domingo, 31 de julio de 2022

Tiempo extra (capitulo 9)



 

Apareció en mi casa como si tal cosa, como si nada hubiera pasado. Veinticinco días antes, llegamos de madrugada a Villaverde a la casa de mis padres. Yo seguía inconsciente y así estuve muchas horas, o varios días, no lo sé. José Luis pudo aparcar cerca del portal y se acercó al portero automático. Cuando oyó la llamada, mi hermana salto de la cama y salió disparada con el corazón a 200.

—¿Sí? —preguntó intentando calmar su temblorosa voz mientras nuestros padres se acercaban también.

—Soy José Luis, traigo a tu hermana. Baja a abrirme la puerta del portal, pero tus padres que no bajen, que esperen arriba.

—¿Pero…?

—Hazme caso y date prisa, —la apremió—. Arriba hablamos.

—¡Vale! Ya bajo.

Tal y como estaba, en pijama y descalza, bajó corriendo las escaleras después de hablar con nuestros padres, llamó desde abajo al ascensor y abrió la puerta de la calle. Cuándo se asomó, me sacó del coche envuelta en la manta, y conmigo en brazos, entró al portal seguido por Almudena. Entraron en el ascensor; yo estaba totalmente cubierta por la manta y mi hermana, apartándola un poco me miro la cara. No pudo evitar un gesto de dolor y los ojos se le humedecieron.

—No lo ha pasado muy bien, —dijo José Luis—. Pasa tú primero y prepara a tus padres.

Almudena, haciendo acopio de valor, entró en casa y se los llevó al salón donde les puso al corriente de mi estado. Mientras, me llevó al dormitorio y me tumbó en la cama. Cuando por fin me vieron, mi madre se echó a llorar y a mi padre se le saltaron las lagrimas. Mientras, Almudena, con la mano derecha se tapaba la frente, no podía entender como alguien podía haberme hecho algo así.

—Habrá que llamar a un médico, —dijo atropelladamente y reparando en la sangre que manchaba la manga de su chaqueta, añadió—: ¡joder! ¿Estás herido?

—No llames al médico, yo me encargo de traer a uno de confianza.

—Pero seria mejor ir a urgencias, —insistía Almudena.

—¿Y que llamen a la policía y hagan preguntas que no podemos contestar?

—¡Pero estás sangrando…! —insistía casi llorando.

—¡Almudena!, —la cortó José Luis—. No puedo ir con una herida de bala a urgencias.

—Haremos lo que él diga que hay que hacer y no hay más que discutir, ¿está claro? —sentenció mi madre interrumpiendo la discusión con decisión mientras se inclinaba sobre mí y comenzaba a quitarme la manta que me cubría. Almudena miró a mama, y después de un largo silencio aceptó su decisión con un movimiento afirmativo de su cabeza mientras mi padre, totalmente ausente de la conversación, con mi mano con las suyas, no paraba de besarla.

—Ahora me tengo que ir, tengo cosas que hacer y estaré unos cuantos días desaparecido. No intentes localizarme, y lo más importante: nadie, absolutamente nadie, debe saber que Ángela está en está casa, —y después de una pausa añadió—. El médico llegara en una hora. Confiad en él, es buena gente.

Los veinticinco días transcurridos fueron un suplicio para mi madre y mi hermana. Yo estaba como loca, fuera de mí; mi desesperación me impedía entender nada, y ni siquiera lo intentaba. ¿Por qué me había abandonado? Me negué a asearme, a comer, me negué a todo. Me abandoné. La comida era una batalla campal entre ellas y yo. La ducha era misión imposible. Mi madre no arrojó la toalla en ningún momento, aun así perdí muchísimo peso. Estaba dispuesta a morir. Lo que no consiguieron los rusos, lo haría yo misma: estaba decidida.


 

El doctor Santiago era un encanto. Se había jubilado hacia un año y desde el primer momento me atendió como si fuera su propia hija. José Luis le conoció en África, donde trabajó para Médicus Mundi en Camerún y más adelante, colaboró con ACNUR durante el desastre de Somalia donde coincidieron en el mismo campo de refugiados. Rápidamente se hicieron amigos y se debían favores mutuamente. Cuando le llamó y le puso al corriente, no lo dudo ni un instante e inmediatamente acudió a mi casa todavía de madrugada. Jamás hizo la más mínima pregunta, no era necesario: a su pesar, era un hombre curtido en todo tipo de horrores; además, más o menos se imaginaba lo sucedido. Según pasaban los días su preocupación fue en aumento, físicamente estaba muy débil y psicológicamente destrozada. El peor día fue cuando llegó con una joven ginecóloga que resulto ser su hija. Después de la exploración a que me sometieron, les dijo a mi familia que los daños vaginales producidos por la cocaína eran irreversibles, tenía el útero totalmente quemado y que no podría tener hijos. A la acción de la cocaína de habían unido varios pequeños desgarros en la pared interna de útero producto de las brutalidades a las que había sido sometida. Me lo dijeron con mucho tacto, intentando suavizar el impacto, pero el mazazo fue terrible, pero a esas alturas ya nada me importaba, sencillamente quería morirme.

Almudena, desesperada por el empeoramiento de mi estado, presionaba al doctor Santiago para que le pusiera en contacto con José Luis, pero él se mantenía inflexible.

—Él esta al corriente del estado de Ángela.

—Pero ¿por qué no viene? Es necesario que este con ella y usted lo sabe.

—Efectivamente, debería estar aquí, si no fuera por lo que esta haciendo.

—¿Pero qué es lo que esta haciendo tan importante?

—Asegurar el futuro de Ángela. Los hijos de puta que la han tenido secuestrada, no son de los que olvidan. Créeme.

—Pero nosotros podemos ayudar…

—No, no podéis ayudar, no tenéis ni idea de a lo que os enfrentáis —la interrumpió Santiago. Y señalándome, susurro—: es un milagro que este viva, te lo aseguro. Nadie escapa de ellos animales con facilidad.

—¿Pero…?

—Él sabe muy bien lo que tiene que hacer. Cuándo pueda, ya vendrá, no te preocupes.

Y de pronto estaba allí: sonriente y tranquilo. Desde que entró en la habitación, yo era incapaz de apartar los ojos de él, le seguía como hipnotizada, como una cobra pendiente de la flauta, incapaz de hablar. Después de besarme amorosa y ardientemente, me acaricio la mejilla mientras revisaba la herida de la frente de la que quedaba un leve rastro.

—¿Qué tal te encuentras, mi amor? —me preguntó con mucha ternura mientras seguía acariciándome la mejilla. Yo seguía sin poder hablar—. Parece que hemos descuidado la higiene mi amor, —añadió José Luis que como había dicho el doctor Santiago, estaba al corriente de los problemas que había causado a mis padres y mi hermana.

—No hay manera de que nos permita lavarla, —le dijo mi madre—.  Ni que coma en condiciones. El doctor Santiago está muy preocupado.

—Me ha tenido permanentemente al corriente de su estado, —y después de una pausa añadió dirigiéndose a mi madre—. Yo tengo hambre. Prepárenos algo ligero para cenar, pero no tenga prisa, primero tenemos que asearnos, ¿verdad mi amor?

