sábado, 25 de marzo de 2023

La Atalaya (capitulo 22)

 


En España se pasó hambre al final de la guerra, incluso más que durante la misma. Según las estimaciones más amables con el régimen fascista, entre 1.940 y 1.946, murieron más de 30.000 personas directamente por esa causa, pero hay la certeza de que la cifra fue sensiblemente superior. Igualmente, en ese mismo periodo de tiempo murieron otras 30.000 personas por tuberculosis, a las que hay que añadir otras 120.000 más por enfermedades asociadas a la precariedad y la mala alimentación.

En España, en cualquier periodo de su historia, siempre ha sido importante tener los contactos adecuados: el enchufismo y el amiguismo son crónicos. Mucho más en el periodo actual donde los que mandan lo hacen con las armas en la mano en lugar de con el uso de las leyes y de la razón, de lo que andaban totalmente escasos. La intolerancia, la brutalidad y el fetichismo religioso y patriótico, habían ganado de manera definitiva a la tolerancia, la empatía y la comprensión, en un proceso macerado durante décadas, o tal vez siglos.

Muchos campesinos preferían vender sus productos en el mercado negro porque sacaban un rendimiento mayor y no pagaban impuestos. El estraperlo estaba generalizado. Fue un problema grave durante la República, pero en la posguerra la situación fue peor: la escasez y la falta de escrúpulos lo fomentaban.

La precariedad empujó a miles de mujeres a la prostitución, aumentando dramáticamente la situación que se vivió durante la guerra civil. Ocuparon con creces el puesto de miles de prostitutas que huyeron con la victoria fascista por temor a las represalias católico-falangistas. Barcelona, por poner un ejemplo, se quedó vacía de prostitutas. Fue tal la cantidad de nuevas prostitutas que con el paso de los meses comenzaron a ejercer, que esa actividad no les solucionó su precaria vida.

Sevilla no fue una excepción dentro de este ambiente desolador. Por fortuna para ellos, la familia Villa pudo capear bien la situación gracias a las buenas relaciones del padre. José Villa se pasaba de vez en cuando por el economato de la Guardia Civil para recoger algunas “cosillas” que le proporcionaban sus amigos. También lo hacia, y esto no lo sabía nadie, porque le agradaba que los guardias se le cuadrasen y se dirigieran a él como: “mi sargento”. Y es que los 40 años de benemérita los tenía grabados a fuego en el alma, a pesar de que se jubiló del cuerpo soltando pestes sobre los botarates y correveidiles que según él plagaban las comandancias.

Que nadie piense que le llenaban la despensa con ricos manjares de marqueses, ni mucho menos, pero tal y como estaban las cosas como sí lo fueran. Latas de tomate triturado, alguna de pepinillos, y de tarde en tarde, una de carne argentina: los productos frescos solo se conseguían en el mercado negro o gracias a Roberto. Un par de veces al mes, Pepe, el hijo pequeño que ya no era tan pequeño, iba al economato, se presentaba a un cabo de intendencia amigo de su padre y este le daba medio saco de patatas viejas.

Cuando llegaban las latas de tomate, lo primero que hacían los hermanos era abrir una y bebérselo pasándoselo de mano en mano.

—¿Cuándo podremos comer algo decente? —se quejó Trini.

—No te quejes que la mayoría no tienen ni esto.

—Eso es verdad, si no fuera por los amigos de padre…

—No lo quiero no pensar.

—Pues en Falange, dicen los camaradas que se está preparando un convoy especial para Madrid, —dijo Pepe que hacia poco que andaba con ellos.

—No me extraña.

—Allí se deben estar quitando el hambre a puñetazos.

—Les está bien empleado, si se hubieran rendido…

—Desde luego la guerra no hubiera durado tanto, —interrumpió Rosario.

—¿Qué necesidad tenían de aguantar lo que aguantaron? Total, pa ná.

—Había muchos rojos…

—Sí, pero ya están limpiando la capital de la patria, —afirmó Pepe arrogante—. Los camaradas dicen que las cárceles están abarrotas.

—Pues el otro día la Anselma, ya sabéis, la del churrero, estuvo contando todas las barbaridades que hacían en Madrid.

—¡Que Dios los perdone!

—Dice que a los niños pequeños, los ensartaban en la rejas de las iglesias. Fíjate.

—¡Qué barbaridad!

—Pues Dios los perdonará, pero nosotros no: muchos de esos mal nacidos están terminando en el paredón, —afirmó nuevamente Pepe con la arrogancia que da la juventud y el esmerado adoctrinamiento falangista.

—Haríais bien en no prestar atención a todo lo que se dice por ahí, —intervino José Villa que les estaba escuchando mientras hojeaba el ABC sentado al sol en el balcón de la casa.

—Padre, a ver si usted me va a decir que es mentira lo que digo.

—No se trata de eso Pepe. Es cierto que están matando a mucha gente en Madrid y deben hacerlo, pero todas esas cosas que se cuentan…

—¿Cree usted que son mentira padre? —preguntó Pepita.

—Yo lo que creo es que después de 40 años de servicio, nunca he visto ensartar a los niños en las rejas de las iglesias, ni he tenido noticias de algo parecido. Y os aseguro que he visto cosas que os pondrían los pelos de punta

—O sea, ¿Qué es mentira?

—A ver, ¿cómo sabe la mujer del churrero todas esas cosas? —preguntó José Villa armándose de paciencia.

—Dice que se lo cuentan sus clientas.

—¿Sus clientas? Pues yo todos los días leo de cabo a rabo el periódico y aquí no dice nada de eso.

—Pues cuándo el río suena…

—Sí, eso eso, cuándo suena… —corroboró Pepe.

—Vamos a dejarlo porque discutir con vosotros es cómo hablar con la pared.

