miércoles, 6 de septiembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 57)




Apoyada en un par de muletas, y en compañía de su inseparable Sarita, Marisol entró en el Centro de Mando provisional, del también provisional Cuartel General. Aunque las obras de reconstrucción marchaban a buen ritmo, todavía quedaba mucho para poder abandonar los pabellones prefabricados. Un aplauso atronador se desató en el mismo momento en que las dos amigas aparecieron por la puerta, todos se levantaron de sus puestos y se acercaron a saludarlas y besarlas. Marión, Hirell y Anahis salieron de sus despachos ante el tumulto, suponiendo lo que ocurría. Cuándo todo se tranquilizó y volvieron a sus ocupaciones, entraron en el despacho y Marisol se sentó tras la mesa, mientras Sarita ocupaba la suya.
—Estoy perra, no me apetece nada ponerme a revisar documentación, —dijo Marisol después de pensárselo unos segundos— y supongo que habrá una montaña.
—¿Y tú que te crees que hemos estado haciendo en tu ausencia? —saltó Marión frunciendo el ceño— ¿tocarnos la raja?
—Espero que no, y menos sin avisarme, —respondió riendo— ¡venga!, ponerme al día.
—En Nar y Dreylhan, todo está preparado para iniciar el avance hacia Cayely, solo esperan tus ordenes. Como habías previsto, el enemigo ha detectado nuestros movimientos y cree que nuestro objetivo es Faralia; está concentrando gran cantidad de tropas en el planeta mientras ha reforzado su presencia naval.
—¡Perfecto!
—Por el otro lado, las patrullas de vanguardia de Esteban están a diez años luz de Petara, mientras que por detrás, Opx, sigue el avance ocupando sistemas. Ni él, ni Esteban, quieren dejar bolsas en su retaguardia.
—¿Y el FDI?
—Muy bien, Bertil sabe lo que hace; continúan los ataques, pero ya hemos neutralizado tres, aunque no hemos podido cazarlos. Todavía quedan zonas por cubrir, y en los que el despliegue ya es una realidad, hay que ir ajustando.
—¿Y mi nueva gobernadora? Desde que la nombré no la he visto el pelo.
—Está muy liada y te aseguro que ella también quiere verte, pero…
—Si, ya sé, me teníais aislada. ¡No me habéis contado una mierda!
—No exageres, que no ha sido para tanto, ­—dijo Anahis en tono cariñoso— y si te hemos contado.
—Pero nada interesante.
—Loewen ha flipado cuándo ha conocido a los jefes étnicos kedar. Me ha dicho que te entiende cuándo dices que te gustaría retorcerles el pescuezo, —continuo Marión riendo—. De todas maneras, me ha dicho que en un par de días quiere pasar por aquí para hablar contigo, principalmente, sobre los refugiados bulban.
—¿Ha ocurrido algo con ellos? —preguntó Marisol.
—Con el grupito de Iris nada, pero es que ya tenemos más de seis mil, la mayor parte, hembras y niños.
—¿Y eso?
—Están llegando con cuentagotas, parece ser que las condiciones en la zona bulban se han endurecido mucho; los lideres están llamando a filas a soldados cada vez más jóvenes, incluso hembras, pero ya te informara Loewen más detalladamente.
—¿Y sobre el ataque?
—Sobre el ataque, mal asunto, —respondió Marión mientras se levantaba y cerraba la puerta del despacho—. Hirell se ha encargado de las investigaciones.
—Si mi señora, pero desgraciadamente tenemos muchas certezas y casi ninguna prueba.
—¡Pues entonces como si no tuviéramos nada! —exclamó Marisol haciendo un gesto de contrariedad—. Sigue investigando…
—No mi señora, ya no puedo seguir investigando: orden del presidente.
—Pero, ¿por qué?
—El presidente ha estado permanentemente al tanto de mis investigaciones: diariamente despachaba con él. Cuándo ha visto que no podíamos progresar sin infringir la ley, me ordenó transferir la investigación a la Policía Federal. Hay un grupo de investigación, a las ordenes de un capitán, que está trabajando aquí, en el Cuartel General.
