miércoles, 16 de agosto de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 51)




Al día siguiente al ataque, a medio día, se convocó una reunión de urgencia del Estado Mayor. Salvo Anahis y Marión, convalecientes en el hospital, asistieron todos, incluso los seis jefes militares que lo hicieron por video enlace. También asistieron el presidente Fiakro y los principales cancilleres. Por indicación de Marisol, y a pesar de no ser miembro del Estado Mayor, Hirell hizo una exposición pormenorizada de los devastadores efectos del ataque: las cifras eran demoledoras.
­—Resumiendo para finalizar, —concluyó Hirell— entre la población civil: 3.115 muertos, 116 desaparecidos, 22.582 heridos. En cuanto al ejército: 3.897 muertos, 367 desaparecidos, 1.689 heridos.
—Gracias coronel Hirell, —dijo Marisol—. General Taxins, presente su informe.
—Gracias mi señora. Todos tenéis delante una copia del informe, y a los que no están presentes se lo he enviado por línea protegida. Por lo tanto, no voy a perder el tiempo en leerlo porque es fácil resumirlo: no tenemos ni idea de que es lo que ha pasado, —los presentes se miraron entre ellos mientras Marisol, con los brazos cruzados, no levantaba la vista de la mesa. Sabía lo que iba a ocurrir porque había estado despachando con él durante un par de horas—. Está claro que la división de Inteligencia ha fallado en este asunto de una manera clamorosa, tanto, que ensombrece todo el buen trabajo que habíamos realizado hasta ahora. Yo soy el máximo responsable de la división y por lo tanto soy también el responsable de este terrible fracaso. He presentado mi dimisión, irrevocable, al comandante en jefe y lo hago con la certeza de que mi señora no me va a acompañar, aunque ella lo este deseando. No tengo mucho más que decir, —el general miró a Marisol— lo único, que agradezco la confianza que has depositado en mí durante estos años, que lamento profundamente haberte defraudado, y que sea cual sea mi nuevo destino, siempre estaré a tus ordenes, —el general Taxins se levantó, se cuadró y saludo militarmente a Marisol, que también se levantó y devolvió el saludo. A continuación, abandono la sala.
—Bien… ¡eh!… bueno. He decidido ascender al coronel J. J. Gómez al empleo de general, con efecto inmediato, y pasa a dirigir la división de Inteligencia, —Marisol hizo una pausa para beber agua, no porque tuviera sed, sino para serenarse—. El ataque a Mandoria lo efectuaron ocho naves federales reformadas por el enemigo, es decir, eran naves corsarias. Todas las naves son cargueros comerciales de alto rango, muy antiguas, todas con tecnología de energía mística, y por lo tanto, capaces de reforzar sus escudos y de abrir vórtices para saltar al hiperespacio. ¿De cuántas naves disponen? No lo sabemos, pero si conocemos una cifra mínima. En las operaciones previas al ataque a Kalinao, —Marisol activó la pantalla principal y con el mando a distancia fue activando imágenes— detectamos 67 naves reformadas, que como sabéis saltaron al híper espacio y se unieron al ataque principal. En ese punto, tras el análisis posterior de la información, identificamos 104 en total. Creemos que a esa cifra hay que añadir, como mínimo, las ocho que atacaron Mandoria. ¿Por qué? Porque, desde que las detectamos, no han tenido tiempo de alcanzar por el espacio normal, otra entrada a Evangelium, y alcanzar Mandoria por el corredor. Eso demuestra que este plan estaba en marcha desde mucho antes del ataque a Kalinao.
