domingo, 8 de octubre de 2017

Desafío de galaxias (capitulo 66)




Oriyan llegó por la tarde como había anunciado, e inmediatamente entró en el despacho de Marisol. Acompañada por Marión, saludó a Hirell y Anahis, que en ese momento trabajaban en los aspectos tácticos con la ayuda de Sarita.
—¡Hombre, por fin! Mi «tocahuevos» favorita, —exclamó Marisol con una sonrisa levantándose de la mesa.
—¡Joder! Pues empezamos bien, —respondió dándola dos besos.
­—¿Cómo van las cosas en el Ejército de Liberación de Faralia?
—Muy bien, todas las unidades están preparadas para entrar en acción cuándo lo ordenes. Te he estado mandando informes…
—Lo sé, lo sé, pero me gusta que me lo cuentes tú. ¿Has traído las ordenes que te di?
—Si, claro, aquí las tengo, —respondió abriendo su bandolera y sacando una tableta.
—Siéntate en la mesa de Sarita y actívalo, —dijo mientras Sarita se levantaba, de una estantería cogía un emisor de mapa holográfico que ponía sobre la mesa activándolo, y a continuación, se dirigía a la puerta y la cerraba.
—Me lo se de memoria, —dijo arrogante Oriyan, pero, aun así, activó el dispositivo la tableta.
—Estoy por asegurar que no, —las palabras de Marisol arrancaron una sonrisa en Sarita mientras los demás las miraban interesadas— es más, me apuesto contigo lo que quieras.
—Una mierda, no me apuesto contigo nada, —dijo con la mosca detrás de la oreja mientras miraba el dispositivo.
—¡Cobarde! —exclamó Marisol riendo— ¡anda!, en el buscador teclea una clave.
—¿Una clave?, ¿qué clave?
—«Oriyan es una mosca cojonera»
—¿¡Pero que mierda de clave es esa!? —exclamó Oriyan mientras los demás reían a carcajadas.
—Pues una como cualquier otra, ¿no te mola?
Con aire de resignación, tecleó la clave en el buscador de la tableta y un archivo oculto de activó. Lo abrió, se quedo estudiándolo con atención, buscaba datos en el holomapa y regresaba a la tableta.
—¡Vale!, —dijo finalmente— ¿desde cuándo está este archivo en la tableta?
—¡Coño! Desde que te la di, —y ante la cara enfurruñada de Oriyan, añadió—: pregúntale a Sarita, ella me ayudo a preparar esa tableta, —Sarita asintió.
—¡La madre que te parió! En fin, entiendo que quieres que ataque…
—¡No! quiero que dispongas las tropas para un ataque rápido, pero según ese diseño, y cuándo yo te lo diga, no antes.
—Contra Zoltan Tedra, ¿Qué cojones hay en Zoltan Tedra? Es la primera vez que oigo ese nombre.
—Que yo sepa nada, pero, intuyo, que puede ser la llave de Faralia.
—¿De qué manera? —preguntó Oriyan operando en la terminal de datos de la mesa de Sarita— en los informes de inteligencia no veo ninguna referencia a Zoltan Tedra.
—Cuándo desarrollé los planes de operaciones contra Hirios 5, había previsto la posibilidad de un contraataque enemigo en pinza contra Petara. Mientras que desde la zona de Manixa e incluso el propio Hirios 5, el ataque podría venir por cualquier lado, como así ha sido, desde Faralia la cosa estaba clara.
—Estará clara para ti, ¡no te jode! —apuntó Marión que se había sentado junto a Oriyan y estudiaba también el mapa.
—Tenéis que tener en cuenta una cosa: ellos saben, que nosotros sabemos, lo que ellos saben, sobre lo que sabemos.
—¿Pero que mierda es esa? —saltó Anahis.
—Yo me he perdido en el segundo «saben» —bromeó Hirell.
—¡A ver!, no seáis borricos. Si hay una cosa que hace tiempo que ha quedado clara, es que el líder, el pretor máximo, no es gilipollas. Él sabe que nosotros sabemos que va a contraatacar, por eso, estoy segura de que ha desechado el camino lógico para ese contraataque, que seria a través del Grupo Estelar de Gamma Rigaal. Por lo tanto, ¿por dónde lo haría? —Marisol se había levantado, aproximándose al mapa grande que había activado Sarita y que ocupaba parte del lateral del despacho—, tiene dos posibilidades: una por esta área, pero se mete en una maraña de sistemas con pocos recursos, principalmente agua, y que le obligaría a realizar muchos desembarcos, con mucho apoyo logístico: demasiados para una acción rápida. Además, ya no está en disposición de malgastar tropas. La otra posibilidad es Zoltan Tedra: si lo ocupa, puede establecer un punto de partida sólido desde donde, no solo atacar Petara, también hostigar todo el despliegue de retaguardia en nuestro avance hacia Hirios 5.
—¿Y por qué no lo ocupamos ya? —preguntó Hirell— se acabaría el problema.
—Porque quieres algo más, ¿no es así? —dijo Oriyan con admiración.
—Quiero que el pretor estacione sus tropas es Zoltan Tedra, y quiero que las destroces. Bertil te ayudara con parte de las naves del FDI.
—¿Y después?
—¿Después? Próxima Tambedris, —la respuesta dibujó una amplia sonrisa en el rostro de Oriyan. Próxima Tambedris pertenecía a la República de Faralia, y desde allí, se puede iniciar la ofensiva final.
—Cuándo caiga Faralia… —comenzó a decir Marión.
—Faralia no caerá hasta el final de la guerra, la batalla final se producirá allí, y es mía.
—Para mí, seria un honor estar a tu lado, —afirmó Oriyan.
—Por supuesto, estarás.
—Como todos nosotros, —afirmó Hirell.
—Por supuesto.
—De todas maneras, a ver si me entero: las operaciones contra Hirios 5 son una distracción y el ataque principal es contra Faralia.
—No, no, no. En el plazo previsto tenemos que estar en Hirios 5, y sin falta. Sí, o sí. Tened en cuenta, que no sabemos que está haciendo el enemigo en Magallanes, no tenemos ni puta idea, pero hay una posibilidad, hipotética, pero posible, de que vuelvan a abrir el corredor. No podemos correr riesgos, seria catastrófico para nosotros. Eso no quita, para que aprovechemos y nos coloquemos en mejor situación de cara al asalto final a Faralia, que ya os lo digo, el asalto de Matilda a la capital imperial, a Axos, hace 400 años, es un juego de niños al lado de lo que se avecina.
—¿Y por qué no nos has dicho nada hasta ahora? —preguntó Marión.
—Eso no es exacto, —respondió evasiva— Sarita si lo sabía.
—¡Nos ha jodido! Es tu ayudante de campo, o sea, tu secretaria.
—Mirad chicos, no voy a permitir nuevos enfrentamientos entre nosotros porque tengamos criterios distintos. Por eso, ya no pido opiniones. Por otro lado, cuanto más gente lo sepa, más posibilidades hay de que se produzca una filtración.
—¡Vale! Me has convencido, —dijo Oriyan— Sarita, ¿me dejas tu mesa un rato mientras me organizo todo esto?
—Todo lo que quieras, no te preocupes.
—Necesito una unidad de almacenamiento.
—¿10 exabytes, o más? —preguntó Sarita sacando uno del armario.
—No, no, con ese de sobra, —cogiéndolo y después de acoplarlo en la tableta, se puso a trabajar.