—El presidente sabe que tu no estarías de acuerdo en traspasar la línea, —intervino Marión— y yo tampoco.
—¿Y el sí?
—No lo sabemos, —dijo Anahis— pero tienes que saber que está muy cabreado, y varios cancilleres también. No sé lo que puede pasar.
—Y el de Maradonia está descontrolado, —añadió Marión— está presionando a varios generales para que regresen a Maradonia y se pongan a sus ordenes…
—Tiene reclutas pero no tiene mandos.
—Exacto. Además, al capitán Camuxtil le ha ordenado tajantemente que regrese a Maradonia con la Tanatos y su grupo de batalla. Camuxtil se ha negado y le ha dicho que solo recibe ordenes de ti, pero está mañana me ha dicho que sus capitanes están recibiendo mucha presión y no está seguro de poder controlarlos a todos. Lo del general Cimuxtel es peor: el enfrentamiento entre ambos es total y está dispuesto a ir a Maradonia y pegarle dos tiros al canciller.
—Pues casi seria ideal, nos evitaría muchos problemas, —dijo Marisol con cierta ironía— ahora en serio: no voy a permitir que ese hijo de puta joda este ejército que nos ha costado tanto trabajo poner en pie, las tropas maradonianas son muy importantes. ¿Cimuxtel sigue en Dreylhan?
—Afirmativo.
—¿Y la Tanatos con Esteban?
—Sí.
—Pues entonces prepárame una nave…
—La nueva Fénix llega está tarde, —dijo Anahis— pasado mañana estará lista para partir. He supuesto que querrías mantener el nombre.
—Si, si, por supuesto. Pues primero a Dreylhan, a ver a Cimuxtel, y luego a encontrarme con Camuxtil. Habla con Loewen: si mañana no puede venir a verme, nos veremos en ruta.
—De acuerdo, pero ya te aviso, las medidas de seguridad se han reforzado, y te lo digo para que no te cabrees.
—¡Joder! ¿ya empezamos?
—Y no es negociable.

Por la tarde pasó a visitar a Iris y su grupo, en las semanas anteriores al ataque, había aprendido mucho sobre los bulban conversando con ella. Entró en la sala donde estaban dando clase y después de saludarlos se sentó en una silla con la ayuda de Iris.
—Siento no haber ido a visitarte pero no quería ponerte en un compromiso.
—No me pones en un compromiso.
—No dejó de ser el enemigo.
—¿Has tenido algún problema con los guardias…?
—No, no, no, todos son muy corteses y educados, sobre todo los profesores; no tenemos ninguna queja, —y sonriendo, algo que llamo la atención de Marisol, añadió—: incluso uno de los guardias trae caramelos para los niños.
—Es la primera vez que veo a un bulban sonreír.
—Pues… no sé que decir… supongo que es… ¿has visto a muchos bulban?
—A muchos, y todos han intentado matarme. Incluso alguno casi lo consigue, no creas.
—Lo siento, —dijo Iris bajando la vista.
—No, mujer, tranquila, —Marisol la apretó afectuosa el brazo—. Empiezo a darme cuenta de que todos los bulban no son iguales… al menos las hembras y los niños.
—A los machos los preparan para ser lo que son, y estos niños, si siguieran allí, terminarían siéndolo también.
—A vosotras también, y aun así, tuvisteis la valentía suficiente para escaparos y salvar a estos niños.
—Nosotras somos una minoría, un grupo de… putas escogidas para un grupo de pretores selectos, —dijo Iris con resentimiento—. Creo que tengo 29 años, y he hecho trece puestas, y no conozco al medio centenar de hijos que debo de tener por ahí.
—¿Por qué no me acompañas a dar un paseo? —la propuso levantándose con dificultad. Iris rápidamente la ayudo cogiéndola del brazo. Marisol activó su comunicador y dijo—. Teniente Driss, preséntate con cuatro escoltas de confianza en la puerta sur. Vamos a salir.
—En dos minutos estamos allí, mi señora.
—¡No corras tanto que voy a pata coja, joder!
—Entendido, esperaremos.
