lunes, 26 de diciembre de 2022

La Atalaya (capitulo 9)

 


La situación política en Andújar iba de mal en peor. El motivo era la lucha permanente entre los partidos de la derecha, que no se ponían de acuerdo a la hora de repartirse el pastel municipal. En este ambiente crispado, las elecciones del 8 de febrero de 1.920, dieron como resultado la victoria de los albistas, la facción del Partido Liberal partidario del duque de Alba, uno de los mayores latifundistas de España. Las sospechas de amaño se dispararon y cómo resultado las elecciones fueron impugnadas. El 20 de marzo, la Comisión Provincial Electoral suspendió las elecciones y decidió nombrar a dedo a doce concejales interinos para que se pudiera constituir el ayuntamiento.

El escándalo fue colosal e incluso el caso se trató en las Congreso de los Diputados. Mientras, los gremios obreros de la Casa del Pueblo, convocaron una huelga general para el 31 de marzo, «contra los atropellos caciquiles y contra el arbitrario acuerdo de la Comisión Provincial». A pesar de la indignación generalizada de la población, el ayuntamiento se constituyó el 1 de abril sin incidentes reseñables a causa del despliegue masivo de la Guardia Civil que ocuparon la plaza del Mercado y las calles circundantes. A pesar de los recursos presentados, el Ministerio ratificó la decisión de la Comisión Provincial y el ayuntamiento interino continuó constituido hasta las elecciones municipales de 1.922.

El colegio San Rafael siguió con paso firme gracias a la abnegación de Rafael y Nicolasa. Decidieron dar un paso más, y poner en marcha definitivamente el internado, al que solo le faltaba voluntad de hacerlo: el edificio ya estaba preparado desde que se reformó, y no necesitaba más obras. A final de verano de 1.921, llegaron los cuatro primeros internos, hijos del capataz de una importante finca de Úbeda, que tenía cierta relación con el partido. Por aquella época, en la escuela normal ya tenían más de sesenta alumnos y con el tiempo, en el internado llegarían a tener otros treinta.

Al año siguiente de la inauguración del internado, un día por la noche, los dos estaban en la cama: ella, leyendo una novela y él, estudiando unos documentos del partido. Nicolasa dejó de leer y miró a su marido con una sonrisa.

—¿Sabes? Vamos a tener un alumno más.

—¿A mitad de curso? —preguntó extrañado mirando a su mujer por encima de las gafas.

—No, llegara para comienzo del curso que viene, —Nicolasa seguía sonriendo.

—¡A bueno! Entonces no hay problema, —y siguió estudiando los documentos. Unos segundos después, irguió la cabeza y miró a Nicolasa que risueña seguía mirándole—. ¿No jodas?

—Sabes que no me gusta que digas palabrotas…

—Lo siento cariño.

—… y sí, estoy embarazada, —Rafael dejó caer los documentos y abrazó a su esposa besándola con devoción—. ¿Crees que es el momento apropiado?

—¿Por qué no lo va a ser?

—Lo digo por el internado…

—Por eso no te preocupes, además, ya no hay solución, y José necesita una hermano… o hermana.

—¿Prefieres una niña?

—Si es tan preciosa como su mama, sí. De todas maneras es una lotería.

—Sí, será lo que Dios quiera.

—Pues cuándo vayas a la iglesia, a ver se le dices algo… —bromeó Rafael hasta que le interrumpió.

—Sabes que no me gusta que seas irreverente.

—Pero si solo he dicho…

—¡Que lo dejes!

—¡Joder!

—¡Y no digas palabrotas!

No fue niña, a primeros del octubre de 1.923 nació Paco, y un año después Miguel. Tras el nacimiento de este último, decidieron no seguir buscando a la niña: con tres hijos, ya tenían suficiente. 


 

A pesar de la batalla que estaban librando los partidos de la derecha, y el ambiente de corrupción tradicional que había llegado a un nivel intolerable, la izquierda no lograba sacar ventaja a su favor. Al contrario, en 1.920, el PSOE estaba sufriendo la escisión del futuro Partido Comunista de España, que, aunque en Andújar no tuvo mucha incidencia, en el resto de la provincia sí. La escisión del PCE, alentada por la victoria revolucionaria en Rusia, se produjo en el marco de los que se llamó: «el trienio bolchevique». Junto a la UGT y la CNT (un sindicato fundado en 1.910 y que una década más tarde, llegó a tener 750.000 afiliados), comenzó un periodo de revueltas, que desató el miedo entre los terratenientes, que huyeron a las capitales o a las grandes poblaciones, aceptando algunas de las exigencias obreras: en algunos lugares, las peonadas de siega subieron hasta un 150%, aunque el resto de jornales nunca llegaron a hacerlo tanto.

En el seno de la Casa del Pueblo hubo cambios, producto de la orden gubernamental de reprimir con dureza las movilizaciones obreras y campesinas, para salvaguardar las posesiones y los derechos de los propietarios: se declaró el estado de guerra. La Guardia Civil entró varias veces en ella, varios gremios fueron ilegalizados, y sus dirigentes detenidos y encarcelados. El movimiento obrero comenzó un claro retroceso a causa de la represión, tanto por parte del gobierno como por parte de los patronos. En Barcelona, apareció el “pistolerismo”: acciones terroristas a cargo de pistoleros de uno y otro signo que asesinaban tanto a patronos como a obreros. En medio de todo este lío, Blas Infante, redactó el Manifiesto Andalucista de Córdoba, que definió el concepto de Andalucía como una nacionalidad histórica dentro de una España federal. Años más tarde, al comienzo de la Guerra Civil, el 11 de agosto de 1.936, varios falangistas le detuvieron en su casa de Coria del Río, y sin juicio previo, lo fusilaron en el kilómetro 4 de la carretera de Sevilla a Carmona.

