miércoles, 20 de septiembre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 61)



Hirell la abrazaba mientras Marión, al borde del delirio le rodeaba con sus piernas. Desde que acompaño a Marisol a la inesperada campaña en Kalinao, hacia ya casi tres meses, no había podido estrecharla entre sus brazos.
—Le voy a prohibir a Marisol que te lleve de correrías inesperadas, —afirmó Marión besuqueándole.
—No te quejes, que el nuevo reglamento lo redactaste tú, y en él, dice claramente…
—Lo voy a reformar, debía estar gilipollas cuándo lo redacte.
—De todas maneras, lo de Kalinao fue algo inesperado, como tu bien dices.
—Ya, pero yo he estado tres meses sin esto, —dijo cogiéndole la polla.
—Y yo sin ti mi amor.



La normalidad había vuelto a la actividad cotidiana de Marisol, cuándo J.J. apareció en la puerta de su despacho y golpeó con los nudillos en el quicio de la puerta.
—¿Da su permiso mi señora?
—¿Cuándo has llegado? —respondió Marisol levantándose de la mesa para abrazar a su amigo— estabas desaparecido.
—Acuérdate que ahora soy un espía y, en ocasiones, tengo que desaparecer para llevar a cabo mis actividades secretas, misteriosas e inconfesables.
—¡Qué morro tienes! A saber donde habrás estado.
—Trabajando duro nena, trabajando duro.
—¡Ya!
—Tengo algo para ti, —dijo J. J. llamando a Marión y cerrando la puerta— no he querido transmitirlo por los canales habituales —añadió después de besar a Marión— te veo resplandeciente.
—Sí, desde que Hirell está aquí, —bromeo Marisol— ¿por qué será?
—No sé, pero esta igual de resplandeciente que tú.
—Bueno, dime, ¿de qué se trata? —dijo Marisol cambiando apresuradamente de tema.
—Tenemos la localización de una pequeña base corsaria…
—¡Joder, por fin! ¿dónde están esos cabrones?
—¡Calma, fiera! Ya te he dicho que es pequeña, no es la base principal, más bien parece una estación de aprovisionamiento.
—Me da igual, la quiero.
—Pero no quiero que te la cargues, la tenemos monitorizada, y necesitamos acceder a sus equipos para rastrear sus comunicaciones.
—¡De acuerdo! Pero luego me la cargo.
—¡Venga vale!
—Sarita, que se prepare el Fénix y que embarque un escuadrón de fuerzas especiales. Avisa a Bertil de que vamos a su encuentro, pero no le digas de que se trata.
—De acuerdo.
—¿Te llevas a Hirell? —preguntó Marión.
—No, tranquila, no sufras, me voy con Anahis.



Unas horas después, se reunieron con Bertil y todo el operativo se puso en marcha. Con los equipos electrónicos instalados por J. J. la actividad de la base corsaria estaba constantemente controlada. La instalación estaba oculta en una luna de ambiente desértico, de un planeta gigante gaseoso, en un sistema del Sector 15, y consistía en una gran cúpula que techaba un antiguo y enorme cañón fluvial, que había sigo cubierta con rocas y tierra, para ocultarlo. Dos secciones de fuerzas especiales, aterrizaron a última hora de la tarde a diez kilómetros de la base, donde varias naves corsarias estaban siendo abastecidas. Esa mañana, una nave de aprovisionamiento había estado descargando suministros y, mientras ascendía para salir de la luna, había sido marcada para poder seguirla en su viaje, donde fuera que se dirigiera. A las tres de la madrugada comenzó el ataque por los dos extremos del cañón. Las fuerzas especiales, provistas de gafas de visión nocturna, desconectaron los generadores de energía sumiendo en la oscuridad a toda la instalación y volaron las antenas de comunicaciones. Instantes después, el Fénix aterrizó en las inmediaciones y su infantería se unió al ataque con Bertil al frente. Desde el centro de mando, Marisol y Anahis, asistían a la operación terrestre sin intervenir en el liderazgo de Bertil. J. J., con un grupo especial de Inteligencia, participaba también en el ataque para acceder lo antes posible a los equipos informáticos. La batalla fue intensa al principio, pero la abrumadora presencia federal decantó rápidamente la balanza de su lado: el medio millar de bulban, entre tripulantes y soldados, presentes en la instalación, no tuvieron nada que hacer. Cuándo todo estuvo controlado, Marisol, acompañada por su inseparable Sarita, entraron en la instalación, mientras Anahis se quedaba en el centro de Mando.