—¿Quieres salir conmigo al exterior? —preguntó Iris desconcertada— ¿crees que es apropiado?
—Quiero ver como reacciona la gente, pero solo si tú quieres.
—Pero, ¿saben que estamos aquí?
—Si, si, lo saben, los informativos lo difundieron ampliamente.
—Si quieres que lo haga lo haré.
—No, no es una obligación, tu decides.
—Bueno, pues vamos.
Un cuarto de hora más tarde, las dos llegaron a la puerta sur del palacio y a la teniente Driss casi le da un síncope.
—Mi señora, con el debido respeto…
—Primero respira y tranquilízate que te va a dar algo, —la interrumpió acariciándola el brazo con cariño— y segundo, los rifles a la espalda y nos seguís a distancia.
—¡Pero mi señora…!
—No insistas.
—Por lo menos permítame estar cerca.
—No es necesario Driss, yo las acompaño, —dijo Anahis que llegaba en ese momento—. ¿Te ibas de excursión sin avisarme?
—No es una expedición militar, es un paseo por los alrededores, —contestó y la dio un beso en los labios. Por la expresión de sorpresa de Iris, añadió—: ¿Conoces a mí pareja?
—Si, la conozco, —respondió con una inclinación de cabeza— pero… sois dos hembras, ¿es que acaso…?
—No, solo nos reproducimos entre machos y hembras, —la interrumpió Marisol mientras dejaba las muletas apoyadas en la pared y las cogía del brazo— pero somos libres para emparejarnos como queramos.
—General, no termino de entenderlo.
—Tiene que ver con el amor: yo estoy enamorada de Anahis, y ella de mi, así de simple, —mientras charlaban había salido al exterior y despacito caminaban hacia la gran plaza que se abría ante el Palacio Real.
—He oído ese termino antes, pero no sé que es amor.
—¡Bueno! Esa sí que es una buena pregunta, —dijo Anahis riendo— ¡Hala! Contesta mi amor.
—Pues algo misterioso e inexplicable, que me incita a querer estar junto a Anahis, no separarme de ella, y abrazarla y besarla sin descanso.
—Buena respuesta, no está mal, —Anahis la miró con una sonrisa para luego mirar a Iris— lo que tienes que separar es la reproducción, de las relaciones personales. Pueden estar unidas o no, tú decides. En nuestro caso, no podemos reproducirnos, porque somos dos hembras y porque además nuestras especies son incompatibles, pero hemos elegido libremente vivir juntas como pareja.
—Eso en mi mundo ni se plantea, —admitió Iris.
Cuándo salieron del recinto del Palacio, muchos viandantes se acercaron a saludar a Marisol y Anahis, a pesar de que al principio, la presencia de un bulban con ellas causaba cierto estupor. Llegaron a la terraza de una cafetería y se sentaron.
—¿Qué quieres tomar?
—¿Puedo tomar chocolate?
—Puedes tomar lo que quieras,—contestó Marisol— además, nos invita Anahis que no me he traído mi unidad de pagos.
—En la escuela nos han hablado de esto, pero no sé como funciona…
—Es muy sencillo, —dijo Anahis— yo soy general del ejército, es una profesión, y el estado me paga un sueldo, y con ese sueldo yo pago esto que nos vamos a tomar.
—El estado ingresa ese dinero en una cuenta, y mientras tengas fondos puedes comprar cosas pagando con la unidad de pagos, —Anahis enseño su mini disco— en el fondo es igual que lo que hacen los lideres con vosotros.
—¿No entiendo?
—Tu eras la concubina de un pretor, ¿cómo te premiaban los lideres por hacer eso?
—Me daban comida y un nicho en la colmena, aunque en mi caso vivía en una casa con el pretor.
—¿Y si no querías ser concubina?
—No me darían la tarjeta del dispensador de comida.
El comunicador de Anahis sonó y estuvo hablando unos segundos.
—Ha llegado Bertil, —dijo Anahis cortando la comunicación— le he dicho que estamos aquí.
—¿Le has hablado de Iris?
—No, no le he dicho nada.