—¡Cucha! Que es usted el que se ha metido por medio.

—¡Claro! Estábamos hablando entre nosotros.

—No, si ahora la culpa la voy a tener yo.

—¿La culpa de que? Estábamos hablando de lo que cuenta la gente.

—Y no solo lo dice la churrera, que lo dice más gente.

—A mí, el otro día me lo contó la del Jacinto.

—¿Jacinto el pocero?

—No, el que trabaja en las caballerizas del ayuntamiento.

—¿No ve padre? Ese seguro que está bien informado. Se lo digo yo.

—Eso seguro.

—En fin, lo dicho: vamos a dejarlo, —dijo el padre negando con la cabeza mientras volvía a mirar el periódico, y con resignación, afirmó a continuación—: ya se sabe que el que con niños se acuesta, meao se levanta.

—¡Cucha lo que dice! El que se ha metido en la cama es usted padre.



 Roberto Iribarren no era un santo. Es cierto que jamás participo en las represalias que se extendieron por toda la geografía española, ni acusó a nadie de ser rojo, masón o algo parecido, pero sí se aprovechó del ambiente corrupto de la España fascista, comprando a bajo precio, tierras e inmuebles confiscados durante la guerra y la posguerra. Y en ese cometido, para decantar los negocios a su favor, utilizó sin rubor sus amistades políticas y militares, entre los que había algunos “camisas viejas” o mandos castrenses procedentes de la guerra de África. Aun así, siendo cómo era un hombre de ideología liberal conservadora, despreciaba profundamente a los nuevos lideres de la nación, con sus uniformes azules, su pelo engominado y sus bravuconadas políticas. Por supuesto lo mantenía en el más absoluto de los secretos, y cuándo se reunía con sus “amistades” sevillanas, o de dónde fueran, prodigaba a diestro y siniestro, y sin la menor timidez, efusivos apretones de manos, abrazos y sonoras palmadas en la espalda. Incluso en alguna ocasión, llegó a levantar el brazo junto a alguno de sus amigotes.


 

La familia Morales se adaptó bien a la vida en Sevilla. Desde el primer momento, los tres hermanos y la madre se pusieron a trabajar gracias a los contactos de Roberto, que no solo se los proporcionó, eso sí, con discreción, sino que también los acompañó a Sevilla, aunque por imposición de José por caminos distintos y con varios días de margen para no levantar habladurías. Roberto quería aprovechar el viaje para atender sus asuntos en la capital hispalense, que cómo ya he dicho eran muchos.

Nicolasa empezó a trabajar en el palacete de unos amigos de Roberto. Se pasaba toda la mañana fregando suelos, escaleras y el patio de la casa. Después, por las tardes, aunque no diariamente, iba a otras tres casas a lavar ropa, planchar y lo que terciaba. Cuándo por la noche regresaba a la casa de la calle Colón estaba reventada: cenaba algo de lo que habían preparado sus hijos y se iba a la cama.

Miguel, el pequeño, se puso a trabajar de mozo para todo en una tienda de muebles de la calle Sierpes, y Paco, de aprendiz de contable en Hytasa, una empresa textil en el barrio del Cerro del Águila. En aquellos años, el barrio todavía mostraba signos de la catástrofe de marzo de 1.941, cuándo estalló el polvorín de la Sociedad Española de Explosivos, arrasando más de 300 casas de la barriada. Todos los días, Paco recorría andando los casi seis kilómetros que le separaban de su puesto de trabajo: no podía gastarse un tercio de su precario salario en un transporte publico que además era poco fiable.

Lo de José fue más complicado: no quiso que Roberto apareciera ligado a él para no comprometerle más de lo que ya estaba, y mucho menos en Sevilla, que seguía siendo la capital fascista del sur y una verdadera fábrica de chismes y habladurías. De hecho, en la casa de la calle Colon, siempre entraban y salían por la puerta de servicio y habitaban la parte interior de la casa: un par de habitaciones junto a la cocina y al lavadero.

A pesar de su pasado, y de sus actividades en Madrid y durante la guerra, su tía Carmela, a regañadientes, le enchufó en la Telefónica de Sevilla. Cómo ya conté en su momento, Carmela había perdido a su marido, exdirectivo de Telefónica, durante los “paseos” de los milicianos durante la guerra, y eso la convirtió en una figura representativa de la sociedad patriótico-fascista madrileña. Por supuesto, siempre se silenció la afiliación de su marido al PSOE. Disfrutaba de una posición muy acomodada gracias a la generosa pensión que cobraba y bajo su ala protectora, sus hijos y nietos ya trabajaban en Telefónica. A pesar de que conocía perfectamente la precaria situación de su hermana y sus sobrinos, solo ayudó a José después de insistirla mucho. Empezó a trabajar de ayudante de instalaciones, pero al poco tiempo, y gracias a sus conocimientos eléctricos subió de categoría, pero ahí se quedó estancado, estaba claro que no iba a poder prosperar más. Estaba claro que su tía no lo iba a permitir.

domingo, 19 de marzo de 2023

La Atalaya (capitulo 21)



 

Roberto le puso en contacto con el secretario: un repeinado falangista de fachada, al que solo le interesaba el dinero. José estaba seguro de que parte del dinero terminaría en su bolsillo. Una semana después todo estaba hecho, y el comandante, aunque cómo muy bien sabía claramente estaba implicado, se mantuvo en todo momento al margen.

Desde primera hora, José esperaba en las inmediaciones del convento de Santa Úrsula, cómo ya he dicho, uno de los espacios religiosos habilitados cómo prisión en Jaén. Había llegado la tarde anterior con una camioneta propiedad de Roberto y uno de sus hombres de confianza, que conocía a Rafael de la época de los gremios.