»¿Cuántas naves componen en concreto este operativo? Tampoco lo sabemos, pero no seria lógico utilizar en un solo ataque la totalidad de sus fuerzas. El objetivo principal, era el Cuartel General y el Palacio Real y emplearon las naves necesarias para hacerlo. Las imágenes de los satélites, demuestran que dispararon contra la ciudad, cuándo su objetivo había sido destruido y mientras se preparaban para abrir vórtices. No me creo que esto sea una operación aislada y que las naves corsarias estén de regreso al Sector 26. En mi opinión, disponen de más naves, y lógicamente tienen una, o varias bases de apoyo logístico. En cuanto a las naves, como ya he dicho anteriormente, todas son cargueros comerciales de alto rango. Se les ha instalado un cañón principal de gran potencia como el que montan las fragatas enemigas, con la peculiaridad de que la torre donde está montado en móvil, y cuatro cañones de tiro rápido, claramente de manufactura federal, lo que significa que han conseguido esa tecnología, posiblemente, de restos de naves federales destruidas, pero es un tema que tenemos que investigar. En definitiva, han accedido a nuestra tecnología y la han adaptado. Estás naveds corsarias, son mucho más eficientes en combate que las fragatas bulban y se equiparan más a las nuestras, con la única diferencia, de que creemos que no dispones de defensas de perímetro, —Marisol se levantó y se aproximó al mapa holográfico—. Quiero que se den cuenta de la gravedad de la situación: desde que comenzó la guerra, es la primera vez que nuestra retaguardia, y por consiguiente, nuestras líneas de aprovisionamiento, están en peligro. Eso significa que los astilleros, fabricas de armas, centros mineros estratégicos y fundiciones, juntos con los sistemas principales y la propia capital federal, son sensibles a un ataque corsario, debido a que todo está, lógicamente, en las proximidades de entradas a Evangelium, —hizo una pausa mientras estudiaba el mapa y pasaba páginas en medio del silencio general—. Bien. No tenemos medios suficientes para mantener tres frentes activos, y para proteger las zonas sensibles, y mucho menos, para buscar y destruir al enemigo, —Marisol de separo del mapa y se situó frente a todos en silencio. Después de unos largos y tensos segundos, continuo hablando—: Siempre pido opiniones en las reuniones de Estado Mayor, para mí, siempre han sido valiosas… pero está vez no lo voy a hacer, necesito tiempo para meditar y adoptar una decisión; cuándo sepa lo que vamos a hacer os lo comunicaré.
»Hace dos meses, detectamos por primera vez las naves corsarias, y no supe ver el peligro real que representaban; el resultado: miles de muertos, y decenas de miles de heridos. El general Taxins, que está conmigo desde el comienzo de la guerra, y no es un subordinado, es un amigo, ha asumido su responsabilidad y ha dimitido, y vosotros, todos vosotros, mediante un chantaje vil y deshonesto, me habéis impedido acompañarle como me dicta mi conciencia y mi honor.
»Estoy terriblemente herida y decepcionada por lo que me habéis hecho, y nada podrá ser igual a partir de ahora; es una traición que jamás olvidaré, —en silencio, miró detenidamente a todos y finalmente añadió—: recibirán instrucciones por los conductos habituales. Se levanta la sesión.
Marisol, con la ayuda de Hirell, se puso a recoger el par de tabletas y los papeles que había utilizado, y sin añadir nada más, abandono la sala mientras todos se ponían en pie. El canciller de Maradonia, empezó a decir tonterías sobre la actitud de Marisol, pero fue silenciado en seco por el propio presidente Fiakro.
—¡Cierra la puta boca! No es momento de oír gilipolleces.
—Una señora ha salido de la sala, —añadió el padre de Anahis mientras varios cancilleres asentían— a ver si aprendes algo de ella, ¡imbécil!



Cuatro días después, Loewen llegó a Mandoria, y encontró a su amiga, fría y distante. Vio la tristeza reflejada en sus ojos y no quiso ahondar en la herida por el momento, aunque no descartaba en el futuro tener que darla dos tortas. Su relación con los demás jefes militares y con el presidente, se ceñía a lo estrictamente profesional, incluso en ocasiones, era Hirell quien actuaba de portavoz. Con el único que mantenía una relación un poco más cordial era con el padre de Anahis.