—Pues puede ser interesante, —dijo Marisol arqueando las cejas mientras acariciaba a un niño que se había acercado para entregarla una flor mientras la madre les hacia una foto—. Iris, ¿has visto alguna vez a un kedar?
—Si, en el otro lado. Los que limpiaban la colmena donde vivía antes de que asignaran al pretor eran kedar, pero no podíamos hablar con ellos, estaba prohibido.
—Pues ahora si lo vas a hacer, viene uno a vernos y es uno de mis lugartenientes, además de un amigo.
Unos minutos después, vieron a Bertil que se aproximaba a ellas con una sonrisa en el rostro, sonrisa que se borró instantáneamente cuándo vio con quien estaban. Marisol se levantó para saludarle al igual que Anahis. Iris, al ver que se levantaban también lo hizo.
—Bertil, está es Iris. Iris, este es Bertil, es un kedar y es uno de mis principales colaboradores, —Bertil la miraba sin mover un músculo, hasta que finalmente su rostro crispado se fue relajando y lentamente la ofreció la mano sin perder la seriedad.
—Iris, es un saludo. Si quieres revolver el saludo, estréchale la mano, —sin pensárselo la estrecho y todos se sentaron de nuevo.
Durante casi una hora estuvieron conversando e Iris, y sobre todo Bertil, fueron entrando en ella. Finalmente, se levantaron y volvieron al Palacio para la cena.
Después de cenar, Marisol y Anahis estaban en la antigua habitación de la segunda, abrazadas y desnudas sobre la cama mientras se besuqueaban.
—Quiero que hagas algo por mí, —dijo Anahis— pero me tienes que prometer que lo vas a hacer.
—¿Y que es lo que tengo que hacer? —preguntó mosca.
—Me lo tienes que prometer antes de que te lo diga.
—Pero, ¿por qué?
—Porque si te lo digo no lo haces.
—¡Joder mi amor!
—Anda, “porfa”, hazlo por mí, —insistió mientras con la punta de la cola la acariciaba el trasero.
—No, que no me fío, que seguro que me lías alguna… ¡y deja quieta la cola!
—No soy yo, es ella sola, —dijo Anahis juguetona mientras con la cola seguía acariciándola— ¿qué te cuesta complacerme?
—¡Qué me huele a encerrona!
—Que no tonta, lo puedes hacer perfectamente, hazlo por mí anda.
—¡Que no!
—Anda “porfa”.
—¡Joder, Anahis, tía!
—Venga anda.
—¿Quieres dejar quieta la cola?
—Venga, no seas pesada, di que sí.
—¡Ah!, ¿soy yo la pesada?
—Solo tienes que decir que sí.
—¡Joder!
—Hazlo por mí, si me quieres di que si, —dijo Anahis poniéndose de rodillas sobre la cama con los brazos en jarra y el ceño disparado.
—¡Anahis, eres muy plasta cuándo te lo propones! Está bien, te lo prometo.
—¡Lo has prometido! —exclamó Anahis aplaudiendo y abalanzándose sobre ella para besuquearla.
—Dime por lo menos que es lo que te he prometido.
—Cuándo tengamos unos días libres, nos vamos a ir a Raissa, o a cualquier otro sitio y te vas a vestir como yo quiera: falditas, vestiditos y zapatos de tacón alto.
—¡No pienso vestirme como un putón!
—Me lo has prometido, ¡y no vas a ir como un putón! Siempre te veo, o desnuda, o con ropa militar… bueno, salvo en España que vas con ropa deportiva.
—Es que somos militares mi amor…
—Es que tú te pasas de militar tía, que veo a las compañeras del cuartel general, y cuándo salen de fiesta no llevan el uniforme, al contrario, van cañón, cañón.
—¡Bueno vale! —se rindió finalmente— ¡Pero no pienso pintarme las uñas de colores estrafalarios!
—Vale, las uñas no.
—¡Ni el pelo!
—¡Cállate que ya estás hablando de más! —y juntó sus labios con los de Marisol impidiéndola seguir refunfuñando, mientras su cola seguía jugando con el trasero de Marisol.



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