A media mañana, un andrajoso Rafael, muy delgado para lo que en él era habitual y con barba crecida, salía por la puerta de la prisión sujetando un hatillo de ropa. Por fortuna no hacia frío y un tibio sol calentaba el ambiente a esa hora de la mañana. Para evitar sorpresas, le había podido hacer llegar una nota en dónde le decía que cuándo saliera del convento, se dirigiera hacia el cercano monte del cerro dónde se alzaba el Castillo de Santa Catalina. Con disimulo, le siguió por las callejuelas hasta que llegó a la linde de la ciudad. Después de cerciorarse de que nadie les seguían, se acercó a su padre y los dos se fundieron en un abrazo. Rafael no pudo aguantar la emoción y se puso a llorar cómo un niño: tantos años de brutalidades le pasaban factura a un hombre extremadamente pacifico cómo él.

Cuándo se tranquilizaron, José ayudó a su padre a quitarse los andrajos y a vestirse con la ropa que le había llevado. A continuación se dirigieron a la plaza de la Merced dónde el hombre de confianza de Roberto les esperaba con la camioneta aparcada en las inmediaciones. Comieron un poco y con esta cargada con mercancías para la finca, emprendieron camino de regreso a Andújar dónde llegaron casi cuatro horas después. Para evitar miradas indiscretas, fueron a la finca dónde Roberto les esperaba. Allí, pudo bañarse, cambiarse de ropa y cenar algo. Un médico amigo de Rafael y Roberto, le hizo una revisión y le citó para que pasara por la consulta: vio algo que no le gustaba. A él no le dijo nada, aunque si lo comentó con José.

—Si ves que no es seguro llevarlo a la consulta, me avisas y yo me acerco a tu casa.

—No te preocupes, yo me ocupó, —dijo José mientras le acompañaba a la puerta—. ¿Cómo esta?

—Débil, deshidratado. ¡Vaya!, cómo era de esperar. Me preocupan sus pulmones: no me gusta cómo suenan, por eso quiero que lo lleves a la consulta. Pero si ves que es peligroso…

—Ya le he dicho que yo me ocupó, no se preocupe.

—Vale José, pues ya nos vemos.

—Y muchas gracias doctor.

 


        Con la noche ya cerrada, bajaron en la camioneta a Andújar. Antes de entrar en el pueblo, se desvió rumbo a la casa que ahora ocupaban. Miguel y Paco salieron a recibirlos cuándo oyeron al vehículo aproximarse a la casa. Rafael se abrazó a sus hijos mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Nicolasa no salió, permaneció en la cocina terminando de preparar la cena. Mientras estuvieron en Doña Juanita, José le puso al corriente de la situación con ella, por eso no se sorprendió al no verla. Pasaron al interior y el encuentro fue extremadamente frío. Nicolasa le miró con rencor mientras seguía removiendo el guisote que estaba preparando. Sin decir nada Rafael se sentó en la mesa junto a sus hijos.

—¿Quieres cenar ya? —le preguntó Nicolasa sin la más mínima muestra de emoción mientras José llenaba unos vasos de vino.

—No, no, espero a que cenéis vosotros.

—Yo no voy a cenar. Ya esta preparada, cuándo queráis lo decís, —dijo mientras se sentaba en una vieja mecedora y cogía las cosas de hacer punto.

Durante algo menos de una hora estuvo charlando con sus hijos mientras Nicolasa seguía con el punto. Paco se levantó y cogiendo los platos los distribuyo por la mesa mientras José cogía la olla. Su madre hizo ademán de levantarse pero la paró con la mirada y un movimiento de la cabeza. Estaba muy molesto, no podía entender la actitud de su madre: si su padre era culpable de algo, sin duda el también. Los verdaderos culpables eran los intransigentes que había llevado a España a una guerra civil y había asesinado a miles de españoles en cunetas y tapias de cementerios. Muchos eran rojos, pero muchos también eran militares que se opusieron al golpe de estado. Era injusto que su madre no lo quisiera ver, mucho más cuándo su marido no había hecho nada a sus espaldas, desde el primer momento sabía su vinculación con el PSOE y lo importante que era para él.

Cuándo terminaron de cenar siguieron un rato más con la conversación hasta que finalmente se fueron a la cama: a las seis de la mañana, los tres hermanos tenían que estar en Doña Juanita para empezar el trabajo. A su padre lo acomodaron en la misma habitación que ocupaban los hermanos, en el camastro de José, que durmió en el suelo. Antes de meterse en la cama, hablo con su madre para que no hubiera problemas. Ya lo había hecho antes, pero quería estar seguro: no quería que en su ausencia pasara algo.

—No te preocupes hijo, ya te dije que no iba a pasar nada.

—Mañana vendré pronto: tengo que llevar a papa al médico.

—¿Comerás aquí?

—No, no, vendré después de comer, además antes tengo que ver al doctor para ver cómo lo hacemos: es mejor que por el momento no se le vea mucho.

—Muy bien hijo, cómo quieras, pero… ya sabes que…

—Lo sé perfectamente madre: no tienes que repetírmelo. Pero te voy a decir una cosa: estás loca si te crees que vamos a poder seguir en Andújar. Lo mejor para mis hermanos es irnos de aquí.

—Pero ¿a dónde vamos a ir?

—A Sevilla, ya lo he hablado con Roberto. Su casa del paseo Colón esta cerrada y nos la cede mientras encontramos…

—Pero esa casa es enorme…

—¿Y que? Pues ocupamos un par de habitaciones de la planta baja y ya esta.

—¿Y los trabajos?

—Roberto ya esta en eso: tiene un buen amigo allí que nos echara una mano, además, ya me ha encontrado un trabajo.

—Pero no podemos dejarlo todo e irnos.

