domingo, 13 de agosto de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 50)



Marisol e Hirell, entraron en el hangar principal del Fénix, donde el nuevo regimiento estaba formado. Era la primera vez que embarcaba con ellos desde que, por razones políticas, había tenido que ampliarlo. Estaba de viaje a Edyrme, donde tenía prevista una reunión con el presidente y el grupo de cancilleres principales. Iba acompañada por Hirell, por expreso deseo de Marión, mejor dicho, por imposición de Marión.
—¡No seas cabezona! No puedes ir sola a la capital federal, —la decía Marión.
 —Tenemos tres frentes abiertos, y si yo tengo que ir a Edyrme, Anahis y tú, tenéis que quedaros aquí, —la rebatía Marisol— y la cabezona eres tú, además, no voy sola, hay más de dos mil quinientas personas en esa nave, y además esta Sarita.
—¡No me líes que no lo vas a conseguir! Llévate también a Hirell: necesitas a alguien de confianza a tu lado… además de Sarita.
—Sabes muy bien que todos los que están en el Fénix son de confianza.
—¡Sí! Pero tú siempre trabajas con nosotras y con Hirell.
—¡hay que joderse! Cuándo te pones en plan “mama gallina” te pones muy plasta.
—¡Y cuándo te pones cabezona, te pones insoportable!
—¡General Martín! Te vas a llevar a Hirell, y no hay más que hablar, —intervino Anahis con tono inflexible.
—¿Tú también? ¡joder! Está bien, me lo llevo, así descansa que lo tienes exprimido.

Acababan de partir de Mandoria y, sin perdida de tiempo, quería aprovechar el viaje para conocer mejor a los nuevos miembros del regimiento, y eliminar, cualquier tipo de suspicacia que pudiera surgir entre ellos
—Mi señora, regimiento formado y listo para la revista, —anuncio el coronel al mando cuadrándose ante ella, un español al que conocía de los tiempos del Tercio Viejo.
—Estoy segura de eso coronel, vamos al grano, —dijo devolviéndole el saludo. Señalo a un grupo de soldados de la primera fila y les ordeno—: vosotros cuatro: traed ese contenedor y ponerlo aquí.
Los soldados salieron corriendo y empujaron el contenedor hasta el lugar que había señalado Marisol.
—A ver chicos, acercaros hasta aquí, —ordenó después de subirse a él— vamos más cerca que ya sabéis que no me como a nadie, —hizo una pausa para que todos se situaran—. Como todos sabéis, y se ha comentado ampliamente, por presiones políticas, —se oyeron algunos pitos— me he visto forzada a ampliar este batallón de infantería española que es mi orgullo, y convertirlo en un regimiento pequeño. A muchos de vosotros os conozco desde el Tercio Viejo, a otros, desde la primera operación en que está nave participó: Faralia, y con casi todos he combatido hombro con hombro. Hace más de un año que no veo a mis padres y que no voy a mi pueblo, a mi casa, y con los años he considerado a está unidad, y a la tripulación de está nave, como mi familia. ¡Eso no ha cambiado! A pesar de las ingerencias políticas, —Marisol señaló a los nuevos— ¡ellos no son unos desconocidos! A muchos los conozco personalmente, y al resto los han elegido personas en los que confío ciegamente, —hizo una pausa mirando a todos—. Ahora mismo, millones de camaradas combaten en los frentes de guerra sin importar quien tiene a su lado. Está guerra, no la va a ganar una sola persona, me conocéis de sobra, para vosotros soy transparente, y sabéis perfectamente, que me molesta enormemente que se centre en mí la victoria. La guerra no está ganada, nos queda mucho esfuerzo, mucha sangre que verter, muchos amigos que perder, y mucho sufrimiento: pero somos un grupo; todos somos una unidad; y juntos, solo juntos, alcanzaremos la victoria, —hizo una pausa mientras los soldados la aplaudían y vitoreaban—. Y ahora, que alguien saque una puta botella, ¡joder!