Mi madre se fue a la cocina mientras el me cogía en brazos y me llevaba al cuarto de baño seguido por Almudena. Cuanto mi madre regresó con la bandeja, la pobre casi se desmaya. Me vio sentada en el sillón del dormitorio, aseada y con un pijama limpio, mientras Almudena, con mucho cariño me peinaba el cabello.

Durante tres semanas, vino todos los días antes de que yo me despertara y se iba cuando estaba dormida. Hablábamos constantemente. Al principio entre nosotros, y luego con Almudena y mis padres. Entonces tomó una decisión trascendental para nuestra relación de pareja: habló con mi familia y les dijo que quería llevarme con él.

—Así no podemos seguir, —les dijo—. Quiero que se venga a vivir conmigo, ella quiere, a mi lado no la va a faltar de nada y va a estar bien atendida.

—Llévatela. Para mí, todo lo que tú hagas está bien hecho, —le respondió mi madre acariciándole la mejilla mientras con la otra mano sujetaba su sempiterno rosario—. Mi hija estaba muerta y tú bajaste al infierno, y se la arrebataste de las garras a Satanás. Me la has devuelto, y sé que eres incapaz de hacerle algún mal.

—¡Venga, venga! No dramaticemos, —exclamó José Luis apretándola la mano cariñosamente.

Ese día preparamos la maleta y nos fuimos a su casa del Tranco, en la Pedriza. El doctor Santiago me visitaba allí periódicamente y constató como mi evolución era espectacular.

—Ángela tiene una fisiología prodigiosa, sus heridas cicatrizan a una velocidad mayor de lo normal y tiene un sistema autoinmune muy poderoso. Mientras estuvo con sus padres, ellos me dijeron que nunca ha estado enferma, ni siquiera un catarro leve, —le dijo—. Cuándo sea posible, habría que hacerla un estudio para saber por qué ocurre eso. Aun así, hay que ver lo que el amor es capaz de hacer en las personas.

Y era cierto, a mí no me faltaba. Lo recibía por su parte en cantidades ingentes, directo a la vena.


 

En la Pedriza salíamos a diario a pasear, alguno de ellos especialmente largo. Me enseño lugares increíbles, ocultos a la acción de los domingueros: los nidos de los buitres y los rebaños de cabras, por supuesto, siempre respetando sus hábitats y su intimidad. Me empezó a enseñar a escalar, cosas muy, pero que muy fáciles, claro está. Se partía de la risa cuándo me veía enredada con la cuerda, o colgada en una pared sin saber qué hacer y desoyendo sus instrucciones. Mi cuerpo se fue fortaleciendo, mi espíritu también y volví a costumbres anteriores, como la lectura o la música, que me apasiona, en especial la opera. Ya sé que no es normal en una chica de dieciocho años, casi diecinueve, pero en mi caso soy adicta desde que, por casualidad, oí a la Caballé, interpretar: «Casta diva», en una interpretación del 74. Eso me condujo a aprender un segundo idioma, además de ingles que ya dominaba ampliamente: el italiano.

Un día muy temprano, de madrugada y mucho antes de que me despertara, se fue a Villaverde y me trajo todos mis libros y apuntes de la facultad, junto con las cintas de casete donde atesoraba mis grabaciones de «Clásicos populares», el programa de música clásica de Radio Nacional de España, que estuvo en antena 32 años. También trajo el viejo y aparatoso radiocasete Telefunken para reproducir las cintas, ya que José Luis, mucho más moderno tecnológicamente que yo, no disponía de estás antigüedades.

Comencé a recuperar el tiempo perdido, a estudiar como una bestia y al comienzo del nuevo curso empecé a asistir a clase con normalidad.

Cuando estuve recuperada, mucho antes de regresar a mis estudios, nos instalamos definitivamente en la casa de Alfonso XII. Todas las mañanas, de madrugada, José Luis salía a correr por el Retiro. Cuándo regresaba, se duchaba y me sacaba de la cama a la que me aferraba con manos y pies. Después de desayunar, me llevaba a la facultad y se iba a la oficina. Me recogía por la tarde, sobre las cuatro o las cinco, depende, cuándo terminaban las clases y las actividades extras. Ya en casa, estudiaba y algunos días salíamos con las bicicletas a pasear por el Retiro. Algunos fines de semana, íbamos a la Pedriza y hacíamos rutas con las bicis por el Guadarrama. Recuerdo la primera vez que subí al puerto de la Fuenfría por la antigua carretera de la República. Sufrí como una burra, pero José Luis me enseño lugares increíbles. Bajamos a la Cruz de la Gallega y allí me descubrió los restos de la terrible batalla de la Granja, que a finales del 36 sembró de cadáveres, de ambos bandos, este bello paraje. Recorrimos las fortificaciones, los búnkeres, los nidos de ametralladoras. En los meses siguientes seguimos visitando los escenarios de la guerra que hay desperdigados por el monte. Los que más me impresionaron son los que hay cerca de Peñalara, en Peña Cítores: un acuartelamiento fortificado, refugios y trincheras construidas con piedras. Me espantaba pensar como debían pasar los inviernos los soldados de la República que defendían estás posiciones de altura. Recorrimos todos esos lugares desde el puerto de Canencia al collado de la Mina, y decidí escribir una pequeña guía de rutas que publique muchos años más tarde.

Al finalizar la carrera nos trasladamos a Londres, y después a Nueva York y la India. De la casa de mis padres me lleve el viejo sillón de orejas que estaba en mi habitación. Para mí es un símbolo, me recuerda constantemente aquel maravilloso día en que José Luis regresó a mi lado y del que nunca más se separó.


 


domingo, 24 de julio de 2022

Tiempo extra (capitulo 8)

 


 

Solo fui capaz de balbucir algo ininteligible. En estos últimos meses, aunque pensé constantemente en él, no imaginé que pudiera aparecer y mucho menos que se refiriera a mí de esa manera tan grosera y humillante. Ahora sí que me quería morir, su recuerdo, ese pequeño hilo que me unía a la realidad se había roto, y definitivamente, ya nada me unía a la vida.

—La puta no está disponible, —dijo Vólkov después de observarle con interés— pero seguro que entre las otras chicas hay alguna que te gusta, todas son muy… guapas.

—Seguro que lo son, pero esta es la que quiero, —respondió José Luis con calma y una media sonrisa.

—Pues entonces hay un problema porque la puta es mía, de mi propiedad y solo me la chupa a mí, —dijo Vólkov con voz seca, mirada fría y su pronunciado acento ruso. Después, preguntó con un ligero tono amenazador—: ¿tenemos un problema?

—Yo no lo llamaría así, tal vez: ¿disparidad de criterios?

—Tal vez podríamos llamarlo de esa manera —concedió Vólkov observando con ojos escrutadores al hombre que tenía frente a él, y que demostraba un aplomo considerable.

—Creo que eres un hombre de negocios, ¿me equivoco? —preguntó José Luis—. Si es así, podemos hablar y, tal vez… solo tal vez, llegar a un acuerdo.

—Podemos hablar, pero lo del acuerdo ya es otra cosa, —Semiónov y Gólubev, los otros dos socios, en silencio asistían muy interesados a la conversación, mientras Zviad se había ido aproximando hasta situarse justo detrás de José Luis, a escaso medio metro de él. Casi podía notar su asqueroso aliento en su nuca—. Te repito, que es una propiedad muy valiosa para mí…

—¡Venga ya! Esa puta para ti no vale una mierda, —le interrumpió José Luis con una sonrisa sarcástica.