—¿Dejar?, que tienes que dejar, ¿esta chabola? Aquí no tenemos nada. Además, tú sabes muy bien que a los abuelos no les van bien las cosas, y tarde o temprano…

—Eso no lo sabes.

—Eso si lo sé porque me lo ha dicho el abuelo.

—¿De qué hablas?

—Van a intentar venderlo todo, y luego se van a Madrid con la tía Carmela. Ella ya lo sabe.

—¿Y cuándo me lo iban a decir?

—Pregúntale a ellos, pero a lo mejor tiene que ver con que llevas una temporada que no cuentas con nadie. Y vamos a dejarlo que no tengo ganas de discutir: hasta mañana madre.

—Hasta mañana hijo.

 


        Al día siguiente, ya de noche, José y su padre se encaminaron a la casa del doctor que les estaba esperando. Allí le hizo un examen mucho más exhaustivo que el de la tarde anterior. Le extrajo sangre para hacerle unos análisis y le hizo la prueba de la tuberculina.

—¿Cree que pueda tener tuberculosis? —le preguntó José cuándo se lo comunico, mientras su padre se vestía.

—Estoy prácticamente seguro, la prueba es para confirmarlo. En las condiciones que estaba en la prisión, hubiera sido extraño que no hubiera cogido nada.

—¿Y ahora que hacemos?

—Si se confirma, buena alimentación, vida sana y sosegada, y poco más. Y por supuesto de fumar nada.

—¿Medicinas?

—Nada, nada, es tirar el dinero. Sé que fuera de España se está investigando con unos productos nuevos muy prometedores, pero por el momento no hay dada y menos aquí. No hagáis caso de lo que os digan.

—¿A qué se refiere?

—A que en estos días hay mucho hijo de puta ofreciendo remedios milagrosos. Siempre los ha habido, pero en estos momentos proliferan cómo hongos. Es todo mentira.

—¿Y cuanto tiempo…?

—José, no pienses en eso. Creo que no esta muy avanzada la enfermedad: si se cuida puede durar muchos años.

—Por cierto, ¿conoce algún médico en Sevilla? De confianza, ya me entiende.

—Alguno conozco, ¿por?

—Estamos pensando en irnos a Sevilla. Ya sabe cómo están las cosas por aquí.

—Ya, ya. Hacéis bien, aquí no tenéis futuro y con las noticias que vienen de Francia, con los alemanes por todas partes, esto no va a mejorar. Aunque me han dicho que hace un par de meses, los americanos han desembarcado en el norte de África, pero de todas maneras esto va para largo y aquí, con la tontería que hizo tu madre, ya no os queda nada. ¿Cuándo tienes previsto irte?

—En un par de meses.

—Vale, avísame con tiempo, así mando una carta a un médico amigo que tengo en Sevilla, en la zona del Arenal.

—¡Ah! Perfecto, porque en principio estaremos en la casa de Roberto que esta junto a la Maestranza.

—Eso esta en el Arenal. Pues entonces ya esta. Lo dicho: avísame antes.

—No se preocupe.

 


        El viaje a Sevilla se retrasó otro par de meses más de lo previsto y no se produjo hasta mayo del 43, fecha en la que los soldados alemanes eran desalojados definitivamente del norte de África y la guerra pasaba a Italia. En ese tiempo, la relación de Rafael y Nicolasa, prácticamente inexistente, se deterioró más, si eso fuera posible. Una vez restablecido, aunque lo de sus pulmones no tenía solución, Rafael comenzó a asistir a reuniones clandestinas y cuándo su mujer se enteró, estalló. A partir de ese momento la ruptura entre ambos fue total, incluso echó a su marido de la casa y tuvo que instalarse en un pequeño cobertizo que había adosado a la casa.

—He tomado una decisión hijo, —le dijo un día Rafael— así no podemos seguir: me voy.

—¿A dónde te vas a ir?

—A Burgos.

—¿A Burgos?

—Tengo un amigo que tiene una academia en la capital y me ha ofrecido trabajo.

—¡Joder padre! ¿Por qué no te vienes a Sevilla…?

—No, no, ya ves cómo están las cosas con tu madre, pero no la culpes, la verdad es que yo tampoco quiero estar con ella, ya no.

—Pero padre, necesitas cuidados…

—Tú de eso no te preocupes.

—¿Cómo que no me preocupe, cómo no me voy a preocupar?

—Hijo, por favor. Mira, me quedan pocos años de vida, y no estoy dispuesto a dejar de luchar: es mejor que estéis lejos de mí.

—Pero padre…

—José, por favor, déjalo.

—¡Joder!, ¿y cuándo te quieres ir?

—En una semana.

—Le diré a madre que te de parte del dinero de la escuela.

—No, no, a vosotros os hará falta en Sevilla.

—Y a ti en Burgos, no te jode.

Una semana después, los tres hermanos despidieron a su padre en la estación de tren de Andújar. Con sus escasas pertenencias en una vieja maleta de cartón atada con una cuerda, y dos mil pesetas en el bolsillo de su chaqueta, subió al tren con destino Madrid dónde enlazaría con el de Burgos. No volvería a ver a sus hijos. Murió doce años después: la aparición de la penicilina le alargó la vida, pero finalmente ocurrió lo irremediable. Durante esos años siguió dando, extraoficialmente, clases de apoyo en la academia de su amigo mientras continuaba con las actividades políticas. Solo la fortuna posibilitó que no le detuvieran en ese tiempo. Cuándo le avisaron, José se trasladó a Burgos a hacerse cargo de sus pertenencias y de su cadáver. Fue enterrado en el mismo Burgos, en un nicho que facilitó su amigo y jefe. Corría el año 1955.


domingo, 12 de marzo de 2023

La Atalaya (capitulo 20)