—Mi señora, la base está controlada, —informó Bertil cuándo se encontraron— J. J. ya está trabajando en el centro de mando, en las dársenas hay seis naves corsarias y hemos hecho 56 prisioneros. Tenemos siete soldados muertos y medio centenar de heridos.
—Muy bien Bertil, buen trabajo. Saca esas naves de aquí, te pueden ser útiles para el FDI, a los prisioneros que los interrogue Inteligencia y luego a un campo de detención, —y mirando detenidamente alrededor, añadió—: ¿te has dado cuenta de que en está instalación casi no hay tecnología bulban?
—Sí mi señora, voy a ordenar un estudio de ingeniería, pero claramente aquí hay componentes maradonianos, —dijo Bertil señalando unos tabiques prefabricados de manufactura militar—. Vamos a rastrear el número de serie, pero apostaría que…
—Lleva este asunto con discreción y con gente de confianza, —le interrumpió bajando la voz—. A última hora de hoy quiero respuestas.
—Y con está instalación, ¿qué quieres hacer?
—No nos sirve para nada, y no quiero mantener un destacamento aquí. Cuándo J. J. y tú, hayáis acabado, destrúyelo todo, que no quede nada, —contestó mientras sonaba el comunicador y Sara contestaba.
—El presidente, —dijo entregándola el comunicador.
—Buenos días señor presidente… sí, todo ha ido bien… ya estamos trabajando en el interior… es pronto todavía… está tarde le llamo, pero por lo pronto aquí podemos encontrar muchas respuestas… de acuerdo señor presidente, hablamos, —y cortando la comunicación, añadió—: quiero ese informe está tarde, y métele prisa a J. J., aunque no han podido enviar ningún mensaje, si están mucho tiempo sin poder comunicar, se mosquearan.
—¿Mosquearan?, ¿que es eso?
—Que sospecharan.
—¡Ah, vale!
—Cuándo tengamos a bordo a los heridos y me entreguéis los informes preliminares, salimos para Mandoria.
—De acuerdo.



A media tarde, madrugada en Edyrme, Marisol comunicó desde el Fénix con el presidente Fiakro.
—¿Sigues allí, o ya has partido?
—Acabamos de partir señor presidente.
—¿Cómo están los heridos?
— Bien, bien, no hay casos graves.
—¡Genial!, ¿qué habéis descubierto?
—La estructura principal de la base está construida con materiales federales, más concretamente con paneles de construcción del Cuerpo de Ingenieros, los generadores de energía también son nuestros, aunque no militares; los números de fabricación pertenecen a Maradonia.
—Parece que cada vez está más clara la implicación del canciller.
—Yo la tengo muy clara, pero todavía no tenemos pruebas concluyentes; hay que esperar a que J. J. descifre los computadores.
—¿Están codificados?
—Sí, y eso es nuevo, nunca lo habían hecho, pero ya le puedo decir que el sistema de codificación en nuestro, aunque demostrar el origen es otra historia.
—¿A que te refieres?
—A que lo pueden haber adquirido directamente durante la guerra y las batallas que hemos perdido, como las naves que hemos apresado aquí. Un ingeniero maradoniano lo habría hecho mejor.
—¡Vale! Envíame lo que tengas.
—Un oficial de confianza ya ha salido hacia Edyrme, no quiero utilizar los canales subespaciales.