Hirell y Marión, entraron en sus aposentos del Cuartel General cogidos por la cintura, mientras se besuqueaban. Se despojaron de los uniformes y se ducharon juntos, como siempre que tenían oportunidad. A Hirell le encantaba pasar la esponja por el cuerpo de Marión, enjabonarla la espalda, los pechos, todo.
—¿Qué te parece el próximo viaje de Marisol? —preguntó Hirell cuándo por fin terminaron de ducharse y la ayudaba a secarse.
—¿Qué viaje? —preguntó Marión con extrañeza—. No se nada.
—¿No te lo ha dicho? Va a Konark a ver a la reverenda madre.
—Si va a Konark es para verla a ella… ¡O, Dios mío! Y a montarla en esa maquina infernal de cuatro ruedas que tanto le gusta, —cogió su comunicador y llamó a Marisol.
»Dime cariño.
—¿Cómo es que vas a Konark y no me dices nada?
»Porque lo he decidido a última hora y no te he visto; hasta pasado mañana no me voy, te lo iba a decir mañana. ¿Qué te pasa?
—¡Me voy contigo, y no me vengas con chorradas!
»Ya lo había pensado, además, he quedado con Loewen allí, y con Pulqueria y Bertil.
—¡Ah! Vale.
»¿Se puede saber que te pasa?, porque a estás horas Hirell ya te habrá echado el primero.
—No empieces que no estoy para fiestas, y no me pasa nada, es que pensaba que te ibas sin mí. Nada más.
»Pásame a Hirell que le voy a decir que te eché otro rápidamente, que te hace falta.
—¡Ja, ja, ja! Una leche te voy a pasar a Hirell. Hasta mañana.
»Vale, hasta mañana.
—Mi amor, ¿se te ha ido la pinza? —dijo Hirell muy serio—. Si me hubieras dejado, te lo habría dicho yo, y no le hubieras dado la bronca a Marisol.
—¡Joder nene! es que pensaba que se iba en secreto. Perdóname mi amor.
—No tengo nada que perdonar, pero llevas una temporada que estás muy irritable, y me gustaría saber por qué.
—No me pasa nada.
—¡Bueno vale! Lo que tú digas, —Hirell, visiblemente molesto, se puso los pantalones—. Venga, vístete y vamos a cenar.
—¡No tengo ganas de cenar! —exclamó mohína.
—Muy bien. ¿Quieres que te traiga algo? —Marión no contestó e Hirell salio hacia en comedor.