Dentro de este ambiente, el PSOE logró colocar, de vez en cuando, un par de concejales en el ayuntamiento de Andújar. Sin ningún efecto, salvo el de hablar al pleno de la corporación y denunciar las practicas de los políticos corruptos y terratenientes que los controlaban. Siempre ante la sonrisa irónica y superior del resto de los concejales.


 

En La Atalaya, aunque no hubo problemas laborales la situación económica seguía deteriorándose. Los terratenientes rivales a los Morales, acaparaban los mercados del aceite y la aceituna, y si la familia lograba sacar su producción, era gracias a que Fabián Gil, padre de Nicolasa, como un favor, lograba sacarla como producto de mesa hacia los mercados de Barcelona. Para La Atalaya, el perder el mercado del aceite era catastrófico.

—Lo siento Rafael, no puedo hacer nada, —dijo Fabián a su consuegro.

—¡Joder! Eres el dueño de los molinos.

—Sí, pero sabes que tienes muchos enemigos…

—Pero no son míos.

—Son de la familia, y ya sé que no es culpa tuya: es culpa de tu padre, que en paz descanse, y de tu abuelo, que también, pero…

—Si tú quisieras…

—¡No!, ni siquiera yo puedo enfrentarme a ellos, y menos como están las cosas. ¿Tú sabes la cantidad de dinero que están dejando de ganar por la subida de los jornales?

—Me lo imagino, pero era algo que iba a ocurrir tarde o temprano. ¿Tú sabes lo que gana un obrero de la Ford en América? Lo leí en el periódico hace tiempo: 5 dólares, y eso son muchas pesetas… y trabajan de lunes a viernes y descansan sábado y domingo.

—Mira Rafael, si yo te entiendo: ni tu ni yo hemos tenido problemas con nuestros empleados, pero los demás han acaparado el mercado y me lo han dicho muy clarito respecto a vosotros.

—¡Joder! Fabián.

—Y aunque me duela decirlo porque es mi yerno, la actitud de tu hijo, su pertenencia a los socialistas y su relación con los gremios obreros, no ayuda.

—¡Pero si el no se está señalando!

—Lo sé, pero da igual. ¿No has visto que todos los niños de la escuela son de familias obreras? Ese colegio es el más moderno del pueblo, y podría acoger a los hijos de unos cuantos de esos cabrones.

—Sabes que mi hijo, y tu hija también, van de por libre.

—Lo sé, lo sé. Vaya dos que se han juntado.

—Mira Fabián, tengo que sacar la producción de aceite como sea, si no, estoy perdido.

—Aguanta un poco más, a ver si la situación mejora…

—O si esos cabrones se mueren.

—¡Venga! Con los recursos que tienes puedes capear el temporal.

—No, Fabián, no. Hace seis años que estoy tirando de reservas para tapar las perdidas, y el temporal cada vez es más fuerte.

—Lo siento Rafael, pero no puedo llevar tus olivas a mis molinos, y te aseguro que a los del resto de Andalucía, tampoco. Lo sé muy bien, ellos ya se han ocupado.

—Pues entonces tengo que empezar a vender.

—No es buen momento para vender.

—Lo sé, pero es eso o hipotecarme, que es precisamente lo que no quiero. Si solo puedo malvender mis olivas, ¿para que quiero un olivar?

—Sé que tu hija que tiene algunas ideas…

—Mi hija no tiene ni puta idea de nada, solo dice sandeces.

—Venga, no seas así, mi hija me ha dicho que tiene la idea de abrir un hotel muy próximo al santuario, en la misma carretera.

—Ya ves que idea.

—Desde que el rey y la infanta visitaron el santuario, cada vez más gente va a visitar a la virgen. No es tan mala idea y puede ser su futuro.

—Su futuro es La Atalaya, no un hotelucho de tres al cuarto. Ya que su hermano no quiere, ella heredara la dirección de la finca cuándo yo palme. Entonces que haga lo que quiera.

—Pero a lo mejor ya es tarde.

—Mira Fabián, hace muchos años que somos amigos: vamos a dejar este tema.

—No te enfades conmigo, solo quiero ayudarte…

—Pues llévame las putas olivas a tus molinos.

—Lo siento Rafael, eso, no puedo hacerlo.

martes, 20 de diciembre de 2022

La Atalaya (capitulo 8)

 


Cuando llegó a casa la actividad era frenética. Los criados se movían con rapidez y aparente profesionalidad montando el toldo que cubriría gran parte del patio. Bajo él, se colocaron las mesas para la cena temprana y posterior baile. A todos estos quehaceres, Rafael asistía con más temor que interés, consciente que las intensas horas que se avecinaban.