—Te lo repito: es muy valiosa.

—Muy bien, de acuerdo, no nos vamos a pelear por una zorra asquerosa, ¿no?, pero respóndeme a una cosa: ¿es muy valiosa porque si, por cojones, o porque para ti tiene mucho valor… en dólares? —Vólkov le miró fijamente, se notaba que los dólares le gustaban. Cuando se manejan grandes cantidades de pesetas, blanquearlas en dólares, o en cualquier otra moneda importante, puede ser muy complicado.

—Muy bien, hablemos, —sentenció Vólkov.

—Pues hablemos ¿qué estáis bebiendo? —preguntó José Luis sentándose a la mesa en uno de los taburetes.

—Whisky, —respondió Gólubev sirviéndole un vaso.

—¿Whisky? ¡no me jodas! Creía que los rusos le dabais al vodka, —dijo tomándoselo de un trago.

—¡Los rusos le damos a todo! —respondió Semiónov soltando una carcajada coreada por los demás.

Vólkov le llenó otra vez el vaso y José Luis le dio un nuevo trago. Ni se inmutó. No hizo el más mínimo gesto y dejó el vaso encima de la mesita.

—No os gastáis mucho en el whisky, —afirmó—. Lo hay mucho mejor por poco más.

—Pues es de tu país, —dijo Gólubev—. Deberías estar contento.

—Si es una mierda, es una mierda, aunque sea una mierda de nacional.

—¿Qué interés tienes en la chica? —preguntó Vólkov.

—Tengo cuentas pendientes con ella.

—¿La conoces?

—¡Ya lo creo!

—¿Y de que la conoces?

—Es una antigua… novia.

––¿Y que piensas hacer con ella?

—Matarla, por supuesto, —respondió con una sonrisa fría y dando otro trago al vaso—. Pero eso será al final, primero tengo otros planes para ella.

—No me puedo imaginar que te ha podido haber hecho esta…

—Son cosas mías… y de ella.

—Pues resulta que tengo cierto interés en saber…

—¡A mí nadie me abandona! —le interrumpió alzando la voz—. Ninguna tía se ríe de mí.

Los rusos le miraban y él les miró a ellos. El silencio era tenso, frío. Gólubev se abrió la chaqueta y dejó al descubierto la cacha de la pistola mientras Zviad seguía detrás dispuesto a saltar en cualquier momento.

—No está bien presumir de tenerla grande, —dijo José Luis abriéndose también la chaqueta y enseñando la espectacular cacha labrada de su Colt 45— porque siempre puede haber alguien que la tenga más grande que tú.

Zviad hizo un movimiento hacia adelante que Vólkov paró con un gesto enérgico, mientras José Luis y Gólubev se miraban intensamente a los ojos.

—Mantengamos la calma señores, —dijo Semiónov con tranquilidad—. Hemos quedado que somos… hombres de negocios.

—Pues hablemos de negocios, —dijo centrándose en Vólkov y dando un trago del vaso—. Ponle precio, ¿cuánto vale para ti?

—No, no, no, la pregunta es: ¿cuánto estás dispuesto a pagar?, ¿qué valor tiene para ti?

José Luis miró fijamente a Vólkov. Los dos guardaban silencio. Los demás callaban.

—El dinero no es problema.

—El pago es en efectivo y en el momento, —dice Vólkov.

Él seguía sentado, tenía los codos apoyados en las piernas ligeramente abiertas, mientras su mano derecha estaba a escasamente una cuarta de su pistola.

—No es problema, —repitió secamente.

—¿Tienes el dinero aquí? —preguntó Semiónov entornando la mirada—. Puede que no sea muy inteligente.

—El dinero necesario lo tengo encima, —y sonriendo, añadió mirando ligeramente hacia atrás—: sois tres… casi cuatro, solo tenéis que quitármelo, pero es una opción peligrosa. La otra es seguir hablando y negociar.

El comentario no le gustó a Zviad pero Vólkov le manejaba bien y le volvió a parar con un nuevo gesto de la mano.

—Vamos a tranquilizarnos señores, somos caballeros y los caballeros no hacen esas cosas tan feas, —dijo Semiónov riendo.

José Luis no fuma y casi no bebe, pero esa noche lo hizo como nunca le he vuelto a ver. La negociación comenzó mal, su primera oferta es considerada ridícula y los tres rusos gesticulaban y perjuraban en ruso. Él no se inmutaba y detenidamente miraba a los ojos a los tres.

—¿Eso es todo lo que vale para ti? —casi le escupió Semiónov.

—La puta, para mí no vale una mierda, otra cosa es lo que este dispuesto a pagar para llevármela, —respondió—. Eso es algo que tendréis que averiguar.

La negociación fue larga, laboriosa y en ocasiones un tanto crispada. Pero en otras se iban por los cerros de Úbeda y terminaban hablando de mujeres y como no, de deportes, sobre todo de futbol. Resultaron ser hinchas incondicionales del CSKA de Moscú, cómo no podía ser de otra manera. Luego volvían a retomar la negociación en medio de nubes humo y litros de alcohol. Mientras, yo asistía a la escena temblando como una hoja, llorando sin parar. De vez en cuando los rusos me miraban riendo, pero él me miraba con ojos gélidos. No es mi José, no reconocía a ese hombre, ¿cómo es posible que haya estado tan engañada, tan ciega?, ¿dejaré las manos de unos animales para caer en las de un monstruo? Mientras seguía con mis lúgubres pensamientos, ocurrió lo peor que le puede pasar a un ser humano, peor incluso que la propia muerte. Pierdes toda tu dignidad y te conviertes en una mercancía. Acababa de mirar el reloj del bar y eran la una y veinticinco de la madrugada. A esa hora llegó a un acuerdo con Vólkov. A esa hora cambie de propietario. A esa hora, pasé a ser de su propiedad. A esa hora, pagó por mi 13.200 dólares. A esa hora, se convirtió en mi nuevo dueño.


 

De un bolsillo interior de la chaqueta sacó un fajo de billetes de cien dólares y lo tiró encima de la mesa, y de otro separo tres mil doscientos más. No lo hizo a escondidas, lo hizo a la vista de los rusos que disimuladamente se miraron entre ellos con ojos cómplices y codiciosos. Había muchos dólares en sus bolsillos.

—¡Tú, levanta! —me gritó mientras se ponía de pie—. ¡Vámonos!

—Espera hombre, por lo menos que se vista la chica, —dijo Gólubev levantándose con una media sonrisa— se puede resfriar.

—No hace falta, así esta bien, —respondió encarándose con él.

—Señores seamos razonables y mantengamos la calma, —intervino Vólkov—. Mira tío, no puedes sacar a una tía en bolas por la puerta principal. Hay que guardar las apariencias.

—¿Apariencias?, ¿de qué cojones me estás hablando? Ese es tu problema tío, no el mío, —y dirigiéndose a mí me dijo—. Ponte esa gabardina y vamos. No quiero discutir.

—Tiene que bajar para vestirse…

—No se va a mover de mi lado y no vamos a bajar a ninguna parte, —le interrumpió José Luis amenazador—¿Está claro?

Zviad estaba fuera de sí, le miraba con una furia inusitada. Parecía que en cualquier momento iba a embestir como un toro bravo. José Luis empuñó su pistola, pero no la desenfundó, mientras miraba fijamente a todos, al tiempo que las otras chicas y los clientes, desaparecían rápidamente.