—¿Tu que vas a hacer?
—Voy a Mandoria a dejar a los heridos y partimos inmediatamente hacia Petara: quiero estar cerca cuándo caiga.
—¡Cuidadito con lo que haces!, que tú te lías la manta a la cabeza y te montas una batalla por tu cuenta.
—No exagere señor presidente. ¿Cuándo he hecho yo eso?



Ataviada con uniforme de campaña y su espada a la espalda, Marisol, seguida por Anahis, Sara y una unidad de escolta, descendió del Fénix que había aterrizado en las inmediaciones del centro de mando de Opx en Petara. El revuelo fue considerable entre la tropa, que no esperaba que la comandante en jefe apareciera por allí sin que la batalla hubiera concluido.
—¡Atención!, —vocifero un oficial cuándo la vio aparecer en el centro de mando. Todos se cuadraron salvo Opx, que rápidamente se dirigió a su encuentro con los brazos abiertos.
—¡Continúen con sus obligaciones! —dijo antes de fundirse en un fraternal abrazo con él. Después, saludo uno a uno a sus más directos colaboradores mientras Opx besaba a Anahis y Sara.
—¿Cómo es que te ha dejado el presidente venir aquí? —preguntó Opx con su perenne sonrisa.
—Creo que ya la ha dejado por imposible, —respondió Anahis y todos rieron mientras Marisol se encogía de hombros.
—¿Cómo van las cosas?
—Mejor de lo que esperábamos, —respondió Opx inclinándose sobre el mapa que estaba desplegado sobre la mesa. Minuciosamente la explico el curso de las operaciones.
—Perfecto, —dijo apretándole el brazo afectuosamente cuándo termino las explicaciones—. ¿dónde tienes a mi mosca cojonera?
—Oriyan dirige el Grupo de Ejércitos del Norte.
—Donde se centra toda la actividad en estos momentos.
—Así es. Ya sabes que no puede estarse quieta. En un par de horas iba a ir a visitarla, ¿te apuntas?
—Por supuesto, ya sabes que no puedo estar mucho tiempo sin que me toque las narices, —y cogiéndole del brazo para hacer un aparte con él, añadió bajando la voz—: Tienes varias divisiones enteramente maradonianas, cuándo está operación concluya, quiero que formes con ellas dos o tres cuerpos de ejército, y las mandes a Dreylhan.
—Veo que las cosas están empeorando con ese cabrón.
—Sí, y un enfrentamiento militar va a ser inevitable.



El frente norte, discurría próximo a las antiguas ruinas de la capital, abandonadas cuatrocientos años antes, tras la derrota de la coalición corsaria en Manixa, a manos de Matilda. La llegada de Marisol, y su comitiva, provocó un revuelo considerable en el Centro de Mando Avanzado de Oriyan, instalado en el salón de un palacio medio derruido.
—Me alborotas el gallinero, Marisol, —dijo Oriyan después de abrazarse afectuosamente con ella.
—Si quieres me voy, —bromeó la aludida.
—No digas tonterías, ¿cómo voy a querer que te vayas? —afirmó Oriyan saludando al resto de la comitiva.
—Quería hablar contigo personalmente para aclarar las cosas…
—¿Qué hay que aclarar? ¿qué estoy otra vez a las ordenes de Opx?
—Más o menos. Puedes pensar que es una rebaja de…
—Comprendo que hay que unificar los dos ejércitos de cara a está operación, o a futuras operaciones, —la interrumpió otra vez—. Empecé está guerra a sus ordenes, en Karahoz, ¿recuerdas?, nos rescataste cuándo no teníamos esperanzas de sobrevivir. Yo siempre estaré a las ordenes de mi señor Opx… y al tuyo, por supuesto.
—¿Cuándo vas a dejarme terminar las frases? Hablar contigo es agotador y frustrante.