A las seis de la tarde comenzó la ceremonia. La capilla estaba decorada con grandes centros de flores y guirnaldas de jazmines. El olor era penetrante y embriagaba un poco. La familia directa había ocupado su lugar en el interior. A continuación, los notables allegados a ambas familias. El resto de invitados se sentaron en el exterior bajo un gran toldo, aunque algunos se quedaron fuera a pleno sol.

Don Fidel, cura párroco de Santa María y amigo de la familia, ofició largamente la ceremonia, muy largamente. Tan largamente, que durante el sermón varias criadas tuvieron que dar aire a más de alguna gran dama para evitar soponcios inoportunos y embarazosos. No desaprovechó la oportunidad de atacar las ya conocidas ideas del novio en su propia boda.

Cuando terminó la ceremonia, se ofreció una copa de Jerez a los asistentes antes de sentarse en las mesas para la cena. Por fortuna, en ese momento el calor dejó de apretar y todo se desarrolló en un ambiente menos agobiante.

En la mesa principal, donde estaban los novios y sus padres, había un lugar reservado para don Fidel, por deseo expreso de doña Matilde, la madre de la novia. Ineludibles mojigaterías de pueblo. Desde su lugar de la mesa, Rafael veía engullir a don Fidel con una gula exacerbada y se ponía malo. Le asaltaban pensamientos socialistas sobre el poder del clero, su influencia en las clases bajas y su relación simbiótica con las clases altas, con la agroburguesía. 

Finalizada la cena comenzó el baile. Como es habitual lo abrieron los novios, y se notó que el vals no era el fuerte de Rafael. Gran bailarín de ritmos más modernos, se esforzó en todo momento en no pisar a Nicolasa. El resultado fue bastante patético y durante mucho tiempo su flamante esposa le tomaría el pelo con su estilo de vals “pisando huevos”.

Pasada la medianoche los novios y sus respectivos padres se situaron en la salida para ir despidiendo a los invitados, que fueron desfilando ante ellos proclamando todo tipo de elogios y falsos parabienes.


 

Avanzaban despacio, con calma, conscientes de que la vorágine del día había pasado. Bajo un formidable mar de estrellas, inexplicablemente el caballito blanco relucía como si fuera fosforescente, a pesar de que la luna solo era un leve rastro. Con paso tranquilo, pero constante, tiraba de la pequeña calesa en dirección al hogar de los recién casados. Nicolasa se empeñó en pasar la primera noche en su casa, fuera la hora que fuera. 

Hacia varios días que la vivienda que les acogería estaba preparada; aunque las obras hacia más de un año que estaban finalizadas, la vivienda familiar se había terminado de amueblar hacia escasamente diez días. 

Situada en el ala izquierda del futuro internado, tenía fácil acceso al resto del edificio a través del patio central y era cómoda y sencilla, pero suficiente para ellos dos y los hijos que querían tener. 


 

El mismo año de su matrimonio, UGT inauguró la Casa del Pueblo de Andújar. La sociedad de obreros albañiles “El Trabajo”, compró el edificio, de 359 m2, donde más o menos encubiertos, funcionaban desde casi diez años antes, en la calle Juan Robledo, 4, (durante la República el nombre de la calle cambió y pasó a denominarse Pablo Iglesias). El hecho abrió muchas expectativas de futuro para el movimiento obrero de la comarca que se encontraba francamente disperso. Desde ahí, el PSOE se lanzó a la conquista, no solo de la comarca, también de las limítrofes, en un avance verdaderamente espectacular. 

Con la Casa del Pueblo a tiro de piedra, Rafael pudo alternar con facilidad su trabajo docente con su trabajo político. En ella, al margen de sus obligaciones políticas, comenzó a dar clases de alfabetización para adultos: el analfabetismo andaluz era un problema terrible. Los braceros y peones tenían que tener acceso a la lectura y por consiguiente a una formación política más completa. 

En esta actividad, como en cualquier otra que tuviera relación con el partido, Nicolasa jamás participó. Como ya he dicho anteriormente, por decisión propia e influencia familiar, despreciaba profundamente todo lo que tuviera que ver con política, políticos y partidos de izquierda o derecha. La única excepción era su marido, ya lo conoció metido en política y en su caso lo veía normal, y era eso: una excepción.


 

A finales del verano, Nicolasa ya estaba embarazada y como siempre pasa en pueblos de moral cerrada, mente estrecha y lengua despierta, hubo suspicacias. No pocas voces fueron los que difundieron la sospecha de que había ido al altar con equipaje. Con el curso escolar ya comenzado las habladurías seguían y estaban en boca de todos. La única que no se enteró de nada fue Nicolasa, pero el runrún era tan insistente que incluso Matilde, su madre, la sondeó sin mucho tacto por su parte. 

—Madre, no me puedo creer que prestes oídos a esas infamias, —la dijo visiblemente enfadada cuando la preguntó.

—Pero hija, es que mucha gente lo está comentando…

—¿Quién es mucha gente? —la interrumpió. Se notaba claramente que empezaba a perder la calma con su madre—. ¿Las beatonas del Círculo Católico?, ¿don Fidel el cura?, ¿o la generala, la mujer del sargento?

—Solo quería estar segura…

—¡Pues que tú dudes de mí me ofende madre!

—Pero hija…

—No hay más que hablar. Vete madre, —no estaba dispuesta a seguir con el tema y desde luego cortó por lo sano—. Y con infamias de este tipo, no vuelvas a mi casa.