 

Don Fidel no la recibió inmediatamente. Durante más de una semana la estuvo dando largas sumiendo a Nicolasa en una incertidumbre inaceptable. En esos días, durante horas, esperó infructuosamente sentada en una bancada de la catedral. Finalmente, la esposa de Roberto, que la actitud del antiguo cura había irritado mucho, hizo una enérgica gestión con una buena amiga muy cercana a la mujer de Queipo y rápidamente los problemas desaparecieron. La recibió en unas dependencias anexas a la Catedral, dónde disponía de una oficinilla que utilizaba en asuntos poco claros, lejos de sus ocupaciones eclesiásticas. Manejaba fondos de cierta importancia y origen incierto, y gracias a sus contactos, se había estado haciendo con la propiedad de casas expropiadas a republicanos represaliados. Si algo no pasaba por su cabeza, era regresar a sus funciones de cura párroco de Santa María, en Andújar.

—Buenos días hija mía, —saludó don Fidel ofreciéndola la mano con la palma hacia abajo para que se la besara, a pesar de que no hay obligación de hacerlo si no eres obispo. Nicolasa no se lo pensó, y lo hizo.

—Buenos días padre.

—¿Cómo van las cosas por casa? —preguntó con sonrisa cínica

—Pues tirando, don Fidel, tirando.

—¿No será por las actividades de tu marido y tu hijo?

—Don Fidel, usted sabe muy bien que yo no tengo nada que ver con las actividades de mi marido.

—Sí, pero ya sabes lo que dice el refrán: “quien con niños de acuesta, mojado se levanta”.

—No es el caso don Fidel, no es el caso, y usted lo sabe muy bien.

—¿Estás segura hija mía?

—Lo estoy, además, usted sabe muy bien que mi marido esta en la prisión militar de Jaén.

—Y supongo que quieres que interceda por él.

—No, no, yo lo que quiero es que me ayude y que me permitan abrir otra vez el colegio.

—Pero eso no es posible hija mía: no podemos poner la educación de lo hijos de la patria en manos de alguien con unos planteamientos morales tan nocivos cómo los vuestros.

—Usted sabe perfectamente que mis planteamientos morales, ni son los de mi marido, ni son nocivos, —respondió Nicolasa armándose de paciencia.

—Y eso te inhabilita hija mía. ¿Dónde está la sumisión, y la obediencia de la mujer al marido?

—Pero usted ha dicho…

—Tu marido es un enemigo de la patria, y tú vivías…

—Pero…

—… con él, y eso no tiene discusión.

—Muy bien don Fidel, mi marido le salvó la vida, y usted lo sabe.

—Por supuesto hija mía, por supuesto, pero no soy yo quien tiene una deuda con él, es Dios, y no lo dudes, él se lo pagara cuándo llegue el momento, —el cinismo de don Fidel era inmenso.

—Pero don Fidel, eso no es justo: él arriesgó mi vida y la de mis hijos para ayudarle.

—Y no se me olvida hija mía, pero en ese aspecto no puedo hacer nada, tengo las manos atadas. Te lo repito: todo está en manos de Dios.

—Don Fidel, por Dios se lo pido…

—No utilices su nombre en vano hija mía. Es más fácil liberar a Rafael, que el que te permitan abrir la escuela. ¿Es eso lo que quieres?

—Yo lo único que quiero es que me vuelvan a dejar ejercer, aunque no me dejen abrir la escuela.

—Te repito que no es posible.

—Pero tenemos que vivir de algo.

—No te preocupes, en el campo hay mucho trabajo. Seguro que tu padre o Roberto te proporcionan alguna… ocupación.

Sin despedirse, Nicolasa, mordiéndose la lengua, se dirigió a la puerta y salió del despacho. Con las lágrimas aflorándola llegó a la calle y con decisión se dirigió hacia la calle Almirantazgo y el Postigo del Aceite, para entrar en la calle Adriano camino a la casa de la familia de Roberto.


 

Una semana después, Nicolasa estaba de regreso en Andújar. El día de su llegada, Roberto fue a buscar a José al campo con la camioneta.

—Vamos a tu casa, que tu madre ha regresado.

—¿Ya esta aquí?

—Si, me lo ha dicho el Braulio cuándo ha venido con los recados. Venga, deja eso y vamos.

A bordo de la camioneta salieron del mar de olivos y bajaron por la carretera del Santuario en dirección a Andújar. La encontraron con la escoba de la mano limpiando el patio. Los dos se dieron un abrazo largo, que no eximio a José de una buena ración de besos, que aguanto estoicamente.

—Menos mal que uno se deja achuchar, —comentó Nicolasa—. A los otros dos saboríos casi los he tenido que cazar.

—Son críos, ya sabes, —sonrió Roberto después de darla también dos beso.

—Ya, ya, pero no me gusta.

—¿Y bien? —preguntó José—. ¿Qué te ha dicho?

—¿Que qué me ha dicho? Es un hijo de puta.

—Eso ya te lo dije yo.

—Y yo, —corroboró Roberto.

—No sé que vamos a hacer.

—Ya sabes que aunque no estamos en nuestro mejor momento puedes contar con nosotros para lo que sea.

—Lo sé, lo sé, pero ya habéis hecho demasiado. Tu mujer es un sol, me ha ayudado mucho en Sevilla: si no hubiera sido por ella, todavía estaría esperando a ese cerdo.

—Tu por eso no te preocupes.

—No, no, después de oír al cura, casi es mejor que no os relacionen con nosotros.

—Eso es cosa mía. Tú no te preocupes.

—Por lo menos que José siga trabajando para ti…

—Eso es algo de lo que tenemos que hablar, —intervino José.

—¿Por qué, que pasa?