La llegada de Loewen, permitió a Marisol liberarse de buena parte de las enormes responsabilidades que había asumido por la falta de Marión y Anahis. Para trabajar con más tranquilidad, traslado sus cosas al hospital y ocupó la habitación contigua a Anahis que permanecía en coma e intubada. Trabajaba con las tabletas sentada en el sillón al lado de la cama, la acariciaba la mano y la hablaba, contándola las ideas que se le ocurrían como si la pudiera oír. Cuándo enfermeras y auxiliares entraban para asearla o moverla de posición, lo dejaba todo y las ayudaba.
Una semana después del ataque, una enfermera la informo de que Marión estaba consciente, e inmediatamente se presentó en su habitación. Efectivamente, la encontró consciente pero muy débil.
—¿Qué tal estás cariño? —la preguntó sentándose al lado de la cama después de besarla.
—Bien, bien, ¿y Anahis? —Marión hablaba en tono bajo, con dificultad.
—Sigue en coma, pero los médicos dicen que se recuperara.
—¿Y tú como estás?
—¿Yo…? Pues bien, ¿cómo voy a estar?
—Sabes que a mí no me puedes engañar, y sé, que algo pasa.
—¡Mira tía! No te pongas pesada. No me pasa nada.
—Como quieras; se lo preguntaré a Hirell.
Marisol la miró, la beso la mano y, admitió, que tenía la necesidad de hablar con alguien. La puso al corriente de los últimos acontecimientos y de la encerrona que había sufrido. Marión la acarició con una sonrisa comprensiva.
—Tú eres la única que no se da cuenta del papel tan importante que tienes. Todos somos sustituibles, menos tú, porque como tú no hay nadie.
—No empieces tu también.
—Tienes que darte cuenta, y aceptar, que por encima de tu honor, está el deber. El deber que tienes con los habitantes de la galaxia y con tus soldados. No puedes dejarlos solos, porque es tu nombre el que vitorean, no es el mío, o el Loewen o el de Opx, gritan: «¡Marisol!», y lo hacen porque creen en ti, creen en está… cría, valiente y cabezona. Tu deber está en servirles a ellos, y si tienes un problema con tu honor, pues te lo comes.
—No sé si voy a poder, —dijo Marisol mientras los ojos se le llenaban de lágrimas— es muy duro.
—Pues claro que puedes, ¡joder!, claro que puedes. No hay nada que no puedas conseguir si te lo propones.



El presidente Fiakro, había regresado a Mandoria y estaba en el despacho de Marión, en el Fénix, despachando con Loewen. La almirante le estaba poniendo al corriente de cómo están las cosas en los diversos frentes.
—¿Has podido hablar con ella sobre lo que ha pasado?
—No, es mejor dejarla tranquila.
—¿Crees que es lo mejor?
—Estoy convencida.
—¿Y crees que podrá reponerse?
—Sin ninguna duda señor presidente: está trabajando…
—Sinceramente, cuándo decidimos hacer lo que hicimos, estaba convencido de que era lo mejor, pero ahora, después de oír sus palabras llenas de resentimiento y reproche, me asaltan las dudas.
—Marisol está pasando un momento muy difícil; en dos meses hemos sufrido dos reveses muy importantes: el primero lo salvamos por los pelos gracias a su ingenio, no, mejor dicho, a su genialidad. El segundo, no lo pudimos prever, con el resultado que ya conoce. Además, tenga en cuenta, que está muy unida a cuatro personas: sus padres, a los que no ve desde hace un año, y Anahis y Marión, que están en el hospital. En estos momentos, para ella, todo es pesimismo y oscuridad. Estoy segura, de que cuándo Marión, y sobre todo Anahis, se recuperen, la luz empezara a entrar en su alma. Rezo a Dios para que las dos se recuperen pronto.