—No te enfades conmigo, ya me conoces. Ven, quiero enseñarte algo que te va a gustar, —y cogiéndola del brazo, tiro de ella y salieron al exterior—. ¿Qué sabes de la campaña de Matilda, aquí, en el Sector Oscuro?
—Todo, ¿qué quieres saber? —bromeó Marisol.
—No creo que tú sepas más que yo, —dijo Oriyan arrogante, provocando la hilaridad de los demás.
—¡Joder! Estás sobradita, ¡eh!
—En esto si, —afirmó entrando a través de un montón de escombros por un caótico y fortuito pasadizo—. Ten cuidado, no te ensucies el uniforme.
—¿Vas a estar tocándome las narices todo el tiempo?
—Pues la verdad, sí, es la idea, —dijo saliendo al exterior a una gran explanada ovalada, rodeada de derruidos graderíos—. ¿Lo reconoces?
—¡Hostias! ¿Es lo que creo que es?
—Afirmativo: lo es.
—¡Vale!, ¿qué cojones es esto? —preguntó Anahis.
—¡Joder nena! Tú deberías saberlo: en Mandoria lo sabéis todo sobre la Princesa Súm.
—Pues no tengo ni puta idea.
—En este anfiteatro, ella y Matilda se enfrentaron a dos monstruos horribles y asquerosos. La Princesa terminó herida de gravedad y posteriormente, el Tharsis destruyó este anfiteatro con su artillería.
—¡Ah sí! Ya recuerdo. 
(«¡Joder, que flipe! —Marisol se separó del grupo una veintena de metros inmersa en sus pensamientos. Se agachó y cogió un puñado de arena, dejando que se escapara entre sus dedos—. Este es uno de esos sitios que pudieron cambiar el resultado final de la guerra. ¿Qué habría ocurrido si la Princesa Súm hubiera muerto en este anfiteatro? Matilda habría tenido que encarar ella sola la dirección de la guerra, y esta, se habría alargado con un resultado incierto. Aquí se respira heroísmo y valentía.»)
Mientras su mente divagaba, los demás la miraban sin interrumpirla. En ese momento llegaron los generales Esteban, Cimuxtel y Pulqueria, que se unieron al grupo y vieron con extrañeza a Marisol, con una rodilla en tierra jugueteando con la arena.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pulqueria una vez que se saludaron todos.
—No sabría decirte, —respondió Oriyan— lleva ya un rato así.
—Lo que ocurre es que es posible que estemos presenciando uno de esos momentos importantes de la guerra, —intervino Sara provocando el estupor de todos los demás: jamás intervenía en los planes de guerra, ni comentaba lo más mínimo, no era su función, pero algo era seguro: ella, era la persona que mejor conocía a Marisol, incluso más que Anahis— uno de esos momentos que luego se enseñan en los libros de historia.
Nadie dijo nada, no hubo el más mínimo comentario. En silencio, vieron como se incorporaba y paseaba revolviendo la arena con las botas levantando pequeñas nubes de polvo. Se sacó un pañuelo del bolsillo, deposito un puñado de arena en él, y lo cerro haciendo un nudo. Mientras lo hacia y lo guardaba en el bolsillo, se encaminó hacia su grupo de acompañantes que la esperaban expectantes.
—¿Cuánto tendréis controlado el planeta? —preguntó a Opx después de besar a Esteban, Pulqueria y Cimuxtel.
—En cuatro o cinco días las vanguardias de Oriyan y Drazem se encontraran. Después, solo quedaran grupos residuales.
—¿Cuándo comenzamos el avance a Faralia? —preguntó Pulqueria.
—No vamos a Faralia, —respondió levantando la mano para parar la protesta de Oriyan, a la que dolía que no se liberara su patria—. Sé, que es lo que todos esperabais, también el enemigo, por eso está amontonando tropas allí.
—¿Entonces? —preguntó Cimuxtel.
