domingo, 20 de agosto de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 52)




Desde el ataque a Mandoria, se produjeron otros cinco ataques corsarios más. Marisol seguía trabajando en los planes de futuro mientras Loewen se ocupaba del trabajo cotidiano. La única orden cursada por Marisol, había sido la de reducir el tráfico comercial a lo estrictamente urgente. En ese caso, las naves comerciales debían ser escoltadas por naves federales. Seguía instalada en el hospital, trabajando, con Sarita de enlace con el Fénix, y cuándo necesitaba despejarse se ocupaba de Anahis.
—Es chulo este color, —comento Anahis mientras Marisol, sentada en el suelo, la pintaba las uñas de los pies. Hacia un par de días que la levantaban de la cama, y a pesar de las escayolas, la sentaban en un sillón.
—¡Joder, mi amor!, es horrible.
—¿Y por qué me las pintas de ese color? —preguntó divertida.
—¡Coño!, porque tú me has dicho que te las pinte de amarillo.
—Es que me gusta ese color.
—Pues el amarillo y el azul, se dan de hostias.
—Resalta…
—Eso si es cierto, resalta que te cagas.
—Desde luego como eres.
—Si a ti te gusta, a mí me parece bien. Por cierto, mañana, a primera hora, tengo que ir al Fénix, y seguramente, hasta la noche no regresaré. Tengo que reunirme con mucha gente y he convocado una reunión del Estado Mayor para presentar el nuevo plan de actuación.
—¿Cómo que hasta la noche? No puedes dejarme sola.
—Sabes que si pudiera no me separaría de ti.
—¿Y si me pica la nariz? ¿quién me la va a rascar? Te recuerdo que tengo los dos brazos escayolados.
—Le diré a la enfermera que te rasque la nariz de vez en cuanto.
—¿Y si me pica en otro sitio?
—En ese caso, y si es el sitio que pienso, es muy posible que la enfermera de quede sin mano, —dijo Marisol riendo y metiendo la mano por debajo del camisón, añadió—: porque supongo que este es el sitio al que te refieres.
—No seas mala, —dijo Anahis arqueando la espalda.
—¡Ah! Ahora soy yo la mala, —introdujo el dedo en el interior de su vagina provocándola un gemidito.
 —No mi amor, no.
—¿Cómo que no? —y con el pulgar la acaricio el clítoris externo. Insistió hasta que la tuvo a punto de alcanzar el orgasmo—. Perdona mi amor, —dijo levantándose— pero tengo que ir al baño.
—¿Pero? ¡ahora no te vayas!
—Me estoy meando.
—¡Te odio!
—Si me odias no vuelvo, y me voy a trabajar.
—¡Que no te odio, que era broma!
— Además, raspas, —dijo Marisol saliendo del baño—. Cuándo te den el alta hay que solucionarlo.
—¿Me quieres meter el puto dedo de una puta vez? —vociferó Anahis.
—¡Que te van a oír! —exclamó Marisol riendo mientras cerraba por dentro la puerta de la habitación—. Hay que ver, la hija del canciller, la «princesita», pidiendo que la metan el dedo. Menuda exclusiva para la prensa del corazón…
—¡Vale! Haz lo que te de la gana.
—Eso está mejor, porque el dedo no me satisface, se me ocurre algo mejor, —levantó el camisón escurriendo las manos hacia arriba por los muslos y sumergió su boca entre ellos—. Te sabe el chochito a desinfectante hospitalario, —comentó riendo mientras Anahis se recuperaba del orgasmo cuándo todo acabó.
—Otra cosa a solucionar cuándo me den el alta.
—Voy a hacer una lista. Por cierto, me da morbo eso de que no puedas usar las manos.
—¡Pues a mí no!



A las ocho de la mañana, Marisol entró en su despacho, donde la esperaba Loewen que despachaba con Hirell. Empujaba una silla de ruedas con Marión sentada en ella y su camino hasta allí, se había visto entorpecido por la cantidad de persona que las pararon para interesarse por su estado.
—Me la he traído, porque quiero conocer su opinión, aunque todavía este convaleciente, —Loewen se levantó e inclinándose la abrazó y besó.