—Pero hija…

—Adiós, madre, —la interrumpió de nuevo y abrió la puerta de la calle.

Cuando Rafael regresó a casa, se la encontró muy enfadada. Le contó un poco por encima la conversación con su madre y vio claramente que estaba al tanto de las habladurías.

—¿Lo sabias y no me has dicho nada? ––le espetó.

—Sí, lo sabía. Mira cariño, no quería que te llevaras un disgusto, —la habló con sinceridad—. Un compañero del partido me puso al corriente de las habladurías. Lo que no esperaba es que tu madre se hiciera eco.

—Pues ya sabe lo que hay, —le dijo. Seguía muy enfadada y se notaba—. La he echado de casa.

—¿Has echado de casa a tu madre? —la preguntó. No se podía creer lo que acababa de oír—. Pero mujer. ¿Cómo se te ocurre? 

—¿Y que quieres que haga? ¿Qué la ría la gracia? Y además a espaldas de mi padre. Y seguro que don Fidel esta detrás. Cómo si lo viera.

—Seguro que Fabián no la hubiera permitido venir, —y cogiéndola por los brazos en un gesto cariñoso la dijo—. No puedes pelearte con todo el pueblo. Y menos con tu madre.

—Entonces ¿Qué debía haber hecho?

—Nada Nicolasa, nada. Según tus cuentas, el hijo nacerá diez meses después de la boda.

—Si Dios quiere.

—Como tú digas, pero entonces todo quedara claro y esas brujas se buscaran otra victima, —la decía con tranquilidad cuando sonó la campanilla de la puerta. 

Rafael se encaminó a abrirla y se encontró con Fabián, su suegro.

—Mire Fabián, Nicolasa esta muy disgustada, —le dijo muy serio antes de permitirle entrar—. Si viene a enfadarla más, lo mejor que puede hacer es irse y regresar mañana.

—Tranquilo Rafael: no habrá problema. 

Le flanqueó la entrada y pasó al salón donde le esperaba una enfurruñada y llorosa Nicolasa. Sin decirla nada, se acercó a ella y la abrazó mientras la besaba en la frente.

—Niña, no me parece bien que tu madre haya venido a mis espaldas con majaderías, pero tampoco me parece bien que la hayas echado de tu casa.

—Mire Fabián, ya sabe que cuando su hija se enfada, se enfada, —intercedió Rafael. Y a continuación añadió—: mañana, seguro que ve las cosas de otra manera.

—¿Piensas hacer algo sobre este tema? —preguntó directamente a Rafael.

—Nada. Nada en absoluto. Ya se lo he dicho a su hija. Cuando el crío nazca, habrán pasado diez meses y… 

––Si Dios quiere, —interrumpió Nicolasa.

—… lo mejor es no echar gasolina al fuego de esas brujas, —siguió Rafael.

—Estoy de acuerdo contigo. Es lo mejor.

—Y no se preocupe, le repito que seguro que mañana su hija ve las cosas de otra manera.

Nicolasa y su madre hicieron la paces. Las costó trabajo volver a estar unidas como antes, pero lo consiguieron. 


 

El embarazo de Nicolasa siguió adelante sin novedad, y su madre se pasó muchas horas rezando en la capilla de San Pedro, al tiempo que quemaba muchas velas para que el parto no se adelantara. Con esta situación, y los problemas propios de cualquier embarazo, Nicolasa estaba de los nervios. Rafael, refugiado en la actividad docente de su flamante colegio, intentaba rehuir a su esposa todo lo que podía.

Como estaba previsto, a mediados de mayo de 1.919, diez meses y medio después, nació José. Cuando los achaques propios del parto se lo permitieron, corrió a la Iglesia de Santa María para dar gracias a Dios, o al santo o al que fuera.

Por primera vez desde el regreso de la familia de México, un primogénito Morales no se llamaría Rafael. No cayó muy bien, pero Rafael se mostró inflexible y cortó tajantemente cualquier intento de culpar a Nicolasa. La decisión fue suya. Solo Nicolasa y Servanda sabían que Rafael desde pequeño, aborrecía su nombre.

lunes, 12 de diciembre de 2022

La Atalaya (capitulo 7)

 


Con sus flamantes títulos de maestros, regresaron a Andújar a comienzos del verano de 1.915. Cómo Nicolasa iba un año por detrás de él en los estudios, mientras ella completaba su titulo de maestro elemental, él completó también el de maestro superior.


Mucho habían hablado sobre su futuro juntos, y si de algo estaban seguros, era de que seguirían juntos a todos los niveles, tanto sentimental, cómo profesionalmente. Pero Rafael tenía un as en la manga que no había mostrado a Nicolasa, un proyecto que necesitaba de la complicidad de su madre y de su hermana, y actuar con mucho tacto y diplomacia con su padre. Se puede decir que su padre se alegró de tenerle otra vez en casa, aunque tenía la certeza que estaba perdido definitivamente para la finca. En ese aspecto, Servanda hacia lo que podía, incluso más de lo que se hubiera podido esperar de ella, pero la lucha por demostrar a su padre su valía, era una causa perdida desde el principio. Así las cosas, lo primero que hizo Rafael fue hablar con su madre, su gran cómplice.

—¿Qué tienes pensado?, sé que algo te ronda por la cabeza.