—No te lo hemos dicho porque recibí la notificación un par de días después de que salieras para Sevilla.

—¿El que? —preguntó alarmada.

—Me llaman a filas, tengo que hacer el servicio militar.

—¿Qué? ¡Pero si has estado tres años de guerra!

—Si madre, pero ya sabes, soy de los que han perdido.

—He hecho gestiones en Jaén, —intervino Roberto— y no hay nada que hacer.

—¿Pero cómo es posible?

—José se alistó voluntario, no se le llamó a filas por su quinta. Si meneamos este asunto, puede salir a relucir su expediente y los “apaños” que hicimos para sacarle del campo de concentración.

—Y eso puede ser peligroso para Roberto y para padre, —dijo José.

—Pero ¿qué vamos a hacer? Tus ingresos son los únicos…

—Ya lo hemos estado hablando, —dijo Roberto— Paco y Miguel trabajaran en la finca, y por la tarde a aprender un oficio. Desgraciadamente, las cosas a tu padre no le van bien, ya lo sabes. No os puede ayudar: más quisiera él.

—Y todo por vuestra culpa, por la mierda de la política.

—Mira madre, ese tema es mejor no tocarlo.

—Y es mejor que bajéis la voz, que en el patio retumba y se oye todo fuera.

—Y de padre, ¿le dijiste algo?

—¿De tu padre? Por mí se puede pudrir dónde esta.

 



        A finales de 1.942, José regresó del servicio militar. De nuevo, gracias a las gestiones de Roberto, eludió hacerla en un batallón disciplinario cómo era habitual, pero no pudo evitar que le destinaran a Marruecos, al Grupo de Regulares Tetuán 1. No me voy a extender mucho sobre esta etapa, porque, siguiendo los consejos de su amigo, procuró pasar desapercibido, y lo consiguió. Solo diré que fue duro. En aquella época las distintas unidades militares se ocupaban del entrenamiento de sus reclutas. Las quintas se movilizaban enteras, no divididas en cuatro reemplazos cómo más adelante. En las afueras de Tetuán, a principio de la primavera, se preparaba el campo de entrenamiento que se desmantelaba a principio de verano. A pesar de sus tres años de guerra, un estoico José, tuvo que soportar que le llamaran novato y que le enseñaran a disparar un fusil. Todo lo hizo con una sonrisa a pesar de que por dentro las entrañas se le revolvían. Al final, terminó chapurreando de mala manera el árabe, algo que en el futuro no le sirvió para nada, salvo a la hora de vacilar a los vendedores callejeros marroquíes, que años más tarde inundaron las capitales españolas.

Antes de su regreso a Andújar, su madre, pudo malvender la escuela. Se vio obligada por los rumores de que podían expropiar el edificio. Sin contar con nadie y para no agobiar a Roberto, lo vendió a sus espaldas por 16.000 pesetas: su valor real era el doble. Después, alquilo una casucha a las afueras del pueblo, junto a la carretera del Santuario. Desde allí, sus hijos, a lomos de una vieja mula prestada por Roberto, subían de madrugada hasta la finca dónde trabajaban en diversos cometidos. A media tarde regresaban e inmediatamente pasaban por la escuela de oficios.

 


        Nada más regresar, José pasó a visitar a Roberto. Caminó a su casa, se paró en la tumba de su tía y comprobó con agrado que estaba limpia de maleza: sus hermanos se habían ocupado. Se sentó en una piedra y dejó que los recuerdos fluyeran libres: a pesar de todo lo ocurrido desde su muerte, su figura estaba muy viva en su memoria.

—Sabía que estarías aquí, —José giró la cabeza y vio a Roberto que con una sonrisa se acercaba.

—Perdona Roberto, pero…

—No tienes que disculparte, es normal, no te preocupes, —los dos se fundieron en un fraternal abrazo.

—¿Cómo os van las cosas? Mi madre no me ha dicho mucho.

—No me nombres a tu madre que me tiene muy cabreado.

—Lo ha hecho con la mejor intención: no quería poneros en un compromiso.

—No digas gilipolleces: podía haberlo hecho perfectamente.

—Mira Roberto, por favor…

—Ese hijo de puta la ha dado una mierda, ¡joder!

—Déjalo estar, ya está hecho y no hay solución. Por favor, no se lo tengas en cuenta.

—Ya, ya, pero es que me cabrea. Con vuestra situación no estáis para perder dinero de esa manera.

—Y yo te entiendo Roberto, pero por favor, vamos a pasar página.

—Vale. Hay un tema que tengo que tratar contigo. A tu madre no la he dicho nada, porque, aparte de que esta desaparecida para no verme, no creo que este dispuesta.

—¿Por mi padre?

—Así es, —respondió Roberto sentándose en la piedra. José también lo hizo—. Mira, te voy a hablar con sinceridad. Cómo tú sabes muy bien, cuándo conseguí que trasladaran a tu padre a Jaén, también conseguí que su expediente fuera con él. Desde entonces esta… digamos que convenientemente “olvidado” en un cajón de la comandancia militar.

—Si, si, y nunca te lo agradeceré lo suficiente.

—No digas tonterías, puedo decir que le debo la vida a tu padre. El caso es que no podemos tener ese expediente perdido indefinidamente: ya no.

—¿Ha ocurrido algo?

—Dentro de un par de meses, el comandante, un coronel, va a ser ascendido a general: le toca por turno, ya sabes.

—Entiendo. Y del nuevo no sabemos nada.

—Nada, y no solo eso, se rumorea que es posible que cierren la prisión: recuerda que esta en el convento de Santa Úrsula.

—¡Joder! Pues eso no nos interesa, —dijo José con gesto apesadumbrado.