—Le recuerdo que tiene una agenda muy apretada, —dijo Hirell recogiendo sus papeles después de besar a Marión—. He retrasado a las cuatro, la reunión del Estado Mayor, pero antes, J. J. quiere hablar con usted sin falta.
—De acuerdo, hazle un hueco.
—Y el canciller de Maradonia también quiere hablar con usted.
—¡No me jodas Hirell!
—Ha insistido… y mucho.
—¡Pero que asco de personaje por favor!
—Tienes que recibirle, —afirmó Loewen.
—¿Y si le decimos que he abierto otra vez el corredor del Ares y me he ido a dar una vuelta por Magallanes? Con lo idiota que es, seguro que se lo cree, —todos se echaron a reír.
—¡Anda no seas payasa! —exclamó Marión, y mirando a Loewen la advirtió—: ¡eh!, a esta átala en corto que se te desmadra.
—¡Ya estamos! No te pases que te devuelvo al hospital.
—Fijaros como trata a una pobre convaleciente.
—Y con heridas de guerra, ¡qué vergüenza! —exclamó Loewen siguiendo el juego.
—Marión, eres una mala influencia para Loewen; mírala, hasta es graciosa, —hasta Loewen soltó una carcajada.
Hirell salio y Marisol comenzó a exponer su plan de actuación, con todo tipo de detalles y explicaciones. Durante cerca de dos horas, cómo siempre con la ayuda de Sarita, desplegó mapas, activó archivos, mostró líneas de avance y retroceso en los respectivos frentes, razonó movimientos de contingentes y la creación de nuevas unidades.
—Creo que ya está todo, —dijo finalmente ante sus dos amigas que la escuchaban atentamente—. ¿Qué opináis?
—¡Audaz! Como siempre.
—Es el plan que hubiéramos diseñado cualquiera de nosotros, si tuviéramos los huevos suficientes, —afirmó Loewen— pero me asalta una duda: ¿dónde encajo yo en todo esto? Porque Marión, dentro de poco, estará dándote la tabarra otra vez.
—Vas a tener un papel muy importante, pero ahora mismo no te lo puedo desvelar: tengo que concretarlo primero con el presidente, y ya sabes que llegara un poco antes de que se reúna el Estado Mayor. Lo siento, pero te tendrás que enterar al mismo tiempo que todos los demás.
—¿Pero no voy a tener fuerzas de combate?
—Si, y no. No creas que vas a perder peso en el escalafón, al contrario, en tu nuevo cometido vas a estar equiparada a Marión. Y no me tires más de la lengua. Me hubiera gustado hablarlo antes contigo, pero… digamos, que el presidente y yo tenemos ciertas diferencias, y quiero intentar limarlas antes de que tomes posesión. Si he decidido que seas tú, es porque eres muy diplomática, y esa es una cualidad que vas a tener que utilizar y mucho.
—¡Ya sé! —exclamó Marión riendo— te va a mandar de embajadora con los bulban.
—¡No sea capulla! A ver si te voy a mandar a ti.
—De todas maneras, —dijo Loewen— ni Marión ni yo, vamos a tener mando de tropa, entonces, habrá que ver que opinan los demás.
—¡Ya! Pero vosotras…
—Yo estoy contigo.
—Y yo



Hasta la hora de comer, Marisol estuvo trabajando. Su presencia en el Fénix, después de tantos días ausente, se notó en la moral de los oficiales, suboficiales y tropa, que trabajaban en el Cuartel General, que poco a poco recuperaba su ritmo habitual. Para ellos era muy duro tener que reemplazar a los miles de compañeros muertos durante el ataque. Almorzó con el presidente mientras hablaban y cambiaban impresiones, a continuación, se entrevistó con el canciller de Maradonia, y a los cinco minutos ya estaban a voces, tanto, que los de seguridad se alarmaron y entraron seguidos por el presidente para imponer paz. Los tres estuvieron casi una hora reunidos, y aunque las voces cesaron, la reunión del Estado Mayor comenzó tardísimo.