—Sí, pero es algo complicado.

—Seguro que no será para tanto.

—Es complicado porque papa tiene que estar de acuerdo, y Servanda también.

—¿Tiene que ver con cierta casa del centro del pueblo? —la miró con admiración. A nadie le había comentado su proyecto, ni siquiera a Nicolasa, y su madre había adivinado sus intenciones.

—Claro, me gustaría abrir un colegio en la antigua casa de los bisabuelos.

—Pero es una casa muy grande…

—Mi idea es empezar con una escuela. Luego ir ampliando y llegar a tener internos. Ya sabes que en Andújar no hay nada así.

—Ya sabía que me iba a gustar la idea.

—Pero el problema es papá, —y añadió— el nunca ha aceptado mi vocación…

—Tu padre es cosa mía…

—Como que es cosa tuya, soy yo quien tiene que hablarlo con él.

—Te repito que es cosa mía, —y muy tajante añadió—: ¿es que crees que no había pensado ya en eso?

—Pero mama, no es justo que me soluciones los problemas…

—No te voy a solucionar nada, solo voy a ayudarte. Tu padre no está tan cerrado como crees.

—Te recuerdo todo lo que dijo aquel día.

—No te cierres tu ahora…

—Yo no me cierro, intento ser realista.

—Todo eso pasó hace ya muchos años, —su madre guardó silencio mientras sus miradas se cruzaron—. Sé que posiblemente estés resentido por lo que dijo tu padre aquel día, y te entiendo, pero ahora estás siendo injusto.

—Yo no soy injusto, te repito que intento ser realista, y además, poniéndome a mí como excusa, a Servanda la machacó.

—Deja que tu hermana resuelva sus problemas y no te metas.

—¿Qué no me meta?

—Mira hijo, céntrate en la escuela. Tu padre y yo ya lo hemos hablado, y hemos decidido cederte la casa de Andújar.

—Hay que contar con Servanda…

—Ella esta de acuerdo, de hecho, hace un par de años ya me comentó algo.

Se produjo un nuevo silencio entre madre e hijo mientras sus miradas se encontraron expectantes.

—¿Y mi padre no ha tenido ningún reparo? —preguntó Rafael con suspicacia.

—Ninguno.

—Aun así, sé que es cosa tuya…

—Vuelves a ser terriblemente injusto con tu padre, —respondió muy enfadada levantando la voz—. No tienes ni idea de nada, estás subido a tu torre de la verdad y no eres capaz de admitir las cosas…

—Pero mama…

—Tu padre, no solo te va a ceder la casa, también te va a dar 2.000 pesetas para que la acondiciones y empieces a trabajar, —Rafael guardó un silencio embarazoso: no sabía qué decir. La inesperada noticia le pilló por sorpresa y las reflexiones se amontonan en su cabeza sin ningún orden. ¿Tendría razón su madre y estaba siendo terriblemente injusto con él? En silencio se levantó del sillón y abrazó a su madre.


 

Con el inesperado apoyo recibido, la joven pareja se puso manos a la obra. Lo primero fue preparar una pequeña aula, en unas dependencias de servicio al lado de la puerta principal, donde Nicolasa comenzó a impartir clases a niños pequeños y a los que nunca habían ido a la escuela. Mientras, Rafael emprendió las obras para adecuar el resto de la casa. La idea era convertir una zona en su vivienda particular y el resto, como escuela e internado, aunque este, no se abriría por el momento. En las obras, Rafael tuvo la ayuda inestimable de los compañeros del partido, entre los que había, algunos albañiles. 

Los preparativos para la boda también estaban en marcha. En un pueblo como Andújar, con una rigurosa moral basada en el “que dirán”, no estaba bien visto que una pareja estuviera tanto tiempo junta sin estar casados. En eso, Segunda fue de una ayuda muy valiosa. Se ocupó de todos los preparativos: de adecentar convenientemente la capilla de La Atalaya, un tanto abandonada en los últimos tiempos y de hablar con el párroco de Santa María, para que celebrara la ceremonia en ese lugar. También se ocupó de las celebraciones en la finca, cocineros, personal de servicio y de todos los detalles habidos y por haber. Con la lista de invitados hubo sus más y sus menos. Los novios querían una lista mucho más reducida de la que tuvieron que aceptar finalmente. En eso, las dos familias se mostraron inflexibles: muchas relaciones, muchos compromisos ineludibles y como resultado una lista de invitados exagerada. Cuando los futuros esposos vieron su longitud se negaron categóricamente, pero ante la insistencia coordinada de las respectivas familias y el compromiso cierto de correr con todos los gastos de los festejos, no tuvieron más remedio de pasar por el aro. Se convirtieron en los protagonistas, a su pesar, de uno de los fastos más sonados de los últimos años.


 

Era tiempo de que comenzaran a brotar los jazmines, cuando amaneció ese día de primeros de julio. Rafael se levantó temprano y salio a pasear con los perros; necesitaba aislarse, reflexionar y serenarse, y para eso, sabía que el campo y la compañía de los animales, era imprescindible. Intentaba no pensar sobre las próximas horas que sabía que serían vertiginosas, pero era difícil, y aunque intentaba pensar en el colegio y en el partido, siempre su mente terminaba enfocando la capilla y el festejo que se avecinaba.

