechando un cambio constitucional sin importancia para adecuar la colonización kedar del sector 73, se introdujo un ligero matiz en el ámbito de aplicación de la carta magna: se especificó claramente que era la galaxia, nuestra galaxia, y antes no lo especificaba.
—Lo que significa, por si no te has dado cuenta, —continuo Marión en tono burlón— que el Parlamento no tiene jurisdicción en Magallanes.
—¡Ya está, hablaron las dos listas! —exclamó Marisol frunciendo el ceño, y mirando al presidente, añadió—: y usted, encima les da cancha.
—¡No, si ahora tendré yo la culpa! —dijo Fiakro abriendo las brazos—. Además, ahora que lo pienso, que expresión tan curiosa: dar cancha. La entiendo, aunque no la había oído nunca.
—Bueno, lo que faltaba, —dijo Marisol con ojos de resignación mientras Anahis y Marión reían.
—Bromas aparte, general, —Fiakro se puso serio— ve pensando como contactamos con ellos de forma segura.
—Ya le digo que no pienso mandar a ninguno de los míos, le recuerdo que esos hijos de puta se comen a la gente.
—No te preocupes, eso ya está solucionado, los que han promovido este tema son los que van a negociar…
—¡Fantástico! —le interrumpió Marisol—. A ver si hay suerte y…
—No seas mala, —la interrumpió a su vez el presidente con una sonrisa—. Pero hay que contactarlos… y llevar a los delegados a la reunión.
—No se preocupe señor presidente, —intervino Marión— entre “doña cabezona” y sus ayudantes, encontraremos como hacerlo.



Dos semanas después, las fuerzas especiales de J. J. acechaban a un pequeño destacamento bulban en un planetoide cercano a la zona de demarcación. Con efectividad, los soldados federales eliminaron a los guardias y sorprendieron a la guarnición mientras dormían. A diferencia de otras ocasiones no los mataron, los apresaron sin hacerles prácticamente daño, en especial su comandante. A este, se le entregó un mensaje en un dispositivo electrónico para que lo trasladara a sus superiores, al mismo tiempo, se transmitía una señal en idioma bulban en el que se indicaba que el mensaje estaba en camino, y que era importante. En él, se establecía un punto de reunión en la luna de un planeta gaseoso de un sistema relativamente cercano a Beegis, también se garantizaba la integridad de los enviados bulban, así como de sus escoltas, y se fijaba fecha para seis días después.
Ese día, los seis representantes parlamentarios encargados de la negociación, aguardaban en un pequeño complejo prefabricado a los delegados bulban.
—Me informan de que una nave de guerra bulban acaba de entrar en el sistema, —informó un funcionario parlamentario— en unos diez minutos estarán aquí.
Al rato, una fragata bulban aterrizaba en las cercanías del complejo haciendo vibrar sus agujas de defensa. El portón ventral se abrió, bajó hasta el suelo y por él descendió una reducida fuerza militar que tomaron posiciones alrededor de la nave. Por el portón, descendieron a continuación dos altos jefes militares, posiblemente pretores, a causa de los adornos dorados de sus vestimentas. Seguidos por seis escoltas, se dirigieron al complejo donde esperaban los delegados federales. El complejo, y los delegados, estaban protegidos por un reducido destacamento de policía federal provistos de armas militares, y varias pequeñas cámaras, disimuladas por la sala, permitían ver y oír todo lo que aconteciera, desde la Fénix, el Palacio Presidencial y el Cuartel General en Mandoria. Durante unos segundos, las dos delegaciones se observaron en silencio hasta que uno de los delegados federales decidió romper el silencio.
—Bienvenidos, —los pretores se limitaron a inclinar levemente la cabeza—. Desafortunadamente, es la primera vez que dos delegaciones de nuestros mundos se reúnen en estos años de conflicto para hablar…
—¡No hay nada de que hablar! —interrumpió la perorata, de manera un tanto osca, uno de los pretores— ¿Qué es lo que queréis?
—Tenemos algo que estoy seguro de que os interesara, —contestó otro de los delegados.
—¿De qué se trata?
—Tenemos dos millones y medio de ciudadanos bulban en nuestro poder, están hibernados y…
—¡No nos interesa!
—Pero… son compatriotas vuestros, —dijo el delegado un tanto desconcertado.
—¡No son importantes!
—Estaríamos dispuestos a entregarlos, —los dos pretores miraron largamente a los delegados y luego se miraron entre sí.
—Siguen sin interesarnos, —dijo uno de los pretores— pero… si aceptáramos la entrega, ¿qué queréis a cambio?
—Un cese de hostilidades, una tregua indefinida.
Los dos pretores cuchichearon entre ellos durante unos segundos, y finalmente dijeron—: no estamos interesados en treguas, pero debemos consultar con los Supremos.
—¿Podríamos negociar directamente con los Supremos?
—Negativo, solo hablaran a través de nosotros.
—Pero hay asuntos que discutir y negociar.
—Lo harán a través de nosotros.
—Pero ¿Cuándo tendremos una respuesta?
—Cuando la den los Supremos, —y dando media vuelta se encaminaron a la salida, dejando a los delegados con tres palmos de narices.