Cuándo Hirell entró en el comedor, vio a Marisol y Anahis sentadas en una mesa, cenando y hablando de sus cosas. Cogió una ensalada y agua del autoservicio y se acercó a ellas.
—Marisol, siento lo que ha pasado… —comenzó a decir mientras de pie, sujetaba la bandeja.
—No tienes de que disculparte, —le interrumpió Marisol dando unos golpecitos sobre la mesa para que se sentara—. ¿Vienes tu solo?
—Sí, sí, no ha querido venir. Casi es mejor así.
—No creas qué no me doy cuenta de que Marión lleva una temporada que está muy rara, —dijo Marisol cogiéndole la mano, y bajando la voz, preguntó—: ¿no será que no le das caña lo suficiente?
—¡No seas burra! —la reprendió Anahis.
—No, no, Marisol no, el problema no es ese, te lo aseguro, —se quedó pensativo, y después de una pausa añadió bajando la voz—: lo acabamos de hacer, y os aseguro que disfruta, pero es terminar y salta con cualquier gilipollez, como ha pasado ahora… ni siquiera me ha dejado explicarla nada.
—No te preocupes, —dijo Anahis dándole palmaditas cariñosas en la mano— si hay alguien capaz de meterse en el coco de Marión, es la reverenda madre.
—Sí, sí, ya veras como la deja como una malva.
—Espero que sea verdad, —el tono triste de Hirell era evidente— porque, yo ya no sé que hacer.
—Tranquilo, en Konark se solucionara, mientras tanto no la agobies, déjala tranquila.
—No sé que tienes pensado, pero creo que es mejor que yo no vaya.
—Sí, creo que tienes razón. Vale, así le echas una mano a Anahis.
—¿Y vas a sobrevivir? —preguntó Anahis riendo.
—¿A que te refieres?
—Marión, Loewen y la reverenda madre: vas a estar rodeada de monjas.
—Y las de allí, que hay un montón.
—Y dos guerreros místicos.
—¡Menuda fiesta! Me lo voy a pasar «pipa».
—Procura no quedarte de clausura, —dijo Anahis riendo y arrancando una sonrisa a Hirell.
—Eso puede ser el final del monasterio, —añadió Hirell.
—No voy a permitir que eso ocurra.



El Fénix había aterrizado en una explanada a seis o siete kilómetros del monasterio. Siempre lo hacia allí, para no importunar la vida cotidiana del monasterio debido a las enormes dimensiones de la nave. Hacia mucho tiempo que no se reunían todos los que tenían algo que ver con el monasterio de Konark y que en un momento u otro, había salido de él para participar en la guerra al lado de Marisol: Loewen, Marión, Pulqueria y Bertil, y la anfitriona, la reverenda madre. También un buen número de religiosos que ahora eran generales o capitanes de flota.
Mientras tanto, la guerra continuaba, y las operaciones de la ofensiva sobre Hirios 5 se reanudaron. Desde Petara, Oriyan había desplegado sus fuerzas conforme a las ordenes de Marisol, y esperaba agazapada el siguiente movimiento del pretor bulban.