—¡Vale, vale, vale! —se interpuso Vólkov—. Llévatela como te salga de los cojones, pero sal por la puerta de atrás.

José Luis se quedó callado y los miró fijamente. Seguía empuñando la pistola mientras sopesaba la propuesta: no parecía muy convencido— ¿Por qué quieres que salga por detrás?

—¡Venga, tío no me jodas! —saltó Semiónov—. Tú eres el que está causando problemas. Coge a la puta de una puta vez y lárgate por la puta puerta de atrás, ¡joder!

—Mira tío, —le apoyó Vólkov—. Desde aquí se ve la jodida puerta y tú, desde allí, nos ves a nosotros. Estás armado y tienes ventaja.

Zviad está como loco, e incluso a Vólkov le costaba trabajo controlarle. Le puso la mano en el pecho y le empujó hacia atrás mientras le decía algo en ruso. La tensión creó una atmósfera prácticamente irrespirable. Todos se miraban entre sí, pero nadie se fijaba en mí que, totalmente aterrada, no podía controlar los temblores.

—¡De acuerdo vamos! —me agarró con fuerza del brazo derecho clavándome los dedos y tiró de mí hacia la puerta sin dejarme ponerme la gabardina. Me hizo un daño horrible y se me escapó un chillido mientras caía al suelo por el tirón. Sin contemplaciones siguió tirando de mí, arrastrándome, hasta que pude ponerme de pie. Mientras avanzaba miraba hacia atrás para controlar a los rusos.

—¡Abre la puerta! —me chilló. Con manos torpes tiré de la puerta: afuera llovía a mares. José Luis me empujó con brutalidad para que saliera—. Corre al contenedor. ¡Vamos, vamos, vamos!

Con la mente casi en blanco salí disparada sin entender nada, aterrorizada, convencida de que mi final era inexorable. Llegué al contenedor de la basura y me metí detrás. José Luis me siguió. Le miré y vi que llevaba la pistola de la mano. Sin mediar palabra me empujó con brusquedad y me tiró al suelo golpeándome la cabeza con la pared. Me hizo un daño terrible y mientras un hilillo de sangre mana de mi frente, le miré mientras era incapaz de contener el llanto. Pero el llanto cesó solo y los dolores desaparecieron. Hizo algo que para mi mente fue como un fogonazo: se iluminó y comencé a comprender. Le miré como quien ve a un extraterrestre. Todo estaba preparado, organizado y previsto al más mínimo detalle. Delante de mí, empapado por la lluvia, con las gotas golpeándole la cabeza y con gesto de determinación en la cara, se inclinó, introdujo su mano izquierda debajo del contenedor y sacó una segunda pistola. Me miró y me guiñó el ojo con una ligera sonrisa.


 

Mis pensamientos se interrumpieron bruscamente dándome un susto de muerte: estaba gritando. Sacó las pistolas por la derecha del contenedor y comenzó a disparar con las dos a la vez, alternativamente. Los rusos disparaban también y los impactos en nuestro parapeto son terribles. El contenedor retumbaba, se estremecía, parecía que tenía vida propia. El pánico se apoderó de mí, y mientras se me escapaban chillidos incontrolados, no me pude controlar y me oriné. Entonces, los disparos cesaron: solo se oía la intensidad de la lluvia.

—¡Rápido al coche! —salí corriendo en dirección a un coche que se encontraba estacionado al final del callejón, casi en la esquina, mientras me seguía recargando las armas—. ¡Métete detrás!

Mientras me subía al coche y me tumbaba en el asiento, le vi pasar de largo en dirección a la calle principal. Más voces, más estruendo, más fogonazos. Me incorporé y por el hueco entre los asientos delanteros le vi, empapado por la intensa lluvia, disparando con su mano derecha, mientras con la izquierda mantenía encañona la puerta de atrás. Entonces cesaron los disparos, la puerta del coche se abrió y entró. Arrancó y salió disparado mientras veía nuevos fogonazos y los estampidos de los disparos se hacían cada vez más débiles. Conducía de rally, como un loco y en las curvas las ruedas chirriaban estridentes. Con los acelerones y frenazos me caí varias veces del asiento y a pesar de los dolores tuve que luchar por subirme a él. No puedo precisar cuanto tiempo estuvo conduciendo, pero a mí me pareció una eternidad. De improviso frenó casi en seco derrapando ligeramente, dio marcha atrás y dando tumbos nos rodeó un mar de ramas y hojas hasta que finalmente las ventanillas quedaron despejadas. No se oía nada, solo el molesto repiqueteo de la lluvia que claramente cesaba en su furia. Desde atrás le vi apagar las luces, parar el motor y se quedó quieto, vigilante, controlando a ambos lados la carretera. Cogió las pistolas, sacó los cargadores y las volvió a cargar. Introdujo una en la sobaquera y la otra la coloco sobre el salpicadero. Sacó del bolsillo de la chaqueta una cajetilla de tabaco mojada, estuvo buscando uno seco y lo encendió. Fumó lentamente casi saboreándolo. Cuando terminó, tiró la colilla por la ventanilla, giró la cabeza y por primera vez desde que salimos de La Alondra me miró con una sonrisa. Desnuda y empapada sobre el asiento de atrás, no podía controlar los temblores, pero le miré fijamente. Vi en sus ojos, el mismo amor que sigo viendo hoy.

Se apeó del coche y lo rodeó hasta el maletero. Ya no llovía, solo caían las gotas residuales de las ramas que nos ocultaban. Durante unos segundos le oí hurgar en su interior. Después, cerró el portón, abrió la puerta de atrás y con mucho cuidado me sacó del coche poniéndome de pie. Casi no tenía fuerzas, pero él me sujetaba mientras con una toalla me secaba. Mientras lo hacía, revisó mis heridas y me miró a los ojos: estaban tan amoratados que parecía que tenía un antifaz. Yo le miré también y vi como las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Perdóname por haber tardado tanto mi amor, —me dijo mientras me estrechaba entre sus brazos.

—No me importa que hayas tardado, —le respondí llorando— ahora solo me importa que estas aquí.

Con la yema de sus dedos acarició mis labios cuarteados e hinchados. Se inclinó, y con mucho cuidado me besó en ellos. Me soltó un momento mientras extendía una manta en el asiento de atrás, luego me tumbó envolviéndome con ella. Me cubrió con otra manta más, se inclinó y volvió a besarme en los labios. Me miró mientras con la mano me acariciaba el flequillo y luego, con la toalla, volvió a limpiarme la herida de la frente. Yo, como hipnotizada no podía apartar mis ojos de él. Salió, cerró la puerta y se puso al volante. Después de unos instantes, arrancó el coche y con las luces apagadas salió a la carretera, tras un par de tumbos, encendiéndolas unos segundos después. Mientras regresábamos a Madrid vi la luna llena por la ventanilla lateral, ¿cómo es posible que hayan desaparecido todas las nubes?, hace unos pocos minutos casi nos ahogamos con el diluvio y ahora nada. Absorta en mis desordenados pensamientos y agotada por la intensidad de los últimos sucesos, perdí el conocimiento, o simplemente me dormí, no lo sé, lo cierto es que pasarían muchos días antes que volviera a verle.