Llevaban ocho horas de viaje y Marisol estaba en el comedor. Para cenar había cogido algo de fruta y una copa de vino, y sentada junto al ventanal, leía informes en una tableta y miraba esporádicamente a exterior. De improviso, vio entrar a Hirell corriendo y acercarse a ella.
—Se ha dejado el comunicador en el despacho mi señora.
—¿Qué ocurre Hirell? —preguntó tocándose el bolsillo.
—Mandoria esta siendo atacada, —dijo tendiéndola el comunicador.
—¿Qué?, pero ¿cómo es posible? —Marisol, levantándose, cogió el comunicador y ordenó—: Puente, regresamos a Mandoria a máxima velocidad. Quema los reactores si hace falta.
—Ya estamos virando mi señora, —la respuesta la recibió según corría rumbo al centro de mando, seguida por todos los que estaban en el comedor camino a sus respectivos puestos.
—¡Informa! —ordenó al oficial de operaciones.
—El ataque ha cesado. El objetivo principal ha sido el Cuartel General, que no ha tenido tiempo de activar los escudos, —y mirando a Marisol, añadió—: el edificio principal se ha hundido junto con dos de los auxiliares, el resto también tiene daños, —Marisol sintió como se la aflojaban las piernas y tuvo que sujetarse a una de las terminales—. Por el momento las comunicaciones están cortadas.
—¿Y el Palacio Real?
—A salvo, pudo activar los escudos a tiempo. Parece ser que después, los atacantes dispararon contra la ciudad hasta que también se fueron activando las defensas, —Marisol se sentó y permaneció en silencio unos segundos ante la atenta mirada de todos.
—¡Bien! Hirell, necesitamos saber que está pasando, intenta comunicar con la chancillería. Si el Cuartel General ha sido destruido…
—La televisión está retransmitiendo en directo, —dijo uno de los oficiales y la imagen apareció en la pantalla principal.
— … tenemos que enlazar todos los sistemas con el Fénix, —siguió hablando mientras veía por la televisión el enorme montón de escombros en que se había convertido el Cuartel General. Hay que comunicar con todos los jefes militares de zona e informarles de que todo se centraliza aquí. Hirell, envía un comunicado a todas las cadenas de televisión informando de que yo estoy al mando y que no estaba en Mandoria. Vamos a decretar alerta máxima en la capital federal y los sistemas principales. Además de los satélites militares y de comunicaciones, Mandoria tiene varios meteorológicos que disponen de cámaras en tiempo real, hay que enlazar su señal para ver si han registrado algo, por supuesto si no los han destruido. Y lo principal, hay que averiguar como cojones se nos han colado naves enemigas hasta Mandoria. Hay mucho que hacer y todo muy urgente, a trabajar. Hirell, después de mí, eres el oficial de estado mayor de más graduación, eso significa que, por el momento, y hasta que averigüemos donde están Marión y Anahis, eres el segundo al mando, —se acercó a él y le abrazó mientras le decía en tono bajo—: intenta averiguar como están nuestras chicas.
—Mi señora, cualquiera de los altos jefes militares están más…
­—Pero ellos están muy lejos, y aquí necesito un oficial ejecutivo, y de confianza.
—Entendido mi señora.
—Hay que restablecer las comunicaciones y necesito hablar: primero con el presidente, segundo con el canciller de Mandoria.
—El presidente ha partido apresuradamente hacia Mandoria, —informó Sarita que tenía un comunicador en cada oreja—: está en vórtice. Por el momento no podemos comunicar.
—¡Joder! No es seguro para el presidente andar viajando, ¿lleva su escolta habitual? —Sarita se encogió de hombros.
—No tengo esa información mi señora, —respondió otro oficial.
—También quiero hablar con el jefe de la Policía Federal, —dijo Marisol y Sarita inmediatamente levantaba el pulgar y entraba en el despacho.