El vehículo de cuatro ruedas de Marisol, avanzaba veloz alumbrándose con sus potentes focos que rasgaban la noche. Los motores eléctricos del boogie se esforzaban en subir la larga cuesta que conducía a la cima del cerro, desde donde, según la reverenda madre, se veía un amanecer espectacular. Una vez arriba, bajaron del vehículo y se sentaron en unas piedras.
—Necesito que me haga un favor, reverenda madre.
—Dime hijita, sabes que si está en mi mano…
—No le va a gustar, tiene que salir de aquí.
—Nunca he salido de Konark, incluso nací en el monasterio.
—Lo sé, lo sé, pero necesito que vaya a Viridis Zavhan, al Sector 73.
—¿Al nuevo mundo kedar?
—Así es. Aunie tiene muchos problemas con los lideres étnicos y religiosos que no aceptan la implantación de las leyes federales, porque pierden todo su poder.
—Entiendo, y ¿en qué puedo yo ayudar?
—Ya sabe que Marión, cuándo visito Magallanes, detectó una gran relación entre la religión mística y la kedar…
—Lo sé.
—…por eso, he pensado que estaría bien que usted haga una visita a Aunie y la apoyé. Ella está haciendo un trabajo fantástico, es necesario que los kedar se integren con pleno derecho en la república. A pesar de todo lo que han sufrido en Magallanes, hay más de un millón de kedar combatiendo en el ejército federal.
—No te preocupes hijita, hablaré con Loewen para que me organice la visita, y si tengo que darles un puntapié en el trasero, no lo dudes que lo haré, —la expresión hizo reír a Marisol que la abrazó besuqueándola—. ¡Por Dios! Con el tiempo que hacia que no venias a verme, no recordaba lo besucona que eres.
—Otra cosita.
—¿Más?, qué quieres ahora ¿que monte en moto?
—Pues tengo una.
—¡Qué interesante.
—Ni lo piense, si la monto en una moto, a Marión le da algo, y también a Loewen, seguro: a las dos.
—¡Son unas aguafiestas!
—Bueno, a lo que vamos; en este viaje he traído a alguien muy especial…
—¿No será cierta periodista bulban?
—Así es, reverenda madre, a Iris.
—¿Y donde está que no la he visto?
—Está en el Fénix. Está un poco cohibida, comprende la importancia de su figura y está indecisa; de hecho, casi ha venido obligada.
—Pues eso no está bien hijita, —la reprendió cariñosamente— quiero verla inmediatamente.
—Loewen ha descubierto que hay una pequeña comunidad mística… bulban, en uno de campamentos de refugiados.
—¿Y como es posible?
—Cree que debido al contacto de tantos siglos con los esclavos kedar, algunos bulban se impregnaron de su religión.
—Y quieres que visite los campos de refugiados.
—Así es, pero primero hay que ver que opina Loewen, ni siquiera lo he hablado con ella.
—No te preocupes, visitaré los campos: yo lo hablo con ella. ¿Alguna misión más mi general? —preguntó la reverenda madre saludando militarmente
—Sí, quiero que hable con Marión, está insoportable desde que anuncie que el objetivo de la ofensiva era Hirios 5.
—Akhysar. Sí, posiblemente sea un problema. Ya he hablado con Loewen sobre ese asunto, sobre el monasterio me refiero. Mira Marisol, la abadesa titular del monasterio sigue siendo Marión, aunque no haya renovado los votos. Queremos poner otra vez en funcionamiento el monasterio, y que recupere el esplendor que tenía en tiempos de Marión, y si ella no lo reclama, seria Loewen la nueva abadesa. Sabes que cuándo acabe la guerra, Loewen quiere seguir con su vida religiosa.
—Sí, sí, lo sé.
—La cuestión es Marión. ¿Crees que es posible que ya no ame a Hirell?
—¡Qué va! Si le sigue mirando con ojos de vaca enferma, —la reverenda madre no pudo reprimir la carcajada—. Está enamorada hasta las cachas. Y el igual. No sé que le pasa, y al pobre Hirell le está volviendo loco, de hecho, por eso no ha querido venir. La diferencia de edad siempre ha pesado mucho en Marión, pero yo creía que ya lo había superado. No sé, la verdad es que no sé, pero lo que si sé, es que si hay alguien capaz de sacar las telarañas de la mente de Marión, es usted.
—¡Vale! No te preocupes, —el rojo sol ya había empezado a subir por detrás de las lejanas montañas, tiñendo de ese color el rostro de las dos mujeres que miraban admiradas—. Quiero pedirte un favor.
—Lo que quiera reverenda madre.
—Enséñame a conducir este vehículo.

A medio día, una lejana nube de polvo delataba el camino de regreso del vehículo de Marisol. Intranquilas y preocupadas, Marión, Loewen, junto con los demás, esperaban a las puertas del monasterio, y se quedaron estupefactas cuándo vieron que quien conducía era la reverenda madre. Envueltas en una nube de polvo, el vehículo paró y Marisol se bajó de él, quitándose las gafas. Marión se encaró con ella abriendo la boca para darla la charla, pero no pudo.
—¡Marión! Calladita y sube, —Marión la miró con cara de pánico mientras Marisol la entregaba sus gafas—. ¿A qué esperas hijita? Vamos, mueve el trasero y siéntate, que es para hoy.
El vehículo partió veloz derrapando las ruedas, y mientras se alejaba levantando una polvareda colosal, los chillidos de Marión iban perdiéndose en la lejanía.




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