 

lunes, 18 de julio de 2022

Tiempo extra (capitulo 7)



 

El frío húmedo de la noche me golpeó la cara cuando a tirones me sacaron del coche. Agarrándome de los brazos, como tantas noches me llevaron al club Alondra, el garito donde hacían sus negocios, y que además de «puticlub», era su cuartel general. Atravesada por dolores que casi me impedía respirar, me quité como pude la gabardina quedándome solo con el tanga de fantasía que llevaba puesto, los amoratados pechos al aire y unos zapatos de tacón muy alto, para disimular mi reducida estatura. Así era como ellos querían que estuviera en la Alondra, casi desnuda y expuesta a la lasciva y alcohólica mirada de los clientes. Me senté en el sofá adosado a la pared, en la mesa que ellos, mis propietarios, tenían reservada para su uso exclusivo, aunque ellos, como siempre, lo hicieron en sillas y taburetes bajos.

Viktor Vólkov, Maksim Semiónov y Ruslan Gólubev, dirigían una organización criminal de origen ruso con intereses en la prostitución y las drogas principalmente. Esa noche mi aspecto era especialmente horrible, a pesar de que habitualmente presentaba moratones y magulladuras, fruto de sus juegos. La última de sus juergas, dos días antes, había sido especialmente brutal: me pegaron, me torturaron, sin descanso alguno me violaron en grupo e individualmente, penetrándome por todas los lugares por donde era posible, y todo, mientras el whisky y la coca corría sin límite y jugaban a las cartas indiferentes a mi sufrimiento. Incluso llegaron a introducirme un poco de coca en la vagina para, según ellos, acrecentar mi placer: ¡menuda gilipollez! Eso estuvo a punto de costarme la vida, pero desgraciadamente sobreviví, aunque los daños vaginales que sufrí me reportaron graves consecuencias. Los dos días siguientes había estado tirada en una cama de la casa donde vivía con mis captores y, esa noche, era la primera que salía al exterior: ya podía mantenerme mínimamente en pie. Sentada en mi rincón de siempre, ligeramente recostada sobre mi costado izquierdo, con los ojos tan amoratados por los golpes que casi no los podía abrir y parecía que tenía un antifaz, los labios partidos y prácticamente desnuda, procuraba respirar despacio para atenuar los dolores. ¿Por qué me exhibían en ese estado? No podría ser atractiva ni para una mente enfermiza y depravada como la de ellos. Pero aun así lo hacían, y me exponían a la vista de los numerosos clientes y empleados que había en el Alondra, que me miraban y se reían mientras saludaban a mis torturadores y lo comentaban en ruso, o en castellano, entre grandes risotadas. Casi no tenía fuerzas para recordar como había empezado todo este horror: esta pesadilla.


 

Cinco meses antes tenía la cabeza hecha un lío. Mis padres no aceptaban mi relación con un hombre dieciséis años mayor que yo. Mi hermana, aunque no lo decía, también estaba en contra y José Luis me veía demasiado joven, y a causa de la oposición familiar, le aterraba hacerme daño o que pudiera provocar una ruptura familiar. Un día, la incomprensión, mi juventud y posiblemente mi propia insensatez, me nubló el entendimiento y me llevó a cometer una locura de la que me arrepentiría toda la vida. Del escondite que tenía mi madre, donde guardaba el dinero de la casa, robé quince mil pesetas, metí un poco de ropa en una mochila y me fui en autobús a Valladolid, desde donde proseguí en otro a León. ¿Por qué lo hice así, por qué elegí esos destinos? Fue el azar, simplemente pregunte por el autobús que salía antes y me subí a él. En Valladolid conocí a unos mochileros que venían de León y que me hablaron muy bien de ella. Durante un mes recorrí la ciudad y los alrededores sin saber muy bien lo que buscaba, y aun hoy sigo sin saberlo. En la capital, deambulaba por el barrio Húmedo, consiguiendo copas, o algo que comer por la cara, cuándo se me acabó el dinero. Sin darme cuenta, aparecí por un sitio por donde nunca debí aparecer, y un grupo mafioso español me secuestró e intentó dedicarme a la prostitución. No fue tan fácil, me resistí con todas mis fuerzas, a patadas, a mordiscos, con las uñas. Hay hombres a los que agredir y golpear a una mujer indefensa les «mola» mucho, pero recibir golpes no. Intentaron doblegarme a golpes, pero no lo consiguieron, entonces optaron por venderme, y pase a manos de otra mafia y luego a otra, hasta que finalmente, llegue a manos de Vólkov y sus socios. Al principio no estaba interesado, pero rápidamente cambio de opinión.

—Tengo chicas suficientes, —les dijo de manera desinteresada con su marcado acento ruso— y esta es una enana.

—Pero tiene algo que te puede interesar, —le respondió subiéndome la falda y bajándome las bragas hasta las rodillas— tiene el chocho pelado.

—¡Venga ya! ¡No me jodas! Todas mis chicas tienen el chocho pelado.

—Sí, pero esta es natural. No se afeita.

La noticia despertó el interés de Vólkov, me miró detenidamente de abajo arriba deteniéndose en mis ojos verdes cómo si no hubiera reparado en ellos. Lentamente paso su mano por mi vagina. Durante un par de minutos me siguió sobeteando mientras veía como se empezaba a abultar la bragueta de su pantalón.

—Es cierto, está hija de puta no raspa. Y esta buena… aunque sigue siendo una enana. ¿Por qué quieres venderla?, ¿dónde está la trampa? —preguntó mientras se olía los dedos el muy asqueroso.

—No te voy a engañar Viktor: es un demonio y no hay manera de domarla. —respondió— Y antes que matarla, prefiero ganar algo de pasta. Si hay alguien que la puede domar, eres tú. De eso estoy seguro.

—¿Cuánto quieres? Pero recuerda que me debes muchos favores.

—Tú sabes que eso es algo que yo no olvido jamás, —respondió sonriendo—. Pon tú en precio.

Sin esperar respuesta se levantó, le dio la mano a Vólkov y se fue después de saludar con una inclinación de cabeza a los otros dos. Me quede de pie, en medio del club, con la falda por la cintura y las bragas bajadas. Los tres socios me miraban detenidamente, luego descubrí que los otros dos esperaban a que Vólkov hablara.

—Esta puta es mía, —dijo Vólkov, y soltando una carcajada agrego—: pero cuándo la haya domado, os la podréis follar también. Por el momento no hace clientes, luego, ya veremos.

Mientras reían a carcajadas, permanecí inmóvil y aterrorizada. Me daba cuenta de que estos eran distintos a los otros, que estos eran peores, más peligrosos, algo que no me entraba en la cabeza: yo creía que ya había llegado al máximo de horror. Estaba agotada. Después de dos meses de palizas y violaciones, y mi resistencia estaba al límite. Se levantó, se acercó a mí y pegó su asquerosa cara a la mía, envenenándome con su fétido aliento de tabaco y alcohol.

—¿Eres una fierecilla? Pues vamos a ver si te domo, —dijo con un tono de voz tan amenazante que me heló la sangre.