—Esa estructura de ahí debía de ser la tribuna de autoridades. —dijo Marisol señalando un gran amontonamiento de escombros, de donde sobresalían restos de columnas. Señalando en otra dirección, continuo— entonces, en ese muro de ahí, se apoyó la Princesa para impulsarse con un pie, y gravemente herida, matar al monstruo clavándole sus dos espadas mandorianas. Hizo algo inesperado, algo que pilló por sorpresa a los petaranos, y sobre todo, al cabrón del bicho. Desde aquí, Matilda se dirigió a Karahoz e Hirios 5, al monasterio de Akhysar. Nosotros iremos directamente a Akhysar, —todos guardaron silencio mientras Marisol se aproximaba a Oriyan y acariciaba sus mejillas con las manos—. Te prometo, que tú dirigirás la campaña de Faralia, pero el ataque final es mío.
—De acuerdo.

Un par de días después, en el Fénix, Marisol, recién duchada, esperaba desnuda la llegada de Anahis.
—¿Estás visible mi amor? —dijo cuándo llego— tenemos visita.
Renegando, se puso la vaporosa bata de Anahis, de color rosa.
 —A mi señora le sienta bien ese color, —dijo riendo la teniente Driss, uno de los oficiales que se ocupaban de su seguridad.
—¡No es mío! Es de Anahis… y no te rías.
—A la orden mi señora, —respondió saludando militarmente con la mano libre; con la otra, sostenía una caja de madera, un cofre bellamente decorado con relieves mandorianos.
—¿Qué es eso? —preguntó señalando el cofre.
—Es un regalo para usted de su equipo de escoltas mi señora, —respondió entregando el cofre.
—¡Oh! Muchas gracias, Driss, de verdad, pero no deberíais haberos molestado —exclamó Marisol visiblemente emocionada. Abrió el cobre y se quedó desconcertada cuándo vio la piedra que había dentro—. Es una piedra muy… bonita. ¿De que te ríes? —preguntó viendo como Anahis se partía de la risa.
—De lo boba que eres.
—No mi señora, déjeme explicarlo, por favor, —intervino Driss riendo también—. El otro día, cuándo visitó el anfiteatro, nos fijamos cuándo señalo el muro donde afirmó que se había apoyado la Princesa Súm. Varios de los muchachos, regresamos más tarde y buscamos restos de ADN de la Princesa, y los encontramos.
—¿Está piedra tiene restos del ADN de la Princesa?
—Más que eso, esas manchas oscuras son de su sangre.
—Pero, ¿cómo es posible?
—Recuerda, que después de los combates contra los monstruos, —intervino Anahis— Matilda, destruyo el anfiteatro. No se ha vuelto a utilizar desde entonces.
—Y según los estudios que hemos realizado, en ese muro nunca da el sol.
—Muchas gracias Driss, mañana lo haré extensivo al resto del equipo, —y diciendo esto, cerro el cobre, paso el brazo por los hombros de la teniente y la dio dos besos.
Driss abandonó el camarote mientras Marisol se sentaba en el sofá con el cofre sobre las piernas; lo abrió, y con la yema de los dedos acarició con devoción la piedra.
—Sabía que te iba a gustar.
—¿Lo sabias?
—Sí, Driss me lo comento: quería saber si era apropiado. La dije que sí, por supuesto. Y después, llame a mi padre y le dije lo que habían descubierto.
—¿Y que dijo? Habrá «flipao».
—¡Ya te digo! Ha enviado a un grupo de arqueólogos para que se lleven ese trozo del muro y todo lo que encuentren, para el museo de la Princesa.
—¡Joder! Si no hay más, que se quede con está piedra…
—Tranquila, que hay bastante, —la interrumpió sonriendo, y añadió—: te sienta bien el rosa.
—¡No fastidies!
—Sí, te voy a regalar un camisón «tipo imperio» de los que usaban las concubinas en tiempos de la corte imperial.
—¡No jodas! ¿Cómo eran?
—Transparentes.



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