—De acuerdo, pero hay que tomar decisiones, no podemos postergar…
—No se preocupe señor presidente, está trabajando y muy intensamente. La tengo vigilada, y por eso sé, que desde hace unas horas, Marión está consciente, y ya han hablado; ella sabe cómo tratarla, recuerde que, en el fondo, es una reverenda madre, y cuándo quiere tiene… ¿cómo dicen en España?… mano izquierda. Solo hay que darla tiempo.
—Desgraciadamente, de eso, no andamos muy sobrados.
—Está tarde quiero pasar a ver a Marión y Anahis, y de paso la veré a ella, quiera o no quiera. Además, ¿acaso tiene usted la solución a este problema señor presidente?
—¡Pues claro que no!
—Pues yo tampoco, ni Opx, ni ninguno de los demás jefes militares, se lo aseguro, ya les he consultado. La solución pasa por ella.
—¿Y mientras tanto?
—Aguantaremos el temporal como buenamente podamos. Como ya sabe, todos los centros sensibles están en máxima alerta, por las rutas comerciales las naves tienen que formar convoyes y la policía federal patrulla sin descanso por los sectores del 1 al 35. También hemos prohibido que las más altas personalidades viajen si no es estrictamente necesario, que por cierto, parece que a usted no le afecta.
—No pienso esconderme…
—Pues si le matan, lo único que conseguirá será agravar el problema. Usted es la otra pata que nos sustenta.
—No me regañes, te prometo que tomaremos todas las precauciones necesarias, además, la nave presidencial está muy armada y siempre viajamos con escoltas.
—Lo sé, lo sé, solo intento limitar las situaciones de peligro lo máximo posible.
—Estamos todos un poco tensos, está situación…
—¡Hay un ataque corsario en curso! — exclamó Hirell entrando en el despacho.
—¿En dónde? —preguntó Loewen saliendo rápidamente del despacho seguida por el presidente.
—A siete años luz del Grupo Estelar Max 923, en el Sector 34. Dos naves corsarias están atacando un convoy de ocho cargueros comerciales y un crucero de pasaje. En estos momentos continua el ataque.
—¿Hay naves federales cerca? —preguntó Loewen, aunque sabía la respuesta.
—De la flota no, pero hay cerca dos naves de patrulla de la Policía Federal, llegaran en una hora.
—Las naves han roto la formación y se dispersan.
—Las patrulleras de la policía no son rivales para las corsarias, —afirmó Loewen.
—Uno de los cargueros ha sido destruido.
Durante casi tres cuartos de hora, las dos naves corsarias persiguieron a sus victimas, hasta que, ante la proximidad de las patrulleras, prefirieron abrir vórtice y escapar. El resultado del ataque: cuatro cargueros destruidos, otros tres averiados; otro carguero y el de pasaje, lograron huir.
Tres días después del segundo ataque, Anahis despertó. Un par de días antes la habían retirado el respirador y la dolía, terriblemente la garganta irritada por el tubo. Desorientada, miró en todas direcciones, vio los tubitos del suero que se pinchaban en su brazo, y cuándo miró al otro lado la vio. Estaba sentada en la silla, a su lado, y sobre la cama, apoyaba los brazos y la cabeza mientras en la mano izquierda asía una tableta. Estaba profundamente dormida, y con la punta de los dedos la acaricio el pelo. Marisol se sobresaltó y se incorporó; se inclinó sobre ella y la beso en los labios.
—Mi amor, otra vez veo tus maravillosos ojos azules, —dijo con una sonrisa mientras apretaba el pulsador de llamada.
—¿Qué ha pasado? —pudo decir con un hilo de voz que parecía salir de lo más profundo de una caverna.
—Tranquila, procura no hablar mucho mi amor, —respondió mientras un médico y una enfermera entraban en la habitación. Marisol se retiró para dejarles trabajar mientras enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano. Alguien, a su lado, la tendió un pañuelo, lo acepto al tiempo que miraba de quien procedía, y vio el sonriente rostro del presidente. Dio media vuelta, salio de la habitación y se abrazó a él mientras se ponía a llorar desconsolada.

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