—«Menudo socialista estoy hecho, parezco más un señorito andaluz que un revolucionario», —pensaba resignado con una leve sonrisa irónica en los labios. Recordó cuándo terminaron los estudios, y con sus flamantes títulos de maestro debajo del brazo, regresaron a Andújar: el con 25 años y Nicolasa con casi uno menos. Fue el año en el que, en el mes de octubre, la infanta Isabel Francisca de Borbón, pasó por Andújar para visitar el santuario de Ntra. Sra. de la Cabeza, patrona de la localidad junto a San Eufrasio, del que nadie se acuerda. Se pueden imaginar el alboroto que se organizó en un pueblo donde los partidos dinásticos controlaban el ayuntamiento, (solo había un diputado socialista: Diego Sánchez Carnicer). Al año siguiente, y siguiendo la recomendación de su tía, paso también por Andújar el rey Alfonso XIII. Su intención era visitar a la virgen, pero como no debía tener ganas de subir al santuario, y eso que seguro que no lo iba a hacer andando, le bajaron la imagen hasta la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, donde, en su presencia, se rezaron diversos fervorosos responsos. Después de la partida real hacia otros lugares de la comarca, los actos religiosos continuaron durante un par de días más, en los que las supersticiones populares estuvieron desbordadas, por supuesto convenientemente organizado por curas, terratenientes y oligarcas de la comarca.

En ese año, mediados de 1.916, comenzaron las obras de la casona de la calle de los Hornos para adecuarla como escuela, que en un principio se llamaría San Rafael, y cómo su vivienda particular. A finales del verano de ese año, Nicolasa comenzó a dar clase a los pequeños, y a los mayores que todavía no habían empezado a dar clases y tenían que iniciarse en las primeras letras. Y es que la situación económica de la comarca era desastrosa: sequía pertinaz y trombas de agua que desbordaron el Guadalquivir. En una ocasión, el agua llegó a los limites del pueblo e inundó las primeras casas, pero antes se llevó por delante las casuchas de mucha gente humilde que vivían como podían junto al río. A todo esto, hay que añadir innumerables apagones de luz, que en Andújar, a los que más fastidiaba, por una vez, era a las clases pudientes. El sueldo de un jornalero oscilaba entre las 3 y las 3,50 pesetas, (eso el que encontraba trabajo), mientras que los artículos de primera necesidad estaban por las nubes, como el pan, que el kilo estaba a 35 céntimos, y el de tocino a 5 pesetas. Para terminar de arreglar las cosas, en el ayuntamiento los políticos andaban a la greña para ver quien se subía al sillón de alcalde. El que lo conseguía duraba poco: la guerra entre los dinásticos y los albistas (liberales partidarios del duque de Alba: una de esas cosas extrañas que pasan en España), era total, y por consiguiente, el ayuntamiento casi no existía. Aun así, a pesar de las dificultades, en septiembre de 1.917, se inauguró oficialmente la escuela San Rafael y el curso escolar. Nicolasa seguiría dando clases a los pequeños, para los que tenía una mano especial, y Rafael lo haría con los mayores que ya estaban iniciados en el estudio. Este primer curso escolar, a pesar de las dificultades causadas por su bisoñez no fue malo, y eso, les animó a contraer matrimonio al año siguiente.


 

Según lo previsto, la novia llegó a La Atalaya a primera hora de la mañana acompañada de su madre y varias sirvientas. Allí se peinaría y vestiría bajo la atenta vigilancia materna. Rafael tenía prohibida la entrada a la zona de la casa ocupada por el séquito de la novia, por eso, salió temprano a dar una vuelta por los centenarios olivos plantados por su tatarabuelo, aunque otros muchos eran anteriores.

La incertidumbre sobre lo que le depararía el futuro, lo llenaba de desasosiego. ¿Seria capaz de sacar adelante la escuela?, y, ¿seria capaz de suavizar la distante relación con su futuro suegro? Para nadie era un secreto que don Fabián no veía con buenos ojos el matrimonio de su hija con este Morales en particular del que desconfiaba. Pero así mismo, para nadie era un secreto que no era capaz de decirle no a su hija. Absorto en sus pensamientos paso el tiempo y comenzó a sentirse ligeramente cansado. Miró a su alrededor y comprobó que estaba en un extremo de la finca y tenía a la vista el santuario. Lo miró desde la distancia con calma, detenidamente. Después, giró sobre sus talones y apresuró el paso de regreso al cortijo.

—«Estaría gracioso que llegara tarde a mi boda», —y sonriendo añadió—. «Don Fabián me la corta, seguro».

lunes, 5 de diciembre de 2022

La Atalaya (capitulo 6)

 


La rutina invadió por completo la vida de Rafael. Los estudios le absorbían casi totalmente. No podía permitir, bajo ninguna circunstancia, que la falta de resultados propiciara su regreso a Andújar. Estaba decidido a permanecer lo máximo posible fuera del ambiente rural de su pueblo. Las mañanas y parte de la tarde las pasaba en el colegio, y después, a la biblioteca a estudiar. Eso era prácticamente todo. Tenía una asignación mensual que no era nada del otro mundo, y aunque le permitía vivir sin penurias no le daba para juergas y alegrías. De todas maneras no era aficionado a esas cosas y no echaba de menos cosas que nunca tuvo. 