Mientras las cosas se tranquilizaban en el despacho de Marisol, Hirell fue a buscar a Marión y cuándo llegaron al salón de reuniones se produjo una conmoción de alegría. Todos la besaron, en especial Opx, Pulqueria, Oriyan, Bertil y Esteban. También los cancilleres presentes y con todos departió, junto con Loewen, para hacer la espera más llevadera, aunque la preocupación se reflejaba en la cara de casi todos. Nadie, en el Estado Mayor, quería ver a una Marisol cabreada. Cuándo se supo que por fin había salido del despacho, todos se apresuraron a ocupar su sitio. El primero que llegó fue el canciller de Maradonia, que en silencio, algo extraño en un bocazas como él, se sentó junto a los demás cancilleres. El presidente llegó seguido por Marisol, que ocupando la cabecera de la mesa, arrojó sobre ella, con cierta violencia, la carpeta y tabletas que llevaba.
—Esta es una reunión de máxima seguridad, —anuncio Sarita cerrando las puertas.
En medio de un silencio tenso, Marisol se inclinó sobre la mesa apoyando las manos, y permaneciendo así unos largos e interminables segundos.
—Antes de empezar con los importantes asuntos que tenemos que tratar hoy, quiero hacer una declaración previa, —lentamente fue incorporándose— para que mi posición sobre el tema quede diáfana: transparente.
»Hace unos minutos, un alto e importante representante político, ha pronunciado en mi presencia unas palabras que no creía posible oír en nuestra amada República, y menos, en boca de un destacado canciller: me ha hablado de razas, de la supremacía de unas sobre otras, — todos se miraron con cara de asombro para terminar mirando al canciller de Maradonia que, impasible y arrogante, sostuvo la mirada de todos— ha hablado de ciudadanos de primera y de segunda, y… de no ciudadanos. Me ha echado en cara, que dos de mis principales colaboradores, no son ciudadanos de “elite”. Pulqueria es turca, y según él es una ciudadana de segunda porque su país no participa en el esfuerzo de guerra en la misma medida que los sistemas principales, y Bertil, no es ni ciudadano, en cambio, tengo a un general maradoniano empleado en, según él: “tareas menores”, —mientras hablaba, Marisol se había ido moviendo hacia él, y cuándo este salto enfurecido le puso la mano en el hombro, le miró fijamente con una sonrisa y lo sentó mientras le apretaba el hombro en un gesto cariñoso—. Señor presidente, señores cancilleres, yo no entiendo de razas o colores, yo entiendo de personas, de seres humanos en el sentido más amplio del concepto. Todos y cada uno de los miembros de este Estado Mayor están nombrados por mí, porque confío en ellos, y a pesar de las diferencias surgidas en estos últimos meses, todos son más que colaboradores, son amigos, y no lo duden ni un solo momento: pondría mi vida en sus manos si fuera necesario. Todos están en el lugar donde yo creo que deben estar. Sé que es injusto generalizar con ustedes, pero no soy yo quien les ha metido en está mierda. Lo voy a decir muy claro, aquí están todos, y está el presidente: mientras yo sea comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, jamás permitiré la discriminación por cuestiones de raza, religión, pensamiento, sexualidad o lugar de nacimiento, y si no están de acuerdo no tienen ni que destituirme, mi dimisión la tiene el presidente encima de la mesa desde el mismo día que me nombro al comienzo de la guerra. Soy militar, y al igual que mis colaboradores, no entiendo de política. Déjenla fuera del ejército.
»Bien, continuemos. Voy a crear dos nuevas figuras de mando: un gobernador militar y las Fuerzas de Defensa Interior (FDI). Respecto del primero, actualmente los jefes militares tienen bajo su control, no solo a las fuerzas militares a su mando, también a muchos millones de ciudadanos, que ya vivían en esos escenarios de guerra, o que han llegado como refugiados desplazados por los combates. Eso ha creado un vacío legal, en el que los derechos constitucionales, no solo de los ciudadanos, también de los militares, están en manos del criterio de los mandos militares. Así mismo, los delitos graves se trasladan a los tribunales federales de justicia, pero no los demás, que se resuelven en cortes marciales. Eso se va a acabar, se creara un cuerpo civil de jueces que se encargara de ese tema. También tendrá bajo su control todos los territorios de asentamientos kedar, hasta que definitivamente se integren en la estructura federal como ciudadanos de pleno derecho. Las zonas de reserva bulban también serán cometido del gobernador militar. Tenía ciertas dudas sobre estos dos últimos puntos, pero a la vista de lo que ha ocurrido hoy, creo que están mejor en el seno del ejército. Este cargo lo va a ocupar la almirante Loewen, —todos los asistentes, salvo el canciller de Maradonia, aplaudieron el nombramiento.