Sin esperar respuesta me agarró con fuerza del brazo y a tirones me bajó al sótano del club mientras intentaba subirme las bragas. Sin decir nada, me arrancó la ropa a tirones, rompiéndola y me dejo completamente desnuda. Intente luchar, arañarle, pero recibí un puñetazo en el estómago con tal fuerza, que me dobló y me levantó una cuarta del suelo. Tirada en él, casi no podía respirar. Me puso bocabajo, me ató las manos a la espalda con cinta de embalar y lentamente se desabrochó el cinturón sacándolo del pantalón. Durante buena parte de la tarde me estuvo golpeando con él, sin pausa, concienzudamente, con algún tipo de norma que solo él conocía. No dejó sin golpear un solo centímetro de mi cuerpo mientras apuraba una botella de whisky barato. Solo al final, ya entrada la noche, cuando se cansó de pegarme, y mi resistencia había sido vencida definitivamente, me violo. Hizo conmigo lo que quiso e hice todo lo que él me ordenó. Mi resistencia había desaparecido y definitivamente era suya.


 

Viktor Vólkov era un jefe operativo de segunda fila en el KGB, nadie importante, pero con acceso a fondos importantes de la organización. Cuándo la URSS se hundió y desapareció en 1.991, parte de esos fondos, y de otros muchos, se habían evaporado: todo el mundo metió sus ávidas manos en la caja del dinero. De la noche a la mañana, se crearon grandes imperios financieros controlados por los nuevos magnates rusos. Se unió a sus dos socios, Semiónov y Gólubev, también del KGB, y que como él, tenían tatuado en el hombro el escudo de la organización con la hoz y el martillo, y la espada, en recuerdo de esa época. Después de recorrer algunos países del antiguo bloque del este, se trasladaron a la Costa del Sol donde entraron en contacto con un grupo ruso ya establecido, y de la misma procedencia: el KGB. Allí aprendió como funcionaban las cosas aquí, y que la corrupción política lo dominaba todo. Como la mayor parte de la costa española estaba dominada por otros grupos, decidió establecerse en el interior, distribuir la droga procedente de sus amigos de la costa y montar su propia red de prostitución. No le costó trabajo iniciar sus negocios en Castilla, una zona donde, hasta ese momento, los corruptos no tenían muchas posibilidades: Vólkov llegó repartiendo pesetas a manos llenas, nada que ver con las migajas que los políticos de la zona arañaban hasta entonces. Alcaldes y concejales fueron los primeros en caer, posteriormente, llegarían presidentes de diputación, policías, guardias civiles y algún juez. Toda una trama que posibilitaba la impunidad y descaro con que actuaba.


 

Siempre estaba a su disposición, a sus variados caprichos sexuales que eran muy intensos y violentos. Yo solo esperaba la muerte y sabía que tarde o temprano ocurriría, que correría la misma suerte que varias chicas que murieron a manos de su guardaespaldas, Zviad, un georgiano inmenso, rubio y algo retrasado, que ni pestañeaba al cumplir las ordenes que Viktor le daba. También procedía de la antigua KGB, donde era un agente operativo: un asesino. Lo poco que descubrí de él, podría poner a cualquiera los pelos de punta. Actuaba tanto en el interior como en el exterior, pero en este caso solo en los países de la órbita soviética, y siempre bajo supervisión: no era un tipo al que se le pudiera dejar solo. Durante los meses que estuve en su poder, le vi degollar en mi presencia, y sin inmutarse, a tres chicas que, procedentes de países del este de Europa, no se plegaban a los intereses comerciales de sus nuevos «amos», o de no entrarle por el ojo como hice yo. A una de ellas, solo tenía que darla una paliza, pero se calentó de tal manera, que se le fue la mano y la desfiguró tanto la cara, que al final tuvo que matarla, ante la frialdad de Vólkov, que ni se inmutó. Si no te prostituías y no eras lo suficientemente dócil y cariñosa, estabas perdida: primero recibías palizas, y si persistías, firmabas tu condena a muerte.

En mi caso solo era cuestión de tiempo que se cansara de mí, que se hartara de follarme y pegarme. Yo ya no tenía fuerzas ni para estar desesperada, solo esperaba la muerte lo antes posible, mucho más, cuándo comprobé hasta que punto estaban introducidos en la vida política. Rara era la noche que por el Alondra no pasaba algún corrupto, de derechas o de izquierdas, de un partido u otro, aunque eso si, más de los primeros que de los segundos, pero supongo que porque los primeros tenían más presencia en las instituciones. Ninguno de ellos preguntó o se interesó por mi situación, siendo claramente española, no como mis compañeras que eran africanas o de países del este. Ni siquiera el comandante del cuartelillo de la Guardia Civil, o el jefe de la policía municipal, que también se dejaban caer por allí.


 

Esa tarde, la puerta del club se abrió como tantas veces y recortada contra la luz de las farolas, vi su silueta desde el fondo del local. Me quede petrificada, como en éxtasis, mi cerebro explotó definitivamente y no fui capaz de articular una sola palabra, ni siquiera de coordinar una idea. Su silueta, oscura, avanzó hacia nosotros mientras los rusos le observaban con interés y el resto de asistentes volvía la cabeza preguntándose quien era el desconocido. Cuando llegó a las mesas, Zviad se movió por detrás para situarse en mejor posición por si tenía que intervenir. Despacio, pausadamente, siguió avanzando hacia el fondo hasta que se hizo real iluminado por uno de los focos cenitales. Me miró frío, glacial, miró a los rusos, y con voz decidida y arrogante, pregunto:

—¿De quién es esta zorra?


viernes, 15 de julio de 2022

Tiempo extra (capitulo 6)


A pesar de tener el día libre, esa mañana José Luis me despertó muy temprano y de manera mucho más apremiante de lo normal. Medio dormida y sin comprender nada le mire a la cara y supe que algo grave había pasado.

—Date prisa y vístete, hay que ir al hospital.

—¿Al hospital? ¿Qué pasa?

—Un avión se ha estrellado contra una de las torres gemelas.

—Pero… ¿cómo es posible?

—No sé, es todo muy extraño y las noticias son muy confusas.

La televisión estaba puesta y la CNN, junto con el resto de las cadenas transmitía en directo la noticia. Salí del dormitorio, eran las 8:45 del 11 de septiembre de 2001. De repente y delante de mis ojos, un segundo avión apareció al fondo de la pantalla y se dirigió directo a la otra torre. Una enorme nube de fuego y terror la atravesó de lado a lado. La escena me impactó tanto que casi me quede grogui.

—¡Esto no es un accidente, es un atentado! —dijo José Luis.

—Pero ¿cómo pueden…? —comencé a decir, pero no pude, las palabras no me salían.

—Esto solo lo puede hacer Al Qaeda. Ángela date prisa que el tráfico se va a poner imposible, —me apremió.

Intentamos salir hacia Harlem pero el tráfico estaba ya colapsado y no pudimos sacar el coche del parking, y eso que estábamos a unos cuantos kilómetros del distrito financiero. A la carrera nos dirigimos a Columbus Circle, donde cogimos el metro para bajarnos en la estación de la 135 que esta junto al hospital. Por el camino, envuelto en cientos de comentarios, rumores y habladurías, nos enteramos que una de las torres había caído, arrastrando en su terrorífica caída, cientos de víctimas, entre empleados de las oficinas, bomberos, policías y paramédicos.