Acompañaba a Pedro a la Casa del Pueblo. Le gustaba el ambiente de la agrupación socialista, los gremios, los debates, los compañeros, las ideas en general. El partido, a nivel nacional, hacia poco que había comenzado a debatir sobre la conveniencia de provocar acciones más decididas, posiblemente más violentas, cómo se podría interpretar de las palabras de Marx en el último párrafo del Manifiesto Comunista: “Los comunistas, no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran, que sus objetivos sólo pueden alcanzarse, derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen si quieren las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Con ella, los proletarios no tienen nada que perder, sino sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uniros!”. En definitiva, unos planteamientos mucho más radicales en consonancia con los vientos que venían del norte de Europa y que despreciaban el hecho de que el texto de Marx no fue escrito con la intención de crear una obra inmortal, sino cómo un panfleto circunscrito a la época y al año en el que fue escrito: 1.847. En los prólogos de las ediciones posteriores (1.872 y solo Engels en 1.883) así lo reconocen los propios autores que hablan de la necesidad de una actualización.

Rafael no dudó lo más mínimo en alinearse con la corriente moderada y continuista. Los otros no debatían, aceptaban lo que les venia de los camaradas rusos y alemanes. Y siempre era con violencia, la negociación no existía en su vocabulario, y eso era algo que Rafael, amante del debate, detestaba y nunca iba a aceptar. Al principio, al no estar afiliado, asistía a este proceso como mero observador, pero posteriormente, ya afiliado tomó decididamente partido por la modelación. El partido se fue dividiendo en dos bloques cada vez más irreconciliables, y años después, en 1.920, todo este proceso derivó, como no podía ser de otra manera, en una escisión que conduciría a la creación del Partido Comunista de España. En ese momento Rafael ya no estaba en Granada, había regresado a Andújar dónde llevaba cinco años. 


 

A primeros de 1.912, empezó a coincidir en la Biblioteca Publica, con una muchachita que le resultó familiar. Con el tiempo, y reuniendo la valentía suficiente, se atrevió a intentar entablar una conversación con ella. Un gran logro para él: el mundo femenino le resultaba totalmente desconocido y misterioso. 

—Buenas tardes señorita, —se presentó susurrando para no molestar a los demás. Lo hizo con forzada decisión cuándo por fin se atrevió a acercarse a ella—. ¿Me permite dirigirme a usted?

—Puede usted hacerlo caballero, si así lo desea, —respondió con un evidente toque de coquetería, también en tono bajo.

—He observado que viene por aquí con cierta asiduidad, y la verdad es que me resulta usted familiar, pero no soy capaz de recordar por qué. 

—Es usted muy observador y me entristece mucho que no me recuerde señor Morales, —contestó la desconocida con más coquetería.

La respuesta dejó desconcertado a Rafael. Se quedó como hipnotizado, bloqueado y sin capacidad de razonar: no solo le resultaba familiar, sino que ella le conocía.

—Le ruego que no me haga sufrir por más tiempo, señorita, —y añadió rápidamente sentándose a su lado—: bastante embarazoso me resulta no recordar quien es usted.

Se notaba que estaba disfrutando, sonreía continuamente y miraba a Rafael con una mirada melosa que lo destrozaba.

—Me llamo Nicolasa…

—¿Nicolasa Gil? —la interrumpió casi dando un respingo—. ¿La hija pequeña de Fabián Gil?

—La misma.

—La última vez que la vi, fue hace…

—Seis años.

—Ya no es usted la niña pecosa y dentona de entonces, —respondió sonriendo.

—Ya ve que no. Ni usted usa pantalones cortos.

—Ya lo creo que lo veo, y no, por fortuna hace tiempo que deje de usarlos, —respondió con una valentía que incluso a él mismo sorprendió. Sin duda, la adrenalina hace milagros—. Siempre la veo aquí, en la biblioteca, ¿esta usted estudiando señorita?

—Así es caballero…

—Por favor, llámeme Rafael, —la interrumpió.

—Entonces usted me tendrá que llamar Nicolasa, no señorita.

—Por supuesto, discúlpeme seño… Nicolasa.

—Pues sí, cómo le decía Rafael, estoy estudiando.

—¿Piensa en entrar en la universidad?

—Bueno Rafael, la situación para la mujer no es fácil, pero sí, me gustaría.

—¿Alguna carrera en concreto?

—Cualquier cosa que tenga que ver con la enseñanza.

—¿No me diga? Que casualidad: yo quiero ser maestro.

—Sí que es casualidad, —respondió Nicolasa mientras los de al lado les mandaban guardar silencio. Ella sonreía: se notaba que no la desagradaba su compañía.