Pasaron un par de horas, y todos los oficiales y suboficiales de estado mayor estaban trabajando sin descanso. Solo había noticias por las imágenes de televisión que mostraban la destrucción total del Cuartel General y a cientos de voluntarios y miembros de los servicios de emergencias, si no miles, trabajando en el desescombro y rescate de las víctimas. También mostraban imágenes de los daños en la ciudad.
—Tengo al canciller de Mandoria, solo audio, —dijo Sarita asomándose por la puerta del despacho.
—¿Señor canciller? —preguntó Marisol con ansiedad.
—Marisol, hija, hemos tardado en comunicar porque los repetidores de señal han sido destruidos en el ataque.
—¿Y Anahis y Marión?
—Estaban en el Centro de Mando cuándo se produjo el ataque. Al parecer habían detectado algo inusual en la órbita y las dos estaban viendo el tema. Las brigadas de rescate todavía no han podido llegar a él, recuerda que está en el primer sótano y el edificio es muy antiguo y de piedra. Hemos llamado a sus comunicadores, pero no contestan. Lo siento hija, pero no puedo decirte más.
—¿Está usted dirigiendo los trabajos?
—Ahora no, hay muchos destrozos y muchas victimas en la ciudad. En estos momentos estoy llegando al principal hospital. ¿Cuándo llegaras?
—En cinco horas.
—Si se mantienen las comunicaciones te tendré informada.
—Gracias señor canciller.
—Necesito hablar con Loewen y Opx, —ordenó después de cortar la comunicación con el canciller.
—Ahora mismo.
—Mi señora, —dijo Hirell cuándo se cortó la comunicación. A pesar de las circunstancias, demostraba un aplomo encomiable— tenemos imágenes de las naves atacantes, —activó la pantalla principal— son de uno de los satélites meteorológicos y claramente, las naves son federales.
—Pero están reformadas, —afirmó Marisol estudiando las imágenes— esa torre de artillería es bulban.
—Si mi señora, pero siga mirando, —la invitó Hirell.
—¡Qué hijos de puta! la artillería es móvil, —exclamó Marisol mientras veía como la torre giraba para ajustar el tiro—. Eso es una innovación, ¡y de la hostia!
—Así es mi señora, y hemos contabilizado ocho naves atacantes, todas federales.
—Quiero saberlo todo sobre esas naves, aunque supongo que tendrán motores de salto y escudos.
—Tengo a la almirante Loewen y al general Opx, —dijo un oficial señalando una de las pantallas secundarias.
—Marisol, —dijo Opx— ¿qué se sabe de Anahis y Marión?
—Por el momento nada, estaban en el Centro de Mando y las brigadas de rescate todavía no han llegado hasta allí, y tardaran. He comisionado a Hirell, y por cuestiones operativas, como segundo al mando, pero hay que estar preparados… para lo peor. Loewen, quiero que estés preparada para trasladarte a Mandoria. Lo siento Opx, pero ella es dos días más antigua que tú en el ejército.
—No te preocupes, no tienes que darme explicaciones, —respondió Opx.
—Estaré preparada, pero espero que no me llames. Si ocurriera, ¿te ocupas tú de nombrar un sustituto?
—No, no, no. En ese caso, Opx pasara a ser el comandante general de la flota y del ejército. Habrá un mando único: no sabemos cuantos mandos hemos perdido en el ataque. Necesariamente habrá que investigar que ha pasado y depurar responsabilidades, empezando por mí misma. Ha habido un gravísimo fallo a todos los niveles. Os mando imágenes de las naves atacantes y de lo que hemos descubierto: estad alerta.