En la sala de reuniones del Fénix, Marisol estaba que se subía por las paredes ante la mirada del presidente que la observaba desde la gran pantalla mural.
—¿Pero a quien ha mandado usted aquí? ¡Vaya negociadores: se han hecho caca!
—No exageres Marisol, —dijo Fiakro con suavidad—. Y no los he elegido yo.
—¡Pero han hecho el ridículo! No me extraña que los bulban nos quieran invadir.
—Mira Marisol, nunca has querido meterte en política, no lo hagas ahora, porque esto lo es.
—Pero estos gilipollas están negociando una tregua militar…
—No importa, y como hablamos el otro día, no nos viene mal. Este… grupito… se ha agarrado a un clavo ardiendo para conseguir una ventaja política a costa mía y desgastarme. Primero, yo les deje agarrarse a ese clavo y, segundo, se están poniendo en evidencia frente al Parlamento. Déjales que sigan… negociando.
—¡Joder presidente! —exclamó Marisol frente a la pantalla con los brazos en jarra— es usted retorcido, ¿lo sabía?
—Te aseguro que la política es mucho más peligrosa que una de esas terribles batallas en que has participado.
—Entonces, ¿qué sigan negociando?
—Si, si, que sigan, que sigan, —dijo Fiakro riendo— tú de eso no te preocupes: déjame a mí.
—¡No, no, si yo le dejó! —exclamó Marisol haciendo un gesto característico con las manos—. De todas maneras, a ver si esos idiotas van a “negociar” demasiado rápido, y firman una tregua, no quiero tener fuerzas enemigas en Beegis de manera indefinida.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Ya he estado hablando con Pulqueria y Oriyan, y van a acelerar las operaciones, pensamos que en tres o cuatro días habremos acabado con ellos.
—De acuerdo, no te preocupes, hablaré con esos… idiotas.
—Y otra cosa, les devolvemos los soldados bulban, pero no los equipos de éxtasis ni la nave.
—¿Y para que la quieres?
—Para agilizar el éxodo de los refugiados kedar hacia el 73. Esa nave, con las precauciones necesarias, entra por el portal y en cada viaje podemos transportar a dos millones y medio.
—De acuerdo, otra vez, —afirmo Fiakro pensativo—. ¿Por qué se te ocurren a ti estás ideas y a los que tengo alrededor no? ¡Joder, que cobran para eso! ¡Y un montón!
—Pues no sé que decirle señor presidente.
—Sabes lo que te digo, cuando todo esto acabe, a la guerra me refiero, quiero que te quedes en Edyrme, conmigo. Tienes un potencial político…
—¡Ah no, ni lo sueñe! —le interrumpió Marisol— Anahis y yo, ya tenemos pensado lo que vamos a hacer, y en nuestros planes no entra pasar por la capital federal.
—Bueno, bueno, ya hablaremos.
—Vale, pero va a ser que no.
—Padrino, no seas pesado, —intervino Anahis.
—¿Y se puede saber cuáles son esos planes?
—Nuestra intención es vivir entre España y Mandoria, pero todavía no sabemos a que nos dedicaremos. Bueno, nos gustaría estar con el Tercio de Voluntarios, como estaba Marisol antes, pero… no sé, ya veremos.
—Cariño, de eso no os preocupéis, con lo que habéis hecho por la República, te garantizo que no habrá problema, —y señalando a Marión, añadió—: ni tú tampoco, ni Opx, ni Pulqueria, ni Bertil, ni ninguno de tus colaboradores.



Como había dicho Marisol, en tres días, la general Oriyan lanzó una ofensiva general contra las fuerzas enemigas, que aguantaban en sus posiciones de manera muy precaria. La embestida de las divisiones acorazadas, apoyadas por interceptores y bombarderos, destrozaron las líneas de vanguardia bulban, penetrando con profundidad. Por detrás, penetro la infantería federal, avanzando hacia los flancos y embolsando a los soldados enemigos. Treinta horas después, todo había acabado y del ejército de invasión bulban solo quedaban montañas de cadáveres. Marisol ordenó la evacuación rápida de las tropas federales y sus equipos militares. También ordenó que se desmantelaran y transportaran a Nar los nuevos lanzadores de misiles bulban para estudiarlos y analizarlos. Cuando sobre Beegis solo quedaban los cadáveres de más de millón y medio de soldados bulban, Marisol ordenó el bombardeo con Deltas de las zonas libres de contaminación para prevenir que el enemigo volviera a intentar ocuparlo. Definitivamente, Beegis se había convertido en un planeta inhabitable.

Una semana después, los negociadores llegaron a un acuerdo con los pretores bulban, firmaron el cese de hostilidades y el mantenimiento de los frentes actuales, con carácter inmediato. Así mismo, durante la tregua, las partes en conflicto se comprometían a no trasladar tropas de refuerzo a los contingentes de los frentes, no solo en Ikoma Tome, también en los sistemas cercanos a la zona de demarcación. En cuanto a Magallanes, se acordó también el cese de operaciones, pero lo que los delegados federales no sabían era que esa era prácticamente la única parte del pacto, que Fiakro y Marisol, no estaban dispuestos a cumplir.



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