—Hay que sacarle de la cárcel, y pronto: no hay mucho tiempo. Aunque las cosas se han tranquilizado un poco, todavía siguen fusilando gente y si aparece ese expediente tu padre puede terminar en la tapia del cementerio.

—¿En qué has pensado?

—Cómo hemos tenido el expediente “desaparecido”, tampoco se ha preparado el consejo de guerra, y eso nos beneficia.

—Claro, pues tú dirás.

—Digamos que el secretario del comandante estaría dispuesto a entregarnos el expediente, a hacer desaparecer cualquier rastro de él y a abrir la puerta de su celda por una “aportación”, ya sabes. No va a ser barato: ya te lo digo.

—Ya me imagino, pero de eso no te preocupes.

—Calculo que serán unas trescientas y pico pesetas más o menos, pero no te preocupes: el dinero no es problema.

—No, no, tu ya te has señalado demasiado con nosotros.

—Tú de eso no te preocupes.

—He dicho que no, y no quiero que intervengas más: dame el contacto que yo me ocupó. Solo faltaba que pasara algo y tuvieras problemas

—¿Y tu madre?

—¿Mi madre? Yo me ocupó de ella, no te preocupes.

—Mira, no te compliques. Yo te doy el dinero…

—No, no. De eso nada.

—Tu madre no va a querer…

—¿Qué no? Te aseguro que sí. Hasta ahí podía llegar la historia. Te lo repito: tú de eso no te preocupes.


 


domingo, 5 de marzo de 2023

La Atalaya (capitulo 19)

 


A los pocos días de la derrota republicana en el Ebro, las tropas fascistas entraron en Andújar. Se hizo sin violencia ante la retirada republicana, pero había muchas cuentas que ajustar en el pueblo y se ajustaron. En los primeros días, 93 republicanos fueron fusilados acusados de haber cometido múltiples asesinatos en nombre de la República, sobre sacerdotes, terratenientes y católicos significativos. Muchos, fueron conducidos al cementerio de Andújar dónde fueron ejecutados, pero otros, aparecieron muertos en la cuneta de la carretera de Villanueva, hasta completar 138 contando a los que fueron trasladados a la capital y asesinados allí.

Una semana antes de la entrada fascista en Andújar, la familia Morales salió del pueblo. Nicolasa y los dos hijos menores hacia Jaén, con la familia del primo guardia civil. Allí, a los pocos días se encontró con sus padres que también había estado escondidos: el golpe de estado les pilló de visita en Jaén y decidieron quedarse por recomendación de la familia.

Rafael, disfrazado con un mono militar, se entremezcló con las tropas en retirada que se replegaban hacia Valencia. Finalmente, después de muchas penurias y ante la imposibilidad de llegar, se entregó junto a varios miles de soldados en las cercanías de Albaladejo. Dijo que había perdido la documentación y cómo no se podía acreditar su identidad fue apartado del resto de prisioneros, junto a otros muchos indocumentados: su aspecto poco recio también levantó sospechas. Después de unas semanas en las que continuaron al raso custodiados por una unidad de requetés, iniciaron la marcha hacia el campo de concentración de Los Almendros, en las cercanías de Alicante. Después de ocho días, y después de cubrir 250 km a pie, llegaron al campo que ya estaba abarrotado pero no construido. Cómo todos los demás, tuvo que colaborar en la construcción del complejo de detención: una valla de alambre de espino y poco más. Las condiciones de vida eran tan terribles que los presos morían a montones en la semana que estuvo abierto: el olor a muerte lo impregnaba todo. Seis días después y a causa de las quejas de los soldados italianos que custodiaban el campo, los supervivientes fueron trasladados a otros asentamientos, salvo los que levantaban más sospechas, cómo Rafael, que fueron trasladados al castillo de Santa Bárbara, en el centro de Alicante.


 

Desde el primer momento de la caída de la República, desde Sevilla, Roberto Iribarren comenzó a mover todos los hilos a su disposición para conocer la suerte que habían corrido tanto Rafael como José. Nicolasa y sus hijos menores ya estaban bajo su protección aunque seguían en Jaén: no le interesaba que los vieran por la ciudad hispalense que seguía siendo la capital fascista del sur, y por el momento tampoco por Andújar, al menos hasta que se tranquilizara el ambiente. Empleados de confianza se ocupaban de ellos en el mismo Jaén y velaban de su seguridad.

Al primero que localizó fue a José. Descubrió que estaba en el campo de concentración de Miranda de Ebro. Le resultó relativamente fácil conseguir su libertad. Solo tuvo que aportar una pequeña ayuda económica para que su situación pasara de estar en el grupo de “desafectos con responsabilidad” que acarreaba consejo de guerra y trabajos forzados en el mejor de los casos, o pena de muerte, al de “desafectos sin responsabilidad” que aunque también acarreaba trabajos forzados, se consideró que ya había hecho suficiente y el consejo de guerra le puso en libertad en un proceso meteórico.

Otra historia fue Rafael. Cuándo Roberto descubrió su paradero, se trasladó a Alicante para ocuparse personalmente de su amigo. Con un “desafecto con responsabilidades” presidente de una Casa del Pueblo, no se podía hacer la vista gorda y abrirle la puerta. Después de presionar mucho, en ocasiones más de lo que la prudencia aconsejaba, y de untar mucho más, consiguió que su expediente se trasladara a la prisión militar de Jaén, dónde un buen amigo la dirigía y donde se “extravió” en un cajón.


 

En Andújar, cómo ya he dicho, la entrada de los fascistas en la ciudad, y el fin de la guerra, supuso que se pusiera en marcha una verdadera maquinaria de represión y ajustes de cuentas. Los escasos propietarios derechistas que se habían mantenido ocultos, junto con los que habían huido, y que regresaron, lideraron las denuncias contra sus antiguos enemigos. Pero no solo políticos, muchos aprovecharon para denunciar a vecinos e intentar quedarse con sus propiedades. Se dio incluso la delirante situación de ver a miembros de la etnia gitana, colaborar con falangistas y la Guardia Civil, en este proceso represor, y todo, porque fueron obligados a trabajar en los campos colectivizados.