Siete horas después, ya de noche, el Fénix aterrizaba en una explanada próxima a la parte trasera del Palacio Real. Un grupo de altos oficiales del Estado Mayor, que les estaban esperando, subieron a bordo y se hicieron cargo del centro de mando, mientras cientos de ingenieros empezaban a conectar enormes haces de cables a la nave. Marisol e Hirell salieron de la nave, seguidos por los escoltas, y se encaminaron rápidamente a los restos del Cuartel General, donde continuaban las labores de rescate y desescombro alumbrados por potentes focos. Vieron al canciller que dirigía las operaciones personalmente y se acercaron a él.
—Hirell, hace cinco minutos hemos sacado a Marión, ahora mismo la llevan al hospital de campaña. Está grave, vete con ella, date prisa, —Marisol le miró, asintió e Hirell salio corriendo. Después, el canciller la abrazó y añadió—: nos ha dicho que estaban juntas, esperamos encontrarla de un momento a otro.
—¿Cómo está usted?
—Mal, no te voy a engañar, pero peor está su madre: la han tenido que hospitalizar con una crisis de ansiedad.
—¿Se sabe cuántos muertos ha habido?
—En la ciudad más de tres mil y veinte mil heridos. Lo peor está aquí, hace rato que prefiero no saber las cifras.
—No lo entiendo, entran diariamente mil ochocientos por turno…
—Sabían muy bien cuándo atacar y donde, —la interrumpió—. Lo hicieron entre turnos, por lo tanto, había el doble, el turno que salía y el que entraba, y atacaron el edificio principal y los dos auxiliares donde están los dormitorios y vuestro aposento. En mi opinión, no solo querían destruir el Cuartel General, iban a por ti.
—Todas esas cosas ya las estamos investigando.
—Y de las naves, ¿se sabe…?
—¡Aquí, aquí! —oyeron gritar mientras se organizaba un ligero revuelo a escasos veinte metros de donde estaban. Médicos y operarios trabajaban en un punto exacto alumbrados por los focos. Un soldado, que colaboraba en el rescate la vio y llamándola por su nombre levantó el pulgar. El canciller y ella se cogieron de la mano aliviados. Estuvieron mucho tiempo trabajando hasta que finalmente la inmovilizaron en una camilla, la pusieron un goteo y la sacaron. Estaba inconsciente y Marisol la acompaño al hospital mientras el canciller, después de interesarse por su hija, siguió dirigiendo las labores de rescate.
Dos horas después llegó el presidente, y después de visitar los restos del Cuartel General y hablar con el canciller, se dirigió al hospital para visitar a los heridos y hablar con Marisol.
—¿Cómo están Anahis y Marión? —preguntó el presidente en susurros acercándose a Marisol que mantenía asida la mano de Anahis.
—Graves, pero los médicos dicen que no temen por sus vidas, aunque las dos tardaran en recuperarse.
—¡Gracias a Dios!
—La que más me preocupa es Anahis, —dijo Marisol con un principio de pucheros— tres costillas rotas, una pierna, los dos brazos y la cola por dos sitios.
—Tranquila, entre todos la cuidaremos.
—Y a Marión también.
—También.
—Finalmente he ordenado a Loewen que venga y sustituya a Marión temporalmente, —dijo cambiando de tema para reacerse— necesito que curse la orden de nombramiento.
—De acuerdo. ¿Cuándo estará operativo otra vez el centro de mando?
—Ya lo está, el Fénix tiene duplicados todos los sistemas, y media hora después del ataque ya teníamos el control, pero lo peor es toda la cuestión administrativa y de burocracia del Cuartel General, eso no está duplicado, y además, era el cometido principal de Marión y Anahis.
—¿Y un primer análisis de lo que ha ocurrido?
—Mañana por la mañana. Ahora me voy al Fénix, hay mucho que hacer. Supongo que ya se ha dado cuenta de que se ha producido un fallo inadmisible, y…
—Si estás pensando en algún rollo autoinculpatorio absurdo ya te puedes ir olvidando.
—Yo soy el máximo responsable de todo…
—¡He dicho que no! no insistas.
—¿Cómo voy a depurar responsabilidades mientras yo misma me mantengo al margen?
—Por eso no te preocupes, —dijo el padre de Anahis que desde la puerta había oído la última parte de la conversación. Se acercó a Marisol y la dio un beso cariñoso ante de acariciar a su hija— mi amigo y yo te enseñaremos a hacerlo. De eso, los políticos sabemos mucho.
—¡No es justo…!
—¡Pues claro que no es justo! —exclamó el presidente susurrando— pero las cosas son así.
—¡Pues no me interesa aprender nada de eso!
—Tú tienes dos problemas muy graves que te incapacitan para la política: eres demasiado honesta, y el honor te sale por las orejas.
—Y como sabía que ibas a salir con alguna tontería como esta, quiero que sepas que he hablado con todos los cancilleres y hemos decidido unir nuestras dimisiones a la tuya.
—Y no solo eso, —añadió el canciller— todos tus jefes militares, salvo uno, también: Pulqueria, Opx, Loewen, Bertil y Oriyan.
—¡Esto es un chantaje… rastrero y… y… repugnante! —exclamó Marisol levantando la voz.
—¡Efectivamente, lo es!
Una enfermera, con la bata salpicada de sangre azul y cara de cansancio, entró en la habitación y dijo susurrando pero con energía—. Señores, se oyen las voces en el pasillo, y me da igual que ustedes sean los personajes más poderosos de la galaxia, no me obliguen a echarles a la puta calle.
—Lo lamento, —dijo Marisol bajando la voz mientras los dos políticos asentían— yo ya me voy, —y salio por la puerta sin despedirse de los dos políticos, seguida por la enfermera.
—Marisol, mi señora, — dijo la enfermera sujetándola suavemente por el brazo—, No lo hagas, no dimitas, todos creemos en ti.
Marisol la miró, y con lágrimas en los ojos se abrazó a ella.




No hay comentarios:

Publicar un comentario