Las urgencias del hospital casi se colapsaron, pero el sistema funcionó bien y aguantaron. A mitad de la mañana llegaron a estar los tres turnos trabajando juntos, incluso José Luis, se colocó un chaleco de emergencias y colaboro empujando camillas, sillas de ruedas, trasladando heridos y dando ánimos. Traumatismos de toda clase, quemaduras, asfixias por inhalación de elementos extraños, lesiones oculares y muchos trastornos psicológicos y de ansiedad, muchos de ellos derivados desde el Mont Sinaí y otros hospitales privados más cercanos a la Zona Cero. Desde primer momento entré en quirófanos y durante doce horas operé sin interrupción. Cuándo terminé estaba agotada, aun así, seguí atendiendo heridos seis horas más bajo la atenta vigilancia de José Luis que sin yo apercibirme, no me quitaba ojo. Dieciocho horas después, el profesor Jacob, de manera tajante e inflexible, me mando a casa a descansar. Cinco horas después estaba de regreso, casi no podía dormir recordando las terribles imágenes que había presenciado en el hospital. Este terrible atentado me sacó definitivamente y de golpe de mi burbuja de felicidad de una manera brutal, y me recordó hechos no del todo olvidados. Recordé lo que desgraciadamente sabía muy bien: que el horror y el espanto, pueden aparecer en nuestra vida cuando menos te lo esperas, y que da igual que sea por avaricia, política o motivos religiosos o étnicos. Por nuestro hospital no apareció ningún representante político para visitar a las victimas, todos prefirieron hacerlo en los hospitales privados para hacerse las fotos pertinentes.

Ese fue nuestro último año en Nueva York, mi formación había concluido, y ya teníamos ganas de regresar y tener cerca a la familia. Reconozco que era lo que peor llevaba, estar separada de mis padres y mi hermana, mi mejor amiga. A primeros de diciembre llegamos a Madrid y nos instalamos en Alfonso XII, la casa de la que me enamore desde que aparecí en su puerta con el carné de identidad en la boca, hacia ya nueve años, y que a partir de este momento era definitivamente mi hogar. Esas navidades fueron muy especiales para mí, fueron maravillosas. Me volví a introducir en la burbuja de felicidad, rodeada de los que sé, con toda certeza, que me quieren y nunca me fallaran. Uno de los días más felices de mi vida fue la Nochebuena de ese año, mi madre, mi padre, mi hermana, junto con mis tíos, mis primos y José Luis. Todos en casa de mis padres, riéndonos por cualquier cosa, cantando como tontos, bailando, jugando a las cartas, y queriéndonos.


 

Estuvimos poco en Madrid, finalizadas las Navidades, salimos temporalmente de España a un nuevo destino mucho más exótico, la India. En Nueva York conocimos a un extraño personaje durante un congreso medico en la Universidad de Columbia: Sadhvi Modi. Sadhvi, que en idioma hindi significa, «virtuoso, honesto», y aunque pueda parecer pretencioso, lo cierto es que lo era, además de un gran maestro en medicina tradicional. Al principio, todos le tomamos por el «pito del sereno», pero sin maldad y con mucha paciencia, nos fue tapando la boca a todos los sabihondos congresistas que en un principio tomamos sus técnicas a la ligera. Rápidamente se fijó en mí y de lo especial que yo era. Notó el gran potencial científico y humano que poseía, y el enorme sufrimiento que padecía. Me dijo que el me podía ayudar.

—¿En qué sentido puede ayudarme? —le pregunté suspicaz.

—Tienes que educar tu mente para poder controlar su potencial, —me respondió sonriente—. Si no lo haces, será como tener un Ferrari pilotado por un chimpancé, —yo le miraba en silencio, veía la sinceridad de sus ojos, y el profundo amor que irradiaban— pero principalmente tienes que erradicar todos los terrores que te agarrotan y aprisionan. El amor y la dedicación de tu pareja, no valdrá para nada si no pones de tu parte y te liberas.

Me quede helada ¿cómo era posible que insinuara saber algo que casi nadie sabe?, y los que lo saben, son tan cercanos, tan íntimos, que jamás dirían nada. Estaba muy impactada, con mi supermente científica no era capaz de entender que ocurría. ¿Cómo era posible que lo supiera? No conocía los detalles, pero descubrió que un terrible y espantoso secreto atenazaba mi mente, no mi corazón que era en exclusiva propiedad de José Luis. Muy asustada lo hable con él. Se sorprendió, se cabreó y rápidamente llamó a España a nuestros hermanos, únicos que estaban al corriente de nuestro secreto junto con mis padres, y le aseguraron categóricamente que de ellos no había salido, algo que de antemano ya sabíamos, pero había que cerciorarse. En los años que estuvimos en Nueva York, José Luis se relacionó con mucha gente, y fruto de esas relaciones fueron sus contactos en ciertos estamentos de investigación y de seguridad estadounidenses. Solo tuvo que hablar con uno, la agente especial Thomson. La conoció un año antes por mediación de un amigo común. Madre soltera y de sexualidad poco clara, aunque discreta, no le resultaba fácil ascender profesionalmente en un FBI preñado de conservadurismo moral y machismo. En un momento determinado, su calidad profesional solo necesitaba un empujoncito para ser reconocido y José Luis se lo dio moviendo los hilos necesarios. Habló con ella y la pidió que investigara a Sadhvi Modi: procedía de Calcuta, en la Bengala Occidental, donde era considerado un hombre santo. Tenía un centro de acogida y un precario hospital que siempre estaba abarrotado. Calcuta, donde la pobreza extrema alcanza a la mitad de la población, no es una de las zonas más pobres del país, sino del planeta. También disponía de una especie de escuela donde impartía enseñanzas a sus discípulos. En definitiva, nada que le hiciera pasar por sospechoso.


 

En Calcuta nos alojamos en su casa, un gran caserón perteneciente a su familia y reflejo de épocas anteriores mucho más propicias para ellos. Único heredero de la fortuna familiar, labrada en los tiempos del colonialismo británico, utilizaba todos sus recursos económicos en atender a los enfermos y a las familias necesitadas.

El choque cultural para mí fue brutal, nada que ver con mi vida en Nueva York llena de placeres y comodidades. Como siempre, a José Luis no le afecto el cambio: le ayudo su experiencia africana. Me admira la capacidad que tiene de adaptarse a todo, algo natural en él, y como una esponja, empaparse de lo que le rodea y asimilarlo. Le veo feliz integrándose en culturas supuestamente extrañas, pero no inferiores, solo diferentes.

Inmediatamente me puse a trabajar en el hospital, mientras José Luis aportaba su enorme experiencia en la organización de los campos de ACNUR. Me enseño a educar mi mente, a controlar su potencial, pero principalmente a abrirme a la gente, a confiar en ella, a amar al prójimo. Me ayudo a desembarazarme de las cadenas que, a pesar del esfuerzo y amor de José Luis, seguían teniéndome apresada en recuerdos antiguos y terribles. Conocí personalmente la pobreza estadounidense y cualquier pobre de Bengala se hubiera cambiado sin pensarlo por ellos. Aquí, los pobres padecen enfermedades terribles como la lepra, sufren desnutrición y las condiciones higiénicas no existen. Enfermedades fácilmente curables en occidente, aquí no se tratan por falta de medios y los enfermos simplemente se mueren. Una idea de lo compleja que es esta sociedad, es que las elecciones se realizan durante cuatro semanas, en un país donde hay varias lenguas oficiales y un montón de dialectos. Es la paradoja de esta gran nación, la gente pasa hambre en un país que pertenece al club nuclear.