»Las Fuerzas de Defensa Interior tienen como cometido vigilar los accesos a Evangelium, proteger los posibles objetivos, interceptar y destruir a las naves corsarias, y descubrir sus bases. Su jefe al mando, será Bertil. De todos nosotros es el que mejor conoce el concepto “guerra de guerrillas”, por su experiencia en Magallanes, antes de nuestra llegada, —todos volvieron a aplaudir, menos el canciller de Maradonia.
»No podemos mantener tres frentes con otro a nuestras espaldas. Es necesario transferir naves a la FDI para que cumpla con su cometido. Todas las patrulleras tipo Ares, de la 3.ª Flota y cuarenta corbetas de la 1.ª son transferidas con carácter inmediato a la FDI, así como las naves de patrulla lejana de la Policía Federal.
»Las naves sobrantes de la 3.ª Flota, pasan a integrarse en la 1.ª, que se trasladara inmediatamente al área de operaciones de Jairo y se pondrá a las ordenes del general Esteban, que pasa a desempeñar definitivamente el rango de almirante.
»El general Opx, se trasladara inmediatamente con cuatro ejércitos a Jairo, y sustituirá al Bertil al frente del 3.º Grupo de Ejércitos. El general Torres queda al mando de todas las fuerzas en el Sector 25: replegara todas las posiciones de avanzada, se fortificara y aguantara todos los ataques enemigos contra Sigma Trumzely 5.
»En el área de Kalinao - Dreylhan - Taç Kefal, la cadena de mando queda como hasta ahora, pero vamos a paralizar las operaciones que teníamos en marcha. La general Aunie, deja de ser comandante del Cuerpo Espedicionario Kedar, y regresara de inmediato al Sector 73 donde las cosas están revueltas con los antiguos lideres étnicos. Posteriormente asignaremos un comandante para esa unidad.
»¡Señoras, señores!, hay mucho que hacer y poco tiempo. Lo primero y más urgente es la puesta en marcha del FDI, pero quiero que todo lo demás este resuelto en el plazo de quince días. Entonces, daré a conocer la segunda parte del plan. No puede haber retrasos. Cuanto más tiempo tardemos en poner en marcha la segunda parte, más expuesto estará el general Torres en Trumzely Prime. Señoras, señores, eso es todo: se levanta la sesión.
—¡En diez minutos, cada uno de ustedes recibirá los planes detallados, por línea protegida! —gritó Hirell para hacerse oír mientras todos se levantaban hablando entre sí—. Acusen recibo por favor.
Marisol recogía sus papeles cuando varios cancilleres, el presidente y algunos generales se arremolinaban en torno a ella.
—¡No creas que esto va a quedar así, niñata de mierda! —bramó el canciller de Maradonia— no voy a parar hasta conseguir que te destituyan, y entonces… ya ajustaremos cuentas.
—Lo espero ansiosa fascista de mierda, —contestó Marisol cogiendo del brazo a su general maradoniano que estaba dispuesto a saltar sobre el canciller. Varios cancilleres le sacaron rápidamente de la sala.
—¡Estaría bien que colaboraras! —dijo el presidente.
—¿Colaborar en qué? —respondió Marisol—. No puede haber termino medio con el fascismo: hay que atajarlo de raíz.
—Marisol tiene razón, —dijo el canciller de Numbar— y esto puede ser el principio.
—Sí, en algunos sistemas están creciendo las opciones populistas, y a la larga pueden servir de apoyo a Maradonia.
—No va a parar, —afirmó Marisol mirando al presidente— transigí en ampliar el batallón del Fénix por consejo suyo, y aunque no me arrepiento, ¿qué hemos conseguido?, que quiera más.
—Tienes razón, —dijo el padre de Anahis— tú mantente al margen y déjanos a nosotros torear este toro.
—De acuerdo, pero ese tipo de… personajes, son muy peligrosos, no lo olviden.

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