 

Los Gil, eran una de las familias más ricas y poderosas de Andújar. No poseían mucho terreno, su finca, irregularmente alargada y situada a los lados de la carretera de Madrid, ni siquiera llegaba a un diez por ciento de La Atalaya, pero poseían dos molinos de aceite que eran los más grandes de la comarca, y unos gigantescos almacenes dónde guardar la mercancía. Su situación estratégica al lado de la carretera y de la estación de ferrocarril, la convertían en un punto clave para la industria aceitera. El patriarca de la familia, Fabián Gil, controlaba no solo la producción, también la distribución gracias a sus contactos comerciales en Jaén, Bailen, Madrid y Barcelona. Siempre se mantenía alejado de la política, una actividad que detestaba profundamente y aunque tenía que relacionarse con esta sociedad agroburguesa, nunca tomaba partido por ningún grupo político o de presión de los que habitualmente lo manejaban todo en la zona. Su condición de “necesario”, económicamente hablando, le colocaba en una posición envidiable para poder navegar, como un ser etéreo e ingrávido, entre las ponzoñosas aguas de la política local, sin duda mucho más peligrosas que la nacional. La Atalaya comercializaba sus productos a través de los Gil desde hacia varias décadas, desde los tiempos de los bisabuelos. La relación era buena entre los patriarcas, pero Fabián Gil no congeniaba con Rafael hijo al que consideraba demasiado “bueno” para los negocios, que no tenía la mala leche necesaria para sobrevivir en este ambiente. Por eso, no le sorprendió cuando abandonó La Atalaya rumbo a Granada para estudiar. Nunca sospecharía la relación que su hija y él emprenderían unos años más tarde.


 

El centro de gravedad en la vida de Rafael, cambió sustancialmente y comenzó a pivotar en torno a Nicolasa. Dejando aparte los estudios, que eran sagrados, Nicolasa pasó a ser su objetivo primordial. Cuando tenía un momento libre procuraba pasarlo con ella, y cuando no podía, pasaba por el partido. Este era un asunto delicado entre los dos, Nicolasa pensaba sobre la política igual que lo hacia su padre: con desprecio. Pronto comprendió que no era posible interponerse entre los dos y decidió, con el acuerdo de Rafael, no inmiscuirse con la condición de no querer saber nada de partidos, políticos o política.

Como ya he dicho, cuando los dos tenían tiempo libre, no se separaban. Merendaban juntos en El Olivar, una chocolatería de ambiente familiar situada en la plaza Nueva y que agradaba especialmente a Nicolasa. Luego, solían pasear por las inmediaciones de la Alhambra cogidos del brazo que era lo máximo que las buenas costumbres de la época permitían, aunque si tenían tiempo suficiente, les gustaba subir por el Albaicín hasta la zona de la plaza de San Nicolás desde dónde había una vista espectacular de la Alhambra. Por lo demás, la vida en la capital seguía fluyendo con una parsimonia absoluta, y unido a la sobriedad del carácter de los dos, la nueva pareja mostraba un aire aburrido. 

Con el cambio de legislación, cuándo termino sus estudios preparatorios, Nicolasa se matriculó inmediatamente, gracias a una real orden de marzo de 1.910, que autorizó “por igual la matrícula de alumnos y alumnas”, poco después de que Emilia Pardo Bazán fuera nombrada consejera de Instrucción Publica. Rafael comenzó a acariciar una posibilidad que antes ni se le habría pasado por la cabeza, una posibilidad que, sin la participación de su padre, seria casi imposible. Pero eso es adelantarme mucho a los acontecimientos. 


 

Su estancia en la universidad coincidió con un evento que marcaría definitivamente el carácter político de Rafael. El 28 de junio de 1.912, Pablo Iglesias visitó Córdoba dentro de una pequeña gira por la provincia en la que visitaría también Peñarroya y Belmez. El partido en Granada, organizó un viaje de afiliados escogidos, entre los que se encontraba Rafael, para conocer al anciano líder. Conectar Granada y Córdoba en esa época, era muy complicado a causa de las obras que se estaban efectuando en el ramal de la línea férrea que conectaba Granada con la línea de Córdoba a Málaga, por lo que se optó por hacerlo alquilando un autobús, un vehículo claramente artesanal propulsado por un motor Hispano-Suiza: dieciocho plazas sentadas y los que pudieran subirse a la baca del techo. Ese viaje no lo olvidará Rafael en toda su vida: casi 170 kilómetros de polvo, calor, mosquitos e insectos de todo tipo, incomodidades sin fin y múltiples paradas para refrigerar el motor. Cuándo el conductor era recriminado por los cada vez más cabreados pasajeros, solo sabía encogerse de hombros. Si hubieran ido en coche de posta, hubieran llegado antes y de una manera más cómoda. Pero valió la pena, el acto se desarrolló en el Centro Obrero de la calle Santa Marta (la Casa del Pueblo no se inauguraría hasta unos años después), y en él habló contra la guerra en Marruecos: abogando por la necesidad de llevar a cabo numerosas reformas en el país más que por emprender esta contienda de la que no se obtendría ningún beneficio. En una reunión posterior, conoció a un hombre honrado, honesto y luchador, que a pesar de sus años seguía manteniendo sus ideas a ultranza. Les habló de tesón en las ideas, y de huir de postulados extremistas y comunistas, que llevarían a Rusia, unos años más tarde, a una dictadura terrible y abominable. En 1.910, fue el primer diputado de izquierdas elegido por votación en unas elecciones libres, si eso era posible en España. En 1.925, murió de una neumonía mal curada, aunque algunos decían que de los disgustos que le daban sus sucesores al frente del partido, principalmente Julián Besteiro, que posteriormente, en los últimos meses de la República, conspiraría con la Quinta Columna de Franco y con el traidor Casado, para derrocar a Negrín en el peor momento de la batalla del Ebro.

Pero nuevamente vuelvo a adelantarme a los acontecimientos.