 

Una vez al mes recorríamos los más de 600 kilómetros que nos separaba de Benarés en el estado de Uttar Pradesh, donde Sadhvi tenía un centro de atención de moribundos. Para un occidental es difícil comprenderlo, pero para ellos es muy importante. Según sus creencias, una de las cuatro cabezas del dios Brahma descansó en esta ciudad cuando llegó a ella. Igualmente, la mano izquierda de Satí, esposa del dios Shiva, cayó en la ciudad cuando se suicidó prendiéndose fuego. Benarés, es por lo tanto una ciudad doblemente santa y según la tradición, todo el que muera a menos de sesenta kilómetros de la ciudad queda dispensado de estar reencarnándose eternamente, además es obligatorio peregrinar una vez en la vida. A lo largo de las orillas del Ganges se suceden decenas de centros de acogida de moribundos, uno de los cuales era de Sadhvi, así como incontables lugares de cremación de cadáveres para los que tienen algunos recursos: los que no lo tienen tiran el cadáver directamente al agua. Que sensación tan terrible cuando un ser humano muere en tus brazos. Estas experiencias y las valiosas enseñanzas del maestro me convirtieron en una mujer mucho más espiritual, pero igual de atea. Siempre que íbamos a Benarés me bañaba en la escalinata, semidesnuda envuelta solo en mi sari, junto a otros miles de seres humanos. Necesitaba impregnarme de ellos, de convertirme en una más, y mientras me lavaba, meditaba y me concentraba. No llegaba a la abstracción, pero me quedaba cerca; aunque podía, no quería montar un espectáculo y que me convirtieran en una diosa viviente.

—¿No te pondrás a levitar? —bromeaba José Luis.

—No seas tonto, menudo espectáculo iba a montar.

—¿Podrías hacerlo? —preguntó mi maestro.

—No sé, ¿podría?

—No me lo preguntes a mí, pregúntatelo a ti misma.

—No sé, me da miedo.

—Solo lo harás si destierras tus miedos y estás convencida de tu potencial.

—Siempre, desde pequeña, me han hablado de mí «potencial», pero nunca de esta manera.

—¿Insinúas que podría hacerlo? —intervino José Luis un poco preocupado— lo de levitar.

—Claro que podría, pero solo si ella esta convencida.

—Pues cuándo vayas a hacerlo, avísame, —bromeó viendo la cara de susto que tenía—para atarte una cuerda al tobillo, no sea que te vayas a elevar como un globo.

Incluso Sadhvi se rió. Entendía perfectamente la relación que teníamos los dos y el afán protector de José Luis. La Ángela que regresó de Calcuta era una mujer nueva, más capaz, más centrada, incluso más inteligente puesto que sabía, definitivamente, controlar mi enorme potencial mental.



Durante los siguientes meses, después de nuestro regreso definitivo a Madrid, me dediqué a recopilar todo lo aprendido en carpetas y fichas en un ordenador portátil, que varios años después se tradujo en mi primer libro científico, pero sobre todo me dediqué a holgazanear. Las ofertas para integrarme en los cuerpos docentes de universidades, sobre todo internacionales, así como de formar parte de hospitales famosos, se iban amontonando sobre la mesa sin que me parara a estudiarlos, o simplemente les prestara atención. Tenía al alcance de la mano convertirme en un médico estrella, uno de esos despreciables médicos multimillonarios que no mueven un dedo si no les pagas de antemano y a los que tanto desprecio. Quería intentar ponerme por mi cuenta, pero de esto José Luis no sabía nada, no quería que saliera corriendo soltando dinero para apoyarme, a pesar de que tenía un pequeño fondo fruto de mis aventuras en los casinos americanos. La otra opción que me quedaba era reintegrarme en algún hospital de la Seguridad Social. Tenía la cabeza hecha un lío y me dedicaba a deambular por la casa o a pasear por el Retiro; ni siquiera me apetecía ir de compras por la milla de oro, algo inusitado en mí. José Luis permanecía al margen de mi lucha interior, o al menos eso creía yo: tengo que reconocer que me lee como un libro abierto.

En septiembre fuimos a Villaverde a celebrar mi 27 cumpleaños, y nuevamente nos reunimos en la casa de mis padres toda la familia, incluido Rafael. Ellos eran la razón por lo que no quería considerar las ofertas de trabajo, no quería volver a separarme de mis padres y de Almudena. Por la tarde fuimos a una terraza del paseo de Alberto Palacios, próximo a su casa. Mientras pedíamos las consumiciones, repare en un local comercial que tenía toda la fachada cubierta por papel de regalo y cruzado por un gran lazo rojo, que estaba a tres o cuatro metros escasos de nosotros.

—¿Has visto, Almu?

—Si, como para no verlo, —bromeó mi hermana.

—¡Joder! Hay que ser hortera para preparar algo así, —dije entre risas.

—La verdad es que sí, tienes toda la razón mi amor, —me respondió José Luis mientras mi hermana se partía de la risa, y Rafa estaba al borde del infarto— menuda horterada.

—¿De quién será? —y mirando a mi madre la pregunté—: ¿Sabes de quien es ese local, has oído algo?

—Sí, sí, lo sé muy bien, —y se echó a reír.

—¡Bueno!, ¿y de quien es?

—Tuyo mi amor, tuyo y de tu hermana, —respondió José Luis.

—¿Mio?

—¡Sí! Es tu regalo de cumpleaños.

—¡Pero…! —se me aflojaron la piernas del susto, si no hubiera estado sentada, casi seguro que me habría caído, mientras mi hermana seguía revolcándose y mis padres sonreían orgullosos.

—Nada de peros, —cogiéndome de la mano, José Luis me llevó hacia mi regalo mientras los curiosos, y mis tíos y primos se arremolinaban en torno a nosotros, y un fotógrafo, que salió de no sé dónde, comenzó a sacar fotos. Temblando como un flan, tire del enorme lazo, el papel cayo, y me quede casi sin respiración.

 

                     CLÍNICA VILLAVERDE

                    Doctora Ángela Gómez

 

—Es… precioso, —solo pude decir mientras las lagrimas me inundaban las mejillas y cogía las llaves que me tendía José Luis.

—Pero si solo es el cartel, —dijo José Luis riendo— espera por lo menos a ver el interior.

—Me da igual, sé que me va a gustar y el cartel es muy bonito, —y poniendo las manos sobre sus mejillas, añadí—: lo has vuelto a hacer.

—A ver si ahora nos vamos a poner a discutir.

—No, no mi amor, no lo vamos a hacer.

Introduje la llave en la cerradura, abrí y entramos, seguidos por mi familia y el fotógrafo que seguía sacando fotos. Era espacioso, luminoso y maravilloso. Sin saberlo, era el embrión de lo que, en unos años, terminaría convirtiéndose en el mayor y más importante centro hospitalario y de investigación científica del mundo, pero eso es adelantarme a los acontecimientos.

Ya de regreso a la terraza y mientras mantenía la mano de José Luis entre las mías, me vinieron a la memoria los terribles acontecimientos que marcaron mi vida al comienzo de mi relación con él. Como puse en peligro su vida, la mía y llené de desesperación y amargura a los que me quieren: mi familia. Aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no pude impedir que las lagrimas nuevamente inundaran mi rostro mientras me refugiaba en el pecho de mi único y posible amor.