A mediados de julio, con Rafael en la prisión militar de Jaén, y su expediente a buen recaudo en manos del comandante, que cómo ya he dicho era conocido de Roberto, su dinero le costaba, la familia había regresado a Andújar. Para Nicolasa, su marido hacia tiempo que no era importante: le culpaba de todos los males de la familia, unos ciertos y otros injustos. Allí contó con la protección de Roberto y de su padre, que también había regresado e intentaba retomar sus negocios. Intentó abrir de nuevo la escuela, pero no la autorizaron: la esposa de un rojo, y sospechosa de serlo también, no puede ser maestra. No había nada que hacer. 

 


 

Cuándo José fue puesto en libertad, le ordenaron presentarse inmediatamente en la casa cuartel de la Guardia Civil de Andújar y estar localizado en todo momento. El único que le dio trabajo fue Roberto, que tenía que recuperar la producción de la propiedad y reconstruir la casa familiar que había quedado muy deteriorada durante el asedio. Eso le permitía visitar, casi a diario, la tumba de su añorada tita Servanda, a la que seguía echando terriblemente de menos.

A José siempre le había gustado el campo y le vino muy bien trabajar curando los olivos, y arrancando los tocones de los árboles que fueron talados durante el asedio, para usarlos de combustible. Cuándo terminaba la jornada de trabajo, para ir a casa siempre cogía el camino que atravesaba La Atalaya. Desde la lejanía veía las ruinas del cortijo y recordaba el paseo que dio a caballo la víspera de la expropiación con la única compañía de los perros. Ya, ni siquiera tenía pensamientos lúgubres que le distrajeran, se había habituado tanto a ellos que eran cotidianos. Con esa situación terminó el año y en el futuro solo se veían nubes negras. Si de algo estaba seguro es de que no podía estar toda la vida recluido en Andújar y trabajando en el campo bajo la protección de Roberto. A causa de la guerra había recorrido parte de la geografía española y sin lugar a dudas en sus planes no entraba quedarse en un pueblo dónde no tenía futuro, aunque por el momento era imposible.


 

El nuevo año, 1.940, comenzó con un nuevo favor de Roberto. Tirando de algunos hilos, y presionando un poco, consiguió que le admitan en la nueva escuela profesional que acababa de abrir en Andújar. Allí, retomó los estudios de electricidad que abandonó la víspera de la guerra. Aun así, y pese a tener asegurado el sueldo que le pagaba Roberto la situación empeora, y es que España entró en un periodo que culminaría en el llamado año del hambre: 1.944. La familia, a la que habían negado la cartilla de racionamiento, sobrevivía gracias a lo que Roberto y Fabián les proporcionaban, que dadas las circunstancias no era mucho: tenían asegurada la alimentación, pero para el resto tenían que ir al mercado negro.

—Hijo, he pensado en ir a ver a don Fidel, —le dijo un día su madre—. Me han dicho que sigue siendo uno de los confesores del grupito de amigas de la mujer de Queipo de Llano.

—¿Estás segura madre? Recuerda que no es precisamente tu amigo.

—Hace unos años que no nos vemos, y algo tenemos que hacer: no podemos seguir así.

—Recuerda que es un hijo de puta.

—No hables así hijo.

—¡Cómo que no hable así!

—El puede ayudarnos…

—Muy bien, —la interrumpió—. Y en concreto: ¿que le vas a pedir?

—Que interceda con el obispado para que nos permitan abrir la escuela.

—¿Y que suelten a padre?

—Lo único que me interesa ahora mismo es el futuro de tus hermanos. Nada más.

—Mira madre…

—No, mira tú, hijo. Tu padre esta dónde él ha querido estar. Él se lo ha buscado.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Pues lo digo.

—Pues conmigo no cuentes para ir a hablar con ese hijo de puta.

—Pues muy bien, me voy yo sola. ¿Puedes ocuparte de tus hermanos mientras voy a Sevilla?

—¡Pues claro que puedo ocuparme de mis hermanos!

—Pues entonces ya esta. Hablaré con Roberto: a ver cómo puedo ir.

—Haz lo que quieras, pero ya que vas, recuérdale a ese cabrón que esta vivo gracias a padre.

—No nos vamos a señalar más por culpa de tu padre…

—¿Has preguntado a mis hermanos que opinan de eso?

—No tengo que preguntar nada ni a tus hermanos, ni a nadie. Si crees que hay que hacerlo, hazlo tú.

—Estás siendo muy injusta con padre.

—Es posible que si, pero es lo que hay.

 


Varios días después, Nicolasa salió camino de Sevilla en una camioneta que Roberto mandó a Camas a recoger semillas, herramientas y algunas cosas poco claras, comunes en esa época repleta de penurias. Viajó pese a que Roberto le advirtió, de que el antiguo párroco de Santa María se había convertido en un ser endiosado e intransigente, mucho peor y más intolerante que el que había conocido el Andújar. Sin duda, el contacto con ciertos personajes de la casta patriótico-fascista de la capital hispalense de había radicalizado. Aunque iba a perder el tiempo, también la aconsejó, cómo había hecho su hijo, que le recordara que su marido le había salvado la vida, arriesgando la suya propia y la de su familia, cómo ella sabía muy bien. En Sevilla se alojó en la casa de la calle Colon, dónde todavía residía la familia, inmersa en los preparativos para regresar a Andújar, cuándo la situación se asentara un poco y las reparaciones de Villa Juanita la hicieran habitable.